¿Dentro o fuera?

Uno de los debates recurrentes dentro de la ciencia ficción (estrechamente relacionado con la Gran Pregunta: ¿Qué es la ciencia ficción?) versa sobre la inclusión o no de determinadas corrientes. En general, este tema sólo importa a los “exclusionistas”, entre quienes destacan aquellos que defienden la pureza de un género que debería limitarse a aquellas obras que tratan sobre extrapolaciones científicamente plausibles del desarrollo tecnológico actual (el hard clásico). Ante estas posturas, lo primero que suele descolgarse es la Space Opera (relegada al baúl de la fantasía), seguida de toda la New Wave, el Soft no adscrito a ninguna corriente en particular, las Ucronías, el Cyberpunk (tildado de mero cyber-chamanismo) y el hard alternativo (post-singularista, metafísico e incluso el que peca de exceso de entusiasmo en sus especulaciones).

Yo, no puedo ocultarlo, siento cierta predilección por el hard, pero ello no me impide disfrutar de una buena narración de cualquier otro subgénero (como supongo que resulta patente a poco que se repasen las reseñas que he ido publicando en el blog). Claro que el quid de la cuestión no es si me gusta o no. Después de todo, tampoco le hago muchos ascos a otros géneros, tanto dentro del fantástico como fuera. La cuestión planteada es si, por ejemplo, la historia de un hombre con dos cabezas, una de ellas telepática y llamada Bob, que puede penetrar en los pensamientos de cualquiera salvo los de su compañera de cuello (Amancio), que vive en un pasado alternativo postapocalíptico en el que la tecnología ha retrocedido al nivel de la edad de bronce, puede ser considerada ciencia ficción.

Mi respuesta es que quizás.

Con esa premisa estoy tentando por decantarme por el sí, ya que incluye al menos dos elementos originados o ampliamente desarrollados dentro del género (la telepatía y el escenario postapocalíptico). Sin embargo, me resulta imposible ofrecer un juicio definitivo si carezco de más datos; del tipo que sólo podría recopilar leyéndome la historia de marras. La ciencia ficción no es una entidad estática e inalterable. No existe un patrón con el que medir la cificidad de una obra. Pero sí que contamos con un desarrollo histórico que nos permite desarrollar una especie de genealogía.

Mi aproximación al problema, por deformación profesional, es biológica (filogenética). Lo que provenga de un tronco común está emparentado, así que, estableciendo una relación de parentesco directa (entre antecesores y sucesores) debería ser posible determinar qué está dentro y qué está fuera del phylum  “Ciencia Ficción” (y todo ello sin tener que elaborar una definición descriptiva).

A lo largo de los dos años y pico de existencia de este blog se puede constatar la gran importancia que concedo en mis críticas al contexto histórico y a las influencias. No concibo cada obra como una entidad independiente, sino como la concreción, gracias al talento del escritor, de una idea destinada a ocupar un nicho literario creado por la confluencia de multitud de factores, tanto internos (procedentes de la evolución del género) como externos (generados por la evolución de la literatura en general, de la historia, de las corrientes filosóficas, de los miedos y esperanzas, de la tecnología… del contexto, vamos).

Sin irme tanto por las ramas, ciencia ficción sería todo aquello cuyos orígenes pueden seguirse hasta la semilla original, los Adán y Eva o, cuanto menos, la población cro-magnon primigenia. Entre este ancestro ideal y cualquier obra posterior encuadrable dentro del género existe una relación directa, transmitida de “padres” a “hijos”. En biología estaría hablando de genes, aquí me tengo que referir a memes: ideas, conceptos, enfoques que han ido evolucionando y han ido acumulándose para formar un pool memético difícil de definir pero inconfundible.

Podría estar sometido a debate a partir de cuándo hay un ancestro único. En literatura las cosas no están tan claras como en genética (aún no podemos precisar cuándo y cómo se produce la transición entre especies, pero la secuencia filogenética está perfectamente definida), pero me atrevería a señalar al romance científico decimonónico como antecesor común de toda la ciencia ficción actual (evidentemente, recogería elementos de corrientes anteriores, como la literatura gótica o la novela de aventuras, pero es en estas obras donde primero se conjugan las características clave). También podría hablarse de algo así como una proto-ciencia ficción (la obra de Verne, por ejemplo, estaría en mi opinión en esta difusa frontera).

En críticas previas ya he ido ofreciendo apuntes sobre la evolución (a grandes rasgos, siempre hay obras singulares y movimientos minoritarios que se cuelan por los intersticios de la moda predominante), pero ahora intentaré ofrecer una visión de conjunto.

La época del romance científico alcanzó su madurez a principios del siglo XX, con la obra de H. G. Wells, hacia la que pueden trazarse con facilidad todas las corrientes posteriores, y encontraría una continuidad en las islas británicas hasta bien entrada la década de los 30. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el fenómeno de la literatura pulp absorbió estos conceptos novedosos y los incorporó a una producción ingente dirigida a las masas, entremezclándose con historias policíacas, fantásticas, deportivas, westerns, seudohistóricas, terroríficas, y creando en el proceso los fundamentos sobre los que se erigiría la Edad de Oro de la ciencia ficción, cuando un importante grupo de autores empezarían a dedicarse en exclusiva a escribir cuentos y novelas de anticipación, depurando las fuentes y creando arquetipos que aún hoy están en vigor.

Con la Segunda Guerra Mundial se produjo un importante cambio en el sector. Las restricciones bélicas encarecieron el precio del papel y esto supuso un duro golpe para muchas publicaciones pulp. Sólo algunas revistas, las más prestigiosas, lograron capear la crisis durante un tiempo y esto llevó por un lado a un incremento en la calidad media de las ficciones y por otro a la aparición de obras de mayor extensión, generalmente publicadas primero en forma serializada en revistas. De enorme importancia en este proceso de maduración sería la influencia del romance científico británico, que los discípulos intelectuales de Wells habían llevado a tratar temas de mucho mayor calado filosófico que la literatura pulp (con alguna que otra excepción, claro).

Entre finales de los cincuenta e inicios de los sesenta, la desaparición de las revistas y el auge de los libros como medio original de difusión de la ciencia ficción novelada fue propiciando tramas más complejas y cierta hibridación con las corrientes literarias predominantes de la época. Esto, unido a un desencanto generalizado por la ciencia y el progreso, fue el caldo de cultivo en que se gestó la New Wave, una corriente literaria que abogó por encontrar nuevos cauces expresivos. Las características definitorias serían una búsqueda de la experimentación temática y formal, el rechazo al universo exterior y a la tecnología para centrar las historias en el universo interior y el hombre y la introducción de temas nunca tratados hasta el momento con seriedad en la ciencia ficción, tales como el sexo.

Durante casi dos décadas, la New Wave reinó casi sin oposición, hasta que a finales de los setenta se produjo la inevitable contrarrevolución, liderada por antiguos maestros que volvían con las pilas cargadas (como Isaac Asimov y Arthur C. Clarke) y nuevos valores dispuestos a explorar las posibilidades de los avances científicos realizados durante el intervalo. Este período fue el de el resurgir de la ciencia ficción dura neo-campbelliana (Campbell, fue el editor más importante de la Edad de Oro). Sin embargo, algo había cambiado. Ya no estaba tan bien una ficción científicamente aséptica. La New Wave había dejado un poso y, sobre todo, había elevado el listón de la exigencia literaria, así que las nuevas obras debían ofrecer algo más que mera especulación para atraer a los aficionados.

A mediados de los ochenta irrumpió con fuerza brutal un nuevo movimiento revolucionario, el cyberpunk, liderado por William Gibson y su “Neuromante”, en parte como reacción al optimismo (confianza ilimitada en la ciencia y en el ser humano) inherente al hard, y en parte tratando de asimilar la que se convertiría en el cambio de paradigma tecnológico más importante del último cuarto de siglo, la revolución digital. El movimiento ardió y se consumió en un tiempo récord. Dejando tras de sí rescoldos que aún se están explorando hoy en día. En cierto sentido, fue asimilado en la corriente principal, dando origen a una literatura post-cyberpunk mucho menos rígida.

En paralelo, los ochenta también asistieron al renacer de la rama más aventurera del género, por influencia quizás de la ciencia ficción cinematográfica. La Space Opera (que sigue muy activa), ya no es un simple cambio de escenario para las aventuras bélicas de toda la vida, sino que toma cada vez más elementos de otros subgéneros, diferenciándose de ellos por la vocación primordial de entretenimiento a la que se supedita en parte la verosimilitud y por completo la profundidad.

Los noventa se caracterizan por la hibridación entre subgéneros, con unas fronteras de separación cada vez más imprecisas, que conduce a una pequeña crisis de identidad en la que nos encontramos inmersos, en la que muchos de los modelos clásicos se consideran obsoletos y no se vislumbra una corriente bien definida. Las tres grandes ramas características de principios del siglo XXI son la ficción post-singularista, que trata de soslayar la impredictibilidad a medio plazo con un salto de fe hacia un futuro lejano al otro lado de una singularidad, tecnológica o de otro tipo (el problema es que, por definición, no deberíamos poder entenderlo), la ciencia ficción de futuro cercano, que trata avances tecnológicos a la vuelta de la esquina, añadiendo una importante carga de especulación social y cultural (una especie de amalgama del hard y el soft clásicos), y la hibridación entre la ciencia ficción y el mainstream, generalmente aportando la primera los temas y el atrezzo, dejando para la segunda la estructura literaria y el enfoque (aquí tenemos tanto autores de género que se “pasan” al mainstream como lo contrario, autores generalistas que exploran conceptos de la ciencia ficción… recabando en general parabienes de todo tipo).

Como se puede apreciar, existe una evolución continuada. Tal vez sea difícil definir qué es la ciencia ficción, pero no resulta tan complicado determinar qué está dentro y qué está fuera. La ciencia ficción son unas ideas y unos temas que llevan más de un siglo de desarrollo. La forma de abordarlos depende de cada autor en particular y de las corrientes literarias del momento (con sus revoluciones y contrarrevoluciones), pero la esencia es perfectamente reconocible.

Tomemos por caso la telepatía:

En la era del pulp fue un elemento tomado del espiritismo victoriano, presente en historias de terror y posteriormente cooptado por la ciencia ficción para hacer más ominosa la amenaza alienígena. En la Edad de Oro ya era un elemento a disposición de los autores para dotar de “sabor” sus historias, relacionado con lo extraño y lo poderoso. Hacia el final de esta etapa ya contamos con novelas que la presentan como un hecho científico más, sujeto a investigaciones serias (que en la época se daban), y como metáfora de la evolución humana hacia su siguiente estadio. Con el desprestigio de estas investigaciones se abandona toda pretensión de explicación racional, pero el advenimiento de la New Wave le confiere un papel fundamental como excusa para explorar el universo interior del hombre. No importa tanto su existencia real como su valor simbólico. Durante el resurgir del hard neocampbelliano la telepatía se convierte en un elemento nostálgico que procura no llamar demasiado la atención sobre sí misma por su carácter acientífico. Sin embargo, el cyberpunk la resucita como puente de cualidades casi místicas entre el hardware y el wetware, es decir, como elemento imprescindible (aunque nunca explicado) de la fusión entre hombre y máquina. La Space Opera moderna no tiene tantos remilgos en hacer uso desvergonzado de esta (y muchas otras) seudociencia, basta con aceptarla al mismo nivel que el salto hiperespacial o las sociedades futuristas con estructura medieval. Por último, la literatura post-singularista abre nuevas opciones para volver a dotar de “respetabilidad” a la telepatía (podría ser un hecho debatible), apelando a tecnologías casi inimaginables como la interconexión de cerebros mediante agujeros de gusano (en el fondo se trata de un constructo con valor metafórico, como en la New Wave, sólo que con afán de justificación).

Un análisis similar podríamos realizar para cualquier idea propia de la ciencia ficción que se nos ocurra. Es difícil añadir nuevos conceptos al pool memético, pero su exploración a la luz de los nuevos contextos ofrece posibilidades ilimitadas. Y, de igual forma, podría invertirse los ejes de coordenadas, mantener fija la corriente literaria y examinar el modo en que utiliza para sus propios fines las ideas clásicas.

Tratar de distinguir entre lo que está dentro o está fuera de la ciencia ficción en base a una mentalidad contemporánea no sirve más que para renunciar a un legado riquísimo que es nuestro (de los aficionados al género) por derecho. Además, el futuro es incierto. Quién sabe qué ideas podrían cobrar de repente actualidad o que concepto podría alcanzar un valor metafórico inigualable. Yo, desde luego, no estoy por la labor de ponerme a podar ramas del árbol de la ciencia ficicón.

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~ por Sergio en agosto 21, 2009.

11 comentarios to “¿Dentro o fuera?”

  1. Buena entrada. Me ha gustado un montón. La verdad es que para mí, lo importante es que me divierta sin importar etiquetas o subgeneros y tenga ese “componente” de ciencia-ficción, esos “memes” establecidos como bien dices de forma histórica.

  2. No termina de cuajarme la exposición, quizá porque, por cuestiones de espacio o lo que sea, se están cortando ramas. Quiero decir, la ciencia ficción no es un árbol con muchas ramas, sino en todo caso una hoja marrón en el árbol de la literatura (aunque más que árbol diría telaraña). Y a esa escala, marcar diferencias entre distintos loqueseapunk o hard o soft, olvidando otras hojas, ramas y tallos que alimentan más proporcionalmente a esa hojita llamada ciencia ficción (y que deberían tener muchísima más importancia desde dentro, no solo para analizar y clasificar sino para crear).

  3. Le di a enviar antes de tiempo:

    No termina de cuajarme la exposición, quizá porque, por cuestiones de espacio o lo que sea, se están cortando ramas. Quiero decir, la ciencia ficción no es un árbol con muchas ramas, sino en todo caso una hoja marrón en el árbol de la literatura (aunque más que árbol diría telaraña). Y a esa escala, marcar diferencias entre distintos loqueseapunk o hard o soft, olvidando otras hojas, ramas y tallos que alimentan más proporcionalmente a esa hojita llamada ciencia ficción (y que deberían tener muchísima más importancia desde dentro, no solo para analizar y clasificar sino para crear), me parece un debate estéril o que habría que ampliar desde un punto de vista totalmente nuevo.

  4. No pretende ser una exposición pormenorizada de toda la ciencia ficción posible, sino tan sólo una secuencia evolutiva del estilo dominante en cada época. La metáfora arbórea está tomada de la biología y se emplea en el establecimiento de esquemas filogenéticos. Pese a las ramas laterales, existe un tronco central del que van divergiendo las distintos movimientos. Hoy en día nada se basa directamente en el pulp o en la ficción de la Edad de Oro. Eso son estilos ha mucho superados. En todo caso, se recuperan sus temas pasados por el tamiz de décadas de evolución literaria. Es por ello que el árbol es una imagen, en mi opinión, mucho más aproximada que una hoja o, sobre todo, una telaraña.

    En cualquier caso, no pretendo con esta simple entrada clasificar toda la ciencia ficción. Más bien lo contrario, demostrar que no importan las clasificaciones (en muchos casos, el estar adscrito a un movimiento en particular no es más que un accidente temporal), que la ciencia ficción es una y que podemos disfrutarla y extraer satisfacciones de toda ella sin limitarla artificialmente.

    Y, por supuesto, la ciencia ficción pertenece al árbol mayor de la literatura, pero, una vez más remitiéndome a la filogenia, los árboles no indican separación del resto de los seres vivos, sino que tan sólo agrupan evolutivamente especímenes surgidos de un ancestro común.

  5. Quizá no termine de convercerme el uso del árbol porque implica esa idea (o quizá sea cosa mía) de superación, de ir siempre más allá, y a mejor (superando). Con la telaraña no hay principio ni evolución, todo está conectado, solo hay un centro, que cambia según la época y que puede afectar a más o menos movimientos, clasificaciones, grupos, según estén más cerca del núcleo, y por lo tanto más enmarañados, o más lejos (aquí incluiría la ciencia ficción, por eso necesita revitalizarse pasando por la hibridación, acercándose al centro). Por supuesto, con la telaraña se permite una conexión entre distintas ramas, cosa que con el árbol no queda del todo claro. Pero bueno, no creo necesario ni enriquecedor discutir sobre la corrección de una u otra metáfora. Está bien. Solo sentí la necesidad de expresar matices y/o disentimientos respecto a la exposición. Nada grave :)

    Gracias.

  6. Me ha gustado mucho la entrada, me parece acertada en su desarrollo histórico. Por mi parte, no soy partidaria de cercenar tanto un género que se ha caracterizado por ser tan pletórico en ideas o conceptos como punto de partida. Las posibilidades que abre al debate siempre han sido numerosas y la manera ingeniosa en que lo hace será el estilo literario que mejor la caracteriza. Pienso, por ejemplo, que mientras la novela romántica parte de supuestos emocionales muy cargados y extremos, y la novela histórica se centra en la mirada crítica o contemplativa de un trozo de nuestro pasado, la ciencia ficción prefiere plantearse supuestos conceptuales abstractos que convierte en historias y que cuenta de forma más o menos inesperada. :)

  7. No entiendo el por qué tanto aficionados a como escritores de ciencia ficción se pasan el día autonalizándose, preguntándose si esto será o no será cf, qué entra, qué sale… De alguna manera se están constriñiendo ellos mismos, especialmente esa legión de orgullosos talibanes del hard que claman que lo único merecedor de ese nombre son novelas en las que se describe pormenorizadamente como los pijorolos de forondillos pueden llevar una nave a 0.93c con eficiencia.
    ¿La historia de Bob y Amancio es CF? ¿Y qué más da? Interesa que sea una buena historia, que entrenga, sorprenda, haga reflexionar, sin que importen las etiquetas. Se puede escribir picapiedrapunk o disertar sobre la soledad del individuo en una sociedad de algas inteligentes sin necesidad de que el relato se pregunte metafísicamente qué es en realidad. La necesidad de sistematización que se tiene en la ciencia ficción me parece un lastre que hay que superar.

  8. A mí la sistematización, supongo que por deformación profesional, me gusta. Es útil como herramienta de análisis y ayuda a describir patrones, relaciones y evolución histórica (e incluso bien utilizada tiene su puntillo promocional). Eso sí, reniego por completo de su uso excluyente, para marcar el tú sí, tú no. Nunca he comprendido a quienes pretender erigir sus gustos personales en ley universal.

  9. Bueno, que no se indigne Joserra, pero buscar pautas, ramas, concomitancias, tratar de sistematizar (aunque sea estéril) mola.
    Y el análisis es de chapeau…
    Sólo un pero… Tu taxonomía funciona como un martilo hasta que nos vamos a la CF no anglosajona, que aplicando el taxón intuyo que ostaría mucho meterla en la CF, Igual no lo es, ojo.. que no digo que no. Su taxón tira más al fantástico europeo o narrativa no realista.

  10. Eso suena como las preguntas de si el realismo mágico es más mágico que realismo o al revés: vamos, que como es literatura “latinoamericana” no se le puede incluir en la fantasía y punto. ;)

  11. Querámoslo o no, la Cifi anglosajona es la referencia, hasta el punto que muy pocos autores cuya obra original no sea en inglés han tenido la menor influencia fuera de su ámbito lingüístico (Lem, Kapec, los Strugatsky…). En español, por ejemplo, la producción es tan limitada que no podemos hablar ni de escuelas, tan sólo de autores destacados (y los que han logrado proyección a otros mercados se pueden contar con los dedos de una mano).

    Pero bueno, también hay autores anglosajones difícilmente sistematizables (como Le Guin). Sin embargo, todos hacen (hacemos) uso del mismo reservorio memético para construir historias que instantáneamente son clasificadas como ciencia ficción. Eso, en el fondo, es lo importante.

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