Pequeños héroes: sexo, drogas y cyber-rock

Vamos con un título cuanto menos curioso, no sé si el único de su género, pero en todo caso estará en muy “selecta” compañía (así, a bote pronto, el único libro que se me ocurre con ciertas similitudes, aunque mucho más desquiciado, es “El tiempo de los señores halcones” de Michael Moorcock y Michael Butterworth, la única novela del mundo de guitarra eléctrica y brujería). “Pequeños héroes” es la típica chorrada que escribiría un fan del rock and roll después de flipar con “Neuromante” y expandir su mente por los viejos tiempos. No es una metáfora, sino una hipótesis bastante firme sobre la posible génesis de la novela. La diferencia estriba en que el fan en cuestión era Norman Spinrad, que sabe una cosa o dos sobre eso de escribir libros.

Pese a ello, alguien que no sea roquero no puede dejar de notar que están presentes las peores características del rock facilón. A saber: autoreferente hasta la náusea (no sé si habrá otro género con tantas canciones que hablen de sí mismo), con delirios de grandeza (somos la leche, nuestro estilo de vida es el futuro, todos los demás son unos borregos) y con manía persecutoria (nos quieren reprimir, no nos entienden, me margináis porque soy roquero). En otras palabras, rebeldía sin causa, o con ella misma como único propósito, sin ninguna meta o intención.

pequenosheroes

Lo curioso es que el libro lo ha escrito alguien que en realidad está metido en todo ese rollo, así que supongo que ha sabido trasladar a la perfección los motivos y el espíritu del género (o al menos de parte de él, no sé lo suficiente para hacer distinciones saliéndome del heavy metal), ya que lo que me parece patético del libro también me lo parece de la música que homenajea.

Pese a todo, ¿vale la pena leerse “Pequeños héroes”?

Supongo que sí. Es un poco cansino (más de 600 páginas), pero está bien narrado y apunta a cuestiones interesantes. Fue publicado en 1987, en plena fiebre cyberpunk (“Neuromante” fue publicado en 1984), y toma ciertos elementos de esta corriente, integrándolos de un modo ligeramente distinto. Siguen dándose ambientes degradados, pero aquí se nos presenta como una exacerbación de la separación entre clases económicas, con un pequeño porcentaje de la población (los “gordos”) integrados en el menguante mercado laboral y grandes masas de desarrapados que malviven de la caridad institucionalizada (nadie muere de hambre si no quiere) y crean su propio submercado sustentado en el crimen a pequeña escala. Entre ambos se encuentran los guardias, armados con uzis y encargados de velar por la seguridad de los pudientes. Es un ambiente interesante y demuestra que había vida más allá de “Neuromante”. El problema es que casi toda la producción que siguió optó por la imitación obsesiva y el subgénero acabó quemado en un tiempo récord.

Pero bueno, volviendo a la novela que nos ocupa, en este contexto, Muzik es la empresa que monopoliza la producción musical. Es el único ejemplo de megacorporación que nos encontramos en la novela, pero ejemplifica, claro está, todas las características negativas: deshumanización, búsqueda del beneficio a cualquier precio, ausencia total de ética… El presidente ocasional de Muzik invita al principio de la novela a Glorianna, una vieja estrella de tercera clase (apodada la Vieja Loca del Rock), a participar en un proyecto destinado a producir el primer disco de oro procedente de una Personalidad Artificial. Con ayuda de Sally, una feucha virtuosa del sintetizador (VoxBox), y Bobby, un mago de la videocomposición digital que tampoco es nada del otro jueves, pero que al menos no está traumatizado por ello.

A partir de aquí, asistimos a los problemas y avances de este improbable trío, mientras crean lo que la empresa demanda (a partir de estudios de mercado y pautas psicológicas)… o al menos algo que se le parezca para ir tirando. Sin embargo, no tienen éxito hasta que no entra en liza otro elemento, un nuevo wire (un casquete que estimula las neuronas mediante electricidad) con todos los beneficios de un buen psicodélico y sin los problemas habituales de ese tipo de droga (quema cerebros).

Little_Heroes

Paralelamente, conocemos la historia de Karen, una chica que fracasa en su intento por reincorporarse a la población productiva de Nueva York y acaba metida en un grupo ciberanarquista (más o menos, en realidad son bastante pipiolos), el Frente de Liberación de la Realidad, y de Paco, un puertoriqueño de la calle que empieza a ascender en la jerarquía de la sub-sociedad a partir del momento en que empieza a conectarse al wire y alucina con parecerse a Mucho Muchacho, la estrella del rock virtual que ejemplifica el machismo más exacerbado (pese a lo cual, esto no le impide emparejarse con Karen).

De nuevo, las conclusiones que extraígo me parecen por completo opuestas a las pretendidas por el autor, ya que todo el desarrollo no hace sino aumentar la impresión de patetismo que me producen los personajes. Ninguno de ellos parece capaz de conseguir nada si no está colgado con el wire. Al final, ni siguiera pueden follar si no es activados, pues entonces sólo perciben una idealización de la realidad (y de su pareja), sin importar lo cutre y asquerosa que sea. El rock se muestra simplemente como un modelo idealizado para que las masas se identifiquen con sus estrellas, muy vocingleras y aparentes pero filosóficamente huecas, y no piensen en su realidad. No es más que opio para calmar al pueblo y enriquecer a los poderosos. Incluso la presunta revolución propiciada por las acciones de Glorianna y el Frente de Liberación de la Realidad no consiguen sino reafirmar el orden establecido. Todo ello por una razón muy simple, ni ella ni el FLR poseen el menor atisbo de plan a medio plazo. Su revolución se basa en la ingenua idea de que todo está mejor con un poco de caos (según afirma uno de los personajes, el punto culminante de la civilización americana se dio en 1969, con la revuelta hippy… sobran las palabras).

Hay otras cuestiones que me resultan igualmente incomprensibles (porque se supone que está a favor del rock). La novela rezuma machismo por todos su poros. Mucho Muchacho acaba inspirando a actitudes heroicas, mientras que su equivalente femenino, Sally Cyborg se erige en el contrincante a batir (y, de hecho, a dominar por un hombre con los atributos bien puestos).

No sé, quizás sea la esencia misma del rock. Desde luego, hay sexo, drogas y estrellas de la canción. A lo mejor sólo se puede extraer de la novela lo que cada cual ya piensa sobre la música que homenajea. Al fin y al cabo, es Norman Spinrad, el autor de “El sueño de hierro“. Si algo se puede esperar de él es honestidad, así que es de agradecer que ofrezca una visión completa del rock, exaltándolo pero sin esconder sus miserias.

Hace años se comentaba que estaba intentando crear una opera rock sobre la novela. La idea era utilizar un gran escenario, quizás un estadio de fútbol, y montar un espectáculo inmersivo, buscando involucrar a los espectadores. Dada la subtrama psicodélica, no me extraña del todo que no haya conseguido su propósito todavía. El proyecto suena a propiciar el mayor alucine masivo a este lado de Woodstock.

No he encontrado otra crítica como tal del libro en internet (al menos en español), pero sí este artículo sobre Norman Spinrad, firmado por Luis Pestarini en Cuasar, que puede ser de interés para situar la novela en el conjunto de su producción.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 20, 2009.

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