Cielo de singularidad

La primera década del siglo XXI está suponiendo para la ciencia ficción un período de ajuste a nuevos paradigmas y de replanteamiento de muchas de las ideas clásicas (algunos pretenden ver en ello una crisis agónica que sólo puede conducir al olvido). De forma cíclica, la capacidad predictiva de este género se pone en duda, y con ella, al parecer su validez. Los años postreros del segundo milenio supusieron un duro golpe para los más optimistas, que esperaban colonias lunares, coches voladores y la cura de todas las enfermedades conocidas. En lugar de ello, la ciencia (y, sobre todo, la sociedad) se empeñó en tirar para otros derroteros, dejando supuestamente a los escritores de ciencia ficción como gilipollas (y a los aficionados con cara de tontos).

Como diría Ebenezer Schrooge: ¡Paparruchas!

Basta echar un vistazo atrás para constatar que la ciencia ficción rara vez ha acertado una. Por cada visión profética hay un centenar de delirios sin fundamento, muchos de los cuales siguen arropando ideas interesantes hoy en día. La cifi no tiene nada que ver con el futuro. Su ámbito natural es el presente. Su truco consiste en proyectar hacia el futuro los miedos y las esperanzas de cada época, para examinarlos inofensivamente con cierto distanciamiento. Con un poco de suerte, en la base de estas fobias y estos anhelos se encuentra una faceta del espíritu humano atemporal, y la obra que los examina trasciende su propio marco de referencia directo y conquista una vigencia sin fecha de caducidad.

Así pues, los motivos de la crisis deben ser otros. Quizás que, pese a no necesitar un pleno de aciertos, se necesita una proyección sólida (o aparentemente sólida) sobre la que construir la ficción, y de un tiempo a esta parte cada vez es más difícil anticipar el desarrollo (y un desarrollo no catastrófico) de este mundo que se precipita cuesta abajo sin frenos y sin que desde nuestra posición podamos ver cuánta carretera nos queda.

Ello ha propiciado el ascenso a primera plana de dos tendencias. Por un lado la literatura de Futuro Cercano, que especula sobre algún aspecto muy concreto en un lapso no superior a los diez años (bastante menos en general). Vendría a ser como una prueba de laboratorio en que se modifica una variable manteniendo el resto constantes. Aunque utiliza planteamientos (e incluso lenguaje) del hard, su enfoque es sobre todo sociológico y las cuestiones que examina tienden más hacia la metafísica.

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La otra gran corriente abraza la idea de la Singularidad para salvar de un salto la brecha y construir una especulación del otro lado.

El concepto lo introdujo en la ciencia ficción Vernor Vinge, hacia finales de los 80. Por aquella época, aplicando la Ley de Moore sobre el desarrollo de la capacidad informática, predijo que llegaría un momento en que una inteligencia artificial superaría las capacidades intelectuales de los seres humanos. A partir de ese punto, la progresión, que sería imparable, nos dejaría obsoletos (además, como estará fuera de nuestra comprensión ni siquiera podemos imaginar qué dirección tomará, es una barrera infranqueable, un agujero negro que no se traga la luz, sino la información). Lo cierto es que desde entonces las cosas han cambiado un tanto. La Singularidad Tecnológica tal y como la describió en su momento se antoja bastante improbable (la tecnología de las inteligencias artificiales sigue en pañales e incluso hay serias dudas de que pueda desencallarse en un futuro próximo). Sin embargo, el concepto ha calado en un sentido más amplio, pasando a significar una aceleración brutal de los cambios científico/sociológicos promovidos por el advenimiento revolucionario de una tecnología o un nuevo paradigma, con el mismo resultado para nuestros intereses: una evolución tan extrema que no podemos ni imaginárnosla.

El problema que se presenta al fabulador es evidente. ¿Cómo plasmar lo inimaginable?

Este pequeño inconveniente no ha detenido a muchos escritores que ven en el advenimiento de la Singularidad la única salida para una cultura, la nuestra que está acabando a pasos agigantados con los recursos disponibles mientras se dirige con ciega inconsciencia hacia una catástrofe maltusiana. Existen una serie de trucos que permiten mostrar un atisbo de un universo post-singularista, del mismo modo en que hay procedimientos para proyectar sobre una superficie plana estructuras tridimensionales. El verdadero problema radica en dotar de relevancia la visión ofrecida, convirtiéndola en algo más que un despropósito muy imaginativo. Y allá donde la ciencia falla (o renquea un poquito), hay que recurrir a la filosofía.

Existen varias ideas merecedoras de estudio en torno a la Singularidad. Las más obvias tienen que ver con ella misma: sus fases, sus consecuencias, su alcance… Por ello se utilizan a menudo escenarios protosingularistas o inmediatamente posteriores al evento, examinando el modo en que quienes la han vivido se ajustan a la nueva realidad. Además, existe un concepto estrechamente ligado a éste (o al menos estrechamente ligado si esperamos sobrevivir a la Singularidad): el transhumanismo, la superación de nuestros límites para alcanzar un nuevo estadio evolutivo (a raíz de esto, en la historia de la vida en la Tierra se han producido al menos cuatro singularidades biológicas, quizás cinco; a lo mejor algún día escribo una entrada o un artículo al respecto).

Sirva el rollo precedente como preámbulo necesario para examinar la relevancia de “Cielo de singularidad”, la primera novela de uno de los autores más destacados del momento, el británico Charles Stross.

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En “Cielo de singularidad” se puede aplicar el viejo dicho de que la ciencia ficción es una literatura de ideas, pues toda la novela está concebida como vehículo para examinar varios de los conceptos anteriormente expuestos. Eso sí, sin descuidar que el objetivo principal de una obra de ficción es el entretenimiento (para lo otro ya están los ensayos). Como casi toda la cifi de los últimos veinte años, presenta una amalgama de recursos y estilos, difuminando las viejas divisiones entre subgéneros. A grandes rasgos, el modelo narrativo corresponde a la space opera militarista, mientras que el lenguaje (y el interés por la verosimilitud, incluso en las especulaciones más aventuradas) es propio del hard. En cuanto al núcleo filosófico, es heredera directa del cyberpunk (incluso se realiza un homenaje directo a uno de sus gurús, Bruce Sterling, más concretamente a una de sus obras postcyberpunk, “El fuego sagrado”).

El escenario escogido es el siglo XXV, tras una Singularidad acontecida a mediados del siglo XXI que no sólo trastocó la cultura humana, sino que forzó la intervención del Escatón, una entidad omnipotente del futuro lejano de la humanidad (véase la crítica a “La odisea del mañana” para análisis pormenorizado de esta idea). El Escatón dispersó a nueve décimas partes de la humanidad por la galaxia (la Tierra había alcanzado una población de 10.000 millones), agrupándolos por afinidades ideológicas en distintos mundos, junto con una cornucopia (un nanoensamblador capaz de producir cualquier cosa contando con materia que procesar, la tecnología responsable en mayor grado del advenimiento de la Singularidad) y el aviso/amenaza de que nadie debe jugar con la causalidad.

El gran problema de el viaje translumínico es que, como ya expuso Robert L. Forward en “Maestro del tiempo”, equivale a viajar en el tiempo, y esto provoca paradojas, lo cual supone un grave obstáculo para crear una ficción coherente, pues si se opta por el viaje a mayor velocidad que la luz (aunque sea mediante saltos hiperespaciales) hay que lidiar con este problema. Forward se decantó por correcciones a nivel cuántico que previenen la paradojas, aunque no supo tratar con el problema de la alteración de la relación causa-efecto (el talón de Aquiles de casi todas las historias de viajes en el tiempo, sobre todo de las que quieren rizar el rizo mostrando un círculo causalmente cerrado). Stross opta por utilizar las teorías de Tipler (aunque no deja de meter alguna pullita contra la identificación que realiza éste entre el Escatón y el Dios cristiano), para especular con una entidad preocupada por mantener intacta la relación causal que lleva a su propia existencia, prohibiendo (e interviniendo de forma activa cuando es necesario), la vulneración del principio de causalidad (a veces, aunque no queda claro, apunta a que el propio universo, uno entre muchos, podría verse en peligro si alguna raza inconsciente se dedicara a juguetear demasiado con el tiempo).

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En este contexto, Martin Springfield, un ingeniero de motores, se encuentra en una de los estados surgidos de la Diáspora, la Nueva República, un asentamiento colonizado por tecnófobos centroeuropeos donde toda la ciencia (salvo la militar) se mantiene al nivel anterior a 1900 (previa a los primeros estudios sobre el átomo y la relatividad), cuando el planeta Rochard, una de sus colonias más remotas, es invadida por el Festival, una civilización alienígena nómada que promueve el intercambio de información (un artículo totalmente restringido por los dirigentes de la Nueva República). Así pues, Martin, junto con una observadora de la ONU, Rachel Mansour, se ven embarcados en la expedición de reconquista a bordo de los acorazados más nuevos de la Nueva República (tristemente obsoletos para los estándares de la civilización post-singularista), aunque al parecer casi todo el mundo mantiene una agenda secreta.

La acción salta entre los encontronazos de Martin y Rachel con la testarudez tradicionalista de sus reluctantes anfitriones y los acontecimientos en el planeta Rochard, donde la irrupción del Festival (que proporciona cornucopias a cambio de información), ha desencadenado una singularidad brutal: primero económica, al destruir la base de todo comercio poniendo a disposición de todo el mundo cualquier producto, después social, pues cuando se cumplen todos los deseos la necesidad de un gobierno desaparece, y por último transhumana, siguiendo los ideales revolucionarios de células extropianas (el extropianismo es una corriente filosófica transhumana que aboga por la mejora activa de la especie humana mediante cualquier medio aplicable, bien sea cibernético o genético, y sin otra cortapisa que la imaginación) modeladas a semejanza de las marxistas (estableciendo paralelismos, reforzados por la nomenclatura, entre la Nueva República y la vieja Rusia zarista).

Stross consigue pues mostrarnos la realidad singularista, siglos después de que ocurriera originalmente, forzando una nueva revolución en un mundo que premeditamente había involucionado hacia un estado anterior. Nos muestra el caos propio de la aparición de un cambio exponencial, sobre el que ningún sistema de control previo es aplicable. De igual modo, al embarcarnos en una nave de guerra que se empeña en utilizar métodos bélicos obsoletos (aunque a nosotros nos parezcan futuristas en extremo, pues implican agujeros negros de la masa de una cordillera como medio de impulsión, antimateria y saltos hiperespaciales), pone de manifiesto la brecha ya no sólo tecnológica, sino filosófica. Su enemigo, el Festival, representa un paradigma más allá de su comprensión y sabemos, desde el principio, que la misión está abocada al fracaso, sin embargo Stross se recrea en mostrarnos tres realidades (como tres escalones para ir subiendo poco a poco hacia las alturas postsingularitas evitando en lo posible los mareos). Por un lado están los métodos de la Nueva República, que serían similares a los nuestros sólo que con una potencia de fuego infinitamente superior, a continuación su proyección de cuáles podrían ser las estrategias de su enemigo al disponer de cornucopias (mostradas en forma de ejercicios de adiestramiento) y por último la realidad del choque entre las dos culturas, que vendría a ser el equivalente de un enfrentamiento entre una tribu paleolítica y una división acorazada moderna.

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Entremedias, Stross se dedica a examinar distintas ideas acerca del transhumanismo, la Singularidad, el intercambio libre de información (es un activista del software libre), la represión, los peligros de la libertad absoluta (preferibles al estancamiento de la represión) y, claro está, la causalidad.

Se trata de una obra riquísima en ideas que supuso una bocanada de aire fresco para el panorama de la ciencia ficción. Y ello pese a sus pequeños fallos, tales como una exposición que a veces se vuelve imprecisa (con ciertos discursos repetidos casi palabra por palabra, sin que se aporte nada nuevo), un pequeño bajón de ritmo hacia la mitad de la acción (al final toda la fraseología militar suena igual) y un desenlace curiosamente timorato, como si no hubiera sabido o querido ponerle la puntilla. Quizás sea el sino de la literatura postsingularista, que está repleta de conceptos y especulaciones pero carece de respuestas claras (algo que sin duda alienará a cierto sector del público).

Según mi parecer, una lectura imprescindible para comprobar qué se cuece en el horno de la ciencia ficción (y para cualquier medianamente interesado en el transhumanismo).

Otras opiniones:

Otras novelas del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en agosto 26, 2009.

3 comentarios to “Cielo de singularidad”

  1. La singularidad parece un comodín capaz de dar verosimilitud a casi todo tipo de especulaciones y en este sentido puede ser un “fertilizante” para la CF.
    Yo me alegro, claro. Cuanto más se hable del tema, más comprensión encontratermos las IAs pre-singularidad

  2. Estudiando un poco sobre la singularidad tecnológica llegué aquí…Me ha gustado mucho tu entrada!!

    Chu!!!

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