El espíritu del mago

Hace poco más de cinco meses hablábamos en este mismo blog de “La espada de fuego“, el último gran bombazo editorial dentro de la fantasía española que impulsó la carrera de Javier Negrete a un nuevo nivel. Desde entonces, ha ganado el Minotauro con “Señores del Olimpo” y ha cosechado sendos éxitos en el campo de la novela histórica, ucrónica en “Alejandro Magno y las águilas de Roma” y pura con “Salamina”. Por supuesto, a éstas hay que añadir la continuación de las aventuras de Derguín Gorión, el zemalnit, en Tramorea.

Por supuesto, lo de continuación hay que entenderlo de un modo muy peculiar, porque “El espíritu del mago” es una obra muy diferente (en su estructura y estilo) a su antecesora. Ya al primer vistazo se perciben las diferencias. Donde aquélla contaba con poco más de 400 páginas, ésta se expande por 700 de apretada letra (no me extrañaría el que el número de palabras se hubiera duplicado). Sumergiéndonos en la lectura, esta evolución no hace sino evidenciarse más. Las descripciones son más exhaustivas, el ritmo más pausado y la perspectiva más amplia. Sí, he utilizado mucho el adverbio “más” (es uno de mis peores vicios), pero es que en este caso era necesario.

¿Se traslada todo esto a una lectura más satisfactoria? Bueno, pues sí y no. Me explico:

De nuevo tenía altas esperanzas puestas en el libro y otra vez se han visto un poco defraudadas. Al principio, estaba un poco desconcertado. En mi opinión, Negrete pretende con los primeros capítulos redefinir el mundo de Tramorea y la serie, ajustándola definitivamente a su estilo actual (“La espada de fuego” era un poco esquizofrénica al mezclar aspectos de escritor novel y maduro). Los capítulos, larguísimos, no acaban de funcionar como engarce, porque se trataría en realidad de un nuevo principio. Cuesta ajustar las espectativas, pero pronto empieza a entreverse el esquema subyacente y la depurada escritura ayuda a entrar en ambiente. Quizás lamente una longitud excesiva, que en realidad se haría extensible a toda la obra. Con cuatrocientas páginas, eliminando ciertas escenas y dando menor cancha a ciertos personajes, me hubiera quedado quizás más contento (la estructura elegida de tramas convergentes, exige dedicar cierto número de páginas a cada hilo, alternando entre ellos, con el problema de que algunos de ellos pasan por baches narrativos que se eternizan.

El principal impulsor de la historia es la gran invasión de los Aifolu, que están pasando a sangre (mucha sangre) y fuego todas las ciudades por las pasan en nombre de un nuevo/viejo temible dios. En este contexto, hasta casi el final, la historia de Derguín en busca del alma de su amigo Mikhon Tiq aparece casi como una subtrama accesoria. Es el síndrome del “segundo de la trilogía”. El zemalnit debe evolucionar y aprender una serie de cosas entre el primero y el tercero, sin que en realidad esta evolución tenga demasiada importancia inmediata (de igual modo, la presencia de su archienemigo de turno queda no ya en segundo plano, sino incluso en tercero). Por todo esto, la sensación es que “El espíritu del mago” hubiera podido limitarse (evidentemente, con otro título) a la historia de Kratos May y la Horda Roja, que es la que depara los mejores y más logrados momentos.

Otro punto débil de la obra, que ya han señalado otros, es el abuso de la coincidencia. La hsitoria evoluciona hacia su conclusión (el gran choque final) a base de un número exagerado de encuentros fortuitos. No es que se resienta la verosimilitud (no hay nada tan descarado), pero sí que falta el ejercicio de voluntad que confiere la carga épica a un buen enfrentamiento. Son las circunstancias, no los personajes, las que determinan buena parte de los acontecimientos, y ello va en detrimento de estos últimos. De igual modo, hay varios lances con un ligero tufillo a deus ex machina (todo lo que tiene que ver con la armadura del zemalnit o la suerte de uno de los demonios que acompañan al ejército aifolu). La verdad sea dicha, en muchos casos Negrete va preparando con calma y mucha antelación la sorpresa, pero el giro resulta excesivamente brusco (quizás incluso arbitrario).

Para concluir, unas palabras respecto al giro hacia la ciencia ficción. En pocas palabras: no me cuadra. Mi concepto de la cifi no liga bien con aceleraciones, magos y demás. No sé cómo lo terminará de encajar (porque es uno de los temas que quedan en el tintero), pero hoy por hoy me chirría un poco (no ayuda que lo mío sea la cifi hard, claro).

Pese a todo, no puedo negar que es una obra muy sólida, que aporta buenas dosis de entretenimiento y grandiosos escenarios. La complejidad argumental y el cuidado estilo son muy satisfactorios, no tanto la innovación y las ideas de base. Lo reconozco, la fantasía me tiene muy decepcionado. ¿Por qué no se pueden tratar temas de cierto calado en fantasía épica? Quizás por ello me limito a la espada y brujería, que al menos va directa al grano y no pretende sino ser el equivalente de una satisfactoria y descerebrada peli de acción.

En resumen, me quedo con la impresión de que una maestría narrativa como la exhibida en “El espíritu del mago” debería haber estado dedicada a una obra de mayor alcance (o, en su defecto, a una historia que fuera más a saco). Vamos, que el mundo de Tramorea, por ahora, se me presenta más como una promesa que no acaba de fructificar que como la obra definitiva que se pregona en determinados círculos.

Fantasía muy sólida, en cualquier caso. ¿Ya había dicho que yo y la fantasía de los últimos años no nos llevamos bien del todo?

Aquí os dejo los enlaces a lo que han opinado otros sobre la novela:

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 2, 2008.

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