American gods

Pocas novelas, dentro de la literatura fantástica, pueden presumir de mayores honores que “American Gods”, publicada por Neil Gaiman en 2001: Hugo (razón por la que estoy aquí reseñándola), Nebula, Bram Stoker, Locus de fantasía, además de ser finalista para la Asociación de Ciencia Ficción Británica (BSFA), el World Fantasy Award, el International Horror Guild Award y el Mythopoeic Award. Ahí es nada. Ante elogios tan unánimes (y de agrupaciones tan heterogéneas), no cabía sino presuponer que esta novela debía ser la octava maravilla de las literatura fantástica. A mí, la verdad, me hubiera dejado bastante frío si hubiera contado con 300 páginas; yéndose a las 470 me ha aburrido un poco.

La premisa es interesante, si bien poco novedosa. Los antiguos dioses siguen vivos en los EE.UU. actuales (toda la acción transcurre en el medio-oeste) pero, privados de la fe de sus adoradores, deambulan tristemente, sobreviviendo en la marginalidad (como timadores, prostitutas, vagabundos, pensionistas…), abocados a la desaparición mientras los dioses modernos (internet, los medios de comunicación, las deidades de los automóviles…) acaparan toda la “adoración” y los sacrificios. Contra esta situación se rebela Wednesday (Wotan), quien pretende forjar una gran alianza entre los dioses antiguos para librar batalla contra los nuevos (y al menos perecer con dignidad). El elemento externo a través del cual nos introduce Gaiman en su norteamérica mágica es Sombra, un expresidiario sin lazos con nada (dos días antes de salir en libertad su mujer muere en un accidente de coche) a quien Wednesday contrata como ayudante/conductor/chico-para-todo.

Por supuesto, la oposición no se va a estar quietecita, así que mientras Wednesday y Sombra recorren medio Estados Unidos reclutando a dioses (Anansi, Thoth, Eostre…) y no tan dioses (leprechauns, Johnny Appleseed…), las deidades modernas (entre las que se incluyen los Hombres de Negro) les persiguen, ensañándose con enorme porfía en Sombra. Por fortuna para él, su mujer (vuelta de la tumba) y otros personajes (sin que pueda desentrañarse ninguna otra razón salvo que cae simpático a la gente) le protegen.

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Por el camino, Gaiman nos ofrece todo su repertorio de imágenes poderosas (que lo serían más de estar bien descritas), diálogos enigmáticos y breves viñetas que se intercalan en la narración y proporcionan los mejores momentos del libro (destacaría en especial el segmento del ifrit que sobrevive como taxista en Nueva York). Sin embargo, algo no acaba de encajar. Aunque las piezas individuales resultan interesantes, da la impresión de que la novela se dirige sin mucha estructura hacia el clímax final. Sombra es un personaje pasivo que se deja arrastrar por los acontecimientos sin poner mucha voluntad de su parte. Durante un largo fragmento, parece como si la trama estuviera dando vueltas en círculo, haciendo tiempo para la confrontación final y sirviendo como excusa para mostrarnos dioses desmitificados. La primera vez es divertido, la segunda interesante, pero a la larga te deja con la convicción de que había mucho más en la mina y que el autor no se ha molestado más que en rascar lo evidente, sin atreverse a profundizar.

No he leído casi nada de “The Sandman”, pero dudo que haya alcanzado la fama que tiene mostrándose tan superficial. Los dioses no son personajes complejos, sino meros ídolos caídos, perfectamente intercambiables. Entre los pocos que muestran cierta entidad propia, se contaría Anansi (el señor Nancy), que se convertiría en protagonista del siguiente libro de Gaiman, “Los hijos de Anansi” (que no es una secuela), y en cierto sentido crepuscular el trío de deidades egipcias Anubis (señor Jacquel), Thot (señor Ibis) y Bastet, que regentan una pequeña funeraria en Cairo (Illinois). El resto están tan asimilados en la cultura americana que apenas se diferencian de cualquier otro inmigrante no del todo integrado. Da la impresión de que Neil Gaiman juega con los mitos sin comprenderlos, o al menos sin reconocer que su importancia va mucho más allá de una simple moda, que el valor arquetípico del dios creador (Odin) o el dios tramposo (Anansi) resuenan en la psicología humana de un modo que los pobres émulos que se saca de la manga (internet, la tecnología, la televisión…) no pueden suplir. Uno de los fundamentos de la novela es considerar a los dioses como producto de la imaginación humana (de ahí que pierdan importancia al perder adoradores), sin embargo, Gaiman evita por todos los medios profundizar en esta idea (se cuida mucho, por ejemplo, de considerar el papel o la validez de los dioses que actualmente cuentan con millones de fieles; ¿entran en la misma categoría que los viejos dioses paganos?, ¿por qué no intervienen en la contienda?, ¿por qué los enemigos son los pilares de la sociedad de la información?, ¿no estará mezclando churras con merinas?). A la postre, “American Gods” (a propósito, ¿por dónde andan los dioses americanos de verdad? ¿Es que Quetzacoalt o Viracocha no tiene nada que decir al respecto?) es poco más que folclore. Si equiparamos a un dios creador con un duendecillo de los bosques o con un personaje ficticio (como Paul Buyan), le estamos negando su profundidad y nos estamos aprovechando únicamente de sus características anecdóticas. En cierto modo, supongo que es muy americano (o anglosajón, que tampoco es que los ingleses posean una mitología muy rica) despojar al mito de su sentido, para así poder burlarse de él, o mejor, explotarlo comercialmente.

Pese a todo, “American gods” podría haber funcionado. Gaiman no es el primero ni será el último en tomar mitologías complejas, despojarlas de significado y aprovecharse de los detalles pintorescos (Marvel lo hace continuamente). Sin embargo, tampoco funciona para mí como novela, y me temo que para argumentarlo tendré que exponer qué es lo que busco en cualquier obra literaria (sea fantástica o no).

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Básicamente, para resultarme atractiva una novela debe cumplir unos mínimos en tres aspectos: trama, sublectura y valor estético, y sobresalir en al menos uno (si son los tres, mejor, pero obras maestras hay pocas). Voy a explicar lo que entiendo por cada uno.

Trama es la historia en sí misma, los hechos que cuenta. Desde los tiempos de Homero que están muy bien establecidas las tramas básicas (viaje, búsqueda, misión, confrontación…), pero nos las apañamos bastante bien para ir innovando en los detalles y jugar con la hibridación, las mezclas y la trasgresión de los viejos arquetipos (aunque, en realidad, una antitrama no es más que otra forma de contar la trama original). La trama se nos presenta en la sinopsis de contraportada y nos lleva de la mano hasta el final (si lo hay, que también nos podemos encontrar con tramas abiertas, cíclicas…). Las variaciones son las que confieren interés a todo este tinglado. Como creo haberme explicado, lo dejo aquí, que tampoco es el objetivo de esta entrada (ni creo que yo esté capacitado para) desarrollar una filosofía sobre la literatura, sino exponer mi punto de vista particular.

La sublectura (o sublecturas) son las ideas subyacentes a la trama, que en no pocas ocasiones constituye el auténtico centro de interés del autor (y en otras sólo el complemento). A este respecto, he de confesar que suelo aborrecer la alegoría porque fuerza un significado único, pero me gusta que haya un valor añadido y que el texto invite a la reflexión. La sublectura también puede ser cerrada (si expone una tesis completa) o abierta (si deja las conclusiones al lector). Quizás de los tres aspectos que he mencionado sea éste el más “prescindible”, porque resulta imposible escribir nada despojado por completo de sublecturas. Se cuelan aunque el autor no lo desee porque toda obra literaria es producto de su época y del contexto (cultural, social, científico…) del escritor, y al ser leída se interpreta de acuerdo a los mismos parámetros, sólo que aplicados al lector. Sin embargo, puede potenciarse (premeditadamente o no) y transformar una obra limitada temporal y espacialmente en una historia universal (todo libro de éxito cumple con este requisito, aunque no todos superan el test del tiempo).

Por último, el valor estético se fundamenta en la belleza intrínseca del lenguaje. Para mí, eso no tiene nada que ver con la prosa poética o con el uso de muchas figuras recargadas. Yo, como biólogo, encuentro esa belleza en la integración perfecta entre forma y función. Una frase es más bella en cuanto a que transmite con mayor precisión la información (de trama y sublectura) que le corresponde (a veces ello implica utilizar alguna metáfora alambicada y en otras ser brutalmente simple).

Ya habrá quedado claro lo que opino sobre la trama y la sublectura de “American gods”, que se podría resumir en “aceptables”. Para salvar la novela necesitaba que el último aspecto fuera sobresaliente y me temo que la prosa de Gaiman se me antoja lo más plano que he leído en muchísimo tiempo (no mala, aunque la traducción es bastante mejorable, pero sí anodina; la misma opinión que me merece, por cierto, “Neverwhere”). A veces, como en un episodio en el que el protagonista escala una montaña de cráneos, me detenía y trataba de imaginarme la escena reescribiéndola mentalmente, porque tenía la impresión de que la idea era muchísimo más potente de lo que las palabras me transmitían, y ganaba muchísimo. Parte del “trabajo” del lector consiste en interpretar lo escrito en este sentido, pero el esfuerzo con “American gods” es, en su mayor parte (hay fragmentos aquí y allá más inspirados), excesivo.

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Así pues, volviendo a lo que comentaba al principio de la reseña, me asombra que la novela haya recibido tantos galardones. Para mí, no es sino una obra correcta, aunque anodina en trama, sublecturas y valor estético.  Me resultaba tan poco excitante que a la mitad tuve que empezar otro libro para “desengrasar” (he de reconocer que es un poco injusto comparar cualquier texto con aquel otro, pero ya llegaré a eso, porque supongo que en algún momento de los próximos días la reseña de aquél aparecerá por este blog). ¿Han premiado la idea original? ¿O quizás la trayectoria y prestigio de Neil Gaiman? Tal vez sea un problema mío, pero otras críticas inciden en algunos de los problemas que he destacado a lo largo de esta entrada, así que, en cualquier caso, no se trata de una obra tan perfecta. ¿Fue el 2001 un año flojo para la literatura fantástica? (la verdad es que el único otro libro destacado del año parece haber sido “La estación de la calle Perdido” de China Miéville).

Centrándome en los Hugo, el galardón a “American gods” es representativo de lo que está suponiendo esta década para los premios. El año anterior, el 2001, se verificó la sorpresa mayúscula de que se alzara con el triunfo “Harry Potter y el cáliz de fuego” (los Hugo han sido tradicionalmente feudo de la ciencia ficción), dos después “Paladín de almas” de Bujold y en el 2005 “Jonathan Strange y el señor Norrell” (y el año pasado triunfó la ucronía “El sindicato de policía yiddish“). Las novelas de ciencia ficción premiadas durante la década (“Homínidos”, “Spin” y “El final del arcoiris”) no han despertado excesivas pasiones, lo cual puede dar buenos argumentos a la opinión de que la cifi está en crisis. Yo, personalmente, creo que el cambio de paradigma ha pillado a los votantes (y antes que ellos a los escritores) un tanto descolocados. Eso sí, sin quitar méritos a priori a los premiados en fantasía; ya llegará su momento, pero adelanto que “Jonathan Strange y el señor Norrell” es una obra merecedora de cualquier distinción… como también lo fueron “La historia interminable”, o (hablando de dioses) “Las puertas de Anubis”, que ni se han asomado a los Hugo (los únicos libros de fantasía que han estado ahí, compitiendo, han sido los de la saga de los dragones de Pern, de Anne McAffrey, que incluso cuentan con un premio a Novela Corta, pero la propia autora los define como marginalmente de ciencia ficción).

Para terminar, destacar que en la dedicatoria de “American gods” se destaca a Roger Zelazny, lo cual parece evidente después de haber leído “Tú, el inmortal” o “El señor de la luz”, que introducen temas mitológicos en tramas de ciencia ficción. Sin embargo, en los agradecimientos, Gaiman hace mención expresa de “la última etapa de Zelazny” (que no conozco). Extraño. No me imagino “American gods” sin el referente directo de “Tú, el inmortal”.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 12, 2009.

6 comentarios to “American gods”

  1. Esta entrada no la leeré entera pues tengo este libro medio empezado y aparcado desde hace unos meses. La razón: La traducción no me parece muy buena que digamos, hace que me pierda.
    De gaiman había leido anteriormente los hijos de… y coincido en lo de visual, aunque en esa novela el climax final fue algo como de “¿aquí que coño ha pasado?”
    VOlviendo a american gods, espero terminarlo pronto y superar esas dudas respecto a la traducción.
    Pd. ¿he sido el único con esa queja? lo mismo estoy equivocado..

  2. No, no estás equivocado. Lo de la traducción es una queja generalizada. Por ello le doy el beneficio de la duda. A lo mejor mi percepción de la novela (que se fundamenta mucho en el estilo ramplón) se ve influenciada por esta circunstancia.

    “Neverwhere”, también en Norma, me pareció igualmente mal traducida y con un estilo deficiente (aunque construye una mitología interna más potente).

  3. Tengo amigos que la han leido en versión original y la catalogan, como mínimo, buena. de ahí para arriba.
    ¿Tan dificil es haver una traducción “normal”?

  4. ¿Una buena traducción que respete además el estilo del autor? No, no es muy difícil de conseguir. Sólo hace falta invertir tiempo (del traductor) y dinero (del editor), dos variables que a veces están interconectadas. De todas formas, malas traducciones ha habido toda la vida, y más con un mercado tan reducido que invita a recortar gastos de donde se pueda.

    Por cierto, no es ningún novato. El traductor tiene según la base de datos del ministerio 67 traducciones en su haber (una buena cantidad en Norma, pero también para otras editoriales).

    La verdad es que me gustaría probar con una traducción (de hecho, tengo una al 30%, pero sin esperanzas de publicación/remuneración se hace muy cuesta arriba dedicarle tiempo).

  5. ´´he de confesar que suelo aborrecer la alegoría porque fuerza un significado único“ ¿por que crees que la alegoría fuerza un significado único?

    • A grandes rasgos, las alegorías se escriben para transmitir una mensaje cerrado. No dan al lector libertad de interpretación. Ni siquiera libertad de valoración crítica. Es todo o nada. Se acepta o no, pero no admite matizaciones. Vendrían a ser el equivalente literario (y metafórico) de una arenga.

      Evidentemente, toda metáfora lleva implícita cierta carga alegórica (porque si no, sería indescifrable), pero cuando esa rigidez se extiende a toda una obra… Lo cierto es que se vuelve un poco aburrida.

      Tolkien, por ejemplo, recelaba de ellas. Prefería hablar de “aplicabilidad”, un término que invita al lector a que complete el mensaje según sus propios conocimientos, ideas y experiencias. Las obras maestras de la literatura alcanzan ese estatus precisamente porque se nutren de unas ideas cuya aplicabilidad llega mucho más lejos de lo que sus autores hubieran podido tener en mente en el momento de su elaboración.

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