Hay algo podrido en el mundillo editorial

No es algo nuevo. Como toda actividad económica, el mundillo editorial se encuentra expuesto a las prácticas poco éticas, en ocasiones bordeando la ilegalidad, de personajes capaces de sacarle dinero a una piedra a base de exprimirla. En estas ocasiones, el que más lo sufre suele ser la parte más desprotegida y menos reconocida del tinglado, que suele ser el escritor (para la edición de autores extranjeros, sustitúyase por “el traductor”). Además, las actividades deshonestas suelen cebarse en los novatillos que intentan abrirse paso y en géneros tan paupérrimos que los autores de éxito no pasan de ser, en el mejor de los casos, semiprofesionales (más a menudo amateurs pluriempleados).

Ya en condiciones “normales” la cosa está durilla. El escritor ve en condiciones generales un porcentaje mínimo del precio de venta de un libro (entre un 10 % y un 5 % suele ser lo usual). A veces hay un adelanto, que viene a ser una cuota fija que se entrega en previsión de las futuras ventas y supone un voto de confianza del editor en la obra, pues si no se llega a cubrir no se devuelve. Otras veces, con tiradas minúsculas, no hay adelanto, y ya verás un duro cuando sea posible.

Es el peaje que habitualmente hay que pagar para ir abriéndose camino (eso de hacer currículo). Sin estos pasitos, no hay camino para acceder a las “altas esferas” (o a las “medianas”, ya que estamos). Por supuesto, hay géneros (más bien subgéneros) con los que no puede esperarse llegar a pastos más verdes, pero ésa ya es otra historia.

Para los autores principiantes, por tanto, publicar los primeros libros es una inversión de futuro. Cualquier autor novel aspira, al menos, a sentar las bases para que el siguiente pueda salir con unos pocos ejemplares más, o a que alcance mayores ventas por reconocimiento de nombre. En ese sentido, los escritores en esta situación se esfuerzan de valiente.

Por todo ello, es doblemente duro cuando encima te pegan una puñalada trapera.

Habría mucho que comentar. Desde concursos con mucha menos transparencia de la que sería necesaria, hasta el asunto de la “coedición” (¡venga, sed honrados y llamadla “autoedición”, que los gastos corren todos de parte del autor! Es un modelo lícito para el que quiera seguir el sendero más complejo y tortuoso o esté desesperado por publicar, pero con las cartas sobre la mesa), pero hoy toca hablar de editoriales. ¿Por qué? Bueno, hay dos motivos, dos escándalos que han estallado recientemente.

En nuestra parcelita del mundo literario estamos bien escaldados desde el caso de Pulp Ediciones, situación, por cierto, por la que, hasta donde yo sé, nadie ha respondido todavía ante la justicia (ni mucho menos, pagado a los autores y traductores implicados). Hace unas semanas surgió un caso que pronto empezó a recibir la denominación de nuevo caso Pulp. Es el de Ícaro Ediciones, una editorial surgida de la nada que anunció un buen puñado de interesantes novedades. Una de éstas era “Tigana” de Guy Gavriel Kay, lo cual hizo saltar la liebre pues los derechos estaban, como se demostró más tarde, en poder de La Factoría de Ideas. Muy pronto se echaron para atrás, disculpándose por el descuido mediante un comunicado en el que se desvinculaban por completo de Pulp, lo cual no les ha impedido publicar, esta vez sí, otros dos libros en los que, al parecer, no han contado con los derechos de autor y traductor, ni han pagado ninguna cantidad en este concepto. De acuerdo con lo que anuncia Bem On Line, se trata de “Deus Irae” de Phillip K. Dick y Roger Zelazny y “A través del tiempo real” de Vernor Vinge (haciéndolos, por cierto, impublicables para una editorial honrada). Poco se sabe de la editorial ni sobre el resto de libros que tienen anunciados (al parecer, sí que hay constancia de que ha pagado los derechos por alguno de ellos). Es difícil disculpar por inexperiencia una triple metida de pata. El caso aún está en evolución. Al menos se puede decir eso de que la mano que ya se ha quemado se retira antes del fuego.

Más grave es el segundo caso, que estalló el pasado domingo e implica al Grup Senar (sellos Maikalili y Penombra d’Argent). Según ha escrito en su blog y ha comentado en foros Isabel del Río Sanz, una de las afectadas, la editorial ha suspedido su actividad dejando a deber dinero a empleados y autores. Aquí el daño sería más grave aun, pues afecta directamente a autores que esperaban (o habían conseguido) publicar por primera vez de forma profesional. Ahora algunas de esas obras están en el limbo y el pasito se ha convertido en un paso en falso porque alguien les ha metido la zancadilla.

Desde Rescepto sólo podemos esperar que, de confirmarse estos extremos, se exija ante la justicia todas las responsabilidades a que haya lugar. Ya están bastante difíciles las cosas de por sí, sin necesidad de que venga nadie a machacar a los autores.

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~ por Sergio en noviembre 19, 2008.

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