Los propios dioses

Una vez saldada la deuda con Heinlein en la Hugolatría, y ya tratada una de las obras ganadoras de Clarke, resulta mandatorio prestar atención al otro integrante del triunvirato de Grandes Maestros de la Ciencia Ficción clásica: Isaac Asimov, quien consiguió el primero de sus dos premios Hugo (1973) y su único Nebula (1972) a mejor novela, además de quedar primero en la votación de los Locus, por su regreso triunfal al género con “Los propios dioses” (“The gods themselves”).

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Nada podía ilustrar mejor el cambio de tercio, de la New Wave de los años sesenta al auge de la ciencia ficción dura neo-campbelliana en los setenta, que el retorno de una de las figuras más significativas de la Edad de Oro, protegido del mismo Campbell, cuya última aportación a la cifi (novelización de la película “Viaje alucinante” aparte), databa de 1958 con la última entrega de su serie juvenil: “Lucky Starr y los anillos de Saturno” (firmada en principio como Paul French, aunque reconoció la paternidad en cuanto supo que al final no iba a rodarse la serie de televisión prevista). Y nada más significativo que venciera tanto en las votaciones de los aficionados (los Hugo) como la de los colegas (los Nebula) a dos de las mejores obras que dio la New Wave: “Muero por dentro” de Robert Silverberg y “El rebaño ciego” de John Brunner (la mejor, en mi opinión, del terceto).

En cualquier caso, dejando de la lado los motivos contextuales (evidentes) y nostálgicos (no había que perder la ocasión de premiar a uno de los pioneros y referente indiscutible de toda una generación), se ha de reconocer que “Los propios dioses” es una novela extraordinaria, merecedora de un puesto de honor en cualquier colección de ciencia ficción que se precie (para muchos es la mejor de Asimov; en mi caso, siento una predilección especial por “Los robots del amanecer”, pero “Los propios dioses” va justo detrás), aunque sólo sea por su segmento central, que se propuso desmontar dos mitos de la obra asimoviana: que no había alienígenas y que no había sexo.

Un breve inciso: Asimov, como doctor en bioquímica, declaró que era incapaz de imaginar un alienígena que fuera científicamente coherente y que al mismo tiempo no fuera una copia burda de la solución evolutiva terrestre (algo en sí mismo acientífico). Atrapado pues entre la espada y la pared, optó por la solución drástica de prescindir por completo de extraterrestres (lo cual es una de las particularidades más identificativas de su universo de la Fundación). Con anterioridad a “Los propios dioses” sólo rompió esta regla autoimpuesta en contadas ocasiones y en novela sólo se lo había permitido en el más laxo contexto de las aventuras juveniles de Lucky Starr (e incluso aquí, los únicos alienígenas inteligentes ya están extintos); posteriormente escribiría “Némesis” en 1989, cuya trama gira en torno a un planeta vivo. Respecto al sexo… soy capaz de recordar dos relatos, ambos escritos a modo de reacción, contra la misma idea de que era incapaz de hacerlo (el magnífico “Estoy en Puertomarte sin Hilda”, 1957) o contra el uso chungo del sexo en la ciencia ficción (el penoso “Playboy y el dios mucoso”, 1961). Quizás el precursor más importante sea “Espacio vital”, un cuento sobre universos paralelos que publicó en 1956 en el que como broma final aparecen seres morados con tentáculos.

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Volvamos a 1972 y a “Los propios dioses”. La novela está estructurada a modo de tres novelas cortas interrelacionadas, que llevan por título “Contra la estupidez…”, “…los propios dioses…”, “…luchan en vano” (una máxima del filósofo y poeta alemán Friedich Schiller). La primera gira en torno a los esfuerzos de un joven físico, Peter Lamont, por detener un proceso que, aparentemente, ha resuelto el problema energético del mundo al intercambiar electrones y positrones entre dos universos paralelos. Por supuesto, el padre del invento, Frederick Hallan, un científico mediocre con mucho ego y muy pocos escrúpulos, no está dispuesto a perder protagonismo y se las arregla para condenar a Lamont y a sus teorías sobre la peligrosidad del proceso al ostracismo.

La parte que da nombre al conjunto es el auténtico punto fuerte de la novela. En ella se nos presenta a Odeen, Dua y Tritt (Uno, Dos y Tres en ruso, idioma materno y casi olvidado de Asimov), los componentes racional, emocional y parental de una tríada de blandos, que viven en un mundo dominado por los duros, que los tratan con atenta condescendencia. Estos tres seres, en particular Dua, se encuentran entre los mejores extraterrestres que ha dado la literatura. Asimov, situando la acción en un universo con reglas físicas diferentes al nuestro, se siente libre para especular sin necesidad de justificar ni parecidos ni diferencias, mostrándonos un ciclo vital y una sociedad alienígenas, con unos integrantes movidos por fuerzas universales como son la curiosidad, la empatía y el instinto de procreación. La historia se centra en Dua, que descubre por casualidad que los duros, dirigidos por un nuevo y revolucionario miembro llamado Estwald, han filtrado al universo humano los planos del intercambiador para provocar que el Sol se transforme en Nova y obtener así toda la energía que precisan para salvar su moribundo planeta (por las diferentes reglas físicas, en su universo la materia fusionable de las estrellas se consume mucho más rápido y produce menos energía). Al tiempo que trata de avisar a los humanos (lo consigue con Lamont), debe esquivar la insistencia de su tríada por alcanzar la fusión (una suerte de unión sexual), de cuyo éxito, aunque ella no lo sabe, depende quizás la supervivencia de su raza.

Por último, “…luchan en vano” nos traslada de nuevo a nuestro universo, a la Luna, donde se ha autoexiliado Denison, colega y rival de Hallan (perjudicado por el ascenso de éste, que él mismo impremeditadamente propició). Allí, en compañía de una guía turística (con intuición potenciada artificialmente), Selene Lindstrom, llega a las mismas conclusiones que Lamont y da un paso más, buscando una solución que sortee la influencia política de Hallan y solucione el problema energético, de forma segura, para todos los universos. De paso, ambos frustran el plan de un grupo de radicales para lograr la independencia de la Luna, sin contar con la opinión de los propios selenitas (de hecho, Denison simpatiza con la idea de una independencia política y económica, pero no acepta otros planes más ambiciosos de los revolucionarios que precisamente sus investigaciones podrían posibilitar).

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La novela es singular en muchos aspectos. Por ejemplo, la sección intermedia es un estudio de personajes, algo extremedamente raro en Asimov, cuyos únicos protagonistas memorables son androides, como el inolvidable Andrew de “El hombre bicentenario” o R. Daneel Olivaw, de su saga de los robots. También me resulta interesante la descripción de las luchas de poder en el mundo científico y académico, algo que el autor conocía muy bien de sus experiencias como profesor en la facultad de medicina de Boston (en 1958 le hicieron abandonar la enseñanza al haber optado por la literatura en vez de la investigación como modo de vida, posteriormente quisieron arrebatarle sin éxito la dignidad de profesor asociado y no fue hasta 1979 que lo ascendieron a profesor de pleno derecho en reconocimiento por su labor divulgativa).

En cuanto a la parte dura, su idea de los universos paralelos con constantes físicas diferentes y las consecuencias de su interacción constituye uno de los conceptos más interesantes que he tenido ocasión de leer, de mayor importancia por cuanto su publicación en 1972 supuso a buen seguro un recordatorio, después de más de una década de exilio de la ciencia en la ciencia ficción, de que la física (y las matemáticas, y la biología…) tenía mucho que decir en el futuro desarrollo del género.

Por supuesto, posee puntos flacos. La primera y la tercera parte no acaban de despojarse de los arquetipos heredados de la Edad de Oro; la presencia femenina es anecdótica o, casi peor, paródica (como con la desinhibida y superintuitiva Selene); el razonamiento científico que propicia la solución final es lo bastante simple como para no requerir del concurso de un genio independiente como Lamont; y por supuesto, a ojos actuales, seguro que ha perdido algo de frescura (mis impresiones son de cuando mi primera lectura, allá por principios de los 90). Sin embargo, el conjunto sigue siendo extraordinario. Por un lado, aúna la capacidad didáctica de Asimov con una de las especulaciones más atrevidas que ha dado el concepto de los universos paralelos, por otro, nos ofrece a Dua, una de las grandes “heroínas” del género. Todo un clásico.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 9, 2009.

11 comentarios to “Los propios dioses”

  1. Anotado para próxima lectura… muy interesante crítica.

    Saludos!!

  2. De más está decir que es, para mí, la mejor novela de Asimov, precisamente gracias a la segunda parte de la novela y el personaje singular de Dua. Otras novelas de Asimov me gustaron por la aventura, aunque siempre recuerdo con especial emoción El fin de la eternidad (no por sus clichés sino por su desarrollo y su final) y sí, Los Robots del Amanecer, aunque el protagonista humano nunca me gustó. ;)
    En Los propios dioses la tercera parte funciona casi como excusa para terminar la novela, porque había cabos que atar, pero ni siquiera la necesita :)
    Saludos.

  3. A mi una que me gusstó mucho fue “El Sol Desnudo”

  4. Precisamente, fue “El sol desnudo” una de las últimas novelas de cifi que escribió Asimov antes del parón, pues es de 1957. “Los robots del amanecer” es su continuación directa (y para mí la mejor de la serie, que se completa con “Bóvedas de acero” y “Robots e imperio”).

  5. Yo también creo que es lo mejor de Asimov que he leído, y es cierto que no le tengo mucho aprecio, pero que ganara a El rebaño ciego… En los Hugo vale, es Asimov y además el mejor Asimov, pero en los Nebula me parece excesivo. Brunner me parece el gran clásico olvidado de la ciencia ficción.

  6. Brunner es un autor difícil. No me extraña (en exceso) que sus contemporáneos no lo apreciaran en su justa medida. Aun así, tiene un merecidísimo Hugo de novela en su haber por “Todos sobre Zanzíbar” (ya le tocara el turno). Al menos, en este caso “Los propios dioses” fue un galardonado más que digno, que el segundo Hugo de Asimov es mucho más discutible.

  7. De Asimov cabe destacar “Robots e Imperio”, cronológicamente entre la saga de Elijah Bailey y la Fundación.
    En cuanto a esta novela, después de leerla recomiendo leer “Oro” (creo que se llamaba así), un relato en el que el autor de el libro “Los propios dioses” hace un contrato para hacer la peli…

  8. ALGO AGRIDULCE PARA MI GUSTO….la primera parte estubo muy buena relatandonos que tambien en las labores cientificas existen los egos, envidias, oportunismos, deslealtades, como en todo sitio…si no preguntenle a Bill Gates, la segunda parte como que algo infantil y tuve que usar mi memoria para retener esos nombres con sus cualidades me refiero a los seres del universo paralelo, una vez identificados los personajes como que fue mas digerible e interesante la trama y esa sensacion que te daba que estas llegando a un climax e esta parte de la historia y realmente senti al final de esa parte un corto pero delicioso “orgasmo” literario, realmente me despeino y esperaba algo parecido en la tercera parte, como que se estaba aderezando bien la historia, hasta que sin darme cuenta ya habia terminado…..dije..” QUE?….ASI DE FACIL?” un “COITUS INTERRUPTUS”

  9. […] Blog dedicado a Asimov y su obra * Los propios dioses reseña en Mares de tinta * Los propios dioses en Rescepto * Los propios dioses en la […]

  10. Hola, tengo una pregunta. ¿”Playboy y el Dios Mucoso” tiene final?

    • Es el típico relato breve de Asimov que se apoya precisamente en el giro final para despertar la “hilaridad” del lector. En este caso en concreto haciendo uso de un final truncado (la nave alienígena parte y la transmisión se corta justo cuando está a punto de mostrar

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