La máquina de la eternidad

La primera worldcon de la historia en la que se otorgaron premios Hugo fue la de 1953. Iba a ser, en principio, un acontecimiento único, una novedad que propusieron los organizadores de aquel año. Sin embargo, la idea cuajó y, aunque 1954 se quedó sin premios, en 1955 volvieron a otorgarse, instaurándose ya como el trofeo anual que conocemos. La ganadora de aquel año en novela fue “They’d rather be right”, obra conjunta de Mark Clifton y Frank Riley, que carga con la (mala) fama de ser la peor novela que jamás haya merecido un Hugo… Por si me faltaran razones para echarle un tiento.

Como solía ser habitual, su primer contacto con el mundo lo hizo en forma serializada, en la revista Astounding, en 1954. Para su recopilación en formato libro, lo habitual ha sido juntarla con otros dos relatos, también aparecidos originalmente en Astounding, sólo que en 1953, y que completan el “ciclo de Bossy”: “Crazy Joe” y “Run! Run! Witch!”, firmados por Mark Clifton y Alex Apostolides (también ha sido habitual negarle el mérito a Apostolides, e incluso en la edición de Nova del 2002 sólo se reconoce en portada a Clifton y Riley). Si bien el primer cuento, traducido como “El loco Joey”, resulta bastante prescindible (historia melodramática sobre niño telépata, muy tópica en una época en la que los fenómenos parapsicológicos copaban las revsitas), “¡Escóndete! ¡Escóndete! ¡Brujo!” es fundamental para entender la novela (traducida, muy acertadamente, por Miquel Barceló como “Prefieren tener razón”), pues no sólo explica el punto de partida, sino que presenta buena parte de los temas a desarrollar.

Maquina_eternidad

Dada su “oscuridad” (lo que sí es, sin duda, es el premio Hugo más olvidado), se hace imprescindible reseñar primero de qué va la historia.

Joe Carter se nos presenta en el primer cuento como un niño extraño, cuyas habilidades telepáticas le hacen parecer un poco ido (no es capaz de discernir entre lo físicamente real, aquello que sólo él sabe gracias a sus poderes y los desarrollos hipotéticos de vías de acción que nunca van a explorarse). Los otros niños lo ridiculizan y a sus padres les asusta (lo cual expresan a través de cierto grado de violencia contenida por parte del padre y de ansías por que sea normal por parte de la madre). Durante el desarrollo de la historia, Joey de visita a un prestigioso psicólogo, es desenmascarado por el asistente del mismo, resentido porque su jefe no está abierto a “otras posibilidades”.

Tanto la descripción de la confusión de Joey, como el desarrollo de la prueba de percepción extrasensorial (utilizando cartas de Zerner, las que está usando el doctor Venkman al principio de “Los cazafantasmas”) según la metodología de J. B. Rhine, están narradas con buen ritmo. No presentan nada novedoso, pero es una buena muestra del tratamiento que del tema se hacía por aquella época (aunque hoy en día resulte chocante, emplea metodología científica válida para registrar el efecto buscado; entre aquel momento y ahora, medio siglo de estudios han descartado la parapsicología como ciencia, pero la intención de Rhine y sus colegas no era dejar de lado el conocimiento científico, sino estudiar un presunto fenómeno desconcertante desde otro ángulo pero con las mismas herramientas).

Más de una década después, Joey estudia en la universidad de Hoxworth gracias a una beca que le ha conseguido aquel asistente, a costa del decano en Investigación Psicosomática, el doctor Billings. Este científico recibe el encargo gubernamental de construir una máquina capaz de anticiparse a los acontecimientos (traducción ésta mucho más acertada a mi entender que la de “prever” utilizada en el tomo de Nova) o, lo que es lo mismo, una máquina capaz de captar los parámetros de una situación, analizarlos y determinar cuál será el resultado probable y si debe hacer algo por evitarlo o potenciarlo.

Aún no había sido acuñado el término para describir este tipo de máquina con propiedad (lo sería en 1956), pero lo que Clifton y Apostolides están describiendo es una inteligencia artificial.

forever_machine

Billings, desesperado por la enormidad del encargo (que no puede rechazar por motivos que analizaré más adelante), recurre a Joey para que le ayude, confrontándolo con su conocimiento de sus poderes telepáticos. Entre ambos, y gracias a los poderes de Joey que facilitan una cooperación multidisciplinar sin precedentes, logran construir a Bossy.

Esta narración supone, sin duda, el punto fuerte de “La máquina de la eternidad”. Trata sobre los vicios de la comunidad científica (endogamia, especialización excesiva, dogmatismo…), las presiones sociales y políticas (se desarrollaba en aquel mismo momento la famosa Caza de Brujas del senador McArthy), la dimensión moral de la telepatía y, por supuesto, los problema surgidos durante la construcción de una inteligencia artificial. Por desgracia, cuando debería empezar a cerrar todos estos temas (lo cual hubiera dado un cuento largo realmente notable), se sale por la tangente, los deja en el aire e introduce uno nuevo, el miedo atávico de las masas ante la presunta amenaza de una máquina que podría sustituir a cualquiera. Las hordas enfervorecidas asaltan la universidad para detener la investigación, pero por fortuna Joe ya lo ha preparado todo para escapar con Billings, otro científico, el doctor en cibernética Hoskins, y Bossy despiezada.

Todos estos temas que deja en el aire los desarrolla en la novela merecedora del Hugo. Sin embargo, bien sea por el cambio de Apostolides por Riley, bien porque el desarrollo no daba para un texto de tanta longitud, en “Prefieren tener razón” nos encontramos con una repetición machacona de las mismas tres o cuatro ideas y con el progresivo desvío de la ciencia más o menos ortodoxa hacia lo paracientífico (vamos, que no acierta ni una con la dirección de sus especulaciones). Ello, unido a una técnica narrativa deficiente, ha hecho que haya envejecido realmente mal.

Tres son los grandes problemas de “Prefieren tener razón”. Para empezar, Clifton y Riley no narran, sino que exponen. Las relaciones entre los protagonistas, las inferencias sociológicas de la trama, las reacciones del pueblo llano, todo nos lo tienen que explicar con pelos y señales a través de largos párrafos expositivos, lo cual es un error por varios motivos. Para empezar, resulta aburrido y burdo. No se nos exige ningún esfuerzo, sino que todo está mascadito, ni tampoco se emplean recursos literarios que pudieran ser interesantes per se. Además, curiosamente, pues la novela ataca al pensamiento único, restringe las interpretaciones a una sola posibilidad, aquella que decidieron, con sus conocimientos de la época, los autores en 1954. La receta perfecta para perder público potencial que no comulgue con tus ideas (y que pueden aceptar una argumentación en contra, pero no unas conclusiones descontextualizadas) y para quedar anticuado en cuestión de pocos años. A esto se le añade, por lo que he podido leer en críticas anglosajonas, que el estilo es pretencioso y retorcido hasta lo insoportable (algo que la traducción no puede maquillar).

Rather_be_right_astounding

Empeorando las cosas, los autores se decantan por dar credibilidad a (y especular sobre) ideas que han quedado más que desacreditas (salvo para los cienciólogos, claro). Atención, que esto podría ser un spoiler,  pero no puedo continuar sin destripar un poco la trama. Buena parte de la historia gravita sobre la posibilidad de que Bossy, libre de todo tipo de preconcepción, es capaz de proporcionar una terapia psicológica tan perfecta que no sólo cura los traumas mentales, sino que proporcionan sanación física, rejuveneciendo las células (las pobrecitas sólo están deprimidas) y otorgando la inmortalidad (y, de paso, liberando la mente de las autolimitaciones que bloquean la capacidad telepática innata, lo cual es, precisamente, el objetivo real de Joey para ayudar al profesor Billings). Cabe señalar que esto es más o menos lo que predicaba la dianética de L. Ron Hubbard, publicitada por primera vez en las páginas de Astounding en 1950 (después de que todas las revistas médicas la rechazaran).

Y entramos en el tercer escollo contra el que se estampa la novela.

Para justificar una idea tan disparatada (que las personas no envejecen por el desgaste, sino por traumas psicológicos reversibles), los autores aplican una ampliación al absurdo a su idea de la cerrazón del pensamiento científico a las nuevas ideas. Metiendo de por medio como excusa la teoría de la relatividad de Einstein (sin comprenderla en lo más mínimo), llegan a la conclusión de que todo conocimiento científico es subjetivo, que no hay ningún valor ni teoría absoluta, sino que pueden coexistir dos o más mutuamente excluyentes. Vamos, que pasar de defender cierto grado de sana heterodoxia científica al todo vale porque no existe ninguna verdad absoluta es dar un salto inaceptable. Lo peor es que, sea real o una mera coincidencia temporal, suena a justificación de las seudociencias, y más específicamente de la cienciología (hay un momento, hacia el final del libro, en el que un escritor de ciencia ficción de mediana edad sin identificar realiza un sospechoso cameo).

Con todo ello, los autores arruinan el buen trabajo relizado en el planteamiento. Todo el discurso a favor de la libertad de expresión y el fomento de la amplitud de miras y la interdisciplinaridad científica se diluyen y cargan con la sospecha de no ser más que justificaciones para tratar de colar lecciones dianéticas.

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¿Es entonces “Prefieren tener razón” la peor novela ganadora de un Hugo? A falta de leer unos pocos ya puedo afirmar que, en mi opinión, no. “Un caso de conciencia“, por ejemplo, es bastante peor, y hay por ahí algunas que aún no he tenido ocasión de reseñar que se situarían igualmente por detrás. Claro que, echando un vistazo a 1954 para constatar otras opciones, resulta evidente que fue una pésima elección. En 1954 vieron la luz “Las bóvedas de acero” de Isaac Asimov (primera novela de su ciclo de los robots; eso sí, bastante inferior a las siguientes), “Misión de gravedad” de Hal Clement (serializada en 1953, pero publicada como libro en 1954 y, por tanto, elegible para 1955), “La bestia estelar” de Robert A. Heinlein o, sobre todo, “Soy leyenda” de Richard Matheson. Y si contamos las que en 1954 se quedaron sin posibilidad de optar a un premio (“Farenheit 451” de Bradbury, “El fin de la infancia” de Clarke o “Más que humano” de Sturgeon) vemos que el nivel de la época era altísimo y que “Prefieren tener razón” es, cuanto menos, un representante indigno.

Me quedo, sin embargo, con un par de frases e ideas destacables, que ya es más de lo que se puede sacar de muchos obras de ficción, y con el cuento “¡Escóndete! ¡Escóndete! ¡Brujo!” que hace pensar en cómo hubiera podido mejorar la novela si el colaborador hubiera seguido siendo Apostolides. Por ejemplo, he aquí una frase pronunciada por un burócrata con relevancia para el tema de la caza de brujas y su efecto en la ciencia: “¡Simplemente intento que ninguno de ustedes, los profesores, llegue a decir nada que pueda poner en peligro nuestra libertad de expresión!”. U otro incisivo apunte político que aún conserva toda su vigencia: “Y era una locura preguntarlo, ya que el gobierno nunca tenía en cuenta la competencia al hacer un encargo… Actuaba en eso de manera parecida a la gente al elegir el gobierno”.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en mayo 17, 2009.

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