La canción del orco

 

Con diez pendones por banda,

lengua fuera, siempre en vela,

no cruza Rohan, sino vuela

una tropa isengardí.

Hueste orca que llaman,

por su fetidez, la Podrida,

de todo lugar excluida

del uno al otro confín.

 

La luna está casi llena,

en la hierba gime el viento,

y alza en blando movimiento

polen de sucio mallorn:

y va el comandante Grishnákh,

gruñendo ansioso en vanguardia,

Rohan a un lado, al otro Gondor,

y allá al frente Fagorn.

 

“Corre, batallón mío,

con temor,

que si enemigo nos ha oído

ni tormenta ni bonanza

su rumbo a torcer alcanza,

ni a ocultarle tu olor.”

 

Dos capturas

hemos hecho

aunque pudieron

ser tres,

y ha rendido

su ancho acero

el guerrero

a mis pies.

 

Que es mi espada mi tesoro,

que es mi valar sólo el mal,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi único amo, Sarumán.

 

Allá muevan feroz guerra

chochos reyes

por seguir en esta tierra;

que yo aquí tengo cogido

al mediano requerido,

a quien elfos dieron bienes.

 

Y no hay planta,

sea cualquiera,

ni agostada

ni aún flor,

que no sienta

pie derecho

y dé pecho

a mi tacón.

 

Que es mi espada mi tesoro,

que es mi valar sólo el mal,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi único amo, Sarumán.

 

A la voz de “¡nazgul viene!”

es de ver

como asciendo a quien previene

para que empiece a escapar;

pues yo soy de Sarumán,

y un espectro es de temer.

 

A los presos

yo, enemigo,

los fustigo

por igual;

sólo quiero

que se animen

y caminen

al final.

 

Que es mi espada mi tesoro,

que es mi valar sólo el mal,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi único amo, Sarumán.

 

¡Dejado estoy a mi suerte!

Yo me río;

no me alcanzará la muerte,

y al mismo que me amenaza,

pondré encima la manaza,

quizá en su propio cobijo.

 

Y si caigo,

¿qué es la vida?

Por perdida

 ya la di,

cuando el

cuerno del soldado,

por un lado,

fuerte oí.

 

Que es mi espada mi tesoro,

que es mi valar sólo el mal,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi único amo, Sarumán.

 

Son mi música mejor

incursiones,

el estrépito y el temblor

de los sables sacudidos,

del negro mal los bramidos

y el rugir de batallones.

 

Y del trueno

continuo ruido,

producido

al caminar,

yo me duermo

muy cansado,

agotado

por andar.

 

Que es mi espada mi tesoro,

que es mi valar sólo el mal,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi único amo, Sarumán.

 

 

Con mis más indignas disculpas a Espronceda.

Publicado originalmente en la revista Estel 36 (2002)

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~ por Sergio en septiembre 23, 2008.

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