Supernovas

Acaba de salir publicada en Scifiworld mi última columna, una reseña de “Nova”, la extraordinaria novela de Samuel R. Delany (me corroe la envidia sólo de pensar que la escribió y publicó con menos de veinticinco años). Se trata de una obra que recomiendo vivamente, tanto a los aficionados a la cifi como a aquellos más inclinados hacia la literatura mainstream (si son capaces de disfrutar del contexto, porque los hay que leen las palabras “nave espacial” y sufren un cortocircuito en sus neuronas críticas). Vamos, que no sólo es una extraordinaria aventura futurista, sino que es un novelón con todas las de la ley, demostrando que no es necesario dar la lata durante medio millar de páginas para contar una historia significativa. En el género fantástico parece haberse instaurado la falsa creencia de que cuanto más tocho mejor, confundiendo quizás extensión con profundidad (y con este término no me refiero sólo a profundidad filosófica, sino también literaria). Para leer el breve análisis que he redactado, podéis seguir este enlace hasta el artículo, y ampliarlo en su caso con la entrada correspondiente de la wikipedia (en inglés), aunque no recomendaría su lectura hasta haber concluido el libro.

Pese a mis confesas preferencias, “Nova” no es, ni mucho menos, un libro de ciencia ficción hard. En 1968 no se conocía demasiado sobre ellas. Apenas llevábamos 13 años encendiendo pequeños soles mediante fisión nuclear (mucho menos efectiva que la fusión), y para vergüenza de la especie humana, con fines principalmente bélicos. La explosión estelar cumple dos funciones en el libro. Por un lado es la meta, el premio místico a los esfuerzos del “héroe”, el punto focal de su obsesión. Es, por tanto, al mismo tiempo punto focal y artificio irrelevante de la trama. Es el Vellocino de Oro, el Santo Grial, las especias de las Indias, el Dorado, Moby DIck… todo y nada. Por otra parte, es una metáfora del cambio cataclísmico, la muerte, en un apocalipsis de luz, del viejo orden, así como un aviso que no puede ser ignorado de que no hay nada inmutable, ni siquiera las estrellas.

Las catastrofes naturales me fascinan.

No por la muerte y dolor que traen consigo, sino por la pura energía que despliegan. Ante determinadas fuerzas de la naturaleza, el ser humano está tan indefenso como cualquier insecto. Basta con comprobar el tema de la conferencia que daré en la Hispacón (me ahorro el enlace, está en la entrada de abajo), para confirmarlo. Pero es que además, a un nivel “local”, siguen despertando mi admiración. Varias de mis narraciones incluyen catástrofes naturales de un tipo u otro (hay unas cuantas de ellas inéditas, mientras se solucione el “problema” tendréis que confiar en mi palabra). A lo que iba es que, de entre todas (casi) la definitiva es la Supernova.

Aquellos que las estudian se han tenido que inventar una unidad nueva para tratar con los rangos de energía implicados. Se llama foe (sí, como “adversario” en inglés), y equivale a diez elevado a cincuenta y un ergs (de ahí el nombre: Fifty-One Ergs) o, en julios, diez elevado a la cuadragésima cuarta potencia. Ése es el poder que libera una supernova típica en apenas unos segundos. Resulta algo difícil de concebir, y más si no hay costumbre de manejar medidas de energía. Para establecer una comparación, es aproximadamente la misma cantidad de energía que emitirá el Sol en sus 10.000 millones de años de vida. La mascletà total.

En nuestra galaxia, la frecuencia de explosiones es de una cada cincuenta años (aunque desde el siglo XVII que no ha habido ninguna visible a simple vista, e incluso éstas, por fortuna, fueron lejanas). En el universo en su conjunto estalla una supernova cada segundo.

Hace poco, en septiembre del 2006, “se produjo” (es decir, llegó hasta nosotros la luz de) la mayor explosión jamás registrada. Una estrella de unas 150 veces la masa del Sol se transformó en supernova en NGC 1260, situada a 240 millones de años luz. Su luz rivalizó con la del resto de estrellas de su galaxia y se mantuvo durante meses brillando. Ha recibido la denominación de SN2006gy.

Claro que tenemos candidatas mucho más cercanas. Las dos estrellas de nuestro vecindario con mayores posibilidades de convertirse en nova son Eta Carinae y RS Ophiuchi. Ambas ya han realizado un par de amagos y podrían estallar en cualquier momento de los próximos mil años, quizás esta misma noche. Eta Carinae es una estrella supermasiva, de 100-150 masas solares, situada a 7.500 años luz de la Tierra. Sus erupciones son muy semejantes a la meganova en NGC 1260, por lo que hay muchos astrónomos que babean con la posibilidad de asistir (desde una cómoda y segura tercera o cuarta fila) al espectáculo astronómico más extraordinario desde que se llevan registros históricos. Por desgracia, Eta Carinae es visible sólo desde el hemisferio austral, así que por estos pagos tendremos que conformanos con RS Ophiuchi, que es una estrella binaria (enana blanca y gigante roja), situada a 1950 años luz, que ha experimentado fases de nova (aumento de luminosidad sin explosión) en 1898, 1933, 1958, 1985 y 2006. La enana blanca está acretando masa de su compañera, acercándose al límite de Chandrasekhar. En una de éstas, en vez de petardear reventará y tendremos unos fuegos artificiales extraordinarios.

Para no quitarle el sueño a nadie, me veo impelido a precisar que ambas estrellas están lo bastante lejos para que sus respectivas explosiones resulten inofensivas para la vida en la Tierra (todo lo más, trastearían un poco con las capas superiores de la atmósfera). Hasta donde puede preverse, no hay ninguna estrella a punto de convertirse en supernova lo bastante cerca para afectarnos. Claro que, como nos ha demostrado SN2006gy, el universo es eminentemente impredecible, así que…

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~ por Sergio en septiembre 19, 2008.

3 comentarios to “Supernovas”

  1. ¿Y Betelgeuse?¿No es una candidata mucho más cercana?

  2. Sí, pero estas dos son las que probablemente estallarán antes. Las estimaciones para Betelgeuse (a unos 500 años luz) varían entre “en el momento menos pensado” y “dentro de 100.000 años”. Entre las candidatas, por proximidad, Antares está a 250 años luz y la más cercana, IK Pegasi, a 150 (aunque la enana blanca del sistema binario está muy lejos del límite de Chandrasekhar y necesitará tiempo, quizás unos pocos millones de años, para acretar suficiente masa, y para entonces se encontrará muchísimo más lejos).

  3. Si su página tubiera muchas inágenes sobre lo que trataron de decir sería algo fantástico

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