Elemental, querido Chaplin

Aunque el más notorio creador de pastiches holmesianos en castellano es Rodolfo Martínez (ya va para tres volúmenes) no es, desde luego, el único, ni siquiera si añadimos el matiz de cierta inclinación hacia el género fantástico. Sherlock Holmes, como personaje, es una creación poderosa y fascinante, la esencia más pura del arquetipo cerebral (que también nos ha ofrecido personajes como Auguste Dupin o Hércules Poirot). Tras su creación en 1887 por Arthur Conan Doyle, pronto se mostró mayor que su propio autor, que llegó hasta el extremo de “matar” a su propia criatura para poder dedicarse a otros menesteres literarios sin la constante presión de los fans… que consiguió resucitarlo ocho años después (la mitad según la cronología interna del personaje). Desde la muerte de Doyle (e incluso antes, gracias a las adaptaciones teatrales), se han multiplicado las visiones externas sobre el gran detective, hasta el punto que algunas de estas interpretaciones han llegado a ocultar al “verdadero” Sherlock bajo un disfraz de sí mismo. Ninguna influencia ha sido tan poderosa (y homogeneizadora) como el cine, habiendo protagonizado cientos de largometrajes y capítulos de series (197 contando cada serie como un único ítem). Resulta pues muy adecuado que Rafael Marín decidiera reunir al detective de Baker Street con otro personaje icónico, aunque en este caso surgido directamente del mundo del celuloide, el mismísimo Charles Chaplin, en su novela de 2005 “Elemental, querido Chaplin”.

No deja de resultar curioso, teniendo en consideración la reflexión precedente, cómo la imagen cinematográfica acaba imponiéndose en determinados aspectos sobre la base literaria (y no sólo en lo que respecta a Holmes). Marín aprovecha la inclusión de un actor de teatro que cosechó fama como intérprete del detective de Doyle para atacar distintas características extracanónicas que hemos aprendido a relacionar con él, tales como la aparatosa indumentaria (sombrero de cazar patos incluido) o la omnipresente pipa (que el propio escritor introdujo en sus historias a raíz de su popularidad en la obras de teatro). Resulta pues peculiar que se haya rendido en un punto tan crucial como el mismo título, porque lo cierto es que (según me ha revelado la documentación superficial que siempre realizo antes de escribir una nueva entrada) el Sherlock Holmes de Doyle jamás llegó a “pronunciar” (de forma literal) su famosa frase “Elemental, querido Watson”, sino que ésta apareció por primera vez en la película de 1929 “The return of Sherlock Holmes” (la primera sonora con el personaje).

Elemental, querido Chaplin

Quizás sea apropiado, pues, en el fondo, “Elemental, querido Chaplin” es una mirada entre fascinada y agradecida hacia el personaje de Charlot y hacia el futuro que en 1905 representa. Asistimos en la novela, como fisgones privilegiados, a la gestación de un personaje y de un modo de entender la interpretación potenciando el aspecto visual sobre el (en un principio inexistente) sonoro. Las referencias hacia las películas de Chaplin (obras maestras como “El chico”, “La quimera del oro”, “Tiempos modernos” o “El gran dictador”) y hacia el mundillo de Hollywood que le espera son constantes (aunque no interfieren en el flujo de la historia). Sherlock Holmes es casi, como muchos antes que yo se han adelantado a señalar, un personaje casi secundario, un símbolo puro, el aglutinador de muchas otras referencias que van desde la liteatura popular (el Profesor Challenger del propio Doyle, o el pulp de Sax Rohmer) hasta la actualidad de la época (con varias personalidades asumiendo papeles de diversa entidad, en la más pura escuela de la novela histórica).

Por lo que respecta a la novela como puro elemento literario, se trata de un texto agradable de leer y a la altura del reconocido prestigio como narrador de Marín. Con alguna que otra descripción excesiva y repetitiva (en lo que se refiere al modo callejero de vida del joven Chaplin) que por momentos parece más destinada a engrosar el volumen que a proporcionar información relevante, y con algo que no termina de encajar entre la presunta edad del narrador en el momento de la escritura (un Chaplin ya hacia el final de su vida) y la forma en que describe los acontecimientos (con una mentalidad muy del joven inexperto que es en ese momento).  La dicotomía no resultaría demasiado evidente de no ser por los continuos incisos a modo de comentarios enlazando algunas de las experiencias vividas con momentos posteriores de su vida (aporta detalles biográficos, pero, ¿por qué en algunos casos sí que se inmiscuye el narrador en el flujo temporal y en otros deja implícitas las conexiones? Es algo que no termina de cuadrar.

“Elemental, querido Chaplin” puede leerse tanto como una novela de aventuras, con las “deducciones” holmesianas a menudo carentes de una explicación completamente satisfactoria (algo, por cierto, muy común en la propia obra de Doyle), o como una labor preciosista de encaje entre el canon ficticio, la realidad histórica y la ficción biográfica, funcionando muy bien a ambos niveles. Por otra parte, dado que mi obra favorita de Sherlock Holmes es “El sabueso de los Baskerville”, no me molesta en absoluto que el detective no sea el protagonista absoluto (para los despistados, en esa novela es Watson el principal personaje), ni tampoco el que el estilo no sea similar al de Doyle, puesto que ya se encarga de resaltar que hay un cambio de narrador, del doctor Watson a Chaplin (al contrario que en el caso de los pastiches de Rodolfo Martínez). Al final quizás se le escape un poco de las manos, con la inclusión de demasiados conceptos anacrónicos (todo lo referente a “esa palabra que se toma prestada de la botánica”, que apenas fue acuñada en 1903, sin tiempo para prestamos de ningún tipo pues no sería empleada en el sentido que infiere la novela hasta un par de décadas después) y un complot cuya lógica se sujeta con alfileres. Aunque tampoco es que todo eso sea ajeno a los elementos de partida. Resulta, eso sí, paradójico, que en una referencia a cierta obra literaria, que no revelaré por no incurrir en el spoiler, caiga en la trampa de mezclar la imagen icónica cinematográfica, que es muy posterior (incluso a la acción narrada), con el original novelesco (un grave fallo, pues sobre él se sustenta buena parte del clímax). Si el final hubiera resultado más redondo, estaría hablando de una gran obra. De este modo, tan sólo puedo recomendarla como una lectura agradable, muy bien escrita, amena por momentos (aquellos en que le da cancha al personaje de Chaplin), pero intrascendente a la postre (la edición, eso sí, al menos en el volumen que poseo, es infame, con la tinta corrida en partes e incluso trasparentando por varias páginas; un 0 para MInotauro).

Otras opiniones:

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 15, 2008.

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