Un trabajo muy sucio

A medida que iba pasando las páginas de esta recomendada novela de Christopher Moore (la presunta respuesta americana a Terry Pratchett y Douglas Adams), un sonido no paraba de venírseme a la cabeza (sí, sólo sonido, me temo que en mis divagaciones no soy multimedia): Julie Andrews cantando “A spoonful of sugar” (en realidad, sólo una estrofa, la que se completa con “helps the medicine go down”; y a fuer de ser sincero, he de confesar que se trataba más bien de un batiburillo entre las versiones inglesa y española de la canción, que nunca he sido un gran fan de Mary Poppins y andaba un poco confundido; anyway…).

La explicación de mis alucinaciones auditivas (al menos por lo que respecta a la parte racional) reside en mi pasmo ante lo que estaba leyendo, porque “Un trabajo muy sucio” me parece una novela mala, muy mala incluso, y pese a ello ha cosechado un considerable éxito internacional. Además, es una novela decididamante fantástica, tanto como cualquiera que no tenga lugar en un tiempo o un lugar muy lejanos; y sin embargo allí está, siendo aceptada por el público en general. No lo entendía, hasta que la cancioncita vino a explicármelo: todo se sustenta en ese poco de azúcar, que la hace más tragadera, el humor.

Así pues, aunque la trama parece sacada de una mala obra de Dean Koontz, el enfoque humorístico de los personajes parece convertirla de repente en una novela mainstream. Supongo que el proceso mental viene a ser como sigue: “¡Hey, ha aparecido un perro del averno! ¡Y ahora dioses celtas! No pasa nada, es todo una coña. Podemos aceptar lo sobrenatural siempre que no haya que hacer el esfuerzo de considerarlo en serio”. Así pues, cuando lo normal es que a mucha gente se le cortocircuiten las neuronas cuando en un texto aparece un elemento fantástico (una especie de imposibilidad innata para cambiar el marco de referencia y aceptar premisas nuevas; una estructura mental tan rígida que eliminado un apoyo todo se derrumba), pueden autosugestionarse para seguir adelante sólo porque todo eso forma parte de lo absurdo. Toda ficción (incluyendo la más realista que se nos pueda ocurrir) implica para su disfrute la aceptación de sus irrealidades (que pueden ir desde unos diálogos de imposible corrección gramatical hasta la intromisión de un hecho azaroso que impulsa la trama, pasando por la omnisciencia del narrador o el trampeo con los puntos de vista). Es un acuerdo tácito entre escritor y lector, una especie de “tú me aceptas esto y yo te ofrezco aquello”. Cuando llegamos a la literatura fantástica, hay muchos lectores que no están dispuestos a estampar su firma en el acuerdo… A no ser, al parecer, que venga endulzado con un poco de humor.

trabajo_muy_sucio

Pero tampoco se me libran del Efecto Azucarillo los aficionados a la literatura fantástica. Porque un libro que no fuera de humor y que se permitiera seguir una trama tan incosistente, anodina (la trama, no el estilo) y artificiosa sería a buen seguro tildado de truño patatero (a no ser que formara parte de una de las franquicias de Timun Mas, que entonces seguiría contando con su pequeño pero obstinado grupo de incondicionales aunque el resto del universo la ignorara). El humor, a tenor de críticas como las que enlazaré al final de la entrada, permite obviar el giro rocambolesco que da toda la historia a unas cincuenta páginas del final, dando una “explicación” que me hizo agitar la cabeza con incredulidad (en un libro de misterio, sería como introducir entonces al asesino… y revelar que es el clon maligno del protagonista). De igual modo, le da carta blanca a Christopher Moore para utilizar el recurso del Deus ex Machina en semiautomático, para salvar cada ocasión en que se mete en un atolladero.

La trama importa.

Poco a poco, esa máxima se está convirtiendo en una de mis quejas favoritas (basta con repasar las últimas críticas aparecidas en el blog). O tal vez sea que a mí me importa, y que cuando no la tengo me siento estafado. Bien sea por predominio del estilo como en “La estación de la Calle Perdido“, o por fijación en el personaje protagonista como en la saga de Anita Blake, o con la excusa del humor como en el presente caso, lo cierto es que me da la impresión de que los grandes éxitos cada vez se sustentan menos en la trama. Parecen diseñados (la obra de China Miéville se distancia de esta tendencia) para ser consumidos muy rápido y, de ser preciso, en fragmentos muy pequeños, viñetas autosostenidas que se enlazan linealmente para conducir de A a B sin complicaciones. Lectura Rápida a lo Burger King (y detesto los Burger Kings).

No todo es negativo, sin embargo (vamos, si no hubiera nada a lo que pudiera aferrarme para valorar positivamente la novela, sería para colgar el teclado de una vez por todas). Los personajes están bien trabajados, perfectamente ataviados para ofrecer chispazos de humor absurdo por exageración. Es de lamentar que todos, absolutamente todos, sean raritos y que ninguno cambie en lo más mínimo (bueno, se supone que el prota lo hace, pero sólo de palabra). También es de agradecer la irreverencia de Moore al abordar cuestiones espinosas como la muerte (y el sexo). Un poco reiterativo en determinados momentos, como si se estuviera vanagloriando de lo transgresor que es, pero al menos aquí su total carencia de actitud trascendente le salva del ridículo.

moniquemotil

Y ya casi he llegado al final de la entrada y no he comentado de qué va la novela. Unas cosas llevan a otras, y al final te lías más de la cuenta. En fin, he aquí una sinopsis rápida: Charlie Asher, un auténtico segundón (macho beta según Moore) es el dueño de una tienda de objetos de segunda mano en San Francisco y va a ser padre por primera vez. Sus paranoias se cumplen cuando su mujer muere al poco del parto, dejándolo solo con su hija recién nacida y, lo que es peor, con un nuevo empleo como Mercader de la Muerte. Su cometido, recoger el alma de las personas fallecidas y favorecer su paso a otro cuerpo, con la amenaza implícita de que las fuerzas de la oscuridad se abatirán sobre el mundo si descuida tan importante labor. Y en San Francisco estas huestes del inframundo están representadas por unas antiguas deidades celtas de la muerte, que habitan en las alcantarillas esperando su ocasión para alzarse y volver a dominar el mundo material. Charlie tiene entonces que compaginar su duelo, el trabajo en la tienda (sus empleados son una adolescente gótica y un ex-policía, enganchado a los servicios de citas por internet e incapaz de girar el cuello por una antigua lesión), el negocio de la transmigración de almas y la crianza de un niña que pronto se muestra como peculiar (suerte que un par de perrazos gigantescos aparecen de súbito para echarle una mano en esto… y complicarle el resto de la vida). A partir de ahí, de algún modo, llega hasta ardillas con cráneos de lince y patas de pollo, vestidas con conjuntos victorianos de encaje… pero no me voy a poner aquí a justificar lo que el propio Christopher Moore tiene problemas en explicar convincentemente en su novela. Al final todo se resuelve del modo que te esperabas desde más o menos el tercer capítulo (sorpresa oriental mediante), y si quedan más hilos sueltos que en los calzones de un fakir no pasa nada; después de todo es una obra de humor, ¿no?

Otras críticas:

Y una entrevista de Christopher Moore en Comentariosdelibros.com

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~ por Sergio en abril 8, 2009.

4 comentarios to “Un trabajo muy sucio”

  1. Precisamente hace dos semanas que terminé el libro. Como bien dices se trata de una lectura de burger king (prueba el macdonald, lo mismo tegusta más). Se trata de un libro en el aue pones el piloto automático y te dices “pa lante” y a leer.
    La novela es simplemente un chiste, pero hay que reconocer que ha hecho que gente normal se trague fantasía (me gustaría ver la cara de la gente cuando habla de las morrigans). qué sse basa en el humor pues estupendo, ahora bien, aveces se pasa un poco en el absurdo llegandoa veces a ser forzado el chiste. Pero otras escenas sí consiguen hacerte reir. Respecto al final pues que quiere que te diga, es como si te cogieran la cabeza, le dieran una vuelta completa y siguieras leyendo. ¡Qué coño pinta el t…!

    Respecto a compararlo con prachett, pues tal vez con alguno de sus libros más flojitos pueda estar a la par, pero con otros… le queda bastante.

  2. A veces intenta emular el tipo de humor de Pratchett (como cuando describe el cadillac de Minty), pero siempre acaba echándose para atrás, como si temiera aventurarse demasiado en lo absurdo (suele limitarse a forzar a los personajes por los lindes del territorio de la parodia). De todas formas, creo que sus mejores momentos los logra en los diálogos (véase el momento teletubbie + salchicha).

  3. Parece que Anita Blake te ha dejado un estigma insuperable. Una curiosidad, ¿has leído la saga de libros de Patricia Briggs cuya protagonista es Mercedes Thompson? Pertenece también al género de la fantasía urbana, como Anita, y es que me da la sensación que la construcción de los personajes tiene mucho que ver con el tratamiento de ese género en los Estados Unidos: como si tuvieran una plantilla en la que todo sale más o menos igual.

  4. Bueno, algo quizás haya por cuestiones extraliterarias, pero se trata más bien de temas que, por algún motivo, se hacen recurrentes durante una temporada (a decir verdad, la referencia más inmediata es “La estación de la Calle Perdido”, posiblemente sin aquella crítica de por medio no hubiera enlazado a Anita).

    Por lo que respecta a Briggs, no la conocía. Sin embargo, leyendo su entrada en la wikipedia, se constata que se lanzó al género de la fantasía urbana a instancias de su editor a raíz de su habilidad como creadora de personajes, así que posiblemente tengas razón.

    También dentro de esta tendencia se incluiría la serie de Jim Butcher sobre el mago Harry Dresden (con los mismos aciertos y carencias, aunque dado que sólo he leído el primero no sé si evoluciona mejor que la serie de Anita).

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