El atractivo neandertal

Esta entrada viene motivada por la (muy placentera) lectura de “Something rotten”, la cuarta novela en la serie de Thursday Next de Jasper Fforde. Antes de entrar en materia, quisiera explicar por qué la he leído antes de tragarme “Perdida en un buen libro” y “El pozo de las tramas perdidas”. La razón se puede resumir en una cifra, 7, que son los euros que he tenido que desembolsar por hacerme con la novela en un Carrefour. Cosas de la economía, pero no estoy para gastarme 18 (más probablemente 19) euros cuando salga en Nova. Estoy planteándome seriamente el limitar mis compras a autores españoles, Amazon para los foráneos en ediciones de bolsillo y saldos. Podría pagar sobreprecio por una buena edición y traducción, pero cuando se triplica o cuadriplica el coste…

He de reconocer que otra razón para mis reticencias con Fforde era que “El caso Jane Eyre” no me había acabado de enganchar. Tenía toques ingeniosos y divertidos, pero ni de lejos constituía esa revolución (meta)narrativa que tanto se publicitaba. Tras leer “Something rotten” comprendo más por dónde van los tiros. Es la misma estructura y el mismo enfoque, pero mucho más suelto y fresco. Las subtramas se entrecruzan como un juego de malabares, en el que el autor pretende mantenernos en todo momento entretenidos con una mezcla curiosa de surrealismo y lógica aplastante, al tiempo que lanza afiladísimos dardos contra el mundo de la política o el deporte (en general, nada de parodiar personajes en concreto, sino dándole donde más duele al mismísimo sistema, sin todas esas chorraditas alegóricas que me ponen de los nervios). Vamos, que he disfrutado como un perro.

La reseña ya la dejo (si acaso) para cuando salga en español. Quería, sin embargo, resaltar un elemento por su desconcertante (para mí) ubicuidad en la ficción de los últimos años: la neandertalofilia.

No, no tiene que ver con erotismo interespecífico (aunque algo de eso hay en “Las tierras del fondo“), sino con la simpatía con que se trata el tema neandertal en multitud de novelas más o menos contemporáneas. Leyéndolas, asombra constatar que no fuéramos nosotros (Homo sapiens) los extintos al entrar en conflicto con nuestros primos neanderthalensis. Vamos, que cuando no poseen capacidades poco menos que sobrenaturales (empatía hiperdesarrolada, hasta el extremo de la telepatía en los casos extremos, memoría racial, reflejos felinos…) han constituido la sociedad perfecta (justa, equitativa, libre de memes perniciosos, respetuosa con el medio ambiente…). Para entendernos: una mezcla entre superhombres y hippies new age. Todo lo cual no deja de ser curioso, porque cuando llamamos neandertal a alguien solemos estar tildándolo de estúpido, bruto y retrógrado.

Quizás sea que el lenguaje coloquial bebe de fuentes más antiguas o primarias que el literario, donde una de las principales funciones del neandertal es constituir un arquetipo humano con el que comparar al hombre moderno y resaltar sus características más negativas. Esto ocurre en el mundo de Thursday Next (encajado en el tono satírico del conjunto) y viene siendo habitual desde hace más de medio siglo. En 1955, por ejemplo, William Golding publicó “Los herederos”, sobre el conflicto entre especies (donde los espirituales y pacíficos neandertales tienen todas las de perder). Quizás ahí esté la clave de la caricaturización del neandertal (aunque sean aspectos positivos, resaltarlos excesivamente, en detrimento de cualquier otra característica, es una caricatura). Les priva de importancia argumental por sí mismos, relegándolos a simples herramientas para mostrar al auténtico protagonista, que somos nosotros y nuestras contradicciones. Un camino similar recorrió Isaac Asimov en 1958 con su novela corta “El niño feo”, aunque en este caso al pequeño neandertal no se le reserva siquiera el papel de contrapunto, sino que es un simple MacGuffin para contrastar la avidez de los investigadores con la humanidad de Edith, su cuidadora.

Hacia los años 80, la palentología tomó las riendas y surgió la “necesidad” de mostrar una visión más realista del fenómeno neandertal. En 1980 se publicó “El clan del oso cavernario”, de Jean Marie Auel, en el que una niña cromañón es criada por una tribu neandertal (ésta es buena, el resto de la serie va degenerando hacia novelón erótico-cavernario). Destaca la cuidadosa descripción de la cultura prehistórica, en lo referente a la fabricación de herramientas, hábitos de vida, estrategias de caza… Pese a que los neandertales poseen la inapreciable facultad de contar con una memoria racial a la que pueden acceder a través de determinados rituales y que les facilita el aprendizaje, pues se limitan a “recordar” los conocimientos que ya poseen desde el nacimiento, al final queda establecido que el futuro es cromañón (mayor empuje y adaptabilidad), aunque se abre una ventana de esperanza para la especie (o su pool genético) en forma de híbridos entre ambas especies.

Esta misma idea la explora con mayor rigor el paleontólogo Björn Kúrten en una serie de novelas cortas que se inician con “La danza del tigre”. La misteriosa extinción de los neandertales es explicada como una “absorción” de su material genético por la más numerosa población de humanos modernos a partir de hibridación (aunque buena parte de la descendencia pudiera ser estéril). La teoría del origen híbrido del hombre moderno fue propuesta por Stan Gooch, un sicólogo e investigador paranormal en 1978 en su libro “The neanderthal question“, cuya validez científica fue pronto puesta en entredicho, lo cual no fue óbice para que la noción permeara, quizás porque resulta más atractiva la idea de que hicimos el amor y no la guerra a aquellos lejanos parientes. A lo mejor, la neandertalofilia nace de un retorcido sentimiento de culpa racial. Después de todo, nosotros estamos vivos y ellos desparecieron hace 30.000 años (o 22.000, según se admitan ciertos vestigios culturales como prueba de supervivencia).

Desde entonces, la cuestión no ha variado mucho.  En 1997 el periodista John Darnton publicó “Neandertal”, un best-seller con todos los vicios del subgénero (nota: evitar a toda costa, aún me arrepiento del tiempo perdido leyéndolo), en el que especulaba con una población remanente de neandertales en no-me-acuerdo-qué-cordillera. Por si no había suficiente chicha, los adorna con poderes extrasensoriales, por eso de que su cerebro era mayor que el del hombre moderno y para algo tenía que servir. Más recientemente, Robert J. Sawyer ha utilizado el arquetipo new age en su trilogía “El paralaje Neandertal” (el primer título, “Homínidos“, ganó el Hugo el año 2002, pero es poco probable que vaya a pasar a la historia de la ciencia ficción). De nuevo, tenemos una sociedad neandertal basada en el desarrollo sostenible, el pacifismo (controlado por una dictadura tecnológica y mantenido por eugenesia, todo hay que decirlo) y la libertad de pensamiento. Resulta tan obvio que es un espejo deformante que casi no merece la pena explorar más a fondo la cuestión, y por las críticas que he leído (no me he atrevido con la serie), y conociendo a Sawyer, parece ser que ése es precisamente el camino por el que opta. Resulta fascinante la capacidad de ciertos autores para estirar una excusa argumental entrega tras entrega (véase también la serie de los mendigos de Nancy Kress).

¿Qué hay de cierto en todo esto? Probablemente nada o casi nada. El neandertal puede cumplir la función descrita, pero en ciencia ficción no escasean los extraterrestres antropomorfizados (y “antropopsicados”) para servir exactamente al mismo propósito. Sabemos demasido poco de ellos para hacernos una idea cabal de su cultura y sus características.

Durante años se sostuvo, por ejemplo, que carecían de lenguaje, pero recientes hallazgos (como que contaban con el hueso hioides y el gen Foxp2) sugieren que poseían la capacidad potencial para desarrollarlo. Lo del pacifismo recalcitrante y ecologismo de vanguardia también resulta poco plausible. Los neandertales fueron quizás los mejores cazadores que jamás hayan existido (aunque presentaban constricciones anatómicas que les impedían, por ejemplo, arrojar una lanza, su poderosa musculatura compensaba de sobra). El más reciente estudio genético, dirigido por Svante Pääbo (un auténtico monstruo en cuestiones de genética evolutiva, no me extrañaría que cualquier año de estos recibiera el premio Nobel) arroja una similitud entre nuestro genoma y el neandertal del 99,5 %, también indica que las dos ramas se separaron hace alrededor de un millón de años (otros estudios hablan de 95,5 % y 800.000 años). De igual modo, los análisis genéticos arrojan una seria sombra de duda sobre la teoría de la hibridación (que, en cualquier caso, sería poco importante).

Sea como sea, lo cierto es que hasta hace unos pocos miles de años neandertales y cromañones coexistieron. Dejamos a la ficción (a falta de pruebas científicas) especular sobre si fue una convivencia armoniosa o una lucha despiadada por el premio de la supervivencia. De lo que no cabe duda es de la fascinación que ofrece un ser humano tan cercano a nosotros y que, sin embargo, constituía una especie distinta. Quizás se merezcan algo más que servir de contrapunto a nuestros defectos en nuestras obras de ficción. Quizás sería una buena noticia que el complejo de culpabilidad fuera el origen de nuestras simpatías. Quizás nos forzara a asumir con un poco más de seriedad nuestra responsabilidad como últimos representantes del linaje Homo.

Editado (7-5-2010): Acaba de ser publicado en Science el borrador del genoma neandertal, en un artículo firmado por Richard E. Green, Svante Pääbo (muy grande Pääbo) y otros cincuenta y cuatro investigadores. Esto nos dará muchas respuestas… y abrirá nuevos interrogantes. Aún no he tenido ocasión de examinar el paper, pero puede obtenerse gratuitamente en la web de Science.

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~ por Sergio en octubre 31, 2008.

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