Kraken: atrapados en el abismo (o más es menos)

Tres fueron las razones que me impulsaron a adquirir la segunda novela del periodista científico Luis Miguel Ariza: 1/ Mono de lectura y disponibilidad de una edición barata en el kiosko local. 2/ Cierta curiosidad latente desde que conocí de su existencia y un estado de ánimo propicio para el techno-thriller. 3/ El que uno de los capítulos se titulara “Abiogénesis”.

Sí, parece un tanto extraño, pero ésa fue la razón que decantó la balanza. A la postre, resultó una decepción, ya que no se refiere a la cuestión del origen de la vida (casualmente, era un tema que tenía muy reciente), sino a una especie de artificio argumental para justificar, sin explicarlo en realidad, uno de los múltiples pilares sobre los que se sustenta la novela. Quizás debería haber hecho más caso a mi rechazo instintivo al leer en las primeras páginas un agradecimiento a Michael Crichton como fuente de inspiración (reconozco que algunas de sus novelas son ágiles y cumplen su función de entretener, pero de ahí a considerarlo inspirador va un abismo), pero el caso es que aún pesaban las otras dos razones y acabó cayendo. Tampoco fue tan mal, pues me lo ventilé en dos días (sí, las 650 páginas, fue en medio de un atracón de lectura de esos que tienes que pegarte de tiempo en tiempo para desconectar) y sin excesivos esfuerzos, pero quizás podría haber logrado mucho más con un enfoque ligeramente distinto, o con una mejor planificación, por lo que debo clasificarlo en la categoría de las decepciones relativas.

Varias son las razones para que mi valoración sea ligeramente negativa. Por un lado están las imprecisiones científicas (algo mucho más grave cuanto más cercana y pretendidamente científica la trama). Comprendo que la descripción del calamar gigante como un monstruo todopoderoso sea una licencia argumental, después de todo, Ariza tiene la precaución de inventarse una nueva especie, mucho mayor y mucho más pesada que el Architeuthis dux o incluso que el Mesonychoteuthis hamiltoni (también conocido como Calamar Colosal, un animal que el biólogo experto de la ficción no parece conocer pues no lo menciona nunca), sin embargo hay otras cuestiones, como la ya mencionada abiogénesis (una explicación pseudocientífica, o quizás debería decir ciéntifica porque sí, porque la trama lo requiere y los personajes nos dicen que tienen una explicación para ella; no allí, pero la tienen), o la total ausencia del concepto de descompresión en una novela en la que buena parte de la trama acontece en las profundidades oceánicas, que son más difíciles de tragar. Pero bueno, no es ciencia ficción, no pretende serlo, y el techno-thriller es un subgénero (con un público) que nunca se ha preocupado mucho por la escrupulosa exactitud científica.

Una novela de estas características flota o naufraga en torno a su historia y sus personajes, y el caso de “Kraken: atrapados en el abismo” podemos definirlo como víctima de un exceso de lastre.

Ya desde el título nos encontramos con una tendencia al exceso. ¿Por qué utilizar dos? “Kraken” hubiera sido suficiente, y si preferían “Atrapados en el abismo” pues muy bien, ¿pero ambos? Es como si los editores no tuvieran muy claro a dónde apuntaban y hubieran optado por proyectiles de fragmentación para abarcar cuanta mayor superficie mejor.

atrapados en el abismo, Ariza

Esta acumulación prosigue en cuanto empezamos a tratar con las múltiples tramas imbricadas, con cuestiones que van desde un viaje de exploración a Marte por parte de una sonda (que No llevará el taladro de una de las protagonistas), hasta las visicitudes de un equipo de biólogos marinos a la caza y captura del calamar gigante, pasando por los tejemanejes de una multinacional petrolífera. Lo importante parece ser mezclar cuanto más líneas argumentales mejor, visitar tantos enclaves como sea posible (Nueva Zelanda, Rusia, EE.UU., Asturias…), echar gotitas de suspense político, crear profundidad (y atractivo) en los personajes a base de un pasado que retorna a ellos cuando menos se lo esperan o por las injusticias que sufren, aprovechar el toque ecológico (chapapote incluido, no en vano Ariza cubrió el desastre del Prestige), explotar arquetipos como el ricachón frío y avaricioso o el científico antisocial y, por supuesto, llevar en paralelo varias acciones para poder cortar cada una en el momento crítico y pasar a otra manteniendo la tensión. En resumen, todo el muestrario de trucos del moderno best-seller.

Nada que reprochar. Así se han forrado muchos otros, con menos argumento y preparación. El problema es la sobreabundancia. Sinceramente, a la historia le sobran al menos trescientas páginas y quizás un par de subtramas. Los propios krakens, cuando aparecen, se encuentran difuminados entre los otros elementos y pierden fuerza. Mientras leía “Kraken”, no podía dejar de pensar en “La bestia”, de Peter Benchley (el escritor de la novela en que se basa “Tiburón”). Benchely describe en su novela el acoso al que un calamar gigante somete una pequeña población pesquera en las Bermudas, y los esfuerzos de un biólogo marino por conjurar la amenaza. Sí, es lo que parece, “Tiburón” con un calamar, pero el Archeteuthis es el protagonista absoluto y la novela tiene un ritmo trepidante del que “Kraken” carece.

Ariza carece de la capacidad fabuladora necesaria para crear un mosaico en el que todo sea imprescindible. Tiene oficio, pero hacía falta algo más para sacar adelante un proyecto tan ambicioso. Hubiera hecho falta apartarse de la senda trillada para adentrarse en territorios narrativos más personales. Tal y como está, la novela parece producto de una factoría mecanizada, no la obra personal de un artesano. Es demasiado predecible: ahora toca traición, ahora estar a punto de matar a este personaje, ahora una tragedia… las piezas van encajando con precisión pero sin alma, hasta que al final el cuadro, ése que ya habíamos previsto desde medio libro, está completo (lo único que desentona en esta labor de relojero es la excesiva meticulosidad con que describe ciertas escenas que deberían ser vivaces para producir angustia y que acaban desesperando a base de prolijidad narrativa).

Seguramente la novela satisfará a quienes suelan devorar techno-thrillers del estilo de las novelas de Crichton, o de Robin Cook, o incluso de Clive Cussler; y desde luego no tiene mucho que envidiar a la mayor parte de la producción que nos llega del extranjero, pero al lector habitual de ciencia ficción le parecerá un producto demasiado prefabricado y frío, que no sabe aprovechar una labor de documentación ciertamente notable para abrirnos los ojos a un mundo nuevo (el de las profundidades).

No quisiera concluir sin hacer mención al modo rastrero en que los editores intentan ocultarnos que la novela la ha escrito un autor español. La firma de “guerra” de Luis Miguel Ariza es “L. M. Ariza”, algo lo bastante ambiguo como para poder corresponder a un oriundo de cualquier lugar del mundo (si es EE.UU. mejor). Lo más triste no es comprobar este hecho, sino preguntarme hasta qué punto era necesario y responderme que, por desgracia, ese truco les habrá permitido vender unos cuantos ejemplares de más. Si es que los españoles parece que hemos hecho del desprecio por lo autóctono todo un arte, como si aceptar que por aquí se pueden hacer las cosas tan bien como en cualquir otro sitio fuera poco menos que anatema.

~ por Sergio en marzo 29, 2008.

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