Transformers 2: la venganza de los caídos

No resulta muy difícil determinar quiénes son los caídos a los que se refiere el subtítulo de la última película de Michael Bay. Una vez eliminado el malo, puesto que a) es sólo uno, y b) durante todo el largometraje es mencionado como “The Fallen” (supongo que por cuestiones de marketing), nos quedan dos individuos: Roberto Orci y Alex Kurtzman, los “guionistas” del engendro, que habían conseguido engañarnos a todos al firmar el libreto de Star Trek.

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No sé. Tal vez no quepa achacarles toda la culpa. Después de todo, el director ya mostró en un glorioso anuncio lo que para él implica el adjetivo “awesome“, y ahí no hay lugar para el desarrollo de personajes, o para el establecimiento de una trama o siquiera para justificar mínimamente las explosiones. Tal vez también haya que repartir agradecimientos a los directivos de Hasbro Inc., coproductores de la ¿película?, que proporcionaron inteligentes sugerencias a golpe de estudios de mercado (literalmente, se realizó una encuesta entre los consumidores para determinar qué nuevos robots aparecerían en la secuela; por cierto, para la 3 tocan los dinobots). Por último, los magos de Industrial, Light & Magic (y en menor medida Digital Domain) se encontraron con carta verde (y cheque sin fondos) para dar rienda suelta a sus más desquiciados delirios. Así pues, Orci, Kurtzman y el recién incorporado Ehren Kruger (en calidad de especialista en la materia) más que guionistas parecen haber actuado como hilvanadores. Su trabajo ha consistido en unir con el más fino hilo las cuentas de un collar de explosiones, efectos digitales y escenarios pintorescos (amén de algún que otro posado sugerente de Megan Fox… nada demasiado obvio, que debía ser PG-13 y eso sólo te permite toda la violencia que quieras mientras no haya sangre y sexo entre caniches).

No es ninguna sorpresa. Cuando entras a ver Transformers 2 sabes a lo que vas. Sin embargo, me ha resultado descorazonador comprobar lo rematadamente estúpida que es la excusa argumental (ni siquiera puede considerársele trama).Según propia confesión, los guionistas han buscado potenciar el papel de Shia LaBeouf (no lo han conseguido; no sé qué ha podido ver Spielberg en el soseras del niñato) y equilibrar mejor las explosiones con humor (o, lo que es lo mismo, convertir a la mitad del elenco en payasos, empezando por la madre del prota y terminando por el ex-agente Simmons, pasando por la parejita de robots gemelos subnormales).Además, según sugerencia (órdenes) de Hasbro, había que meter a un robot multimodular (el ganador de la encuesta, uno que se forma a partir de vehículos de construcción), a unas robotas-moto (“no sabíamos cómo introducir el tema del género en los robots, así que no lo hicimos”, sic), a insectobots surgidos de la nada, a Ravage (que sí, mola) y a varios más que seguro no reconozco (me quedé en los primeros veinte cómics o así de la serie original de Marvel y nunca vi, más que en algún capítulo suelto, los dibujos animados). Solución: recurrir a clichés para presentar a los personajes y justificar su motivaciones. Así no hace falta desarrollar nada; basta con sugerir (es un decir, que la cosa no resulta nada sutil) y el espectador ya cataloga al susodicho y sabe qué esperar de él; recurrir a clichés para montar la historia (¿alignígenas en la tierra? ¡Dioses prehistóricos! ¡Constructores de la Gran Pirámide!); y aderezar con pequeñas gotitas seudomistícas (en torno a la mitología cristiana sobre el Caído y la redención), pero en plan muy light, que la cosa va de evitar que el público piense y no todo lo contrario.

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Lo peor es que no estoy para nada seguro de que su público objetivo lo considere así. La peli es awesome y punto.

Mira que me revienta leerme escribir esto. Parezco el típico crítico amargado incapaz de apreciar nada filmado del final de la Segunda Guerra Mundial a esta parte, pero es que “Transformers 2” no me deja un solo resquicio al que aferrarme. El colmo ya llega cuando descubrimos que Petra está a tiro de piedra de la Península del Sinaí, y que luego cuesta poco más llegar hasta la Necrópolis de Giza, que curiosa y contrariamente a lo que creíamos, no está a 60 kilómetros de la costa más cercana, sino que prácticamente se encuentra a pie de playa. Además, los robots son tan machos que de un mamporro pueden mandar a su contrincante varios miles de kilómetros al sur, hasta topar catastróficamente contra los templos de Karnak y Luxor. Al menos se ahorran la acusación de que la trama presenta agujeros. Lo que no existe no puede ser horadado.

Dejando de lado estas pejiguerías menores, lo cierto es que la película es, claro está, espectacular. Las peleas son mejores y más intensas que en la primera y hay grandes escenas (no sólo con Megan Fox de protagonista). El problema reside en soportar los interludios (la parte de la madre encannabizada es de vergüenza ajena) y en el exceso. Cualquier maravilla en exceso cansa, y dada la nula capacidad de Michael Bay para construir tensión en las escenas de acción (y mira que a mí me encantan las de “La roca”, “La isla” e incluso “Dos policías rebeldos II” y “Pearl Harbor”), al final todo se reduce a contemplar monstruos de metal con miles de piezas móviles, repartiendo leña a una velocidad tal que resulta difícil a veces saber qué estás viendo (por “fortuna”, en los momentos clave el director recurre a la cámara lenta… una y otra y otra vez).

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No hacían falta dos horas y media para eso. Podía haberse reservado tortazos para la 3. Supongo que con lo que cuesta renderizar una escena, luego remuerde la conciencia (si se tiene) dejarla en la sala de montaje.

Conclusión: Aún sabiendo a lo que vas, acaba cansando (y eso que yo en su día me fui a ver “Mi gran amigo Joe” al cine sólo porque había sido nominada a los mejores efectos especiales y tenía interés en comprobar cómo habían implementado el software de generación de pelo virtual… al final aquel año ganó “Más allá de los sueños”), y a la salida conviene realizar un trasplante de neuronas para reponer las que se han muerto por inanición. Eso sí, si se ve, en pantalla grande.

A tenor de los 382 millones de dólares recaudados a nivel mundial en sus primeros cinco días, me acojona pensar que éste pueda ser el cine del futuro (perfecto para quienes tenga su intervalo de atención limitado a cinco minutos). Espero que James Cameron rescate con “Avatar” a finales de año las superproducciones de acción y ciencia ficción para quienes esperamos un algo más de sustancia, porque viendo lo que se nos echa encima (al trailer estrella antes de Transformers fue el de “2012” de Roland Emmerich)… es para echarse a temblar (y eso que “El día de mañana” me sorprendió favorablemente).

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~ por Sergio en junio 28, 2009.

2 comentarios to “Transformers 2: la venganza de los caídos”

  1. HAy u cine dedicado al efecto especial o más bien, a su servicio pero hay otro cine y es bueno. Lo último que he tenid ocasión de ver ha sido Coraline y no salí decpecionado. El director de Pesadilla antes de Navidad y James y el Meloctón Gigante, ha conseguido una película redonda que ya he incluido en mi lista de compras futuras.

  2. Pero es que el utilizar efectos especiales a punta pala no debe implicar que la película tenga que ser mala. Es sólo un síntoma de dejadez (y seguramente de egos hipertrofiados). Me asombra que haya gente dispuesta a gastarse 200 millones de dólares e invertir dos años del trabajo de miles de personas, sustentándolo todo en una historia tan patética. Aquí ha funcionado (comercialmente), pero muchas veces se hunde cuando la solución sería tan simple como darle a leer el guión a un niño de diez años (para mejorarlo, que optimizarlo costaría un poquito más, pero sólo un poquito).

    Supongo que se trata del mismo asombro que me embarga cuando leo un pestiño insoportable que alguien ha promocionado hasta el punto de convertirlo en un bestseller con millones de copias vendidas.

    Sí, ha funcionado, pero… ¿no hubiera sido muchísimo más rentable dedicar todo ese esfuerzo a algo que además fuera bueno? En el caso de Transformers 2, se podrían haber dejado todas las explosiones pero engarzadas en una estructura más interesante, que, total, al público “awesome” le hubiera dado exactamente lo mismo y no hubiera costado, comparativamente hablando, nada más que esfuerzo por hacer las cosas bien hechas.

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