Pandora en el Congo

A petición popular (por una que hay no vamos a hacer el feo de desatenderla), va la reseña/análisis de la segunda novela del barcelonés Albert Sánchez Piñol: “Pandora en el Congo”. Pero primero una breve introducción sobre el autor y su obra previa.

El salto de Albert Sánchez Piñol a la primera plana literaria se produjo el año 2002, con la publicación de su debut novelístico, “La pell freda”, de la que hablaré más en detalle a lo largo de esta entrada. Sin embargo, su carrera literaria venía de antes, en concreto, la primera de sus obras de que tuve noticia (aunque no me quedé con su nombre) y que causó cierto impacto, fue de no ficción. Se trató de “Payasos y monstruos” (Pallassos y monstres, 2000), una recopilación de hechos y anécdotas acerca de ocho de los más sanguinarios y estrafalarios dictadores africanos (a la que se podría adjudicar la etiqueta de “increíble pero cierto”). Albert Sánchez Piñol, antropólogo, sabía perfectamente de lo que hablaba. No en vano había conocido de primera mano la actividad de uno de sus “personajes”, Mobutu Sese Seko, presidente del Zaire durante 32 años hasta su expulsión tras una guerra civil, cuyos inicios pillaron a Sánchez Piñol por aquellos andurriales terminando su tesis doctoral. Tras el cambio de ficha (de Mobutu a Kabila), el país recuperó su denominación tradicional, pasando a conocerse como República Democrática del Congo.

Salto al 2002. La editorial “La Campana” (la misma de “Payasos y monstruos”) se arriesga con una novela de terror (camuflada como relato de aventuras) titulada “La pell freda”. Poco a poco, esta pequeña edición va cobrando fuerza hasta convertirse en un éxito brutal, con traducciones a varios idiomas (al castellano en el 2003) e incluso, al parecer, rumores de adaptación al cine. Lo curioso es que “La pell freda” es de todo menos original. Es más la antítesis de la originalidad. Cualquier aficionado al género fantástico encuentra un regusto a Lovecraft y Hodgson en la temática, a las películas de zombies y al estilo aventurero popularizado por Verne. En pocas palabras, podría describirse como “El faro del fin del mundo” con profundos.

Sin embargo, no es a los aficionados al fantástico a quienes va dirigida la novela. De hecho, se gesta en circuitos externos al fándom. Intenta alcanzar a todos esos lectores que pueden disfrutar de una buena novela de aventuras pero a quienes les da cierto repelús las etiquetas de terror, o fantasía, o ciencia ficción. Así pues, su éxito no cabe buscarlo en la apreciación “friqui” de su emulación, sino tan sólo en la fuerza intrínseca de los conceptos que maneja y en su habilidad narrativa para presentar como nueva una historia tan vieja como es la de un hombre en su castillo, defendiéndose de un enemigo implacable e incomprensible. La fórmula ha funcionado durante siglos, algo bueno debe tener.

Según propia confesión, “La pell freda” era la primera obra de una trilogía (no de ésas al uso, que no se completan hasta terminar el último libro, sino de las que están compuestas por títulos autoconclusivos que forman una unidad por cuestiones estilísticas o temáticas). “Pandora al Congo” (a partir de ahora la llamaré “Pandora en el Congo”, pues la versión que he leído es la traducida al castellano), en el 2005, constituye la segunda entrega, y se nota que en este caso, una vez ya superado el trago de la primera novela (con todo lo que conlleva en cuanto a aprendizaje), se emplea a fondo para narrar una historia más ambiciosa (y quizás más cercana a su corazón).

El protagonista del libro es Thomas Thomson, un aspirante a escritor en el Londres de 1914 a la búsqueda de su oportunidad para abandonar el nivel más abyecto de la profesión literaria. Ésta parece mostrársele cuando un abogado le contrata para estructurar en formato narrativo la increíble aventura de Marcus Garvey, un hombre acusado de un par de asesinatos cometidos en el Congo. La historia que el reo le narra es fascinante y asombrosa. Bajo el dosel verde e impenetrable de la jungla surgen, en la mejor tradición del género, yacimientos de oro, tribus ignotas y civilizaciones desconocidas para el mundo civilizado. Thomas va engarzando el discurso basto, a veces incoherente, del inculto Garvey y va construyendo a partir de él su primera gran novela, obsesionándose tanto con la fuente como con el proceso creativo.

Al igual que “La pell freda” bebía de la narrativa de finales del siglo XIX, también es posible rastrear las raíces de “Pandora en el Congo” en la novela de aventuras victoriana, con Henry Rider Haggard, el máximo exponente de la literatura sobre civilizaciones perdidas, a la cabeza. Sin embargo, al igual que ocurría con la novela precedente, que introducía elementos desarrollados unas pocas décadas después (básicamente, Lovecraft), también aquí nos encontramos con elementos más modernos, como ese giro hacia el fantástico (cuyo rastro podemos olvidarnos de localizar en la contraportada) que entronca con las historias de Edgar Rice Burroughs (en 1914 precisamente escribió “En el corazón de la Tierra” su primera novela sobre Pellucidar, el reino salvaje del interior hueco del planeta). Además, el narrador, que describe la acción a modo de novela dentro de una novela, está stiuado muchos años en el futuro (cuando ya es un digno y emérito escritor). Thomas Thomson retoma el libro que le lanzó a la fama y, a modo de justificación (exorcizando viejas culpas), arroja una nueva luz sobre él y sobre los hechos en los que se basa.

La elección del marco temporal no es gratuita. 1914 supuso para Gran Bretaña (y para buena parte de Europa) el final de un ciclo (el período Eduardiano). La Primera Guerra Mundial (que juega también su papel en “Pandora en el Congo”) supuso un golpe demoledor para la estructura social y económica de la vieja Inglaterra. Se concluyó el proceso de huida del romanticismo que se venía produciendo desde el final de la época victoriana. El mundo ya no es un lugar misterioso y fascinante. África es cada vez menos ese continente virgen y misterioso que encontraron los primeros exploradores blancos (el mismo Haggard escribía de hechos acontecidos varias décadas antes de que él mismo llegara a Sudáfrica y se la encontrara medio domesticada). Priman las ideas “modernas”; la fantasía tecnológica y la anticipación social de Wells o la visión anti-heroica de Conrad. En este contexto, el libro de Thomas es un llamamiento a la aventura, al amor romántico, a la fascinación de lo desconocido. Es literatura escapista, pero según los parámetros que definía Tolkien en su ensayo “Sobre los cuentos de hadas” (1939, publicado en 1947). En él defendía el derecho del prisionero de escapar de su celda o, cuanto menos, de fantasear con el mundo exterior. También defendía que este tipo de historias podían ofrecer consuelo moral en tiempos de crisis, condición que desde luego se cumplía en Londres en los albores de la Gran Guerra.

Pese a todo esto, la novela va un paso más allá, ofreciendo una nueva interpretación. No revelaré mucho, tan sólo indicaré que con ella se cierra el proceso de huida del romanticismo y defensa amarga del realismo. En este sentido, quizás sea un remate extraño, que nos priva del final feliz (la eucatástrofe) para devolvernos a la tierra. Es una conclusión coherente aunque atípica (y personalmente me decepciona, porque parece renegar de uno de los pilares de la literatura del propio Sánchez Piñol), aunque quizás haya que interpretarla desde una perspectiva más externa todavía, como un libro dentro de un libro dentro de un libro. Quizás el autor esté reflejando con ella sus propios sentimientos encontrados con respecto al Congo, un lugar cuya superficie viva promete esconder maravillas sin fin, pero que a la hora de la verdad se revela cruel e indeferente a nuestras ideas románticas.

Esta decisión final hace complicada la valoración de la novela. Como ejercicio estilístico su atractivo es indudable para todos cuantos disfrutamos con las aventuras de Haggard. También la pequeña dicotomía entre estilo y temas resulta atrayente, pues supone un toque distintivo. Sin embargo, es un trago difícil de digerir. La tesis es clara y contundente: no hay finales felices, no hay consuelos. Quizás la palabra que mejor la definiría, aunque de tan sobada tenga ya poco significado, sea agridulce. Abraza y rechaza al mismo tiempo la fantasía, abraza y rechaza al mismo tiempo el Congo, abraza y rechaza al mismo tiempo a sus personajes. En definitiva, nos invita a mirar bajo el dosel de los árboles, aunque nos avisa de que no va a gustarnos lo que encontraremos.

A un nivel puramente técnico, quizás las necesidades narrativas hayan forzado una estructura poco fluida. El continuo entrelazamiento entre las aventuras de Marcus tal y como las escribió Thomas, las peripecias de éste en el Londres de 1914 y las ocasionales injerencias del Thomas maduro que revisa su obra, queda en ocasiones demasiado artificial. El sentido subyacente a la obra se impone en ocasiones en exceso al flujo narrativo y eso podría dificultar la lectura. Es, sin embargo, una novela muy interesante. Mejor, más madura, que “La pell freda”. Tan sólo nos queda esperar a la anunciada conclusión de la trilogía (y desear que la evolución prosiga).

El Congo. Un océano verde. Y, bajo los árboles, nada.

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~ por Sergio en julio 18, 2008.

3 comentarios to “Pandora en el Congo”

  1. Gran post.
    Coincido con la crítica, incluido el final de la novela, que me desconcertó.

  2. Sergio, me has decepcionado: ¡no dices nada de María Antonieta!
    En cuanto al final, me encantó una vez superada la decepción. Decepción por que creo que todos esperábamos el giro, la sorpresa final que nos permitiera seguir en el Congo.

  3. Es que no ha tirado por ahí la crítica. Además, tengo un problema con María Antonieta, hasta donde yo sé, no puede existir una tortuga sin caparazón, pues éste forma parte integral de su esqueleto y epidermis (es decir, no hay nada debajo que haga de piel, aun en el hipotético caso de que una mutación hiciera que no se desarrollase). Como personaje es curioso, pero…

    El “problema” del final es que atenta contra nuestras expectativas (que, por cierto, nos ha creado el propio libro). No sé si es un giro maestro que aporta un (amargo) broche de oro a la novela, o si se opone tanto al tono general que quizás fuerza en exceso el acuerdo tácito entre escritor y lector.

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