Los fantasmas de Hodgson

William Hope Hodgson (1877-1918) fue un personaje singular. De igual modo, fue quizás uno de los escritores más relevantes en la configuración de la literatura fantástica moderna. También es uno de los menos conocidos, eclipsado por la fama de aquellos que siguieron explorando la senda que había abierto (tal es el caso de Lovecraft). Irónicamente, es gracias a esta relación que hoy en día se ha rescatado del olvido la (no muy extensa) obra de Hodgson, que se ha mostrado capaz (en su mayor parte) de resistir la prueba del tiempo con admirable entereza.

Su obra más famosa es “La casa en el límite”, publicada originalmente en 1908. En ella podemos asistir a una evolución, casi página a página, desde el terror sobrenatural hundido en las raíces del romanticismo gótico del siglo XIX, hacia las primeras manisfetaciones del horror cósmico que extrae su fuerza de la sensación de insignificación del hombre ante las fuerzas terribles y deshumanizadoras del universo. No es difícil leer en este nuevo enfoque los temores que despertaba el avance de la ciencia, que no contenta con haber desplazado al hombre del centro de todas las cosas se empeñaba en demostrar su pequeñez e indefensión.

William Hope Hodgson

Para un análisis un poco más extenso de esta novela, podéis consultar el artículo publicado en Scifiworld. Aquí me limitaré a contar algo más sobre la figura de Hodgson, cuya vida bien parece sacada de una novela, y sobre otra de sus grandes novelas, recientemente reeditada por Valdemar en una más que interesante (y económica) edición en bolsillo: “Los piratas fantasmas”.

Uno de los condicionantes de la vida de W. H. Hodgson fue el mar, con el que vivió una relación que primero fue de amor y acabó derivando en un odio acérrimo. O quizás habría que especificar que este sentimiento surgió a raíz de experimentar la vida que había idealizado cuando, a los trece años, escapó de la escuela para intentar embarcarse como grumete en un barco mercante. Fue devuelto a casa, pero al final se salió con la suya y su padre se avino a firmar un contrato de cuatro años como aprendiz.

Cuando, de súbito, falleció su progenitor, dejando a la familia en la ruina más absoluta, su capricho se convirtió en necesidad, obligándolo a proseguir con su carrera de marinero (que ya odiaba) trascurrido su período de aprendizaje. Su problema, quizás, era que, siendo bajito y de rasgos delicados, resultaba una presa fácil para los “matones” en alta mar (en fin, ya se sabe, no es la explicación oficial, pero tantos meses alejados de tierra, en un pedazo de madera flotante, sin ocasión de desahogar frustraciones… lo típico, vamos). El caso es que estas experiencias le llevaron primero a la práctica del culturismo, con ejercicios de su propia invención, y, con posterioridad, a renegar de todo cuanto tuviera que ver con la marina. En 1899 abrió un gimnasio en Londres, donde, aprovechando su físico, se dedicó a proporcionar entrenamiento especializado, sobre todo a policias. Tampoco es que diera mucho dinero, así que acabó cerrando el chiringuito en 1903, dedicándose a la escritura.

William Hope Hodgson 2

Su primera publicación fue un manual de culturismo, que presentaba fotos de sí mismo mostrando las posturas correctas para conseguir la máxima eficacia. Hoy en día quizás se hubiera vendido mejor y el joven Hodgson hubiera iniciado una lucrativa carrera por el circuito de la actualidad rosa, pero a principios del siglo XX la cosa estaba más chunga, así que tuvo que decantarse por la ficción y los artículos sobre la vida en el mar (denigrándola, por supuesto). Se inició así una etapa durante la cual publicó multitud de cuentos (muchos de ellos tratando sobre desgracias que acontecían a marinos) y desembocando en la edición en 1907 de su primera novela, “Los botes del Glen Carrig”, a la que siguieron en 1909 “La casa en el límite” y “Los piratas fantasmas”, completándose su producción de larga extensión con la novela de ciencia ficción (un tocho en estilo arcaizante) “El reino de la noche” (1912). Lo curioso del caso es que el orden de escritura podría haber sido justo el inverso al de publicación. Debido a la originalidad de su propuesta, los rechazos de editores le llovían (según sus propios cálculos, para 1903 había cosechado 427 rechazos… no sé si es esperanzador o no saber que el listón está tan alto).

Pese a la relativa popularidad de estas obras, su situación económica seguía siendo precaria, así que se decantó por el cuento, que en aquellos momentos, gracias al auge de la literatura pulp, constituía un mercado mucho más fiable. Creó, por ejemplo, el personaje del “detective de lo oculto” Thomas Carnacki o un extraño y polifacético contrabandista conocido como el Capitán Gault.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Hodgson se alistó en el ejército (ni soñar hacerlo en la marina pese a su cualificación), en el cuerpo de artillería, en el que sirvió hasta que sufrió en 1916 una caída de un caballo que se saldó con la mandíbulo rota y una fea herida en la cabeza que le valieron la licencia por razones médicas. Sin embargo, para 1918 se había repuesto lo suficiente para realistarse como voluntario, un gesto que fue muy alabado… postumamente. En abril de ese mismo año, una granada de mortero alemana volatilizó su cuerpo en Ypres.

Esta muerte, sin duda prematura (una más entre los veinte millones de la Gran Guerra), nos privó de conocer hasta dónde hubiera podido llegar su genialidad, pulido ya el estilo tosco de sus primeras obras (recordemos que se trata de las últimas publicadas) y entrando en una época histórica donde sus ideas podían ser más asimilables por el común de los mortales (Lovecraft, 13 años más joven, obtuvo sus mayores logros durante la década de los 20, y Olaf Stapledon, importantísimo pionero de la ciencia ficción moderna, publicó sus novelas en los años 30 y 40, habiendo nacido menos de una década después que Hodgson).

Los piratas fantasmas

Como muestra, podemos disfrutar de la extraordinaria novela de ambientación marina “Los piratas fantasmas”. Su título quizás lleve un poco a engaño. Los fantasmas de Hodgson no tienen mucho que ver con la visión popular de los aparecidos. Es difícil alabar su originalidad sin echarla a perder con revelaciones improcedentes. Baste con señalar que poco tienen en común con el espectro victoriano que hemos llegado a asociar con el término “fantasma” y que la tensión va escalando, poco a poco pero con una consistencia admirable, hasta desembocar en el choque arrollador entre la realidad que podríamos tildar de cotidiana (aunque a casi un siglo vista nos resulte pintoresca) y la esfera de lo sobrenatural. Por supuesto, no se trataba de una época en que primaran los finales felices. Después de todo, ¿qué es el hombre enfrentado a lo inescrutable? Hoy en día, parece que el héroe deba poder sobreponerse a cualquier horror y salir victorioso de su confrontación con lo desconocido (de hecho, uno de los atractivos del terror oriental es que, por norma, se atreve a contravenir esta regla), pero quizás Hodgson (y el resto de escritores de la época) era un poco más sabio a ese respecto: existen horrores para los que no hay respuesta. Sólo puedes rezar porque pasen de largo y no fijen en ti sus fríos y despiadados ojos.

Si se me permite el chiste malo bilingüe, no hay mucha “esperanza” en William Hope Hodgson. Desués de todo, ¿no es eso lo que caracteriza el terror?

~ por Sergio en marzo 10, 2008.

Una respuesta to “Los fantasmas de Hodgson”

  1. Leer a Lovecraft es algo de otro mundo. Me refugie en el durante la soledad de mi juventud.ahora, casi geneticamente mi hijo de 11 retoma esa admiracion.sin embargo es lamentable que no sea tan conocido su maravilloso antecesor William Hope Hodgson.

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