Estación de tránsito

Con la excusa del repaso a los premios Hugo he aprovechado para darme el gustazo de releer “Estación de tránsito” (“Way station”), de Clifford D. Simak, premio Hugo a mejor novela en 1964 (con el título “Here gather the stars”, como fue publicada originalmente en 1963, en dos entregas, en la revista Galaxy). Es una novela breve para los estándares actuales, apenas 180 páginas, pero constituye una lectura de lo más gratificante, a pesar de lo cual puede que sea una de las obras merecedoras de un Hugo menos notorias (es lo que tiene ser premiada en una década que también reconoció a “Dune”, “Forastero en tierra extraña” o “El hombre en el castillo”; Herbert, Heinlein y Dick tienen mucho peso).

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Es una obra peculiar. En un campo dominado por lo grandioso (escenarios de años luz de diámetro, megaciudades, ejércitos espaciales, mundos alienígenas, sagas que se extienden por siglos), “Estación de tránsito” posee un único protagonista con muy pocos secundarios, un escenario tan reducido como una casa rural y sus alrededores y la acción principal transcurre en dos días (aunque se nos ofrecen atisbos del tiempo pasado, a través de flashbacks, y de la inmensidad de la galaxia, sus gentes y sus maravillas, todo ello filtrado por la mente del narrador). En el fondo, despojada de la parafernalia cienciaficcionera, “Estación de tránsito” es el retrato de un hombre, Enoch Wallace, un hombre solitario, a medio camino entre sus hermanos terrestres, de los que lo separan cien años de aislamiento, y la apabullante cultura galáctica, que se ha pasado estudiando y admirando ese mismo lapso.

De igual modo, la novela se sitúa a caballo entre dos grandes movimientos. Por un lado, representa los ideales de la Edad de Oro campbelliana, que daba sus últimos estertores, huérfana de buena parte de sus publicaciones señeras. De ella conserva el sentido de maravilla hacia el universo, la fascinación por la ciencia y el anhelo por establecer contacto con unos alienígenas que nos superan en todos los aspectos. Por supuesto, todos estos temas los desarrolla a lo Simak, sin imperios ni sagas interestelares (sólo una nebulosa Central Galáctica, que se muestra como una especie de ONU sideral, sólo que funciona), centrado en los personajes, no los acontecimientos, empequeñecidos por la perspectiva de un universo mucho más vasto y misterioso de lo que nunca serán capaces de comprender. Por otra parte, se aprecian indicios de la New Wave, que justo por aquel entonces daba sus primeros pasos. El mundo interior de Enoch es el verdadero esqueleto de la historia, su descripción, con virtudes y defectos, desde el exterior (por la vigilancia de un agente de la CIA) y mediante la introspección (gran parte de la obra muestra las reflexiones de Enoch, y extractos de su diario nos abren ventanas a su pasado), como hijo de la Tierra y como fiel empleado de la Central. Él representa (metafórica y literalmente) al ser humano, pero no al hombre medio, sino lo mejor que la Tierra puede llegar a ofrecer (y, aun así, no queda muy bien parado según los estándares de la milenaria civilización alienígena).

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Pese a este acercamiento, como le ocurre al propio Enoch, la novela se sitúa un poco en tierra de nadie. Los revolucionarios autores de la embrionaria New Wave protestaron por este premio a “la vieja guardia”, siendo su “adalid” Kurt Vonnegut, nominado por “La cuna del gato”. La controversia y el cambio de tercio, que se refrendaría con el premio a “Tú, el inmortal” dos años después, quizás conspiraron para relegar a “Estación de tránsito” a un injusto segundo plano, quedando como uno de los galardonados menores en los cincuenta y pico años de historia de los Hugo, lo cual supone un lamentable error, pues me resulta difícil pensar en otra obra de este género que haya sabido representar mejor el sabor agridulce de la mixtura de esperanzas y miedos (se escribió poco después de la crisis de los misiles cubanos, el momento de la historia reciente en que la humanidad más se aproximó al borde del abismo, y la guerra fría es uno de los temas secundarios de la novela), culminada con una nota positiva, un triunfo in extremis, un auténtico milagro (quizás lo forzado e improbable del mismo sea indicativo de lo negro que Simak veía el futuro, forzando la salvación con una carambola implausible), atemperado por una pérdida que supone al mismo tiempo aceptación por parte de Enoch de su soledad.

El libro se abre con una breve viñeta de Gettysburg, batalla en la que participó Enoch en su juventud y pronto salta al tiempo presente (de la época, o lo que es lo mismo, a principios de la década de los 60), en uno de esos ambientes rurales que eran del agrado del autor. Allí se nos presenta, por medio del agente Lewis de la CIA, el misterio de un hombre de más de cien años que apenas aparenta hallarse en la treintena y de su inalterable hogar. En seguida deja atrás esta introducción, y comienza el verdadero viaje a la mente de Enoch, un hombre corriente (o extraordinario, según se mire), en una situación excepcional, la de eslabón entre una provinciana y atrasada Tierra, al borde de la guerra atómica total, y la pancultura galáctica, como encargado de una estación de enlace en una gran red de comunicación instantánea. Su gran tragedia es que, situado en medio, no puede actuar como conducto de comunicación, sino que se encuentra en la frontera entre dos realidades separadas, anhelando integrarse y conocer todo lo cognoscible (hay realidades que comprende fuera del alcance de la mente humana), al tiempo que temeroso de perder su humanidad, soltar los últimos lazos con sus semejantes.

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Por una serie de acontecimientos que no conviene detallar, Enoch se ve abocado a la resolución de este conflicto. Los acontecimientos le fuerzan a decidir a qué debe su mayor lealtad, encarándolo con una serie de posibles resoluciones a cual más terrible. Así, Enoch Wallace se erige en el prototipo humano. No es un héroe (a Simak no le gustan los héroes), tan sólo hace lo que tiene que hacer y arrostra con responsabilidad las consecuencias de sus decisiones, sean buenas o malas, meditadas o impulsivas.

Literariamente, la obra es consecuente con la temática introspectiva. Supone una narración pausada, detallista, anticuada. Transmite sosiego, unión en la diversidad, anhelo de mejorar. Es pues una lectura muy agradable que no conviene abordar con prisas. No hay ninguna gran revelación al final del texto, sino que el sentido se encuentra en el viaje. Pese a ello, consigue no caer en la ñoñería. Todo tiene su precio y, aunque en su conjunto es optimista, se trata de un optimismo cauto, que nace de la renuncia y, en última instancia, del azar.

Lamentablemente, no se puede decir que la humanidad haya hecho muchos méritos desde 1963 para acceder a una utópica sociedad galáctica como la descrita por la novela. Si cabe, ha aumentado la desconfianza y el anteponer las diferencias a las similitudes. Desde luego, sigue haciendo falta que alguien nos insufle un poquito de optimismo, aunque sea recurriendo a un hombre tan perfecto como es posible para representarnos y a un milagro de última hora.

Otras críticas:

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 13, 2009.

Una respuesta to “Estación de tránsito”

  1. Recien lo he terminado.
    El inicio y muchos pasajes sobre la estacion me han encantado (los extraños sreres, los metodos de entretenimiento de Enoch, las conversaciones, etc) y el tema de la fuerza cosmica tambien me gusto, pero muchos capitulos se hicieron muy densos y largos y repetitivos.
    Demasiadas reflexiones circulares de Enoch hicieron que a 2/3 del libro ya empieze a contar las paginas de cuanto faltaba para terminarlo… sucedian los capitulos y lo unico que encontraba a veces eran reflexiones bastante inverosimiles.
    Una pena, porque le tenia ganas… me parece que ha envejecido un poco mal y se queda corto en algunos aspectos.
    Igualmente, no es un mal libro.

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