Un coro de niños enfermos

Tom Piccirilli es una de las voces más importantes del terror actual, posición refrendada por varios premios Bram Stoker (en distintas categorías). Lo cierto es que no es un premio al que tenga en alta estima como referente. De hecho, los comentarios que me han llegado acerca de “Clase nocturna”, la novela de Piccirilli ganadora en el 2003, son bastante desfavorables. Por el contrario, las mismas fuentes no dudan en señalar a “Un coro de niños como una de las novelas más interesantes publicadas estos últimos años (condición que no le ha servido para evitar las estanterías de saldos; algo que no resulta nada extraño, pues se trata de una obra decididamente poco comercial).

La acción se localiza en un pueblecito insignificante, Kingdom Come, en medio de los pantanos del sur profundo estadounidense. Allí Thomas, el narrador, es el principal heredero de los potentados locales. No sólo de propiedades (incluyendo el molino que da trabajo a media comunidad), dinero e influencia, sino también de secretos (ignotos incluso para él), pecados y fracasos. Vive en la vieja mansión familiar, junto con sus hermanos, trillizos siameses, unidos por el lóbulo frontal, y la hija de la principal hechicera local, que recibió como pago por arreglar la techumbre de la bruja. Su mejor amigo, Drabs Bibbler, es un negro hijo de un predicador que lidera una especie de monasterio para penitentes ubicado en las dependencias del viejo hospital que el padre de Thomas quiso poner en funcionamiento (en un vano intento por cambiar la naturaleza atrasada del pueblo). Drabs sufre ocasionales ataques de “don de lenguas”. Se desnuda, pierde el control de su cuerpo y se pone a farfullar un galimatías incomprensible.

coro

A pesar de incluir fantasmas, hechiceras y viejas maldiciones familiares, me resistiría a tildar el libro como de terror. Todo el componente fantástico apenas tiene incidencia en los acontecimientos inequívocamente reales y puede achacarse a la superstición, el abuso de drogas (nunca explicitado en el caso del protagonista) y la locura (de eso sí que se le acusa directamente). Ni siquiera se trata de una historia de auténtico mal rollo. Es demasiado alambicada para transmitir una sensación tan primaria. Lo que crea es una atmósfera malsana, donde el pasado y el presente se entrelazan con cadenas irrompibles, atrapando a todos los personajes en una red de decadencia imposible de desenmarañar.

La estructura ayuda a transmitir esta idea. Está narrada en primera persona, a base de párrafos, incluso frases, entrecortados. Salta a menudo entre los acontecimientos actuales, que siguen poco más o menos una secuencia temporal, y hechos del pasado, bien sea vividos por el propio Thomas o incluso anteriores a su nacimiento (en ellos la primera persona se transforma en una especie de testigo omnisciente). Se intercalan fragmentos oníricos y otros a mitad camino entre el sueño y la vigilia (frontera donde habita la locura).

Me ha resultado complicado hacerme a este estilo fragmentario tan peculiar. No ayuda el que el lenguaje se encuentre siempre al borde de caer en un conceptualismo exagerado (y reiterativo). Después, poco a poco, el sentido va cobrando forma. Al igual que los hermanos siameses de Thomas son seres independientes que comparten parte del cerebro, especializándose cada uno de ellos en determinadas funciones cerebrales, los fragmentos nos van revelando facetas inconexas de la historia, cuya relevancia en algunos casos sólo se nos mostrará mucho después. La sensación final es la de estar atrapados en aguas pantanosas, en las que cada movimiento sólo sirve para quedar aún más atrapados en el sustrato de antiguos secretos y viejos crímenes que nunca serán siquiera reconocidos.

La podredumbre característica de los pantanos se contagia a los personajes, incluso a aquellos que en principio sólo están de paso, transformándolos. En el transcurso de la historia quedan patentes diversas flaquezas del ser humano: adicción a drogas, dependencia de supercherías, pedofilia, fundamentalismo (a medias cristiano, a medias pagano; y curiosamente tolerante), quizás endogamia y, sobre todo, aislamiento. Es una mezcla que fermenta en un ambiente cerrado y opresivo, donde nada es permanente pero tampoco nada cambia en realidad.

Incluso al final, cuando muchas de los abscesos se han abierto y han supurado humores atrapados durante décadas bajo la piel de la comunidad, no te deja con una sensación de purificación. Puede que algunos misterios hayan sido desvelados y que algunos fantasmas hayan dejado de hechizar la existencia de los vivos, pero quedan secretos de sobra para emponzoñar cualquier futuro concebible. En Kingdom Come el pasado siempre se cernerá sobre las vidas de quienes sobreviven en medio de las ciénagas. Seguirán existiendo rencillas, y abortos, y crímenes sin resolver o sin vengar; aún exigirá sacrificios, y siempre encontrará personajes dispuestos a hundirse, cada vez a mayor profundidad, en el légamo ancestral.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 15, 2009.

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