Diáspora, una obra maestra

Mi política es limitarme a reseñar la aparición de los libros en los que participo de algún modo, a no ser que sean antologías de varios autores, en cuyo caso suelo escribir una crítica al resto de textos. Con “Diáspora”, de Greg Egan, que acaba de publicar el Grupo Editorial AJEC (y en el que he ejercido de corrector de estilo), voy a hacer una excepción, porque se trata de la mejor novela de ciencia ficción que he leído en la última década, y eso es algo que merece un comentario más detallado que el simple anuncio de su existencia.

Ante todo, daré algunos detalles de la edición. Se trata del 23er volumen de la colección Albemuth Internacional, editado en rústica, formato grande con solapas al precio de 17,95 euros y con 316 páginas. El traductor ha sido Pedro Jorge Romero. La novela tiene ya sus añitos, pues Egan la publicó en 1997 (cómo ha permanecido inédita en España durante doce años se escapa a mi comprensión), pero le pega mil vueltas a todo cuanto he leído en este lapso.

Resulta difícil empezar a definir “Diáspora”. Quizás podría indicar que se trata de la novela transhumanista por excelencia. Al comienzo de la narración, la humanidad se ha escindindo en tres grandes ramas. Por un lado están los “carnosos”, aquellos que han permanecido fieles a la carne, aunque entre ellos se dan todo tipo de modificaciones genéticas dirigidas que han llegado a convertirlos en poblaciones casi alienígenas entre sí. Otra rama habita en las Polis, una suerte de superordenadores, en forma de información pura, como programas autoconscientes (en el primer capítulo, Orfanogénesis, asistimos al despertar a la conciencia de un nuevo ciudadano). Por último, una tercera opción ha sido la adoptada por los “gleisners”, seres humanos codificados también como un programa autoconsciente aunque interaccionando con el mundo físico real a través de cuerpos robóticos.

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A partir de este planteamiento, “Diáspora” explora conceptos como la esencia de la realidad (mundo físico frente a virtual, solipsismo), lo que es ser humano (los “carnosos” rechazan al resto como traidores a la carne y los consideran falsas copias, mientras que los ciudadanos de las polis no entienden por qué ellos se aferran al dolor y a la muerte) y el destino de la inteligencia en el universo. Buena parte de estas ideas son evolución de las desarrolladas en su trilogía del universo subjetivo (“El instante Aleph”, “Cuarentena” y, sobre todo, “Ciudad Permutación”), pero con este libro Egan vence su mayor problema: proporcionar una conclusión adecuada a las ideas desarrolladas. Toda la novela se construye, capítulo a capítulo, como un auténtico tour de force, elevando el nivel especulativo, desde lo excepcional hasta lo absolutamente inigualable, girando en torno a los conceptos previamente enunciados, aportando capa sobre capa de nuevas reflexiones, hasta lograr cerrarlo todo en el capítulo final (tan alejado en el espacio y en el tiempo, si tales conceptos siguen siendo aplicables, del inicio como ningún otro autor se ha atrevido a llegar).

Ojo, son las ideas las que se presentan, se desarrollan y se cierran. Los personajes y la trama, aun siendo importantes, sólo les sirven de sustento, así que hay que estar preparado para saltos tremendos. Los programas autoconscientes pueden ser copiados, así que en un determinado instante pueden haber docenas de personajes con un pasado común, pero diferentes entre sí debido a las nuevas experiencias que acumulan. Al principio puede dar una impresión de inconexión, de acumulación de relatos largos, organizados cronológicamente y con un escenario común, pero a medida que se va avanzando en la lectura, las relaciones se van haciendo evidentes, las piezas comienzan a encajar como un puzzle  multidimensional y descubres que no hay nada gratuito, que cada pequeño accidente es la materia prima, la justificación o la primera iteración de un acontecimiento mayor posterior, que cada introspección en un personaje nos ayuda a comprender las acciones futuras de uno de sus yoes durante la diáspora, la gran migración de las polis por la galaxia motivada por un desastre natural que, pese a ser de una violencia brutal, no constituye sino el preámbulo de un peligro tan inconcebible que podría aniquilar incluso a las propias polis.

Entrelazado con este hilo conductor, Egan nos presenta dos panoramas especulátivos de primerísimo orden. Por un lado, está la descripción de la existencia en un medio puramente artificial, sin las restricciones impuestas por la física y la química del mundo real. El concepto de individuo en este contexto sufre una evolución que podría tildarse perfectamente de singularidad evolutiva. En algunos cuentos de “Axiomático”, ya se apuntaban algunos detalles, tales como la modificación voluntaria de los parámetros mentales, el empleo de tiempos subjetivos o la consideración de qué constituye el yo. El autor exprime las posibilidades que abre esta libertad para mostrarnos la esencia misma del hombre, despojado de la inteferencia de la carne y de la sangre, como una amalgama de experiencias propias y cultura contextual.

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Por otra parte, allí donde buena parte de la ciencia ficción de vanguardia confía en la física más especulativa para montar sus escenarios tecnológicos, Egan rechaza de buenas a primeras la teoría de ls supercuerdas (que es el santo grial actual para justificar cualquier barrabasada) y opta por inventar una nueva teoría física que lo explique todo (desacredita a las cuerdas como una bonita ficción que tuvo encandilados a los físicos durante un siglo). Lo significativo, sin embargo, es que no presenta la nueva teoría (de Kozuch) como un corpus científico terminado, sino como una teoría en evolución, sujeta a comprobaciones, experimentación, vías sin salida y reinterpretaciones a lo largo del desarrollo de la novela. Evidentemente, Egan se muestra muy vago sobre el fundamento matemático de la teoría (no puede ser de otro modo), pero la historia rezuma método científico. Vendría a inaugurar un nuevo género, pues es a la ciencia lo que la ucronía es a la historia, un entramado sólido, coherente bajo sus propias reglas pero divergente de los conocimientos actuales (en este caso, con la obligación de ser aplicable al universo macroscópico tal y como lo conocemos).  Podríamos llamarlo U-ciencia ficción.

Así llegamos a un punto, más o menos a mitad de la novela, en que pensamos que ya no se puede ir mucho más allá en la especulación, que lo que resta es tan sólo cerrar las tramas abiertas y ofrecer una conclusión a las historias particulares de los personajes. No podríamos estar más equivocados, porque justo entonces Egan multiplica la apuesta por… bien, al menos por cinco, lanzándonos hacia el entorno más exótico de cuantos quepa imaginar. Y sigue, y sigue, y sigue incrementando el envite, forzándonos a salir de los límites de nuestras preconcepciones.

Tengo que confesar algo (que tampoco creo que suponga una gran revelación): yo de mayor quería ser como Egan (ya no, porque mis intereses se han desviado un poco para abarcar inquietudes que no entran dentro del campo especulativo del australiano). “Diáspora”, escrita hace doce años, no hace sino demostrarme que cualquier pequeño avance que haya logrado en la última década no supone gran cosa con respecto al largo e inexplorado terreno que aún tengo por delante. Supongo que, de vez en cuando, es sano reescalar los logros a la baja, o quizás sean las ambiciones al alza.

Un libro imprescindible para cualquier amante de la ciencia ficción en su vertiente dura.

Para explorar más a fondo el universo de “Diáspora”, podéis acceder ala sección que el propio Egan le dedica en su página web.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 1, 2009.

2 comentarios to “Diáspora, una obra maestra”

  1. La verdad es que es un delirio lo que Egan hace con el concepto de los haces fibrados. Sin duda es la novela más hard de Egan traducida, y a la vez, la que más sentido de la maravilla genera, si uno es capaz de enterarse de qué es lo que está contando; que precisamente ese el problema que le veo yo a la novela. Pero, por lo demás, es excelente.

  2. Lo curioso es que, siendo la más dura, es al mismo tiempo la mejor estructurada, la más… novela.

    Y su gran dificultad es que no realiza concesiones. O sigues el entramado especulativo, apoyado en teorías que no tienes el porqué conocer, o te pierdes sin remedio.

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