Arthur C. Clarke (1917-2008)

Hoy hemos perdido a uno de los más importantes escritores de ciencia ficción de todos los tiempos. A los 90 años de edad, de un complicación respiratoria (llevaba años con la salud delicada) ha muerto en su residencia en Sri Lanka Arthur C. Clarke.

Arthur C. Clarke

Es difícil glosar todos sus logros en unas pocas líneas. Quizás el mayor elogio que pueda hacérsele es que posiblemente sea, junto con Asimov, el escritor de ciencia ficción más conocido por el gran público. Buena parte de esta fama se debe sin duda al éxito de la película que en 1968 estrenó Stanley Kubrick basada en su relato corto “El centinela”, pero muchas otras de sus obras que no han pasado por la gran pantalla (aún) han calado de modo curioso en la cultura colectiva. Allí está, por ejemplo, “Cita con Rama” (1972), considerada como la novela de ciencia ficción hard arquetípica (Morgan Freeman lleva años intentando poner en marcha un proyecto sobre ella; en estos momentos David Fincher sería el director y si todo sale bien se debería estrenar el año que viene), o “Cánticos de la lejana Tierra” (1986), que inspiró en 1994 un disco de Mike Oldfield. Pero no sólo de literatura se nutre su legado. Arthur C. Clarke ha firmado varios artículos científicos, de los cuales el más relevante pueda que sea “Extra-Terrestrial Relays — Can Rocket Stations Give Worldwide Radio Coverage?“, publicado en Wireless World en 1945, donde se aporta la primera descripción de una red de satélites geoestacionarios para ofrecer una cobertura global (en ocasiones, la órbita geoestacionaria recibe en honor de este artículo el nombre de Órbita de Clarke). El año 2000 recibió el título de Caballero (Knight Bachelor).

Su extensa obra gira en su mayor parte en torno a la ciencia, hasta el punto que las máquinas y las grandes obras de ingenieria cobran un protagonismo casi mayor que sus personajes, que a menudo son “héroes” tan atípicos como arquitectos, ingenieros o matemáticos. El conflicto a menudo es de carácter tecnológico, se trata de la raza humana enfrentada a un gran reto técnico; y, sin embargo, buena parte de su producción anticipa las ideas transhumanistas que cobrarían forma a partir de la década de los 80, con el ser humano evolucionando hacia un nivel superior y misterioso. Quizás esta inclinación hacia la trascendencia haya hecho que, en medio de una meticulosa explicación científica, su prosa pueda eclosionar en breve y metafórica exhuberancia.

De entre sus libros, destacaría varios que son de lectura obligada para cualquiera que desee comprender lo que es la ciencia ficción (y también para aquellos que disfruten con una buena historia):

El fin de la infancia” (1953), resulta una lectura a la vez triste y optimista. En ella, Clarke canaliza el temor de la guerra fría hacia un futuro luminoso, en el que quizás no sea el hombre, sino sus descendientes, quienes mantengan encendida la llama de la humanidad. Quizás su novela más emotiva.

“La ciudad y las estrellas” (1956), es una reescritura de una novela corta anterior (“Contra la caída de la noche”). El protagonista es Alvin, un joven de Diaspar, la última ciudad que aún subsiste, encerrada en sí misma, en una Tierra tan anciana como la propia raza humana. Es tarea suya romper este bloqueo, aprender la verdad sobre la historia de su especie y quizás rejuvenecerla (AVISO: evitar a toda costa la “continuación” de Gregory Benford).

“2001: Una odisea en el espacio” (1968). Poco se puede decir sobre el argumento que no se conozca ya. Tan sólo apuntar que sí, en la novela Clarke ofrece explicaciones, quizás no sean las que se proponía Kubrick (si es que se proponía alguna), pero son un poco más válidas que las de cualquier otro.

Cita con Rama” (1972), de la que ya he hablado al respecto de su ¿futura? adaptación. El sistema solar recibe la visita sorprendente de una astronave alienígena, que al parecer no tiene intención de detenerse. Una misión de exploración se encarga de raspar la superficie del enorme misterio que constituyen los ramanes (a evitar las secuelas, “co-escritas” con Gentry Lee). Consiguió los premios Hugo y Nebula.

Fuentes del paraíso” (1979), acerca de la construcción del primer ascensor orbital. Una de sus novelas más ingenieriles, que sólo menciono porque tuvieron a bien concederle los premios Hugo y Nebula de ese año (mala conciencia por haberse olvidado de “2001” supongo).

“2010: Odisea Dos” (1982). Sin que sirva de precedente (no sirvió), he aquí una secuela que está a la altura del original. No es exactamente lo mismo, pero podéis consultar el comentario a la película publicado recientemente en Scifiworld. Por supuesto, a evitar a toda costa “2063” y, sobre todo, “3001”.

Cánticos de la lejana Tierra” (1986), quizás la última gran novela de Clarke. El Sistema Solar está condenado y la humanidad se ha visto forzada a una diáspora en varias fases. Una nave de última generación (propulsada por un nuevo concepto que hace factible el viaje para seres humanos criogenizados) debe realizar una parada técnica en un planeta colonizado por una nave sembradora (un robot que lleva en su interior la información para clonar a la nueva población) de la primera oleada.

A partir de aquí casi todo son colaboraciones, donde resulta difícil afirmar hasta qué punto estuvo implicado. Su última novela en solitario, que no fuera una secuela, fue “El martillo de Dios” (1993), que narra una misión para interceptar y eliminar el peligro que supone un cometa que se dirige hacia la Tierra en un futuro relativamente próximo (la fuente de inspiración no confesa, ni retribuida, para las películas de 1998 “Deep Impact” y “Armageddon”).

Por supuesto, como el resto de escritores de la Edad de Oro, también fue el autor de un número muy significativo de grandes cuentos, que han sido recopilados en varios volúmenes, como “Alcanza el mañana” (1956), “Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco” (1958), “El viento del Sol” (1972) o “Cuentos del planeta Tierra” (1990).

Muchas gracias, Arthur Charles Clarke. Muchas gracias por tantas horas de fascinada lectura. Muchas gracias por unir los conceptos de ciencia, futuro y maravilla como nadie antes lo había logrado.

La vela quizás se haya apagado, pero su luz no ha muerto, sino que seguirá viajando hacia un futuro que no le es por completo extraño.

“En este universo, la noche está cayendo; las sombras se alargan haica un oriente que podría alguna vez no conocer la aurora. Pero en otros lugares, las estrellas son jóvenes todavía y la luz de la mañana llega despacio; y a todo lo largo del sendero que una vez hubo seguido, el Hombre volverá a marchar de nuevo.”

Arthur C. Clarke, “La ciudad y las estrellas” (1956)

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~ por Sergio en marzo 19, 2008.

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