Terrorríficos entierros

En honor de la publicación del primer número de Calabazas en el Trastero, he pensado que podía ser buena idea realizar un breve (brevísimo, que una entrada de blog no da para más) repaso al uso de este tema en la literatura de terror. No va a ser un trabajo exhaustivo, sino algo bastante caótico y pacial, basándome en lo que recuerde en el momento, pero supongo que servirá para bosquejar algunas de las ramificaciones que permite.

Resulta evidente que es un motivo secundario, derivado de uno de los grandes miedos primarios, que es la Muerte. Como no podía ser de otra forma, la muerte ha estado desde siempre muy presente en la literatura (destacaría, por ejemplo, la escena de la Odisea donde Ulises convoca a los muertos para interrogarlos). En la baja edad media, sin embargo, con Europa asolada por pestes y guerras, se erigió en un tema fundamental, que dio origen a las “Danses macabres” en Francia y Alemania, pequeñas obras dramáticas que se representaban en iglesias y cementerios para advertir a los vivos que la muerte acechaba y que no debían entregarse a los placeres mundanos, pues ante ella son lo mismo rey, papa o villano. La versión castellana más antigua es de principios del siglo XV. Consta de unos seiscientos versos y se conserva en la Biblioteca del Escorial:

A la dança mortal venit los nascidos
que en el mundo soes de cualquiera estado, 
el que non quisiere a fuerça e amidos 
fazerle he venir muy toste parado: 
pues que ya el frayre vos ha pedricado 
que todos vayaes a fazer penitencia, 
el que non quisiere poner diligencia, 
por mi non puede ser mas esperado.

(podéis leerla completa aquí)

La muerte seguiría siendo un tema importante para las letras españolas (ahí están las “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique, escritas a finales del siglo XV), pero lo cierto es que nos interesa sobre todo la literatura de terror, es decir, la concebida con objeto de provocar miedo o aprensión, y no es hasta el romanticismo en que nace la novela de terror tal y como la conocemos hoy en día (en particular, con la novela gótica anglosajona).  Uno de los temas principales para la sensibilidad romántica es la muerte, así pues los cementerios se convierten en escenarios perfectos para cuentos, obras de teatro y novelas. Con ello, el motivo del entierro se hizo omnipresente, constituyendo su máximo exponente la visión del propio cortejo fúnebre, generalmente por parte de personajes de vida licenciosa. Un buen ejemplo del uso de este motivo lo encontramos en “El estudiante de Salamanca” , poema de 1704 versos compuesto por José de Espronceda en torno a 1836:

estudiante_de_salamanca

Así en tardos pasos, todos murmurando,
el lúgubre entierro ya cerca llegó,
y la blanca dama devota rezando,
entrambas rodillas en tierra dobló.

Calado el sombrero y en pie, indiferente
el féretro mira don Félix pasar,
y al paso pregunta con su aire insolente
los nombres de aquellos que al sepulcro van.

Más ¡cuál su sorpresa, su asombro cuál fuera,
cuando horrorizado con espanto ve
que el uno Don Diego de Pastrana era,
y el otro, ¡Dios santo!, y el otro era él…!

Él mismo, su imagen, su misma figura,
su mismo semblate, que él mismo era en fin:
y duda y se palpa y fría pavura
un punto en sus venas sintió discurrir

Por supuesto, hace falta bastante más para acogotar a Don Félix de Montemar, así que no tarda en recuperarse lo suficiente para rondar a un enigmática mujer (la muerte), que le conduce al mismísimo infierno donde desposa con la recientemente fallecida doña Elvira (cuyo hermano, al que acaba de matar en duelo, es su compañero de exequias). El texto completo puede leerse online en la biblioteca virtual del Instituto Cervantes.

Una escena similar encontramos en “Don Juan Tenorio: drama religioso-fantástico en dos partes”, obra de teatro en verso publicada por José Zorilla en 1844, donde la segunda de las partes tiene por escenario un cementerio, en el que, tras muchos años de desmanes y arrogancia, Don Juan se enfrenta a las consecuencias de sus actos y encuentra redención gracias al arrepentimiento postrero (actitud diametralmente opuesta a la del estudiante de Salamanca). En la escena II del III acto, la estatua de Don Gonzalo conmina a Don Juan a arrepentirse:

DON JUAN:  ¡Imposible! ¡En un momento / borrar treinta años malditos / de crímenes y delitos!
ESTATUA:  Aprovéchalo con tiento, (Tocan a muerto.) / porque el plazo va a expirar, / y las campanas doblando / por ti están, y están cavando / la fosa en que te han de echar (Se oye a lo lejos el oficio de difuntos.)
DON JUAN: ¿Conque por mí doblan?
ESTATUA: Sí.
DON JUAN: ¿Y esos cantos funerales?
ESTATUA: Los salmos penitenciales /que están cantando por ti. (Se ve pasar por la izquierda luz de hachones, y rezan dentro.)
DON JUAN: ¿Y aquel entierro que pasa?
ESTATUA: Es el tuyo.
DON JUAN: ¡Muerto yo!
ESTATUA: El capitán te mató a la puerta de tu casa.

juan_tenorio

El amor de Doña Inés y el arrepentimiento de Don Juan le conceden al Tenorio la salvación “al pie de la sepultura” (en medio de un terrorrífico oficio con esqueletos surgidos de la tumba, sombras de muertos y estatuas sepulcrales animadas). Si no tenéis el librito, ya estáis corriendo a comprarlo, aunque mientras tanto puede valer la versión online del Instituto Cervantes.

Mientras esto se escribía por estas tierras, al otro lado del océano Edgar Allan Poe, de quien recientemente celebrábamos el 200 aniversario de su nacimiento, estaba llevando los motivos góticos, apoyados principalemente en elecciones estéticas, a un nuevo nivel al introducir la descripción psicológica de los personajes de sus cuentos macabros, muchos de los cuales giran en torno a los entierros. Así por ejemplo, en “La caída de la casa Usher”, publicado en Burton’s Gentleman’s Magazine en 1839, Poe tomaba uno de los miedos más patológicos de la época, el terror a ser enterrado en vida, y lo desarrollaba desde el punto de vista no del presunto finado, sino de quienes lo han metido en la tumba y desesperan, sin atreverse a comprobar, hasta que es demasiado tarde, si sus horribles sospechas pueden ser ciertas:

—¿No oye usted? Sí, yo oigo, y he oído. Durante mucho, mucho tiempo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, he oído; pero no me atrevía. ¡Oh, piedad para mí, mísero desdichado que soy! ¡No me atrevía, no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la tumba! ¿No le he dicho que mis sentidos están agudizados? Le digo ahora que he oído sus primeros débiles movimientos dentro del ataúd. Los he oído hace muchos, muchos días, y, sin embargo, ¡no me atreví a hablar! Y ahora, esta noche, Ethelredo, ¡ja, ja! ¡La puerta del ermitaño rota, el grito de muerte del dragón y el estruendo del escudo, diga usted mejor el arrancamiento de su féretro, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y su lucha dentro de la bóveda de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huir? ¿No estará ella aquí en seguida? ¿No va a aparecer para reprocharme mi precipitación? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No percibo el pesado y horrible latir de su corazón?

El texto completo puede leerse en Wikisource.

house_usher

También entre mis cuentos favoritos se cuenta “El barril de amontillado” (1846), donde se narra la sádica venganza de Montresor contra el que fuera su amigo, Fortunato, en pleno carnaval en una ciudad italiana innominada. Montresor atrae a su víctima a una profunda cripta con la excusa de darle a probar el mejor amontillado que jamás hubiera degustado, instándole en repetidas ocasiones a abandonar la funesta empresa. Una vez llegados al más recóndito rincón, Montresor encadena a Fortunato en un nicho y procede a emparedarlo en vida, recreándose en el terror que le provoca.

           Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
           -¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡Je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
           -El amontillado -dije.
           -¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
           -Sí -dije-; vámonos ya.

El texto completo puede leerse también en Wikisource.

Y tras hablar de Poe resulta casi imperativo hacerlo de Lovecraft. Si bien H.P.L. es famoso por sus relatos de terror cósmico, lo cierto es que pasó por lo que él mismo describió como su época Poe (seguida de otra Dunsany, antes de encontrar su propio estilo). Entre sus cuentos macabros se cuenta uno que viene muy a cuento de los entierros: “En la cripta”, publicado de forma amateur en 1925 en Tryout tras ser rechazado por Weird Tales (por su “extrema crudeza” y por temor a la censura,  aunque siete años más tarde acabaron aceptándolo). La narración nos cuenta los afanes de un sepulturero que queda atrapado en la cámara mortuoria de su cementerio (donde hay almacenados varios ataúdes (ocupados) a la espera de que el suelo se deshiele lo bastante para poder darles sepultura, siendo su única vía de escape un ventanuco. Sin embargo, para acceder a ella, primero necesita apilar los ataúdes y utilizarlos a modo de plataforma.

Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, trataba de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.

No detallaré lo sucedido (lo podéis leer aquí), pero es en verdad impactante y desagradable, por lo que no extraña que los editores se mostraran en principio reticentes a publicarlo. El cuento carece de la genialidad de su obra posterior, pero aun así es una muestra perfecta de evolución del cuento de terror gótico. El relato fue publicado en el volumen “Los mitos de Cthulhu” de Alianza Editorial, lo cual me lleva a mi última reseña (al principio tenía pensado mencionar dos o tres ejemplos más modernos, pero después del siguiente ya no se puede sino ir cuesta abajo): “Las ratas del cementerio” de Henry Kuttner, publicado en 1936, quizás el mejor cuento de terror que jamás se haya escrito sobre la temática de los entierros.

mitos_chlulu

Lo tiene todo: miedo a la muerte, a ser enterrado vivo, a la oscuridad, a ser devorado, codicia, el personaje del enterrador, profanación de tumbas… ¡todo! Es uno de esos cuentos que se se quedan grabados en la mente y de los que no te puedes desembarazar aunque quieras. Comienza así:

El viejo Masson, guardián de uno de los mas antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió hacerlas desaparecer. Al principio colocaba cepos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se muitiplicaban e infestaban el cementerio.

Para seguir leyendo tendréis que ir a algún otro sitio (por ejemplo aquí, aunque yo no sepa nada de textos con copyright vigente publicados en la red).

Si alguna vez consiguiera escribir un texto con tanta fuerza no se me podría mirar a la cara de puro orgullo. Por ahora, me tengo que conformar con contribuciones más modestas al canon de los entierros, como “Es mi trabajo” en “Calabazas en el trastero 1“. Motivos argumentales clásicos, ensamblados de un modo que espero que aporte un poco de variación a un viejo escenario. Al menos sé una cosa, que la muerte, y el modo en que la afrontamos, es un tema que nunca pasará de moda.

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~ por Sergio en marzo 7, 2009.

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