El rodaje de Indiana

Una de las frases más memorables de “En busca del arca perdida” se la soltaba Indy a Marion Ravenwood después de haberse pegado una paliza para recuperar la susodicha de manos de los nazis: “No son los años, cariño, es el rodaje”.

Veintisiete años después, y casi más allá de toda esperanza, la cuarta entrega de las aventuras del personaje que convirtió a los arqueólogos en profesionales molones llega a las patallas de cine dispuesta a demostrar que casi dos décadas no son nada y que la atracción por la aventura en estado puro que encarna Indiana Jones sobrevive en un universo dominado por los CGI, incluso ambientada en un mundo que, tras la Segunda Guerra Mundial, es mucho menos inocente y quizás también menos mágico que la década de los treinta donde transcurrían las películas precedentes.

¿Está “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” a la altura de sus ilustres antecesores? Pues no, me temo que no, pero es que estamos hablando de cimas muy altas. Es, sin embargo, una muy buena película de aventuras, que nos permite reencontrarnos con uno de los personajes más carismáticos del celuloide (soporte aún de los fotogramas de esta película, mal que le pese a Lucas), haciendo algo que muy pocas veces tenemos ocasión de contemplar en sus pares: envejeciendo. No es tanto el declive físico (que, evidentemente, lo hay, aunque ni mucho menos el que cabría esperar en un tipo de sesenta y cinco tacos), como la experiencia (el rodaje, que comentaba Indiana), el encontrarse ante un mundo que ha cambiado auqnue sólo pueda enfrentarse a él con las armas de siempre, con un una mezcla de estoicismo y cabezonería. En el año 57, Indiana Jones sabe que lo más probable es que no vaya a conseguir el tesoro y que hay oportunidades que quizás no vuelvan a presentársele si las rechaza. Es, por tanto, un aventurero atípico, con su cinismo de siempre enmarcado en una actitud de suficiencia, de estar por encima de todo, que sólo es capaz de quebrar el reencuentro con Marion.

Indiana Jones 4

Harrison Ford (en horas bajas desde el estreno de “Lo que la verdad esconde”) vuelve a enfundarse la chaqueta de cuero y se cuelga del cinto el látigo, pero no para reverdecer viejos laureles, sino para proclamar que puede que esté avejentado, pero sigue siendo muy capaz de dar caña a los malos (que ya no son nazis, tanto por el marco temporal como por la confesa incapacidad de Spielberg, tras “La lista de Schindler”, de reconvertirlos en malos de vodevil). Acompañándole en su empeño está Karen Allen, no menos bien “conservada”, que sigue siendo la única capaz de darle la réplica frase por frase; Shia LaBeouf, de quien todo el mundo sabrá ya a estas alturas que encarna al hijo de Indy sin resultar demasiado cargante (que ya es algo), pero pasando bastante desapercibido, la verdad; Cate Blanchett como dominátrix comunista (con delusiones parapsicológicas); amén de John Hurt (mucho actor para tan poco papel) y Ray Winstone (que vuelve a tierra tras ser Beowulf).

En la película tenemos peleas, acrobacias inverosímiles, algo de nostalgia (con múltiples referencias, en su mayor parte visuales, a las anteriores entregas), escenarios exóticos (otros no tanto) y mucho, mucho pulp… lo cual queda un tanto extraño, pues por una de esas casualidades del destino, 1957 es también la fecha que se toma como límite superior para el fenómeno de las revistas pulp en los Estados Unidos (por entonces entró en quiebra la American News Company, aunque estas publicaciones estaban en crisis desde las restricciones de papel provocadas por la Segunda Guerra Mundial). Y ya que estamos contextualizando históricamente la historia, en 1957 los rusos lanzaron el Sputnik I, Heinlein publicó “Puerta al verano”, Asimov “El sol desnudo” y Bester “Las estrellas mi destino”. ¿Por qué traigo a colación todo esto? Si ya habéis visto la película sabréis a dónde quiero llegar. La mitología que se utiliza como base de la ficción ya hubiera estado anticuada en aquel mismo momento (si bien, popularmente, aún pegaría con fuerza durante la década y media siguiente). Parte de la gracia de Indiana Jones, sin duda, es ese aire retro, pero, es mi impresión, con “El reino de la calavera de cristal” se les va un poco de las manos el grado de suspensión de la incredulidad necesario para disfrutar como toca de la peli (puede parecer una tontería, pero si hubiera estado ambientada a finales de los 30, como “Indiana Jones y la última cruzada” o “Sky Captain y el mundo de mañana”, el esfuerzo hubiera sido menor (y más gratificante). No ayuda, por supuesto, que hoy en día todas esas historias sean consideradas no sólo patraña sino también carne de parodia.

Indiana Jones Crystal Skull

Si hubiera que buscar a un culpable dentro del triunvirato, señalaría a George Lucas (que es también el que se empeñó en utilizar la trola de las calaveras de cristal presuntamente aztecas… un montaje desacreditado desde hace tiempo). Así pues, aunque Harrinson Ford echa el resto para meterse en la piel de Indiana (y soportar todos los golpes que ello acarrea), da la impresión que Steven Spielberg dirige un poco en piloto automático. No es normal que en toda la película sólo haya una toma realmente antológica (Indy frente al hongo atómico), ni que el montaje de las escenas de acción resulte tan poco inspirado (para Steven, claro). Tal vez el problema esté en el guión, que no pasa de conglomerado de escenas mal hilvanadas. Aun peor (desde mi perspectiva): la base conceptual de la película está verde, muy verde (y esto puede que haya sido lo que más ha afectado al estilo de Spielberg, cuyo cine ha evolucionado un tanto desde 1989).

Bajo toda la parafernalia se aprecian detalles que apuntan a algo un poco más profundo. La explosión nuclear no debería ser tan gratuita (extraordinaria la forma en que asume la forma de una calavera), pues aunque la era nuclear se menciona como motivo por el comando ruso para buscar la supremacía armamentística, el guión pasa por encima de ello y de las implicaciones respecto a los nuevos y tenebrosos tiempos que abren (donde un personaje como Indiana no tendría, en principio, lugar). De igual modo, la fiebre anticomunista es apenas una excusa para poner en movimiento a Indy y ofrecer un par de escenas cómicas en la persecución por el campus. ¡Venga ya! ¿Todas esas oportunidades desaprovechadas provienen del mismo realizador que armó la maravilla conceptual que es “Munich”? No se puede amagar y no golpear. Indiana Jones es un personaje de acción pura y dura, de una concepción de la aventura que ya no sirve para la década de los 50, pero había que hacer una elección: o se mantenía por completo el espíritu de las precedentes o se buscaba algo nuevo, quizás más profundo y quizás alejado del Indy típico. El resultado ha sido un sí pero no que se queda en tierra de nadie (y no entro ya a valorar la chorrada de plantar la tumba de Orellana en Nazca, sólo por juntar sin ton ni son referencias danikianas). Parece mentira que hayan transcurrido tantos años, supuestamente a la espera de tener un guión satisfactorio, y hayan acabado con esto.

Por lo demás, la película es entretenida. Le pega mil patadas a casi todas las imitaciones surgidas a lo largo de los años. Indy, incluso en horas bajas, es mucho Indiana. La única pena es que se antoje más interesante, por ejemplo, la historia de la aventura gráfica “Indiana Jones and the fate of Atlantis” (que provenía de un guión no rodado) que ésta. A lo mejor es que necesitamos un tiempo para acomodarnos al nuevo doctor Jones.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 30, 2008.

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