Wicked, memorias de una bruja mala

Según el pequeño texto promocional de la portada: “Con más de un millón de ejemplares vendidos, Wicked es el referente de la fantasía para adultos”. ¡Pues estamos aviados!

He de reconocer que me enfrenté a esta novela de Gregory Maguire (publicada originalmente en 1995) con ciertos prejuicios. Por un lado, no sé lo que tienen los yanquis con el Mago de Oz. Hace la tira de años leí la novela original de L. Frank Baum (en una magnífica colección de literatura fantástica juvenil de Alfaguara) y no me pareció nada del otro mundo (guardo un recuerdo muchísimo más grato de “El paquete parlante” de Gerald Durrell, o de “La maldición de las brujas” de Roald Dahl, por ejemplo). Pero la cosa no acaba ahí, sino que existen muchas más novelas ambientadas en Oz, unas cuantas escritas por Baum (14), otras por continuadores oficiales (hasta sumar la cuarentena) y varias decenas apócrifas. Todo este bagaje, que me es por completo desconocido, parece un hito cultural estadounidense, con múltiples referencias en novelas tan dispares como la saga de la Torre Oscura de Stephen King (es una obsesión que le viene de antiguo, pues ya se hace mención a Oz el Grande y Terrible en “Tommynockers”), o incluso el reciente “Trueno Rojo”. Pasando al medio audiovisual, la cosa no se queda corta, aunque el homenaje centrarse en la película (mis preferidos, un episodio de Futurama, “Antología del interés II”, sobre la máquina de “¿Y si?”, y el glorioso capítulo séptimo de la quinta temporada de Scrubs). En fin, algo hay, pues el subtítulo original pasa de referencias más o menos oscuras y deja bien claro lo que va a encontrar el lector: “The life and times of the wicked witch of the west” (no es que no lo supiera antes de adquirir el libro, pero resulta significativo que ni siquiera en la contraportada se mencione a Oz).

Dejando de lado filias y fobias personales (que a la postre no deberían ser determinantes para el disfrute de la obra derivada), hay otro detallito que me molestaba. Cuando un autor se aprovecha del trabajo de otro, considero que lo menos que puede hacer es ser fiel a su espíritu. Me parece de muy mal gusto que ahora llegue Gregory Maguire y decida enmendarle la plana a L. Frank Baum, diciendo que lo que era blanco ahora es negro y viceversa. Está utilizando su fama como recurso promocional, qué menos que mostrar un poco de respeto y atenerse a las especificaciones originales (sin que ello sea óbice para construir una interpretación más adulta, si ésa es la idea). Vale, hasta yo soy culpable de algo parecido (y con Tolkien nada menos), pero sin pretender jamás ir en serio (ni sacar beneficio de ello, ya que estamos).

Qué se le va a hacer. Por lo que he podido investigar, Gregory Maguire parece haber logrado un nicho de mercado reinterpretando cuentos. Supongo que es una forma de ganarse la vida, pero desde un punto de vista artístico me resulta tan hueco como el que un escritor esté dispuesto a basar toda su producción en explotar las andanzas de un único personaje (más incluso, ya que en este último caso el susodicho escritor tuvo que hacer el esfuerzo de crearlo al principio… a no ser que se limitara a construir una amalgama de protagonistas-tipo, que de estoy también hay).

Dejando atrás estas consideraciones, “Wicked” nos narra la historia de Elphaba, la que con el tiempo será conocida como la Malvada Bruja del Oste, en un Oz mucho más político y muchos menos amable del que conocemos. Asistimos a su ajetreado nacimiento y a cómo se desarrolla su vida, que la impulsa al enfrentamiento con el famoso mago, pintado aquí como un déspota (a mitad camino entre ilusionista de feria y Hitler en potencia).

Wicked

En la página de agradecimientos (de donde está ausente L. Frank Baum), se nos vende la idea de que “Wicked” es una reflexión sobre la maldad. Y a poco que se lea, se puede llegar a la conclusión de que es otra de esas obras que asumen el punto de vista del “malo” tradicional para mostrarnos que la valoración ética depende de la perspectiva (se entremezclan los conceptos de malvado y contrincante). Sin embargo, esta teoría pronto queda sin fundamento, pues el mago de Oz (y sus acólitos) tienen comportamientos inequívocamente amorales (tomando la moralidad como rasero para medir la maldad). Se produce explotación de recursos, exterminios sistemáticos de etnias, retirada de derechos a los Animales (animales autoconscientes, en una nada sutil analogía con el racismo fascista)… eso sin contar otras actuaciones que podrían achacarse a la interpretación sesgada de Elphaba.

Vale pues, el mago es malo y la bruja es buena (o al menos su causa es “justa”). Si asumimos que su interpretación está tan adulterada por sus convicciones como la historia que ya conocíamos es reflejo de las del otro bando, podríamos llegar a la idea posmoderna de que el mal es relativo, interpretación que se ve potenciada cuando la propia Elphaba incurre en actuaciones poco éticas (deriva hacia el terrorismo, con justificación incluida de los daños colaterales).

Sin embargo, la tesis de la novela no se queda ahí. Cuando abandona este camino (por un daño colateral inesperado que al final sí le importa), las propias fuerzas históricas parecen conjurarse para conducirla al enfrentamiento con el mago y sus secuaces, hasta hacerla abrazar la etiqueta de “malvada” (que comparte con la Bruja Malvada del Este, una fundamentalista religiosa independentista). Una obsesión le hace abandonar toda lógica y llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias, buscando incluso el reconocimiento de su maldad, cuando en el fondo todo parece un enfrentamiento inevitable.

Por todo ello, la interpretación final no es que el mal es relativo, sino incluso que no existe, pues sus agentes carecen de libre albedrío para cambiar su destino, y sin opciones no puede darse juicio moral (incluso se insinúa que el propio mago es prisionero de los condicionantes sociales). Para llegar hasta este punto, el autor tiene que realizar tantas piruetas conceptuales que al final hay que aceptar la tesis sin más, pues la argumentación viene a reducirse a “porque así lo escribo” (la testarudez de Elphaba y su ceguera ante el desarrollo de los acontecimientos llegan a extremos ridículos). Y cuando por fin entroncamos con la historia oficial (marcada por la llegada de Dorothy a Oz), se ha hecho tal lío que los juegos malabares con que pretende cuadrar ambas versiones mutuamente excluyentes que no resulta nada convincente (y requiere de más parches que el Windows Vista).

En lo estrictamente literario, tampoco me ha convencido. Aunque hay fragmentos muy logrados, el conjunto carece de solidez. Parece más bien una colección de novelas cortas, con los personajes y los hechos evolucionando en los lapsos intermedios. Poco a poco, los aciertos van difuminándose en una serie de líneas argumentales que no conducen a ningún sitio y  acontecimientos forzados (como el modo en que se hace con su escoba voladora) para cuadrar con el Oz canónico, hasta que, llegado mitad libro, ya sólo queda la promesa de ver cómo trata lo de Dorothy para seguir adelante (no ayuda nada que las escenas del Vinkus rompan el ritmo y se alarguen hasta el infinito). No tengo queja con respecto al estilo, pero no se pone al servicio de una historia coherente.

¿Un referente de la fantasía para adultos? Para aspirar a tal título precisaría: a) Una idea de base original, b) Una tesis clara y bien argumentada y c) Un desarrollo literario a la altura.  Sin salir de 1995, Christopher Priest ofreció una obra muchísimo más interesante con “El prestigio”.

(Como tengo una conexión bastante mala, me temo que tendré que prescindir de la sección de “otras opiniones”, pues carezco del tiempo necesario para cribar el grano de la paja)

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~ por Sergio en agosto 9, 2009.

3 comentarios to “Wicked, memorias de una bruja mala”

  1. Quedeo advertida. De todas maneras, no suelo inclinarme por reformulaciones de obras literarias famosas, pues me gusta encontrarme con personajes y escenarios originales. (Caso distinto son las franquicias, pero también la actitud mental para leerlas…).
    Saludos.

  2. Yo la leí en su momento y quedé bastante decepcionado. De hecho, prácticamente la acabé por obligación. Nada reomendable, las cosas como son.

  3. A mí también me la recomendaron y aproveché que había salido en bolsillo. Si es que no aprendo. Ya debería saber que lo mío no son los superventas fantásticos (como Christopher Moore, Laurell K. Hamilton y ahora Gregory Maguire).

    Espero que la cosa no sea recíproca…

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