Ciencia ficción de saldo

Lo reconozco, acabo de volver de una visita no programada a una de mis librerías de cabecera y me he traído conmigo seis libros de saldo (de la colección Puzzle de La Factoría de Ideas, por si a alguien le interesa). Supongo que podría orientar la confesión en plan “Compradores Compulsivos Anónimos” (¿Qué voy a hacer ahora con los tochos? ¿Cuándo tendré ocasión de leerlos?), pero voy a fustigarme más con el detalle de que sean saldos (a 3,5 euros, que al cambio se ponen en casi 600 pelas, porque los saldos ya no son lo que eran).

¿Por qué debería aplicarme la penitencia del flagelante? Bueno, todos sabemos que cuando el libro ha llegado a la sección de saldos es que la editorial ya ha desistido de hacer caja con él y sólo pretende limitar en lo posible las pérdidas, así que por no haber adquirido los títulos cuando estaban en el mercado “normal” he contribuido a ponerle las cosas difíciles al editor y me beneficio de su “fracaso” (si hubiera sido un éxito, lo normal es que no hubiera llegado a las estanterias de segunda). Hay eximentes, por supuesto. Se trata de novelas que no me han llamado lo suficiente para gastarme los 18 euracos que costaban cuando salieron en la colección Solaris (hace ya un tiempo, ahora no bajan de 20). Por alguna razón, tampoco se me ocurrió adquirirlas cuando pasaron a Puzzle y rebajaron las pretensiones a 9-10 euros. Tonteé con la idea de hacerme con alguna de ellas, pero siempre acababa interfiriendo otro título… en algunos casos reconozco que si no fuera en plan saldo jamás las hubiera adquirido. Por interferir, no sólo me refiero a esos lanzamientos que tienes que adquirir al precio que sea por puro vicio, sino a la competencia de otras colecciones de bolsillo (Byblos sobre todo, por ser más económica, o a precios similares El Club Diógenes o Booket). Si es que el problema, además del espacio que ocupan los malditos, reside en la distribución de unos recursos limitados (y menos mal que no tengo otros vicios lesivos para la cartera, amén del órgano interno que se tercie).

Si por mi fuera, acapararía todo lo que saliera con el frenesí de la rata canguro marsupial de “Ice Age”. Sé que sólo ponerme al día con las lecturas atrasadas ya me llevaría un lapso que no quiero ni empezar a estimar por no desanimarme (y lo peor de todo es que no hace sino aumentar). Sin embargo, ya he reconocido que se trata de una compulsión. Las estrellas podrían alinearse del modo correcto (para variar) y sería una catástrofe que hubiera dejado pasar la oportunidad (quizás única en décadas) de hacerme con tal o cual volumen “imprescindible”. En fin, ¿qué os voy a contar?, la típica paranoia de rarito profesional. Sin embargo, con mi presupuesto para caprichitos la cuestión se plantea sempiternamente como una batalla entre la ciega avaricia y el frío cálculo de la razón (¡ya me gustaría que la cosa estuviera equilibrada en estos términos!). Con cierto interés en los últimos tiempos de primar la producción nacional, la partida para experimentos foráneos se ve reducida a una cantidad simbólica… y al final sólo un buen saldo es capaz de hacer saltar la banca.

Comprador compulsivo de cifi

Después pasa, lo que pasa. Uno que tiene un poco de conciencia se pregunta si no hubiera podido comprar tal o cual título (no todos, a tanto no llega el arrepentimiento espontáneo) en primera (o incluso segunda) instancia. No todo es bondad de espíritu, por supuesto, también está la cuestión de pensar que, si al final me gusta, por culpa de contemporizadores como yo la editorial se puede haber llevado la impresión (totalmente cierta) de que el autor no vende y puede decidir sacarlo de su parrilla de lanzamientos, dejándome con la miel en los labios (si al final el libro es malo, acabas congratulándote por tu “sagacidad”, así que tampoco hay que prestar mucha atención a los juicios a posteriori). El caso es que toca repartir culpas, que tampoco somos mártires para cargar con todo el peso del injusto mundo, y ahí tenemos un chivo expiatorio perfecto: los precios.

Es que, convendréis conmigo, veintitantos euros por un tomo en tapas blandas, por mucha edición tocha que nos planten, es un tanto exagerado. Vamos, eso es lo que me han costado mis seis libros de saldo (21 euritos). Me encantaría seguir la evolución de un montón de autores (Vernor Vinge, Charles Stross, Robert Charles Wilson, Peter Watts, Karl Schroeder…), y hacerlo en castellano, pero he llegado a la conclusión de que tendré que currármelo vía Amazon, importando sus paperbacks por 7-8 dólares (el cambio actual es miel sobre hojuelas).

¡Malditos editores! ¡Publicanos ávaros de chupar nuestra aguada sangre! ¡Camellos que nos regatean la farlopa vital!

Bueno, eso es lo primero que te viene a la mente. Luego hablas con algún editor y el panorama cambia. Te enteras, por ejemplo, que tras ganar Vinge el Hugo por “Rainbow’s end” sus derechos escalaron hasta extremos absurdos. O que otro tanto ha pasado con “Spin” de Robert Charles Wilson. Añadamos a eso los costes de traducción y lo paupérrimo de las tiradas y nos encontramos con que los márgenes comerciales son exiguos hasta lo suicida (sobre todo para las editoriales pequeñas, que son mayoría en este mundillo). Es una pescadilla que se muerde la cola. No compro porque los precios son altos y estos no bajan porque con pocas ventas se tiene que amortizar una inversión desproporcionada. Si os acordáis, esta situación ya mató la última encarnación de la revista Isaac Asimov Ciencia Ficción española (que publicaba Robel, ahora ya no contamos ni con revista ni con editorial, y una especie de reacción en cadena nos dejó huérfanos de ficción corta editada de forma profesional). Por tanto, el culpable primigenio ya está claro. Son los vampiros yanquis (y británicos) que se creen con derecho para exigir el oro y el moro por dejarnos leer sus chorradas. Esto es lo que se dice burros y apaleados.

¿Qué les hará pensar que nos pueden exigir precios exorbitados? A lo mejor es que comprueban lo de los 40 millones de habitantes (sin contar posibles exportaciones a sudamérica, que a ellos les resultan aún más prohibitivas, claro que tal vez a los gringos no se les haya ocurrido ese pequeño detalle) y evalúan en base a eso el mercado potencial, ajustando las pretensiones económicas en consonancia. El editor español debe cumplir, no importa si vende 600 ó 6.000 ejemplares. Dado que las tiradas escoran más hacia el límite inferior que hacia el superior (1.500-2.000 como mucho), para satisfacer los pagos de los derechos se hace imprescindible gravar el producto con esos precios que, de buenas a primeras, nos parecen abusivos.

La solución, como se puede comprobar, no es nada fácil. O entra en la mollera de los agentes extranjeros que el mercado español de la ciencia ficción es un mercado de saldo (comparado con el suyo) o los editores siguen trampeando como buenamente puedan, pujando por hacerse con esa novela que podría, con suerte, salvarles la colección durante otra media docena de títulos (¡Ah si eso pudiera saberse de antemano!).

En el punto de mira

También podría romperse la baraja. Entonces nos quedaríamos compuestos y sin colecciones de ciencia ficción. Y todo por ser ratas y dedicarnos a hurgar entre los saldos… o quizás, si concedemos algo de crédito a las expectativas de los de fuera, por culpa de unos editores que no han sabido o no han podido explotar el potencial del mercado español. De nuevo, buscando culpables, acabamos apuntándonos en círculo a la cabeza. Lo grave del asunto es que en como a alguien se le ocurra tirar de gatillo nos vamos todos a criar malvas. Así que habrá que buscar una salida o, cuanto menos, cambiar la dinámica en que nos encontramos y que va haciendo el círculo cada vez más pequeño, de forma que resulta ya muy difícil que se escape una bala sin que tapice de sesos a todos (a todos los que no hayan tenido la “suerte” de chupar plomo, claro).

Una posible solución sería apostar por el autor español, algo a lo que parecen tener verdadera alergia casi todas las editoriales. Todo son ventajas. Es más barato (no exije adelantos brutales), no requiere gastos de traducción y está disponible para realizar la promoción. Desde luego, a 20 euros se estrellará como el que más, pero con él sí que sería posible rebajar los costes y ajustar los precios. Quizás los de fuera sufrieran por esta “competencia desleal”, pero qué caramba, ¡ni que actualmente fueran una mina de oro! A lo mejor, con menos demanda, decidían por fin bajar precios. Escenario utópico éste que me he marcado al final. Mucho me temo que, decidida (en general, toda regla tiene sus excepciones) la estrategia de ningunear al español (mucho novato, pero todo el mundo empieza siendo novato) y apostar a cualquier precio por los anglosajones (y algún polaco ocasional), no habrá marcha atrás hasta que se produzca el Armagedón.

Y ya que estoy en plan sincero, reconozco que la “solución” sería, en el mejor de los casos, de eficacia limitada, pues tampoco apunta al problema de fondo. Nos guste o no, en España tenemos una ciencia ficción de saldo, y ya se sabe que con los saldos no hay forma de hacer negocio.

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~ por Sergio en mayo 21, 2008.

3 comentarios to “Ciencia ficción de saldo”

  1. Totalmente de acuerdo.

  2. Pues bendito tú, mushasho, que compras compulsivamente de saldo… si vieras mis facturas mensuales de libros fliparías.

  3. Es que la economía no da para compras compulsivas de otro tipo. Supongo que debe haber algún tipo de mecanismo de protección que cortocircuita el ansia posesiva… hasta que un buen saldo manda todos los bloqueos a tomar viento.

    Supongo que también influirá que no he visto muchos Murakamis, Yosimotos y compañía en la sección de saldos, así que te tienen pillado.

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