El libro electrónico, la precuela

De un tiempo a esta parte se acepta como verdad axiomática la inminente irrupción del libro electrónico en nuestras vidas. Cada vez tenemos mejores y más baratos aparatejos para leer en una pantalla de tamaño modesto sin dejarnos los ojos en el proceso, los gurus de las nuevas tecnologías entonan alabanzas hacia el segundo advenimiento de la imprenta de Gutenberg y editores, autores y aficionados no dejan de especular sobre la posición en que se quedaran cuando el terremoto remita y toque edificar sobre la nueva geografía que surja. Me gustaría unirme a la celebración, pero me temo que aún soy muy escéptico acerca de este tema (lo cual no es óbice para que empiece a moverme para cubrir posibilidades, más noticias en algún momento futuro).

Mi mayor objeción surge al plantearme cuál podría ser el modelo de negocio apropiado. Aún nadie me ha expuesto un modelo que considere sostenible para todos los actores del drama (autores, editores y público, podemos dejar fuera por fin a los distribuidores y, en gran medida y por mucho que nos pese a los “tradicionales”, a las librerías). Personalmente, me preocupa por motivos evidentes el papel del autor, ya no sólo en el aspecto retributivo (me preocuparía más si actualmente estuviera consiguiendo algún tipo de retribución digno de mención), sino a un nivel más primario: la consolidación de los cauces para generar algún tipo de “blip” en el radar de los lectores potenciales. Sin embargo, el agente crítico, mal que nos pese, son los editores, y sin un modelo de negocio claro difícilmente van a aventurarse a cambiar nada de una maquinaria que lleva más de cinco siglos funcionando a plena satisfacción suya.

En cierto modo, tampoco es que importe demasiado. El cambio está en marcha, y acontecerá quieran los prebostes o no quieran. Ahora bien, si se han tomado las medidas necesarias ocurrirá de un modo suave y todo lo limpio que puede ser una revolución… si no será el caos, el sálvese quien pueda y el veamos quién sigue a flote cuando se aquieten las aguas. Tal vez soy un poco rarito, porque pese a encontrarme en la más bajo de la pirámide literaria y a poder potencialmente beneficiarme mucho más de un cataclismo que alguien que esté en la cima, lo cierto es que me gustan las cosas claras y los caminos bien marcados (soy un maníatico del control, qué le voy a hacer, ya me está costando bastante caro en posibilidades editoriales desperdiciadas). Vamos, que no me gusta nada contemplar un panorama tan impreciso y de ahí mi actitud cauta ante este tema.

Todo lo cual no implica que, de vez en cuando, no pierda un poco de tiempo dándole vueltas al asunto.

Anteayer, sin ir más lejos se me ocurrió una chorrada mientras intentaba (sin éxito) hacerme con una novela por las principales librerías de Valencia: no vendría nada mal un paso intermedio, un eslabón-aún-no-encontrado entre el libro tradicional y el electrónico, que ayude a limar las aristas del proceso y del que pueda surgir ese modelo de negocio que resulte satisfactorio para todos (menos para las distribuidoras, que a éstas les va a pillar el toro bien pilladas, y los demás vitorearemos desde la barrera).

El caso es que tuve que salir a recoger un libro técnico para mi hermana, encargado en “La casa del libro”, y decidí que iba siendo hora de hacerme yo con una novela que está cosechando muy buenas críticas. Una vez concluido el trámite de presentar el código del encargo, comprobar el título y pagar el libraco, pregunté por esta novela (que ya había comprobado en la página web de la libería que tenían en su catálogo). Y sí, la tenían, pero como la pistola de Leslie Nielsen, no allí. No, no quería encargarla. Ya vería si más adelante.

Como ya estaba por el centro, no me costaba nada peregrinar por los antros de vicio buscando mi chute, así que me pasé sucesivamente por Imágenes, Soriano, París Valencia y la FNAC. Resultado: nulo. No lo tenían. No recibían libros de esa editorial. Estaba en catálogo, pero no en almacen.  Supongo que podría haber ido al Corte Inglés, pero por entonces ya estaba cansado de andar y ya me había agenciado un par de saldos en París Valencia, así que bien podía volverme para casa. Después de todo, siempre podía disponer de cauces alternativos para alcanzar por fin mi objetivo.

Pensado y hecho. Encender el ordenador, acceder al correo electrónico, mandar un mensajito y listo: tomo encargado (para quien tenga curiosidad, el libro en cuestión es “Rojo alma, negro sombra”, de mi compañero de NOCTE Ismael Martínez Biurrun; próximamente su crítica en este mismo medio).

Uno puede ser muy tradicionalista, pero es que al final te obligan. Desde luego, podría haberlo encargado con igual facilidad en cualquiera de las librerías antedichas, pero no me apetecía. Se supone que allí tienen los libros físicamente. ¿Por qué contaban con una pila de “Ángeles y demonios” y otras opciones populares, obligándonos a la clientela alternativa (friqui) a pasar por el mostrador, realizar el pedido, esperar a que lo sirvan y volver a por nuestra droga? Desde un punto de vista comercial y práctico lo entiendo perfectamente. La venta de libros es un negocio limitado sobre todo por la capacidad física de exhibir el producto (y cada año se editan decenas de miles de títulos). Sin embargo, como parte afectada (en toda Valencia, quitando de los de la presentación, he visto un total de cuatro ejemplares de mi libro), no puedo evitar una reacción visceral y muy poco lógica: ¡No sois vosotros los que margináis, soy yo el que paso de vosotros!

No es un caso aislado. En un mundillo en que las tiradas se cuentan por centenares de ejemplares (dos mil libros ya constituye una burrada), resulta difícil encontrar un título en particular en las tiendas, incluso en las supuestamente especializadas. Si, con suerte, llega algún tomo a las estanterias, tienes que tener potra y ser el primer incondicional en hacerte con él, que si el primer ejemplar ya es milagroso, la reposición es el mismísimo Santo Grial.

Por fortuna, las nuevas tecnologías llegan en nuestra ayuda.

Una librería online no discrimina a nadie. No importa que te vaya lo popular o lo muy alternativo. El proceso es idéntico en cualquier caso. O al menos lo es en su parte final (la adquisición), porque el impulso es muy diferente. En una tienda online no hay pilas de libros tentadores, ni cartelones publicitarios, ni mesa de novedades (best sellers, por supuesto). Es el lector quien desde el principio va buscando un título en particular. Se pierde el gustillo de rebuscar por las estanterias, sopesando las distintas opciones con anticipativo deleite, pero ése es el precio de la igualdad de posibilidades.

¿Cómo se inicia el proceso? El lector potencial necesita recibir información sobre los productos disponibles por vías ajenas a la propia librería. Los sistemas tradicionales (televisión, anuncios en periódicos, revistas literarias…) o bien están vedados para el común de los mortales por su precio, o presenta graves deficiencias en comparación con la nueva generación de medios de comunicación, los sistemas 2.0, que priman las actualizaciones en tiempo real y el intercambio de opiniones (en nuestro caso, la comunicación directa lector-lector e incluso en ocasiones lector-escritor). Con un poco de interés, cualquier aficionado a determinado tipo de literatura puede estar al tanto de las novedades que van apareciendo, así como del impacto que éstas están teniendo sobre otros usuarios. Este flujo de información, unido a la dificultad de localizar determinados títulos en las tiendas (y mira que la prueba de campo la he realizado en Valencia, que no es precisamente un mercado pequeñito), nos empuja inexorablemente hacia el redil del comercio electrónico. No poseo datos concretos, pero no me extrañaría que ya existieran títulos que (suscripciones al margen) estén logrando ventas superiores a través de las tiendas online que en librerías físicas. La tendencia no va a hacer sino pronunciarse. Vendría a ser como el momento en que las ventas de DVDs superaron al VHS (en ventas, esto pasó en 2001, mientras que en alquiler se retrasó hasta 2003… ahora ya no hay quien encuentre una cinta de vídeo).

En estos momentos, el comercio digital de literatura está bastante restringido a segmentos especializados, tales como los libros técnicos o los géneros minoritarios (como el fantástico, quitando de dos o tres superventas). Es cierto que casi todas las tiendas físicas poseen ahora además una extensión online, pero no pasa de ser un servicio extra que en modo alguno proporciona el grueso de los ingresos. Me interesan más las tiendas exclusivamente virtuales, pues el futuro inmediato es suyo. Me parece una cuestión de lógica, enlazando ya con los párrafos con que abría esta entrada, argumentar que antes de que se consolide el libro electrónico tendrá que vertebrarse un sistema de transición: la comercialización electrónica masiva del libro físico. No sabría vaticinar cuánto durará esa etapa, quizás nunca llegue a desaparecer por completo (soy de los que consideran el libro como algo más que un medio de transmisión de información, un objeto con valor intrínseco; pero quizás sea simple inercia y acabe cambiando de parecer).

La información, pues, es crucial. El dinero de las editoriales y toda la promoción va a ir desviándose hacia la publicidad en internet (por supuesto, tendremos los cuatro o cinco títulos que coparán telediarios y titulares, pero seguirán siendo una minoría). Cuando ya no se pueda conseguir presencia comercial por el simple procedimiento de acumular ejemplares en las mesas de novedades, habrá que crear nuevos mecanismos de promoción. Me gustaría pensar que el proceso se democratizará así un poco, pero no soy tan ingenuo. El dinero seguirá mandando y seguirán saliendo bestsellers prefabricados, mientras que muchos (¿muchos más que ahora incluso?) nos pelearemos por las migajas.

Habrá, sin embargo, una diferencia. Con la desaparición (disminución en importancia más bien), de las tiendas físicas, nos cargaremos de un plumazo muchos quebraderos de cabeza, pues es muy caro producir, almacenar y distribuir de forma eficiente un paralelepípedo de pulpa de madera emborronado. Con el comercio electrónico primará sin duda el print-on-demand (para la tirada inicial, deberá instaurarse un sistema de solicitud previa), quizás con conexión directa entre tienda y editorial. No es tan sencillo como parece. Deberán ajustarse muchos mecanismos ya establecidos (a nivel de imprenta, gestión editorial y, por supuesto, relación comercial entre el autor y el editor), pero muchos de ellos (junto con los sistemas de promoción) supondrán un buen campo de pruebas para cuando el producto termine por hacerse completamente digital. Existe, sin embargo, un escollo a evitar por todos los medios. Debemos escarmentar en piel ajena y no seguir el pésimo ejemplo de la industria musical.

Todo este proceso debería abaratar el precio final del producto en un porcentaje significativo (como preludio a la fuerte rebaja que se hará imprescindible con el paso definitivo al libro electrónico). Mantener los precios actuales (20-24 euros por libro) sería un suicidio comercial. Después llegarían los lloriqueos, pero la avaricia de hoy se paga mañana (a no ser que te la pague el gobierno de turno).

Una vez establecido el sistema de comercialización electrónica, la transición será mucho más sencilla. Aún quedará el “pequeño” problema de cómo convencer al usuario para que pague por un producto que conseguirá idéntico a través de redes de intercambio P2P (problema que pueden soslayar en parte cine y música gracias a la experiencia diferente que supone ver una peli en el cine, sobre todo con moderneces como el IMAX o el 3D, o asistir a un concierto en vivo). Pero ése ya es otro problema, que deberá ser analizado en otra ocasión.

Y ya que estoy con nuevas tecnologías, voy a estrenar una novedad que acaba de implementar WordPress, las encuestas. A ver si de verdad funciona esto de la red 2.0 y consigo un poquito de feedback.

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~ por Sergio en mayo 21, 2009.

19 comentarios to “El libro electrónico, la precuela”

  1. Voy a ser rápido porque tengo que servir la cena a los chavales.
    Como bien sabrás soy ardiente defensor del libro-e…y de las librería on-line, especialmente Cyberdark y Cientemas.
    El paso internedio es lógico, y ya lo están transitando muchísimos lectores, pero es inevitable la nueva revolución.
    Opino que los autores ganarán más, saldrán más nuevos, mejorará la oferta, es más ecológico,…
    Las distribuidoras intentas no salirse del “negocio” creando artificios tipo tiket que se comproaráen las grandes superficies (con su ahorro de metros cuadrados) y accederás a una tienda virtual con miles de libros electrónicos. Yo no lo tengo tan claro como ellos.
    Lo siento me reclaman en la cocina (se n ota que tienes un poco más de tiemnpo que yo para esribir)
    Continuará…

  2. En realidad, hago un poco de trampa. Empecé a escribir la entrada ayer.

    El gran reto de la revolución digital (dejande aparte el “problemilla” de concienciar al consumidor de que hay que pagar algo por el producto o el sistema se va al garete) está a mi modo de ver en la instauración de sistemas de filtro y de propagación de las novedades fiables. Por ahora, y paradójicamente, internet está favoreciendo la creación de grupos cerrados, aunque las cosas están empezando a cambiar un poquito.

    También soy escéptico con que la cosa vaya mejorar para los autores. Con suerte no empeorará (el pesimismo me puede). En cualquier caso, su papel no variará mucho.

    No como el del editor. Así que me aprovecho: ¿Cuál crees que será el papel del editor en ese nuevo contexto?

  3. Si no fuera por Amazon dudo que habría conseguido mi edición del Rayo verde en el ocaso ;)

  4. Lo cual me recuerda que aún te debo una dedicatoria electrónica.

  5. En Japón hay librerías físicas donde comprar libros electrónicos… por poner un ejemplo de situaciones que ni se plantean todavía. Yo creo que el libro electrónico ocupará su nicho de mercado, bien a precios bajos o bien por suscripción. El que no compraba libros antes, no los comprará ahora. El que compraba libros antes combinará papel -la tendencia es al POD, pero tardará bastante- y electrónico. Ahora, el libro de regalo, que supone un porcentaje de ventas escandaloso, seguirá siendo de papel.

  6. ¿Seguirá conservando el libro su atractivo como regalo casual cuando deje de ser percibido como un objeto de uso cotidiano? ¿O quizás ese segmento de mercado migrará hacia otros artículos? (Por ejemplo, los cada vez más extendidos videojuegos para adultos de cualquier clase y condición, propiciados por máquinas como la Wii y el envejecimiento de la generación de la consola).

    El libro como regalo seguirá, pero no creo que lo haga al nivel de ahora. Será más bien cuestión de ediciones especiales (bien sea de lujo o de todo lo contrario). De todas formas, aún falta (relativamente) mucho para eso.

  7. Es que el libro como regalo es el libro fetiche, el bueno y bonito, no el de bolsillo. Los videojuegos para adultos no tienen el mismo encanto, la verdad. Todavía, aunque sé que esto cambiará dentro de unos cuantos años, hay más gente que lee que juega.

  8. Al menos el 80% (tirando para lo muy bajo) de los que regalan libros no aprecian el artículo en sí. Es como regalar una corbata el día del padre. Si cambia la percepción del objeto a algo obsoleto, todos ellos buscarán otro comodín.

    Respecto a lo de que hay más gente que lee de la que juega… ¿En qué segmento de edad? El GTA IV ha vendido 13 millones de unidades, lo cual es comparable incluso con la saga de “Crepúsculo”, y si nos metemos con los juegos punteros en Wii… “Wii play” lleva 23 millones y “Wii sports” 46 millones (con la pequeña trampa de venderse junto con la consola… aunque habría que ver cuál es el auténtico reclamo).

    En cualquier caso, era sólo un ejemplo. El libro-regalo será difícil de batir y quizás su sustituto aún no haya llegado a las tiendas.

  9. No me seas tramposo, ¿cuántos libros se publican en el mundo comparados con el número de videojuegos?

  10. Pues he encontrado datos con respecto a las ventas en EE.UU.

    La industria del videojuego en EE.UU en 2006 facturó 13.500 millones de dólares, en 2007 19.000 y en 2008 22.000. (fuente http://vgsales.wikia.com/)

    Por su parte la industria editorial facturó en 2005 34.600 millones, en 2006 35.700 y en 2007 37.260. (fuente http://www.bisg.org/).

    Elimina los libros técnicos de la suma y examina las respectivas tendencias. ¿Cuánto crees que tardarán en equilibrarse los totales).

  11. Pero es que facturación no es número. Es evidente que en algún momento facturará más el videojuego, pero para eso queda mucho tiempo. Y a nivel mundial todavía se hace más amplia la diferencia. ¿Sabes cuál es la principal? Un libro con diez años se puede reeditar -o volver a vender en caso de POD o ebook- pero un videojuego no. Constante inversión, escalada de producción, menor rentabilidad.

  12. No, facturación no es número, pero todo sale de la partida de ocio del presupuesto particular, así que lo que crece por un lado debe menguar por otro (tampoco estoy seguro de que a nivel mundial la cosa sea muy diferente, a lo sumo la tendencia llevará uno o dos años de retraso en los principales mercados y tres o cuatro en los emergentes).

    Precisamente, el paso a electrónico favorecerá que la partida de editores y autores no se vea mermada, al reducir el precio final del producto (restando los porcentajes de imprenta y distribución).

    Y un análisis de rentabilidad ya se saldría por completo de las posibilidades de un simple comentario (y tengo la sospecha que sería algo imposible de llevar a cabo sin un máster en gestión comercial). Sin embargo, dejaré caer otra pregunta: ¿Cuál es el porcentaje de libros que no se reeditan jamás? (y el POD mejorará el asunto, pero no mucho, que cuando un título pierde impulso lo normal es que caíga por completo en el olvido… a no ser que el autor saque más adelante un código da Vinci).

  13. Buf, nos toca quedar :)

  14. Un poco de discreción, Alfredo, que Raquel se pasa de vez en cuando por el blog.

  15. Aparte de la librería on-line, la maquinita esta que te imprime el libro en 10 minutos y te lo da listo para leer en papel puede ser algo interesante para librerías y que elimina de la ecuación a los distribuidores…
    Yo por ahora sólo he usado Amazon y para libros en inglés, en español sigo paseándome por las librerías…

  16. Lo siento pero no he podido conectarme antes.
    Sergio, como editor creo que aún nos queda mucho apra decir. En la entrevista que me hizo Joe en su blog(http://letrasparasonyar.blogspot.com) respondía a esta pregunta.
    Podemos aportar a los usuarios/lectores un catálogo de autores, una “cierta” calidad, una maquetación y diseño.
    Como editor tecnocientífico tengo un miedo: que en un libro de divulgación algún pirata altere el contenido y defienda el creacionismo en uno de mis libros, y lo cuelgue en la red, desprestigiando al autor y al editor.
    Parece que todo el mundo coincide en la desaparición del distribuidor, pero opino que las librería, tal como las conocemos, tienen sus días contados, al igual que le pasó a las pequeñas tiendas que vendían musica en los barrios.
    En fin, que para el lector puede ser una garantía el buscar un título/autor en el catálogo de una editorial. Tenemos que seuir haciendo una criba selectiva (con el riesgo de equivocarnos, que seguro que nos octurre).

  17. Gracias por la contestación, Jorge.

    Lo comentaba sobre todo porque pienso que al desaparecer ciertas gestiones que venía realizando el editor y simplificarse otras, su función va a tener que evolucionar. Quedan varias preguntas en el aire… ¿Aumentará el número de títulos? ¿Se cuidarán mejor aspectos como la corrección de estilo y, en su caso, la traducción? ¿Cómo se contrarrestará la inundación de títulos de “editoriales” poco profesionales surgidas al reclamo de la simplificación del proceso?

    Vamos, que se deberá ofrecer algo más al autor y al lector (la maquetación no me vale, que con conocimientos mínimos de informática y cierta experiencia es posible aprender a manejar programas como el Quark Xpress en veinticuatro horas) para que prioricen una editorial sobre otras (soy un poco cínico y no confío en que la calidad vaya a traducirse automáticamente en popularidad… no creo que las cosas vayan a cambiar tanto).

    Respecto a la alteración de textos… La verdad es que no lo había pensado desde esa perspectiva. Habrá que hacer algo al respecto. ¿Quizás un patrón electrónico que asegure que el procducto no ha sido modificado con un sistema de comparación al que se pueda acceder online con tu copia? Por supuesto, la modificación también podría tener su vertiente positiva. En libros técnicos, disponiendo de un código particularizado, quizás incluso se pueda ofrecer utilizando el mismo sistema un servicio de actualizaciones. Eso sí que sería un “algo más” (aunque se correría el peligro de convertir al autor en un mero “actualizador”).

    Seguro que surgirán muchos más problemas y posibilidades que no podemos ni imaginarnos ahora.

  18. No he podido terminar de leer la antología “Calabazas en el Trastero” hasta hoy. Lo siento.

    Tu relato es, simplemente, una aproximación al existencialismo y al debate entre la vida y la muerte tan hermoso y tan lleno de carisma y sentimiento que consigue dejar un sabor de boca agridulce, más dulce que agrio, a una antología llena de terrores. En conclusión, que mi relato nada en las mismas aguas que grandísimos escritos, y eso me enorgullece. :).

  19. Muchas gracias por el comentario. He añadido a mi reseña, aquí en Rescepto, un enlace a tu crítica.

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