Los árboles integrales

La primera entrada del año, para no romper tendencia, será una crítica, a la novela “Los árboles integrales” de Larry Niven, ganadora del premio Locus en 1985 (y finalista de los Hugo y Nebula respectivos)… lo cual sólo me explico por el prestigio del autor dentro de la comunidad hard (sí, en EE.UU., al menos durante un tiempo, tenían suficiente peso específico para constituirse en lobby).

Como en su más famosa “Mundo Anillo”, “Los árboles integrales” se organiza en torno a un ambiente excepcional que empuja los límites de los escenarios apropiados para sustentar vida en el universo. El ecosistema ideado por Niven prescinde de una superficie planetaria como biotopo, consistiendo éste en un toroide de gas, a concentración atmosférica, en cuyo interior se acumula el agua en burbujas (llamadas “estanques”) y ha evolucionado una flora y fauna adaptadas a las especiales condiciones de un anillo de partículas en caída libre. De esta biología, destacan los árboles integrales del título, unas estructuras leñosas, de hasta cien kilómetros de longitud, que poseen dos copas, una en cada extremo, inclinadas en direcciones opuestas debido a la diferente velocidad de traslación del árbol (equivalente a la velocidad de las partículas a la altura de su centro de gravedad), respecto a las de las zonas distales y proximales del anillo (la velocidad angular es constante en toda la anchura del anillo, para lo cual la velocidad lineal debe aumentar a medida que aumenta la distancia respecto al centro de rotación). Esta misma circunstancia determina la existencia de una fuerza pseudogravitatoria, las fuerzas de marea, que confieren algo de peso (y una dirección hacia la cual caer) en las copas.

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Para que todo esto funcione, hacía falta que el anillo no fuera muy grande (si no, a la porra con la pseudogravedad conseguida en poco menos de 50 kilómetros, por no hablar de que la escala haría inviable la estructrua), pero al mismo tiempo hacía falta un objeto supermasivo para que cuadraran los cálculos respecto a masa orbital y velocidad de traslación en caída libre. La solución la encontró en situar como centro del sistema una estrella de neutrones (uno de los posibles remanentes del colapso gravitatorio de una estrella que ha estallado como supernova), perteneciente a un sistema binario. Para formar el anillo de gas recurrió a un planetoide, atrapado en órbita de esta estrella, que libera polvo y gas en una dinámica que forma un toroide de polvo poco denso y, en su interior, el Anillo de Humo capaz de sustentar vida.

Existen varios inconvenientes, como la elevadísima velocidad de rotación de una estrella de neutrones (por conservación del momento angular de la estrella originaria), que a su vez genera eventos de alta energía incompatibles con la vida (como emisiones de rayos equis o gamma a través de los polos, dando lugar a un pulsar). Niven lo “soluciona” apuntando a que la estrella de neutrones es vieja y su velocidad de rotación ha disminuido por un factor de mínimo 10.000 (aunque esto comportaría un tiempo inconmensurablemente largo, se lo perdonamos porque escribió la novela en 1983). También tengo serias dudas sobre la estabilidad del sistema. Es como si Niven se hubiera empeñado en imaginar el entorno más extraño concebible, aunque para justificarlo tuviera que jugar con casualidades milagrosas, intervalos temporales ajustados y trabajo de relojería cósmica propio de un “diseño inteligente”.

De acuerdo, lo aceptamos. ¿Y luego? Ahí está el problema. Luego no sabe qué hacer con su bonito juguete nuevo.

Le pasa lo mismo que con “Mundo Anillo” y “La paja en el ojo del dios” (que constituyen toda mi experiencia previa con el autor). Una vez fijadas las premisas (desde una perspectiva más o menos hard), hay que desarrollar una historia y: a) Niven no tiene ni pajolera idea de cómo desarrollar una trama interesante y cómo dar vida a personajes mínimamente complejos, b) El escenario apenas tiene importancia como base para justificar un par de leyes físicas imperantes, porque la historia en sí tanto podría desarrollarse allí como en cualquier otro lugar con muy pocos cambios y c) No hay que dar solución a demasiados interrogantes, que si no nos cargamos la posibilidad de escribir la secuela (o la serie de secuelas). Todo lo cual me lleva conjeturar que Larry Niven es un escritor de fantasía épica frustrado. Lo que de verdad le iban eran las historias de elfos y guerreros, sólo que su educación en matemáticas se inmiscuía y constreñía su imaginación sin dejarle recurrir a la magia y a todas esas tonterías acientíficas que hacen la vida del escritor de fantasía más sencilla. Así pues, dedicaba un tiempo a inventarse un escenario estrambótico aunque verosímil (o, al menos, defendible con la física en la mano), y luego lo poblaba de sus personajes de Dungeons & Dragons, y sus aventuras de exploración (algún que otro extraterrestre chungo sirve tanto como el elfo más pintoresco). Cada poco se introduce una parrafada técnica para recordar dónde estamos, y listo, de vuelta a la acción.

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En “Los árboles integrales”, por ejemplo, seguimos las desventuras de un grupo de parias de la mata de Quinn que, tras la destrucción de su árbol, deben encontrar un nuevo hogar. Por el viaje nos tropezamos con tribus que viven en junglas en caída libre, esclavistas que controlan un poco de tecnología estelar y acabamos realizando un viajecito que promete responder muchas preguntas… y las deja aparcadas para la secuela (“The Smoke Ring”, que creo que está inédita en España). Entretenido a ratos, pero nada extraordinario, ni desde un punto de vista anticipativo, ni literario.

Se supone que Niven en general y “Los árboles integrales” en particular son buenos ejemplos de ciencia ficción hard. Siendo así, no me extraña que esté mal vista, pues a parte de la broma del escenario, resultan de lo más anodinos. ¿De qué sirve una idea tan restrictiva que no puede aplicarse a nada más? Como apunte cachondo está bien, pero sustentar toda una novela en esta anécdota me parece excesivo. Al menos, Robert L. Forward sabe que está escribiendo bromas científicas y juguetea con la comicidad de sus tramas (el que le sigas la corriente ya es cuestión de cada cual), sin pretender ser tomado en serio. Niven procura esconder el hecho a base de taparlo con una historia que, reducida a su esencia, es de un topicazo que echa de espaldas (si al menos fuera excitante…). Y después aún tiene la desfachatez te dejarte a mitad camino.

Tal vez esté siendo muy duro, pero es que hay otra cuestión que me repatea. ¿”Los árboles integrales” hard? Por favor, ¡si no da una en bilogía! Se supone que el complejo ecosistema descrito ha evolucionado en apenas 500 millones de años, y con formas cuya única concesión a la ausencia de gravedad es una simetría trilateral. Claro que la evolución trabaja de forma curiosa para Niven. En apenas 500 años los seres humanos se han adaptado al ambiente, desarrollando dedos de los pies prensiles y aumentando su estatura (lo cual, al parecer, es también uno de los pocos efectos de desarrollarse en un ambiente de baja gravedad). O sea, mucha física, algo de astronomía y matemáticas, pero la base científica de la novela sólo importa en lo que se refiere al escenario (algo muy parecido a lo que ocurría con las otras dos novelas que he mencionado antes, sobre todo con “La paja en el ojo del dios”).

Larry Niven no es un escritor hard. Es un escritor que gusta de desarrollar un ambiente curioso y más o menos fiel a los conocimientos matemáticos y astronómicos. Luego, para justificarlo, se inventa una historieta pseudofantástica que lo arropa y le permite llegar al tamaño de novela, con el convencimiento de que ya ha hecho lo deberes para contentar al lector de cifi hard clásico.

Pues a mí no me basta. Es más, ni siquiera me parece interesante. Es un juego intelectual que no está muy bien llevado (por la manía de dejarse lo más posible para otro momento), irrelevante por completo y con graves carencias narrativas. Reconozco que es una lectura bastante ágil (una vez has logrado situarte, que eso cuesta dos o tres capítulos), pero suelo exigir algo más, sobre todo si me vienen con ínfulas.  Un buen escenario no basta para hacer una buena novela. Es sólo un comienzo. Por desgracia, Larry Niven se queda en el comienzo, muy satisfecho, supongo, consigo mismo, sin avanzar un solo paso hacia ningún lado. Es una táctica que funciona más veces de las que serían deseables. Algo así como los humoristas que tienen un solo chiste y lo repiten sin cesar.

Me la trae al fresco el “sentimiento de maravilla”. “Los árboles integrales”, la novela, se parece a las estructuras que describe en un aspecto: no tiene raíces, flota en la nada a merced de los vientos y, una vez superada la novedad de su existencia, no tiene mucho que ofrecer.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 3, 2009.

3 comentarios to “Los árboles integrales”

  1. totalmente de acuerdo, la leí hace poco y no hay por donde cogerla. Sorry.

  2. De Niven solo he leido los dos primeros libros de la saga mundo anillo, le traia ganas a los arboles integrales pero las criticas son unanimemente negativas. Es verdad lo que mencionas acerca de los personajes de fantasia, se nota sobre todo en la segunda parte de mundo anillo. Sin embargo en esta secuela se explican muchas cosas y creo que bien podria considerarsele “hard”. Te recomiendo le des una leida.

  3. Es que Niven aprovechó “Ingenieros de Mundo Anillo” para poner parches a todos los fallos que los aficionados habían detectado en su construcción.

    Me temo que Niven no me acaba de convencer, pero si encuentro en algún momento la secuela a buen precio, es muy posible que la adquiera (lo de leerla ya entraría dentro de la dinámica impredecible de la Pila de Pendientes).

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