“El sexto invierno” y el cambio climático

Quizás no hubiera podido elegir un mejor momento para leer “El sexto invierno” de Douglas Orgill y John Gribbin. En Valencia nos encontramos sometidos a unos gélidos 7 ºC de temperatura mínima (sí, para nosotros eso es mucho frío; son valores propios de enero) y por la tele no dejamos de ver estampas nevadas. Hace unos días echaron por la tele “El día de mañana” (que plagia guarda un parecido sorprendente con esta novela). No es lo mismo verla en el cine en pleno verano (aunque se empeñen en poner la refrigeración a lo bestia) que durante una ola de frío.

También resulta un momento “históricamente apropiado”. Con todo el revuelo generado por el calentamiento global antropogénico (innegable desde una perspectiva científica), la noticia de que podemos estar dirigiéndonos hacia un período de enfriamiento global heliogénico ha pasado bastante desapercibida. Resumiendo, en un lapso que oscila entre tres y doce años podría darse una disminución en la radiación solar recibida, al entrar el Sol en un ciclo de baja actividad, que alcanzaría su máxima expresión hacia el 2030. ¿Suficiente para generar una Edad del Hielo? No parece probable, pero los datos apuntan hacia, al menos, una situación similar a la de la Pequeña Edad del Hielo, que se dio en el hemisferio norte entre finales del siglo XIV y mediados del XIX. La cuestión es, ¿qué pasaría si nos encontramos ante unas condiciones algo más duras?

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Incluso de no darse esta circunstancia, podemos estar abocados localmente a unas temperaturas muy inferiores a las que conocemos. La excusa argumental de “El día de mañana” habla de la interrupción de la circulación termohalina (por deshielo del polo norte), que lleva a un cambio climático catastrófico. Dejando de lado el catastrofismo, para nosotros supondría la interrupción de la Corriente del Golfo, que trae a Europa el calor de las aguas caribeñas y ayuda a templar la temperatura. Echad un vistazo a un mapamundi; La Coruña está más al norte que Nueva York, y podemos ver en las películas la rasca que llega a hacer en NY (otro ejemplo, la temperatura de las islas británicas es 11º superior a lo que le corresponde por latitud, después de todo está al mismo nivel que la península del Labrador en Canada).

“El día de mañana” se basa oficialmente en el libro “The coming global superstorm” de Art Bell y Whitley Strieber, pero hay otras obras de ficción que tratan sobre este escenario. La más reciente quizás sea una trilogía de Kim Stanley Robinson (un autor que no es santo de mi devoción) que se inicia con “Señales de lluvia” (Minotauro, 2005) y prosigue con las inéditas en España “Fifty degrees below” (2005) y “Sixty days and counting” (2007) (al parecer, ambas tratan sobre el enfriamiento brutal del área en torno a Washington DC y los esfuerzos por reactivar la circulación termohalina). También inéditas están “Heavy Weather” de Bruce Sterling (1994) y “Mother of storms” de John Barnes (también 1994). Ambas tratan sobre alteraciones catastróficas debidas al efecto invernadero (la novela de Barnes se apoya en la liberación de los depósitos submarinos de clatratos por una acción militar), modifican las corrientes atmosféricas (provocando tornados y huracanes) y acontecen en torno al 2030 (¡toma predicción!).  Por último, la teoría del fusil de clatratos también forma parte de las tramas de “Trascendent” (2005) de Stephen Baxter (un científico del futuro se pone por azar en contacto con un colega de nuestros tiempos y ambos se embarcan en la misión de prevenir la catastrófica liberación de los depósitos de clatratos por culpa del calentamiento global) y de “The life lottery” (2004) de Ian Irvine, última entrega de la trilogía “The Human Rites”, en la que los gobiernos del mundo, ante el advenimiento de una edad del hielo abrazan un (potencialmente fatal) proyecto de utilizar los depósitos de clatratos para contrarrestar el enfriamiento.

Voy a volver a “El sexto invierno”, que al fin y al cabo es el “abuelo” de todos estos libros.

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La novela fue publicada en 1979, y sus autores son Douglas Orgill (escritor británico, espacializado en obras de temática militar) y John Gribbin, el científico de la dupla (astrónomo, astrofísico y divulgador). Está ambientada a mediados de la década de los ochenta, y narra el primer invierno de la nueva era glacial principalmente a través de las vivencias del doctor William Stovin (la versión del científico-demasiado-heterodoxo-que-al-final-tenía-razón en climatología). El desencadenante del cambio no se explica demasiado, pero puede tener que ver con el aumento de cenizas volcánicas en la atmosfera, microalteraciones en la órbita terrestre o variaciones en la radiación Solar. Curiosamente, entre 1942 y la época en que se escribió “El sexto invierno” las temperaturas medias del planeta estuvieron en descenso tras un siglo al alza, por lo que era un escenario plausible (desde 1980 se ha revertido el proceso de forma acusadísima, por culpa de la actividad humana según el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, motivo por el que en “El día de mañana” se ha de recurrir a una explicación adicional sobre por qué el calentamiento global puede conducir a una glaciación). El punto fuerte de la historia es que asume un modelo catastrofista para la instauración de la Edad del Hielo. La glaciación es un proceso que no lleva décadas, sino apenas unos meses. La alteración de las corrientes térmicas atmosféricas crea una especie de tornados que insuflan aire gélido de la troposfera a nivel terrestre, lo cual retroalimenta toda una cascada de cambios (aumento del albedo por el hielo, nevadas incesantes, interrupción de la actividad industrial…) que cubre buene parte del hemisfero norte bajo el hielo tan rápido que ni siquiera es posible evacuar algunas grandes ciudades (como Chicago o Nueva York). No es un modelo que goce de mucho apoyo científico, pero aporta a la historia las necesarias dosis de dramatismo a corto plazo (y, de un modo u otro, el resultado final es lo que cuenta).

Stovin, junto con su pseudonovia, una etóloga especializada en lobos, es invitado a investigar en Siberia un fenómeno terrible, un “Danzante” según la mitología inuit, que ha borrado del mapa la ciudad de Novosibirsk. Allí, junto con su contraparte soviétiva, el doctor Solvatov, y vigilado por el agente de la KGB Volkov (en ruso, “volk” significa “lobo”), es testigo en primera línea del avance imparable de la Nueva Edad del Hielo (y se ve obligado a sobrevivir a unas condiciones terribles mientras trata de regresar a EE.UU. vía Siberia).

Al principio, la novela es un poco decepcionante por su ingenuidad y por sus recursos de bestseller del montón (incluidos personajes de cartón piedra, políticos comprensivos, científicos incomprendidos, medio-esquimales contradictorios…), pero pronto gana enteros por el atrevimiento de lanzar un órdago contra la raza humana, haciendo que los acontecimientos se precipiten a nivel global, y por los episodios siberianos, que muestran una importante documentación sobre la supervivencia en ambientes a cuarenta grados bajo cero (el frío se convierte en un protagonista más). Aunque quizás más importante que lo que cuenta es lo que invita a reflexionar. ¿Qué le ocurriría a nuestro perfectamente ordenado mundo si los patrones climáticos sufrieran un cambio brusco? ¿Cómo nos las arreglaríamos con lluvia donde antes había desierto y sequía en las zonas húmedas, con un carácter definitivo? ¿Cómo afectaría este cambio a la producción de alimentos? ¿Cómo se enfrentarían las naciones a este hecho? ¿Y las condenadas a desaparecer bajo los hielos? Por desgracia, la novela pasa de puntillas por todos estos temas, y los que trata lo hace con una candidez sonrojante. Todos los gobiernos son receptivos a la explicación científica y están a la altura de las circunstancias, los poderes económicos no dicen esta boca es mía, la población responde con madurez a los desafíos y los odios enconados por siglos se dejan de lado en una gran cooperación internacional. Demasiado Disney para un problema tan serio. Por ello, los mejores momentos son aquellos “rodados” en primer plano: el hombre, solo o en pequeños grupos, enfrentado al frío extremo, armado apenas con hábitos y costumbres conservados por unos pocos pueblos desde hace miles de años.

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Otro fallo de la novela reside en las pintorescas teorías etológicas y antropológicas que apoya. En relación a los lobos defiende una especie de memoria racial que hace que su comportamiento varíe para adecuarse a la caza de mamuts, y también habla de evolución en falso del ser humano durante el período interglacial y de la necesidad de volver a esquemas anteriores. Pura basura acientífica que hoy en día sería New Age y por entonces era simple ceguera protoecologista y antitecnológica (involucionar nunca es una solución, por mucha exaltación del primitivismo que se quiera).

Quitando de lado estos pequeños defectos, “El sexto invierno” es una lectura muy recomendable, ya que podemos reflexionar sobre lo que nos cuenta y cubrir sus deficiencias con nuestra propia especulación, al tiempo que disfrutamos de un modo de vida que nos es ajeno (y que seguirá siéndolo, al menos por unas décadas).

A mí, personalmente, me ha dejado bastante tocado.

Ya he mencionado en este mismo blog varias veces el asunto de la singularidad tecnológica que algunos proyectan para tan pronto como el 2020. Incluso tengo algo escrito al respecto (que quizás vea la luz el año que viene). Sin embargo, a la hora de la verdad, tengo mis dudas sobre su inminencia, su posible naturaleza e incluso su misma existencia (podría haber otros fenómenos que confundimos con las señales de la singularidad). De lo que cada vez estoy más seguro es de que en las próximas décadas asistiremos a un cambio climático drástico. Me da igual que se deba al calentamiento global o al advenimiento de una nueva (¿Pequeña?) Edad del Hielo. Sea como sea, las estructuras sociopolítica y económica actuales no están preparadas para asumir el reto (basta con ver cómo se han tomado los mercados el reajuste relativamente suave en que estamos metidos; imaginemos qué pasaría si hubiera que reubicar todas las cosechas o si las necesidades energéticas mundiales crecieran de golpe un 15%). En pocas palabras, como escritor de ciencia ficción añado a la incertidumbre tecnológica una segunda capa de incertidumbre climática y, por encima, otra de incertidumbre sociopolítica. No es de extrañar que la ciencia-ficción viva épocas de crisis. El futuro se vuelve opaco apenas nos adentramos unos pasos en él. Lo preocupante, desde una perspectiva más general, es que ese futuro es tan cercano que nos va a afectar a nosotros (no ya a nuestros hipotéticos hijos, sino a nosotros mismos). Seremos los protagonistas de un mundo futuro que ni siquiera somos capaces de concebir.

Al parecer, vamos a ser receptores de esa vieja maldición china: viviremos para ver tiempos interesantes.

Para saber algo más sobre el hipotético enfriamiento global que se nos viene encima, recomiendo visitar la página web del Space and Science Research Center, propulsora de la teoría RC sobre el inminente descenso de la actividad solar y su repercusión en el clima, o, si se prefiere en castellano, esta entrada del blog Desde el Exilio, que resume de forma bastante precisa e imparcial el asunto.

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~ por Sergio en diciembre 1, 2008.

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