Superluminal

“Superluminal”, novela de Vonda McIntyre publicada por Acervo en 1985, es un misterio. No tanto en sí misma, sino por las circunstancias que propiciaron su inclusión en la colección. No es porque sea mala (tampoco es muy especial, pero ya llegaremos a eso). Es… anodina.

Su mayor mérito parece ser el haber alcanzado la 11ª posición en la lista de ciencia ficción del premio Locus de 1984. Ningún otro premio importante de aquel año la incluye entre sus finalistas y el tiempo no parece haberla encumbrado como una joya oculta, pues buscando por internet he encontrado una única reseña, en italiano. Habida cuenta de la tendencia de Acervo de publicar ganadores de algún premio importante (Hugo, Nebula, Locus o Campbell) o bien escritores con tirón, resulta curiosa cuanto menos la elección de esta novela de Vonda McIntyre por encima de obras como “Marea estelar” de Brin (que lo ganó, con absoluto merecimiento, todo en 1984 y tendría que esperar otros once números para aparecer en Acervo), “Los robots del amanecer” (vale, Acervo no era muy asimoviana y, de todas formas, al Buen Doctor lo editaba Bruguera), “Las puertas de Anubis” de Tim Powers (segunda en fantasía, la publicaría en 1988 Mr Ediciones; la ganadora, “Las nieblas de Avalon” sí que la publicó Acervo, en cuatro volúmenes, unos pocos números más tarde, así como “El portador del oro blanco”, la tercera parte de las Segundas Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo… tras ponerse al día con las dos anteriores). También un poco a contracorriente estaría la edición tres números después de Tik-Tok, de John Sladek, que aparece en vigésimo séptima posición en la lista de Locus, aunque se había alzado previamente con el galardón de la Asociación Británica de Ciencia Ficción.

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Incluso, de sentir preferencia por la autora, “Serpiente del sueño“, su novela ganadora de los premios Hugo, Nebula y Locus en 1978-79, seguía inédita (y así se mantendría durante unos años, hasta que fue editada por Nova en 1989). De hecho, de Vonda McIntyre sólo había publicada una antología, “Torrente de fuego”, en Nebulae.

Todo este rollo para justificar que no acabo de comprender qué le hizo al director escoger esa novela entre la miríada de posibilidades (me interesa desde un punto de vista egoísta; me encantaría tener alguna vislumbre sobre cómo piensa un editor… aunque me da que esta misma novela escrita por un autor español se hubiera quedado inédita). Mi hipótesis apunta hacia la acusada “fantastización” de la colección desde la marcha de Domingo Santos (que, hasta donde he podido comprobar, se produjo en el número 46). Habían entrado con fuerza Anne McCaffrey y sus dragones de Pern y Stephen R. Donaldson con su Incrédulo. Cierto que el penúltimo libro había sido “La estación Downbelow” de C.J. Cherry, pero quizás el director de la colección buscaba contentar a los lectores de siempre con una ciencia ficción de corte muy clásico. En ese sentido, “Superluminal” era una buena elección, pues trata sobre temas muy arraigados, como la exploración interestelar, la evolución dirigida de los seres humanos (incluyendo modificaciones cibernéticas), con el equilibrio justo entre ciencia y superstición que tan de moda estaba hacia finales de los 70/principios de los 80 (en cierto sentido, “Superluminal” se puede considerar un eslabón tardío entre el New Wave setentero y el renacimiento del hard en los 80).

Descontextualizada, sin embargo, el valor intrínseco de la obra es bastante relativo. Mientras que autores como David Brin, Greg Bear y Gregory Benford (un tipo cansino como pocos a mi entender) estaban redefiniendo una cifi hard neo-campbelliana y la revolución del ciberpunk asomaba a la vuelta de la esquina, Vonda McIntyre se queda a mitad camino, aportando ideas interesantes pero poco definidas, y dejando con la duda de si su obra es carne o pescado. En cierto modo “Superluminal” me ha recordado a “El núcleo del caos” de Colin Kapp, aunque debe tenerse en cuenta que aquélla es una década más antigua.

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Como resulta improbable que os encontréis con una sinopsis describiré a continuación por encima la trama de la novela.

Laenea es una tripulante que acaba de someterse a una peligrosa operación que sustituye su corazón por un artilugio mecánico controlado conscientemente. Este procedimiento quirúrjico es imprescindible para convertirse en piloto, pues el tránsito hiperlumínico resulta mortal para los humanos sin modificar (no se explica bien en ningún momento, pero parece ser que tiene que ver con la interrupción de los movimientos involuntarios del sistema autónomo). Esta modificación, por razones dramáticas (mucha lógica no hay aquí), cambia a los pilotos (conocidos popularmente como “aztecas”) y los hace poco menos que incompatibles con los humanos “normales”, de ahí que su relación con Radu Dracul, un tripulante de un mundo colonial, esté condenada al fracaso desde el principio. Sin embargo, entre ellos sigue existiendo un vínculo muy especial (forjado años antes en circunstancias que se explican en la novela), que le permite a Radu, cuando Laenea se pierde en las dimensiones extrañas del tránsito, guiar una expedición de rescate tras descubrir su insospechada capacidad de resistir el tránsito sin necesidad de sacrificar su corazón.

La novela hace hincapié en los dos temas preferidos (según la Wikipedia) de Vonda McIntyre: el biocontrol (alteración consciente de las funciones corporales autónomas a partir de métodos de relajación) y los “buzos”. Estos buzos (“divers” en el original), son humanos alterados genéticamente para vivir en el océano, que han conseguido desarrollar en pocas generaciones su propia cultura (con un lenguaje submarino mucho mejor que cualquier otro terrestre). McIntyre describe una auténtica especiación y apunta interesantes nociones sobre evolución dirigida, constituyendo un buen ejemplo de transhumanismo temprano (surgen cuestiones sobre identidad, temor hacia el cambio, desarraigo racial, ansias de explorar). Al mismo tiempo, se pierde un poco en seudociencia ecologista, otorgando a los cetáceos una inteligencia superior a la humana y proporcionando a su lenguaje propiedades casi místicas. El principal representante de esta raza es Orca, una tripulante que acompaña a Radu en su aventura y que aporta la “visión alienígena” sobre los usos y costumbres humanos.

Como se ve, son temas muy interesantes que hubieran podido dar para una novela memorable. Sin embargo, algo no acaba de funcionar. Para empezar, las cien primeras páginas son de lo más aburrido que me he tragado nunca. La historia remonta en cuanto deja de darle vueltas a lo rara que se siente Laenea sin corazón y queda establecida su relación con Radu (que tampoco es el personaje más carismático que te puedes echar en cara). Por fortuna, a partir de ahí se inician los viajes hiperlumínicos (que son, al fin y al cabo, los protagonistas de la novela) y Orca asciende a coprotagonista. Entonces la trama entra en una dinámica que recuerda a “Pórtico” (Frederick Pohl, 1977) y las doscientas y pico páginas siguientes pasan en un suspiro.

También falla un poco a nivel literario, aunque no sé hasta qué punto puede achacársele la imprecisión narrativa a una traducción que no me parece particularmente acertada (algo que es más corriente que menos en este género nuestro). De todas formas, recurre más de la cuenta a la muleta de “es indescriptible y no sé explicarlo con palabras”, dejándonos en la ignorancia sin hacer siquiera un intento por sugerir el asombro de sus protagonistas. Obrando así, nos deja fuera de la acción, como testigos de un grupo de personas que están teniendo experiencias maravillosas que están más allá de nuestra percepción y entendimiento (como ver a alguien haciendo zapping).

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En cuanto al nivel científico, la concepción del universo que tiene Vonda McIntyre es de una ingenuidad desarmante. Empieza a meter dimensiones espaciales como si no costaran (atribuyéndoles propiedades que tienen más de mágicas que de científicas) y después demuestra que no sabe mucho de cosmología llevando a sus protagonistas al borde del universo (vale, no estoy cien por ciento seguro de cuál era el consenso científico en 1983, pero de todas formas me da que se columpia un rato largo). Resulta curioso que incida en estos temas que, evidentemente, no domina y pase de puntillas por la modificación genética de los buzos (habida cuenta que era licenciada en biología, especializada en genética). Su interés por ambos temas no tiene tanto que ver con el logro científico en sí mismo como con la reacción de los seres humanos ante las nuevas fronteras a la experiencia que proporcionan. De hecho, si se hubiera atrevido a ir un poco más lejos por ese sendero, prolongando la novela unos cuantos capítulos a partir de donde la deja (para compensar, podría haber aligerado considerablemnete el principio), seguramente estaríamos hablando de un punto de referencia importante.

Tal y como se publicó, es una obra a mitad camino entre la grandeza y la ordinariez. Muy interesante desde un punto de vista histórico y aceptable como entretenimiento, pero que carece de la entidad suficiente para justificar su recomendación por ninguna característica particular. Como decíamos al principio, no es que sea mala, pero tampoco hay ninguna razón para que deba ser buscada con ahínco o, ya que estamos, reeditada (no es que hubieran muchas razones para escogerla en su momento).

Otras novelas de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 5, 2009.

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