Ciencia de Los primeros hombres en la Luna

Se suponía que esta entrada debía haberse escrito hace días, poco después de la crítica a “Los primeros hombres en la Luna” de H.G. Wells, pero entre unas cosas y otras se ha ido retrasando. Normalmente, cuando esto me pasa el impulso se pierde y el artículo prometido nunca llega a materializarse, pero en este caso no quería que tal fuera el desenlace, porque el análisis del uso de los conocimientos científicos de la época por parte de Wells para apoyar su especulación es, a mi entender, de gran interés histórico.

Jules Verne, que en 1901 contaba con 73 años, al parecer fue crítico con la idea clave de la novela, la sustancia antigravitatoria (cavorita) de la que se valen los protagonistas para alcanzar nuestro satélite. Consideraba (y con razón) que la propulsión mediante un cañón, que él había ideado en 1865, se apoyaba mucho más en ciencia sólida, sin recurrir a propiedades poco menos que mágicas (quitando detallitos como que la aceleración mataría a cualquier astronauta). Sin embargo, Wells no se había limitado a sacarse de la manga una lámpara maravillosa para pedirle deseos sin fundamento, sino que buscó la forma de conferir a su creación verosimilitud científica. La sustancia era una invención, pero actuaba según principios que consideraba rigurosos (se equivocó aquí y allá, pero es lo que tiene asumir riesgos).

cavorite

En otras palabras, Verne escribía lo que hoy llamaríamos technothrillers. Extrapolaba la tecnología contemporánea y construía en su imaginación máquinas capaces de superar los límites impuestos por la calidad de los materiales o de los medios de propulsión conocidos. Sus inventores son una suerte de superingenieros, adelantados a su tiempo pero no rupturistas con las disciplinas existentes (con la posible excepción de la idea de meter hombres en un proyectil que se va a disparar contra la Luna, aunque el artilugio en sí no es sino un cañón sobredimensionado). Wells, por su parte, apuesta por un salto al vacío Ante el mismo problema, no recurre a las tecnologías preexistentes, sino que busca un nuevo sistema impulsor de entre el abanico de opciones con sentido para la física. Y si tiene que recurrir a algún elemento inexistente, así sea con tal de explorar a fondo las posibilidades de su idea. Por ello, consideraría a Verne un precursor y a Wells un pionero de la ciencia ficción. Ese salto especulativo final es el ingrediente que separa definitivamente al género de otros hermanos (o progenitores, como la novela de aventuras decimonónica), es el que rompe los límites de la novela realista por medio de la ciencia (en contraposición con lo sobrenatural en la fantasía y el terror), abriendo un territorio inabarcable a la exploración.

Wells no se anda con demasiados preámbulos, y pronto, en el primer capítulo, tras una breve disculpa encubierta ya nos confronta con la cavorita y sus propiedades (así el lector puede decidir pronto si acepta las premisas):

El objeto de la investigación de mister Cavor era una sustancia que fuera “opaca” (él usaba otra palabra que he olvidado, pero ésta expresa bien la idea) a “toda forma de energía radiante”. La “energía radiante”, según me explicó, era algo así como la luz o el calor, o esos rayos Röntgen, de que tanto se hablaba hace un año o así, las ondas eléctricas de Marconi o la gravitación. Todas estas cosas, decía él, producen radiaciones y actúan osbre cuerpos a distancia de lo cual viene el nombre de “energía radiante”. Casi todas las sustancias son opacas a una u otra forma de energía radiante.

Sigue una enumeración de sustancias opacas a la luz, el calor o la electricidad y acaba abogando por otra que impida el paso de la “energía gravitatoria”.

Aquí Wells comete el error de confundir “fuerza a distancia” con “radiación” (aunque tampoco puedo estar al cien por ciento seguro de cuál era el consenso científico en la época). Todos sus ejemplos de “energía radiante” son en realidad distintas formas (longitudes) de ondas electromagnéticas. En cierto sentido, no resulta descabellado habida cuenta de que un material no conductor es capaz de interferir en la fuerza de atracción entre dos cargas de signo opuesto. Por analogía, podría haber una sustancia que hiciera lo propio con la gravedad. Es una especulación pura y dura. Plantea una situación hipotética en base a unos conocimientos previos (a efectos teóricos, no importa que estos conocimientos estén más o menos acertados). Leído en el lenguaje de la época nos suena un tanto pueril, pero podríamos “traducirlo” a términos actuales empleando elementos de la teoría de la gravedad cuántica y la de las supercuerdas. La primera predice la existencia de unas partículas sin masa llamadas gravitones que serían las encargadas de mediar en las interacciones gravitatorias (mediante mecanismos que no estoy seguro de que alguien comprenda). Para la segunda, estos gravitones serían cuerdas cerradas, no ancladas por tanto a una determinada brana tridimensional. ¿Cabría la posibilidad de especular con algo (no necesariamente una sustancia, pero quizás alguna otra partícula elemental o algún campo energético) capaz de desviar estos gravitones? Lo cierto es que mis conocimientos de física de partículas terminan más o menos aquí, pero no suena tan descabellado, ¿verdad?

tierra_luna

Sin embargo, para que el público se tragara la idea hacia falta algo más. Algo que hubiera hecho hasta ese momento imposible el descubrimiento de la sustancia maravillosa. Y Wells encontró ese algo en la historia científica reciente:

Baste decir para este relato que él creía poder obtener esa posible sustancia opaca a la gravitación por medio de una complicada aleación de metales y un nuevo elemento. Creo que lo llamaba “helium”, el cual le era enviado desde Londres, en frascos precintados.

El helio había sido descubierto al examinar el espectro de emisión de la corona solar en 1868, pero no fue aislado en la Tierra hasta 1895 por el químico escocés Sir William Ramsay (premio Nobel en 1905). Aunque se publicó en 1901, la historia está ambientada en 1898-1899, por lo que sería un elemento todavía más misterioso y difícil de obtener. En cualquier caso, se trataba de una materia prima que contaba con buenas probabilidades de seguir siendo extrañísima durante décadas. Quién le iba a decir a Wells que en 1903 se encontraría un enorme yacimiento de helio en explotaciones de gas natural en Kansas, desmitificándola un tanto. Sea como sea, la anécdota sirve para ilustrar su interés por mantenerse al tanto de las últimas noticias científicas (hecho que se pone de manifiesto también en su mención a los rayos Röntgen, o X, descubiertos igualmente en 1895).

Con esta exposición ya considero ejemplificada mi tesis sobre el salto especulativo en la obra de H.G. Wells. Lo cual no quita que haya otros muchos apuntes interesantes (trata, por ejemplo, de explicar las condiciones de semiingravidez en el interior de la esfera cuando está completamente aislada de las fuerzas externas por la cavorita, aunque no termina de calcular correctamente la resultante  de las fuerzas internas −sitúa el punto de atracción en el centro geométrico− y las sobreestima). De entre ellos, me detendré en dos, por resultarme los más curiosos o significativos.

atmosfera_pluton

Al llegar a la Luna, Cavor y Bedford son testigos de un fenómeno atmosférico de lo más curioso. Mientras que durante la noche no hay aire de ningún tipo (lo cual se ajustaba a las observaciones realizadas desde la Tierra), con la luz del Sol la atmósfera, que estaba congelada, se sublima y crea una cubierta gaseosa tenue pero respirable. Al llegar la noche, el proceso se da a la inversa, y el aire se deposita como nieve sobre la superficie lunar (esto debería en principio evitar su detección desde la Tierra, de no ser porque nuestra satélite nos muestra su lado iluminado de acuerdo con las fases lunares; un pequeño error de cálculo de Wells que, al parecer, no quiso incidir demasiado sobre el tema pues necesitaba que hubiera oxígeno respirable para sacar a sus astronautas de la esfera de cavorita. Quitando de este detalle, la imagen de una atmósfera que se congela y gasifica resulta de lo más antinatural, y provoca hasta rechazo, impeliendo a soltar un “¡Venga ya, H.G., ahí sí que te has pasado!”. De modo que me quedé bastante sorprendido cuando me enteré hace poco de que la finísima atmósfera de Plutón (nitrógeno, metano y dióxido de carbono) presenta exactamente ese mismo comportamiento, aunque no con un ciclo rotacional, sino orbital (sublima al acercarse al perihelio y se va congelando a medida que se dirige al afelio durante su órbita de 250 años terrestres).

La otra curiosidad que quería resaltar se encuentra casi al final de la narración, en el capítulo XXII, cuando empiezan a recibirse los mensajes de Cavor desde la Luna:

El lector recordará, sin duda, la emoción que se produjo a principios de siglo ante el anuncio del famoso hombre de ciencia americano mister Nikola Tesla de que había recibido un mensaje de Marte. Su declaración renovó la atención sobre el hecho, desde hacía largo tiempo conocido por los científicos, de que, procedente de algún sitio desconocido del espacio, están constantemente llegando a la Tierra ondas de perturbación electromagnética completamente similares a las empleadas por Marconi en la telegrafía sin hilos. Además de mister Tesla, otros muchos observadores se han dedicado a perfeccionar aparatos para recibir y registrar estas vibraciones, aunque pocos se aventuran a considerarlas como verdaderos mensajes de algún emisor extraterrestre.

De nuevo se cruza Tesla como inspirador de la ciencia ficción temprana, lo cual no es de extrañar, dada la cualidad y espectacularidad de sus experimentos. El caso es que en 1899 estaba trabajando en su laboratorio de Colorado Springs (lo más parecido que nunca haya existido al antro de un científico loco) en un procedimiento para detectar tormentas a miles de millas de distancia (registrando las débiles señales eléctricas mediante sensores especiales), cuando creyó recibir una emisión de radio, cuyo punto de origen, inequívcoamente extraterrestre, identificó con Marte. El anuncio, claro está, causó controversia, entre otras razones porque, como era habitual, Tesla no fue muy específico sobre los detalles y nadie más en todo el mundo estaba preparado para replicar el experimento. La complejidad de la señal le llevó a proclamar que era un mensaje coherente (en realidad, pudo tener su origen en el toro de plasma que genera Io en torno a Júpiter). No cabe duda de que Wells, que el año antes había publicado “La guerra de los mundos”, debió de sentirse profundamente interesado (y quizás un poco acojonado) ante este anuncio. En febrero de 1901, quizás a tiempo de influir en la escritura de “Los primeros hombres en la Luna”, Tesla publicó en Collier’s Weekly el artículo “Talking with the planets“, donde expone sus ideas para un sistema de comunicación interplanetario, que bien podría considerarse el primer antecesor e inspirador del proyecto SETI (supuestamente, construyó en su laboratorio con este fin el Teslascopio, aparato del que nunca se ha podido averiguar bajo qué principios funcionaba, ni siquiera probar inequívocamente su existencia).

nikola_tesla

Sea como sea, Wells utilizó estas afirmaciones como justificación de los últimos capítulos de su novela (escritos, según cronología ficticia del narrador, varios meses después que el resto de la historia). Cabe recordar que la telegrafía sin hilos aún no tenía ni diez años, así que dar el salto hacia la comunicación interplanetaria (o entre la Tierra y la Luna) no es una cuestión menor. Se trata, una vez más, de buscar, en los últimos adelantos, en la frontera misma de la ciencia, el trampolín para lanzarse hacia la especulación (con tanta fortuna, en este caso, que no nos sorprendemos hoy en día lo más mínimo al leer esos párrafos, sin darnos quizás cuenta de lo atrevidos que fueron en su día).

Con esto doy por cerrada la entrada. Tenía previsto comentar algo también sobre la influencia de “Los primeros hombres en la Luna” en obras posteriores, pero ya me he ido casi a las 2.000 palabras, y no procede. A ver si me puedo poner a ello un día de estos.

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~ por Sergio en mayo 6, 2009.

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