ZigZag es ciencia ficción, pero de la mala

Jose Carlos Somoza es uno de los escritores españoles contemporáneos más exitosos. Sus thrillers, con sustratos que van de lo histórico a lo terrorrífico, encajan a la perfección en el molde creado por el típico best-seller norteamericano: un concepto potente, una serie de personajes bien delineados que asumen los papeles de héroes, villanos y misterios (con un par de vicios pequeños los primeros y virtudes los segundos, por eso de hacerlos “complejos”), algo que enseñar para que el lector piense que está aprendido mientras lee y mucho ritmo (en el caso de Somoza, por lo que llevo leído, también deberíamos añadir algo de sexo). Todo muy superficial, agilidad ante todo. El objetivo es entretener al lector, y es, desde luego, un objetivo muy loable.

No sugiero que todo lo anterior sea negativo. Disfruté bastante de “La dama número 13” y algunas otras novelas de Somoza despiertan mi interés (para ser precisos, “La caverna de las ideas” y “La llave del abismo”). Tan sólo describo por encima (y con grandes generalidades) el estilo que le ha llevado a ser un escritor de éxito.

Sin embargo, “ZigZag” supone un caso aparte. “ZigZag” me ha parecido una estafa, con toda seguridad involuntaria, pero no por ello menos decepcionante. Lo siento mucho, pero la ciencia ficción no es el fuerte de Somoza. Mejor que se dedique a explorar otros territorios que le sean más familiares y se deje de experimentos, o al menos que se plantee otro enfoque radicalmente distinto, porque con obras como ésta no sólo parece limitado a la mala ciencia ficción, sino también a la mala literatura (el bajón de calidad con respecto a “La dama número 13” es abismal).

A grosso modo, “ZigZag” nos cuenta las desastrosas consecuencias de un experimento científico que, pretendiendo echar un vistazo al pasado, desencadena un horror indescriptible que se ceba en los investigadores supervivientes durante años. Nada excesivamente novedoso, salvo que Somoza decidió darle mayor verosimilitud (y, sobre todo, mayor vigencia) echando en el puchero vagas nociones sobre teoría de cuerdas, y ahí es donde todo empieza a torcerse.

Podría argumentarse que jamás intentó escribir un relato de cifi hard, sino sólo un thecno-thriller al uso, pero entonces, ¿a qué viene tanta prolijidad en los detalles? Hay que saber a qué se juega y, sobre todo, hay que ser honrado con el lector. Si te embarcas en explicaciones tienen que ser rigurosas (o al menos plausibles). No era necesario; podía haberse limitado a invocar la arcana teoría como fundamento de los experimentos y pasar de ahondar en posibles mecanismos. Pero no, decidió darse el gusto de explicar… y demuestra no haber pillado una. 

ZigZag, Somoza

Somoza no sabe lo que es una cuerda (en física teórica). Según “ZigZag”, las cuerdas son filamentos larguísimos (tan largos como para adentrarse millones de años en el pasado), que al aplicarles cierta cantidad de energía pueden desplegarse en sus 11 dimensiones mostrándonos el pasado (lo lejos que lleguemos dependerá de la energía suministrada). ¡Venga ya! Una cuerda es una partícula unidimensional (sólo posee longitud), que se extiende como mucho hasta la longitud de Planck (aproximadamente 1,6 x 10e-35 m), y que vibra en un espacio de 11 dimensiones (de acuerdo con ciertas formulaciones; 10 espaciales y una temporal) según varios patrones que conforman todo cuanto existe en el universo (serían el constituyente básico de todo). Ese espacio de 11 dimensiones sería el nuestro. De las espaciales, 7 serían tan diminutas (y enrolladas sobre sí mismas) que sólo podemos percibir las otras tres, que configuran nuestro universo en apariencia tridimensional (o, alternativamente, podemos encontrarnos limitados a una brana tridimensional, más el tiempo, en un espacio multidimensional superior, con determinado tipo de cuerdas constreñidas a la brana y otras, como los gravitones, libres). A partir de ahí, todo se vuelve enloquecedoramente contraintuitivo (sí, aún más). Las matemáticas de la teoría de cuerdas han llegado más lejos que ningún otro constructo teórico para conseguir explicar el universo (dentro de ellas tienen cabida tanto los fotones como los gravitones o los fermiones), pero todavía carecen de demostración experimental. Todo esto (que no representa sino la superficie de la teoría) me ha costado apenas unas horitas de dedicación (con mi curiosidad espoleada por el documental “The elegant universe”, producido por el físico Brian Greene; hay versión doblada, pero podéis acceder gratuitamente a la inglesa, sin subtítulos en la siguiente página). Así que me resulta sorprendente la bibliografía presentada por Somoza al final de su libro y su afirmación de que se documentó a fondo. Parece ser que sólo le importaba hacerse con la terminología, porque en caso contrario no se explica que desde el mismísimo inicio, todo esté mal (mejor ni hablo de los científicos consultados… porque en entrevistas posteriores aclara que no les preguntó nada de ciencia, sino que sólo le sirvieron como “modelos”; no es ésa, sin embargo, la impresión que ofrece la lectura de los agradecimientos de la novela).

¿Por qué me molesta? Bueno, viene a ser algo así como lo comentado en la entrada anterior sobre “Sunshine”. Supone un mal uso de la ciencia. Uno, además, innecesario. Podría haber tomado la “ruta Asimov”, si algo no puedes explicarlo, dale un nombre bonito y abstente de entrar en detalles (de ahí los “cerebros positrónicos”). En realidad, las explicaciones pseudocientíficas no aportan nada a la novela, salvo quizás proporcionarle una pátina de autoridad o, en otras palabras, engañar al lector para hacerle creer que se le está proporcionando información rigurosa. En mi opinión, existe un límite que la licencia creativa no debe superar, y “ZigZag” lo hace de largo. Se me ponen los pelos de punta cuando leo comentarios en internet del tipo de “gracias a la novela he aprendido mucho sobre teoría de cuerdas”. No, te has tragado un montón de desinformación y no has aprendido nada. Somoza se aprovecha de la ciencia; pretende explotar todos sus beneficios (respetabilidad incluida) sin asumir ninguna responsabilidad.

Lo peor, sin embargo, es que después de explotar a su antojo a la ciencia y a los científicos, se dedica a denigrarla. Sí, ahí está mi segundo motivo grave de rechazo a “ZigZag”: se trata, en el fondo, de la enésima versión del mito de Frankenstein. La ciencia, el conocimiento, es esencialmente maligno o, dicho de otro modo, hay cosas que el hombre no está destinado a conocer. Y después de toda la parafernalia científica, el origen de ese mal es una arbitrariedad que tiene más que ver con la magia que con la ciencia, al inventarse un efecto basado en presuntos agujeros de gusano (un artificio que contradice, por cierto, toda la falsa estructura teórica anterior al mezclar conceptos mutuamente excluyentes).

Arropado pues con un disfraz de ciencia ficción, “ZigZag” no sólo tergiversa todo el fundamento científico para su propio beneficio, sino que promueve el oscurantismo (vamos, al final ¡hasta un militar se caga en la madre que parió a los siniestros científicos!). Por si no quería estereotipos negativos… Esta actitud agrava el primer “pecado”. Si fuera un delito, podríamos afirmar que hay ensañamiento y alevosía. No sólo falsea la verdad, sino que lo hace para difamar. Apañados vamos.

Bueno, ya me he extendido demasiado. Tan sólo añadiré que, literariamente, la escritura es muy correcta (nada espectacular, pero funcional) y sólo la trama se resiente bastante por una incapacidad para transmitir el horror que se supone que padecen los personajes. Ya hay otras críticas por internet que ahondan en estos detalles, así que me lo ahorro. Supongo, además, que cualquier comentario ulterior que hiciera se leería con escepticismo (y con toda la razón), a la luz de mis puntualizaciones precedentes.

~ por Sergio en abril 3, 2008.

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