Max “Pain”

Tras un forzado paréntesis, regresan las actualización al blog de Rescepto con un aviso: no vayáis a ver “Max Payne”, y menos soltando 8 euracos en una proyección digital en fin de semana.

No sabemos si la película, dirigida por un tal John Moore y protagonizada por Mark Wahlberg, es fiel al desarrollo del juego (por lo que se lee por ahí, no demasiado), pero aun siéndolo, constituiría una pésima adaptación, porque la fidelidad es tan sólo una faceta del proceso. “Max Payne”, la película, carece casi por completo de cualquier valor cinematográfico. Tan sólo sería destacable a este respecto la fotografía, con unos acusadísimos contrastes en los que una nieve impoluta realza la oscuridad de los ambientes, y una imaginería digital que, descontextulizada, presenta un alto valor estético. Por desgracia, todo ello se emplea para narrar una historia tópica como pocas, cuya simplicidad se procura disimular con un montaje confuso que, por contra, hace destacar unos agujeros en el guión por los que podrían colarse hasta las implausibilidades de las secuencias de acción (en determinado momento, Max vence por un tanteo de 3-0 a un grupo de asalto con armas automáticas y acorazado de pies a cabeza, ¡equipado con una triste pistola!).

Para ser justos, la peli se sostiene durante unos minutos, los que tarda en desaparecer de la pantalla Olga Kurylenko (que estará contando los minutos que faltan para dar el salto de las adaptaciones de videojuegos a la categoría de chica-Bond). No sólo porque nos quedamos sin un gran aliciente visual, sino porque hasta entonces, más o menos, se mantienen ciertas esperanzas de que la historia termine de asentarse. Cuesta llegar a la conclusión de que una producción tan cuidada y unas imágenes tan impactantes van a ser totalmente desaprovechadas por pura ineptitud narrativa.

Empecemos por lo básico. La receta para cocinar estos ingredientes está muy bien establecida desde hace décadas, a través de decenas de historias que han encontrado un huequecito en nuestro corazón. Vamos, que no es sino la enésima recapitulación sobre lo que podríamos llamar el Esquema Charles Bronson: vosotros matásteis a mi familia, preparaos para recibir katanga. Dentro del mismo se puede ser más o menos original, pero a estas alturas ya nadie con dos dedos de frente se espera sorprendernos con determinados giros del guión archiconocidos. Bueno, nadie salvo los responsables de “Max Payne”, que se debían creer la leche de maquiavélicos intentando jugar al despiste a base de un montaje pésimo que hace que las “revelaciones” nos lleguen como una hora después de haberlas presupuesto y mediante segmentos informativos colados con calzador en la trama. Venga, castigados a ver cincuenta veces seguidas “El cuervo” de Alex Proyas, a ver si así aprenden algo.

Pero no acaban ahí las “virtudes” del largometraje. Una de las razones por las que las adaptaciones de videojuegos suelen ser nefastas es que la misma historia que puede parecer cojonuda como excusa para pegar cuatro tiros en la pantalla del ordenador (o de la televisión de alta resolución), padecida de un tirón y condensada en 90-120 minutos se revela en toda su magnífica estupidez. Ahí debería entrar en juego la labor de adaptación al medio, pero parece ser que prima la idea de que el público objetivo carece de referentes para establecer comparaciones odiosas (bien sea a partir de películas ingeniosas o incluso, ¡maravilla de maravillas!, habiéndole dado un poco a la lectura). Lo triste del caso es que en muchas ocasiones tienen toda la razón, y sólo cuando se les va la mano, como en el presente caso, desciende por debajo del límite de tolerancia (aún estamos preguntándonos cómo es posible que “El motorista fantasma” encontrara público).

Que sí, que todo ese rollito nórdico mola, pero acabas hasta las gónadas de aesires, valquirias, ragnaroks, Balders y demás parafernalia que, para más inri, acaba revelándose como un simple adorno, sin la menor importancia en el desarrollo de la trama. ¡Hey, tíos, estáis jugando con una mitología de resonancias potentísimas! Cuando juegas con fuego, más te vale estar bien equipado, porque si no te abrasas.

La conclusión que podría sacarse es que a los responsables de “Max Payne” se las traía al fresco la historia y los elementos con que se ha construido. Todo es una mísera excusa para intercalar cada quince o veinte minutos un tiroteo y para dar rienda suelta a los artistas gráficos en un par de secuencias. ¿A qué tanta pretenciosidad entonces? Si nos parecen cojonudas “Crank“, “Shoot ‘em up” o “Dead Or Alive“. No hace falta una historia. Ahora bien, si la pones, más te vale que sea buena, porque si no nos estás amargando la experiencia, nos estás engañando y, lo que es peor, nos aburres hasta la muerte. A propósito, ¿a qué viene eso de buscar una calificación de PG-13?  Lo de que las R no venden es un mito caído. La taquilla depende (marketing mediante) de lo buena o mala que sea la película o de lo bien que cumpla las expectativas.

Visto lo visto, de tener que elegir un Max, nos quedamos con Max Power.

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~ por Sergio en octubre 27, 2008.

2 comentarios to “Max “Pain””

  1. Total y absolutamente de acuerdo… ¡Lastima de siete con cuarenta que me gasté!

  2. […] ¿Para qué decir lo mismo si ya lo han dicho otros y mejor que yo? También podéis pasaros por Rescepto Indablog, donde la entrada es más […]

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