Los primeros hombres en la Luna

Aunque “Los primeros hombres en la Luna” es uno de los títulos menores (por popularidad) entre los romances científicos de H. G. Wells, constituye sin duda uno de los mejores ejemplos de la temprana ciencia ficción, y adelanta características e inquietudes que el género no volvería a tratar hasta muchas décadas después. La seriedad en el desarrollo y la profundidad temática precisaban de una determinada salida editorial y los autores inclinados hacia el fantástico pronto iban a encontrarse abocados a un fenómeno lucrativo si bien poco proclive a experimentos complejos, la era del pulp (aquí en Rescepto ya le hemos pegado un vistazo al analizar la obra de 1918 de Abraham Merrit, “El estanque de la Luna“), que desembocó en la Edad de Oro, que en espíritu debe más a Wells que a los primeros autores pulp. Como toda obra del autor, resulta difícil hacer un comentario que le haga justicia sin utilizar una cantidad indecente de palabras, así que voy a dividir mi análisis en dos entradas. Esta primera será de tipo estándar, tratando sobre la trama, el autor y alguna que otra cuestión relacionada, como las adaptaciones cinematográficas. En la segunda, que publicaré en días próximos, me centraré en la ciencia tras la ficción y en su influencia en obras posteriores.

Para empezar, conviene hacer un poco de historia. La novela fue publicada en 1901, siendo su noveno libro. En su mayor parte, esta producción temprana consiste en lo que se conocía como romances científicos y que hoy tildaríamos de ciencia ficción, y explora temas que luego se convertirían en lugar común. Entre sus ilustres predecesoras se cuentan “La máquina del tiempo” (1895), “La isla del doctor Moreau” (1896), “El hombre invisible” (1897) y “La guerra de los mundos” (1898), todas ellas de una fama que ha sobrevivido a los años y que incluso se ha acrecentado, convirtiéndose en auténticos iconos culturales. “Los primeros hombres en la Luna” no alcanza el mismo reconocimiento. En parte por carecer de una gran adaptación cinematográfica, y en parte por ser la más vulnerable ante el avance del conocimiento científico.

first_men_moon_1901

El término “romance científico” se empleó en Inglaterra para clasificar las novelas francesas (“romance” hace referencia a la lengua derivada del latín) de autores como Jules Verne, cuya producción fue muy popular en la segunda mitad del siglo XIX. Por extensión, toda ficción anticipativa acabó asumiendo esta etiqueta, que se mantuvo hasta finales de los años 30, cuando empezó a notarse la influencia americana, que había bautizado al género como ciencia ficción (además, el término “romance” había ido restringiéndose a las novelas de amor). Sin embargo, muchos autores británicos siguieron encuadrando sus obras como romance científico, denominación que poseía mucha más dignidad (tanto desde un punto de vista literario como de rigurosidad científica).

A efectos de sistematización, podemos definir la época del romance científico (o de la protociencia ficción) como el período que media entre la publicación de “Viaje al centro de la Tierra” de Jules Verne (1864) y la primera década del siglo XX (o, lo que es lo mismo, la segunda mitad de la era victoriana y la era eduardiana), extendiéndose en las islas británicas hasta bien entrado el siglo XX de la mano de escritores de prestigio (por ejemplo, “Cuando el mundo se estremeció“, la única novela de ciencia ficción de Henry Rider Haggard, asume claramente las características del romance científico en vez de las del pulp, aun siendo publicada en 1919, debido a la trayectoria previa del escritor).

De todas formas, tratando de H. G. Wells, la parte de especulación científica es sólo una faceta de su obra. Sería imposible analizar su producción sin tener en cuenta sus fuertes convicciones socialistas, que le ganaron en vida la consideración de destacado intelectual (hasta el punto de ser una de las figuras públicas que más arriba en la lista negra de los nazis se encontraba para cuando consiguieran invadir las islas británicas). De hecho, su producción de ciencia ficción se encontraba tan adelantada a su tiempo que no fue hasta después de su muerte (en 1946), que empezó a ser considerado como uno de los padres del género e “inventor” de muchos de los temas que alcanzarían su madurez durante la Edad de Oro de la mano de autores como Asimov, Heinlein o Simak. Mucho más significativa para sus coetáneos fue la extrapolación sociológica, que trasladaba a otros tiempos y otros lugares los conflictos de clase, económicos y morales que surgieron con la revolución industrial y con el auge del neoimperialismo.

wells_1908

“Los primeros hombres en la Luna” es un magnífico ejemplo tanto de anticipación científica como de metáfora social. Por supuesto, al tratarse de Wells no nos encontramos con una burda alegoría o un reflejo deformado de su realidad más inmediata. No se contentaba con analizar (y denunciar el presente). Para eso le bastaba y sobraba con sus artículos periodísticos y sus discursos. La ciencia ficción (o el romance científico) le servían de excusa para proyectar en el futuro sus inquietudes, buscando a través de una evolución hipotética de los problemas que veía a su alrededor alcanzar un conocimiento más profundo y una disección más fina de los males de su sociedad.

Quizás la vigencia de su análisis, que nos permite disfrutar de sus obras aun separándonos un siglo de los terrenos donde hunden sus raíces, reside en su capacidad literaria, en la negativa a simplificar su mensaje reduciéndolo a una mera sátira maniquea. Los personajes principales, que en manos menos capaces se hubieran convertido en meras figuras contrapuestas, poseen para Wells entidad propia. No los obliga a encajar en arquetipos opuestos para ejemplificar la división entre realidad e ideal. Ambos, con sus lógicas diferencias, poseen virtudes y defectos, y son auténticos, no simples marionetas al servicio del mensaje. De igual modo, la sociedad lunar que se encuentran, que hubiera podido acabar caricaturizada como un infierno antiutópico, posee elementos no sólo positivos, sino muy deseables. Así pues, el lector no se encuentra con una tesis bien mascadita, sino que debe examinar, comparar y extraer sus propias conclusiones. La aplicabilidad de la filosofía subyacente sobrevive a la evolución social del último siglo (que no ha sido tan grande en determinados aspectos) y a la caducidad de sus elementos científicos (que ya era evidente en algunos casos incluso en el momento de su publicación). La lectura de “Los primeros hombres en la Luna” es tan significativa hoy en día como lo fue en 1901, y ésa es la característica definitoria de la buena ciencia ficción (y, en general, de la buena literatura).

La historia es narrada por el señor Bedford, una especie de capitalista de poca monta que, sorprendido por un revés de la fortuna, se retira a un pueblo apartado a escribir una comedia. Allí se tropieza con el excéntrico Cavor, el arquetipo de científico despistado, del que se hace amigo. Cavor está trabajando en una sustancia (que bautiza como cavorita) capaz de bloquear la radiación gravitatoria (más sobre el particular en entrada subsiguiente). Al instante, la imaginación de Bedford se llena con proyectos para explotar económicamente tan fantástico invento y se asocia con el científico, a quien sólo mueve un ansia enorme por descubrir las verdades del universo.

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Una vez coronada con éxito la investigación, la primera prueba consiste en aplicar la cavorita a una esfera (más bien un poliedro), en cuyo interior Bedford y Cavor logran viajar hasta la Luna. Una vez en nuestro satélite, descubren que no es tan árido como parece, sino que la luz del Sol logra sublimar una atmósfera que durante la larga noche lunar permanece congelada sobre la superficie, iniciándose entonces un crecimiento exuberante de plantas que aprovechan este intervalo con aire para medrar. También descubren que la Luna es un cuerpo surcado por infinidad de túneles que conducen presumiblemente a un gran mar central (al estilo de “Viaje al centro de la Tierra” de Verne). El interior de Luna conserva en todo momento su atmósfera (aunque grandes vientos la trasladan del lado en sombras al soleado) y acoge la auténtica vida lunar.

Los selenitas, con quienes pronto se cruzan al perder de vista su esfera entre el gigantesco vergel, resultan ser una especie de insectos sociales con quienes la comunicación resulta imposible. Bedford, de temperamento colérico, pronto inicia hostilidades contra estos seres (que resultan singularmente frágiles) y, gracias a su fuerza terrestre, pronto consiguen escapar, regresando a la superficie a tiempo de volver a la esfera antes de que caiga la noche. Por desgracia, sólo Bedford logra alcanzarla a tiempo, regresando con mucha suerte a la Tierra y dejando a Cavor en manos de los selenitas.

Al cabo de dos años, con Bedford asentado de nuevo más o menos en su punto de partida (de la aventura apenas logra salvar cierta cantidad de oro, perdiendo lo más fundamental, la esfera de cavorita), empiezan a recibirse en la Tierra señales de radio procedentes de la Luna. Es Cavor, quien como huésped de los selenitas ha conseguido acceso a material electrónico y, convencido de la muerte de Bedford, cuenta su aventura y las características de la sociedad lunar.

A lo largo de la historia, Bedford representa el punto de vista capitalista, que sólo ve en cada circunstancia la posibilidad de obtener un beneficio y que antepone a ello cualquier otra consideración. Su objetividad como narrador queda a menudo en entredicho por la lógica y por la interpretación que posteriormente ofrece Cavor, así que los defectos que nos muestra resultan tanto más significativos por cuanto no los considera dignos de autocensura. Cavor, por su parte, tampoco es un modelo de conducta. Su ansia de conocimiento le empuja en todo momento a desdeñar cualquier tipo de precaución y a asumir lo mejor. No se explica de otro modo que por la combinación de dos personalidades tan obsesivas la organización de una expedición tan mal preparada y con propósitos tan poco definidos.

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Los resultados de la actitud de Bedford, así como la comparación entre la sociedad selenita y la terrestre, ofrecen una visión crítica del imperialismo, aunque no alcanza la genialidad de “La guerra de los mundos” (1898), donde invierte los términos y presenta a las naciones industrializadas como sujetos inermes de una invasión que emplea una tecnología muy superior. Por otra parte, la sociedad lunar se nos muestra como el súmum de la separación por clases, pues no sólo tenemos una proletaria y otra capitalista, sino que los selenitas se dividen en cientos de clases, cada una de ellas adaptada a una labor concreta, determinadas desde el nacimiento mediante educación y crueles métodos físicos de forzar los maleables miembros de insecto desde la infancia (reflejo, en cierto modo, de la explotación infantil en minas y talleres que se daba en Europa). A los trabajadores especializados que no se les necesita los tienen sumidos en una especie de letargo inducido por un hongo de efectos embriagadores. Al mismo tiempo, la sociedad lunar es una utopía que no conoce la guerra, ni las diferencias idiomáticas y que abomina del salvajismo humano (hasta el punto de negarle a Cavor la posibilidad de contactar con la Tierra para alertar a los hombres y transmitirles el secreto de su invento). Una vez más, queda a discreción del lector el determinar las luces y sombras de cada cultura y extraer sus propias conclusiones.

Para terminar por hoy, me gustaría hacer una breve mención a las adaptaciones cinematográficas y a las ediciones en español.

La primera adaptación llegó tan pronto como en 1902, de la mano de George Méliès en su famosísimo cortometraje “Voyage dans la Lune“. Todo el mundo lo relaciona con “De la Tierra a la Luna”, la novela de Jules Verne (sobre todo, por la icónica imagen de la astronave-bala incrustada en la cara del satélite), pero lo cierto es que su segunda mitad está inspirada en la obra de Wells (que era el éxito del momento), aunque con un enfoque claramente bufonesco. Méliès jamás reconoció la autoría intelectual del escritor británico, pero tampoco pudo sacar mucho partido de su película, ya que agentes de Edison (entre esto y sus encontronazos con Tesla, queda claro que Thomas Alva era un perfecto señor Bedford, sólo que exitoso) sacaron copias de la misma y propiciaron su distribución por EE.UU. sin que Méliès viera un dólar.

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La segunda adaptación, ya “oficial”, se realizó en 1919, de la mano de los directores Bruce Gordon y J.V.L. Leigh. Se trata de una película muda de la que no se conserva ni un triste fotograma, así que todo el peso de defender la novela recae sobre las espaldas de la película “First men in the Moon” (sin el primer “The”), comercializada en 1964, que fue titulada en España “La gran sorpresa”. Era un momento extraño, pues el proyecto Apolo, cuyo objetivo era precisamente situar al hombre en la Luna, estaba en la mente de medio mundo, así que hubo que realizar algunos ajustes. En la película, los “primeros” astronautas descubren que, después de todo, no lo son, al desenterrar un mensaje escrito sesenta y pico años antes durante su primer paseo lunar. El proyecto se puso en marcha para aprovechar descaradamente el éxito de la adaptación de “La máquina del tiempo”, realizada por George Pal en 1960, precedida por la carísima (para la época) y espectacular adaptación de “La guerra de los mundos” de Byron Haskin. Sin embargo, pese a contar con la magia de Ray Harryhausen para dar vida a los seres de la Luna, la película no alcanzó un gran éxito, quedando en un mero espectáculo de efectos especiales sin nada de la profundidad temática del original literario.

Respecto a las ediciones en castellano, la primera data de 1909, por parte de la “Biblioteca de la Nación” (los primeros también en publicar “Frankenstein o el moderno prometeo”) y la última que he podido encontrar de Plaza&Janes en 1977 (no cuento entre las ediciones oficiales su inclusión el año 2000 en Pulp Magazine 2). Es decir, llevamos más de treinta años sin una edición como toca de un clásico indiscutible de la ciencia ficción (en el tiempo que me ha costado escribir esto, deben haber salido un par de ediciones de “La guerra de los mundos”). Lo curioso es que “Los primeros hombres en la Luna” me parece mucho más interesante que cualquier otra de sus más famosas hermanas (hace mucho que las leí, quizás ahora las encontrar más absorbentes). Desde luego, ya sabemos sin ningún género de dudas que no hay ni nunca hubo vida en nuestro satélite, pero en el fondo esta novela de 1901 trata sobre un tema que sigue de plena actualidad, el primer contacto, y su calidad narrativa le hace conservar la vigencia que la ciencia en la que se apoya ha perdido.

primeros_hombres_luna_1909

Como siempre que trato sobre obras clásicas, es más sencillo encontrar archivos para bajártela (aunque por ley a los herederos de Wells aún les quedan 12 añitos de cosechar los frutos de los derechos de autor) que críticas. Tan sólo he llegado hasta la…

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

En entregas posteriores: la ciencia y la influencia de “Los primeros hombres en la Luna”.

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~ por Sergio en abril 25, 2009.

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