Un anillo alrededor de la casa de cristal

Con la vuelta a la “normalidad”, regresan también las columnas en Scifiworld. En esta ocasión, con una reseña de “La casa de cristal”, aclamadísima novela de Charles Stross, uno de los actuales gurús de la ciencia ficción anglosajona (como el resto, de origen no estadounidense, lo que se lleva ahora es lo británico, australiano o incluso canadiense). Si pincháis el enlace y la leéis (adelante, para eso está), veréis que me ha causado una gran decepción en mi búsqueda de una cifi hard contemporánea que me atraiga (ya había descartado, en este sentido, a Robert J. Sawyer y a Robert Charles Wilson, cada vez me quedan menos candidatos a acompañar a mi admirado Egan).

Parece ser que la barrera singularista profetizada por Vernor Vinge tiene el curioso efecto de hacer que los supuestos defensores del hard se autolimiten a tramas de futuro-cercano (en ocasiones incluso presente) o a pasar de realizar cualquier predicción fundada y lanzarse a la fantasía desbocada y el posthumanismo de salón (hasta ahora, ningún personaje posthumano me ha parecido más que un tipo normal y corriente, capaz de realizar un par de trucos de magia o con un disfraz raro que no condiciona para nada su comportamiento (véase “Historia natural” de Justina Robson). Claro que, invocando los agujeros de gusano y un par de ideas que de tan comunes ya no son rompedoras (cambios de sexo como quien cambia de ropa, morfologías extrañas, inmortalidad, acceso a recursos ilimitados, ensambladores…), ya se supone que tenemos que tragarnos la etiqueta de CIFI HARD. No en mi caso. Pido un poco más de curro a mis escritores de referencia, que este tipo de literatrua ya la cubren muy bien David Brin (la aborda con un talante menos pretencioso y más cachondo) o John Varley (aunque reconozco que no he leído ninguno de sus últimos libros, en los que al parecer ha tomado decididamente la senda heinlenita).

Centrándome en “La casa de cristal”, se da la casualidad que este mismo verano, tan sólo dos libros antes (el intermedio es “El oscuro pasajero” de Jeff Lindsay, para los curiosos) leí una novela clásica “Un anillo alrededor del Sol”, escrita por Clifford D. Simak en 1952, y me di cuentad de que presentan curiosas similitudes (en temática, motivación y casi me atrevería a vaticinar que en vigencia).

“La casa de cristal” nos narra las visicitudes de Robin, un ex militar amnésico por volutad propia, que se presenta voluntario para un experimento sociológico que recreará nuestra sociedad contemporánea. Por supuesto, las cosas no salen como esperaba. Para empezar lo recrean en el cuerpo de una mujer, Reeve, y para concluir parece que los que manejan el cotarro son criminales de guerra de la peor calaña con intenciones tan poco claras como las que tuvo su yo pre-amnésico para practicarse la operación que lo dejó casi a cero.

En “Un anillo alrededor del Sol”, el escritor Jay Vickers es relativamente feliz en su pueblecito de mediados de los años 80, aunque es casi el único, pues la sicosis de una guerra fría que dura ya casi cuarenta años provoca en sus conciudadanos todo tipo de actitudes evasivas. Para complicar las cosas, el mundo sufre un ataque económico a gran escala, orquestado por los “mutantes”, la siguiente fase en la evolución humana. Pronto Vickers tendrá que cuestionarse quién o qué es, mientras trata de escapar de las distintas facciones que quieren utilizarlo.

Pese al más de medio siglo que media entre la escritura de ambas obras, los parecidos son brutales. Vickers y Robin/Reeve son ejemplos de un mismo arquetipo e incluso se enfrentan a revelaciones parecidas. En el caso de la novela de Stross, su personaje asume una actitud más activa, pero el desconcierto en ambos casos (propiciado por sus propios yoes anteriores) es muy parecido. Además, en cierto sentido, lo que está proponiendo Simak es una singularidad evolutiva, aunque, por supuesto, en aquella época no se la conocía así, pese a ser un tema bastante frecuente (“Más que humano” de Sturgeon o “El fin de la infancia de Clarke, ambos publicados en 1953, son dos espléndidos ejemplos).

En ambos casos, además, se verifica una curiosa coincidencia, aunque en este caso no cabe hablar de homología, sino de analogía. Tanto la sociedad de 1985 de Simak como la de 1990-2010 de Stross son terriblemente anticuadas. En el primer caso es hasta lógico. El autor ni se preocupó en proyectar grandes cambios sociales en las tres décadas que mediaban entre su tiempo y aquel en que situaba a la novela. El intervalo sólo lo precisaba para meter sus tres décadas extra de guerra fría (en los que pronostica al menos cuatro conflictos tremendamente parecidos a la crisis de los misiles cubanos de 1962). Por lo demás, Vickers podría haber vivido en la casa de al lado. Aún no he decidido si es un claro ejemplo de falta de visión, de dejadez o de interés por centrar la historia en otros aspectos. Stross, por su parte, construye una sociedad artificial que se supone que emula nuestro sistema de valores, pero con unos parámetros tan carcas que hacen pensar, como poco, en una comunidad pueblerina de los años 50. Vale que el interés de los responsables del experimento es crear unas condiciones de fuerte presión social, pero entonces ¿por qué pretender que es contemporánea? ¿Será para vender mejor la novela aduciendo que muestra una aguda crítica de nuestra sociedad? En realidad, lo que consigue es que parezca anticuada ya de salida (nada de esperar unos añitos como la de Simak). Lo cierto, es que ni siquiera en su contexto inicial (siglo XXVII, postsingularista y transhumano) los personajes se comportan en modo alguno acordes con su alienidad. Sus rasgos “pintorescos” no son más que una máscara para ocultar anhelos y pensamientos de lo más cotidianos. Hasta Reeve (la narradora de buena parte de la novela) tiene que dedicar enormes esfuerzos a declarar lo extrañas que la parecen las costumbres del período de entresiglos (XX-XXI). Supongo que se debe a que, si no lo proclamara, por sus acciones y las del resto de personajes jamás podríamos imaginar que está sufriendo choque cultural.

En resumen, que espero mucho más de la ciencia ficción contemporánea. No me vale reincidir en aciertos y errores de hace diez lustros, ni tampoco canibalizar las ideas propias (al parecer, casi todo lo novedoso proviene de su novela precedente, “Accelerando”). Sobre todo, quiero ideas potentes que no se limiten a imaginar gadgets curiosos. Quizás sea mucho pedir que la carga filosófica de todas las novelas de ciencia ficción sea relevante (algunas, directamente, no la precisan en absoluto), pero este subgénero (que, en realidad, no sabría definir), sí que precisa de cimientos sólidos para alcanzar sus objetivos. Las ya comentadas “Más que humano” y “El fin de la infancia” los tenían, el propio Simak los construyó para “Ciudad” o “Estación de tránsito”, y es eso lo que les permite mantener su vigencia. Soy tan fanático como el que más de los fuegos artificiales, pero si se intenta abordar algún tema de cierto calado, exijo ideas interesantes, y no sociología trasnochada de andar por casa. Y si no hay capacidad (o interés), a seguir el ejemplo de Robert L. Forward o de David Brin (ambos con títulos magníficos, cada uno según su estilo: ultratécnico o aventurero). Cualquier cosa menos intentar colarnos peras por manzanas.

Otras opiniones sobre “La casa de cristal”:

Otras opiniones sobre “Un anillo alrededor del Sol”:

Otros libros de los mismos autores reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 4, 2008.

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