La razón del sueño

El título de esta entrada es un poco engañoso, ya que en ella no voy a aportar ninguna explicación válida al fenómeno que deseo describir. Se trata más bien de una indagación de motivos, una búsqueda de porqués; ni siquiera eso en realidad, me voy a limitar a plantear mi total pasmo ante las contradicciones del ilógico universo de la literatura (y no digamos ya de la amorfa galaxia de la literatura fantástica).  ¿Por qué entonces he decidido emplearlo? Pues porque voy a tomar como muestra palpable de todo cuanto no entiendo el destino de la última obra de Juan Miguel Aguilera, publicada hace poco más de un año y ya saldada por Minotauro: “El sueño de la razón”.

Para poner en antecedentes a los no iniciados, “El sueño de la razón” es una novela de fantasía histórica, ambientada en los primeros años del siglo XVI y con el humanista valenciano Luis Vives como coprotagonista (recayendo parte de la responsabilidad de hacer avanzar la historia en la joven bruja Cèleste). Sin desvelar demasiado, la trama gira en torno a un complot mágico centrado en el joven Carlos de Austria, en la época en que va a acceder al trono de España merced a una increíble sucesión de desgracias que acontecen a todos cuantos están por delante de él en la línea de sucesión. Así pues, de Flandes hasta Santander, nos embarcamos con Luis Vives en un viaje no sólo físico, sino también, en cierto sentido, místico, hacia la frontera que separa lo racional de lo irracional, la ciencia de la magia y lo cristiano de lo pagano.

El estilo de la novela es simple y directo, sin ningún tipo de artificio. Se notan las tablas a medida que va discurriendo párrafo tras párrafo con total suavidad, sin que nada rechine. Los diálogos son ágiles y las descripciones contenidas pero suficientes para introducirnos en la época histórica. Luis Vives, como protagonista, es un gran personaje, un hombre en vanguardia de la transformación de la sociedad medieval en la moderna, con unas ideas más cercanas en muchos aspectos a nosotros que a la mayor parte de sus coetáneos, pero también es un hombre abrumado por las dudas y por los recuerdos, un erudito con los pies bien asentados en el suelo. Su reflexión en torno al alma (la psique), la subjetividad de la memoria y la locura (uno de los temas omnipresentes de la novela), conforma los párrafos más interesantes. De igual modo, Cèleste es interesante, como nuestra guía hacia el saber arcano y contrapunto de Luis, aunque se desliza con demasiada facilidad hacia arquetipos unidimensionales típicos de la fantasía juvenil (es inteligente, guapa, independiente, moderna, valiente, generosa… hay ocasiones en que sólo le falta un fiel animal de compañía para completar el cuadro). Juntos se encargan de trasladarnos quinientos años en el pasado, a un mundo en que se quemaba a brujos y herejes y en el que las revolucionarias ideas nuevas tenían que enfrentarse al poder acumulado durante siglos de las viejas y a sus implacables defensores. Una época en verdad fascinante y muy poco explotada.

El sueño de la razón

Sin embargo, no está, en mi opinión, libre de defectos. La historia fluye con tal suavidad que no hay ningún momento realmente destacado, nada que te haga saltar de la silla y aplaudir con entusiasmo (metafóricamente hablando… todo lector habitual sabrá a qué sensación me refiero). La parte histórica no acaba de encajar; se me antoja un poco superficial (he de confesar que, aparte de la literatura fantástica, soy un forofo de la novela histórica, así que mi baremo a este respecto es bastante exigente), con personajes apenas descritos en aquellos aspectos que atañen directamente a la narración, dejandome con la sensación de que se me ha dejado con la miel en los labios. De igual modo, la parte fantástica flojea un poquito, pero no por defecto, sino por exceso. Quizás por las expectativas creadas no estaba preparado para asimilarlo, pero cuando hacia el final cambia por completo el marco de referencia, de la superstición europea medieval hacia otras mitologías no relacionadas, experimenté una sensación de non sequitur. ¿Qué tenía que ver todo eso con lo precedente? No sabría decir si se trata de un fallo de las premisas o de las conclusiones, pero existe un evidente agujero lógico entre ambas. Para terminar con las cuestiones mejorables, la confrontación entre razón y magia se resuelve un poco en falso, con una actitud de mejor no meneallo que resulta bastante extraña en la inquisitiva persona de Luis Vives. Empiezan como esferas independientes, se intersecan brevemente y vuelven a separarse sin cambios apreciables. Tal vez el responsable de esta situación haya sido el estrechó corsé de los datos históricos, pero dejará un regusto de insatisfacción en quienes hubieran desesado que Luis Vives (y Aguilera, para el caso) se mojara.

De todas formas, el balance final es muy positivo. “El sueño de la razón” es una novela que se lee con agrado, formalmente impecable y cercana en sus planteamientos (¿Quién no está un poco cansado de la obsesión de los escritores anglosajones con determinados personajes de su historia, como Lord Byron?). Una de las mejores obras de fantasía editadas en España durante el año 2006, ya sea de escritor nacional o extranjero. ¿Por qué entonces nos la encontramos en la sección de saldos a pocos meses de su salida al mercado? O, dicho de otro modo, ¿por qué ha sido sistemáticamente ignorada por los aficionados al fantástico (y el público en general, vamos)? ¿De quién es la responsabilidad, si la hubiera de este suceso? Y, en definitiva, ¿qué nos revela su destino acerca del mundo de la literatura?

Ésas son las preguntas que me hago. Ésas las razones que me son esquivas. Puedo apuntar a algunas causas como directamente responsables de la situación, pero por sí solas no bastan. Por ejemplo, Minotauro, en mi opinión, ha cometido varios errores graves con su comercialización. Para empezar, la anuncia como ucronía, algo que no es (en todo caso, se trata de una reintrerpetación en clave fantástica de nuestro propio hilo temporal; no veo que a nadie se le ocurra tildar a las novelas de Tim Powers de ucronías, aunque por la misma regla deberían serlo). Si intentas vender este relato a un aficionado a la historia (y sólo a la historia) te lo tirará a la cabeza a los cuatro capítulos, y si llega al final sólo tendrá palabras de descrédito para definir la novela. Puede ser una diferencia sutil, pero se trata de una novela fantástica con sustrato histórico, no de una novela histórica con elementos fantásticos (a lo “Baudolino“). Lo crucial es la intención, y ésta aparece claramente definida en su resolución. ¿Por qué reincidir en esta estrategia? Ya no funcionó en “Rihla”, otra gran novela ninguneada a distro y siniestro. ¿Acaso no le ha ido bien a “La espada de fuego” vendiéndose como fantasía pura y dura? Con esta actitud sólo consigues no ser aceptado en el club en el que pretendes inscribirte (para rechifla de sus miembros) y, aun peor, ser mal visto en aquel del que has renegado. No es por menospreciar a los que sí lo consiguieron, pero me parece increíble que ni “Rihla” ni “El sueño de la razón” hayan cosechado una nominación a los premios Ignotus a mejor novela, cuando se trata de dos de los ejemplos más refinados de lo que puede ser la buena literatura fantástica (recalco aquí lo de “buena literatura”, aunque ya sabemos que los Ignotus están sujetos a multitud de condicionantes extraliterarios).

Por concluir con Minotauro, también la portada y la promoción han sido poco afortundas. En el primer caso por lo apagado y abigarrado de la misma. Quizás, si se hubieran decantado por un enfoque más fantástico, les hubiera ido mejor con alguna de las representaciones del infierno del propio Bosco (que veo más apropiadas que un detalle de “El jardín de las delicias”, que por su colorido tampoco hubiera estado mal). Respecto a la promoción, sólo tengo una palabra: “Gothika”. Si consigues vender eso, es que tu departamento comercial funciona… cuando te interesa ponerlo en marcha (otro ejemplo sangrante es la bazofia de “La historiadora”, un superéxito por decreto publicitario).

Editorial aparte, lo cierto es que otros libros lo han tenido más difícil para triunfar y lo han conseguido, así que me pregunto qué más hace falta. “El sueño de la razón”, por muy mal que haya sido llevada, ha conseguido al menos una distribución nacional en un sello de (menguante) prestigio, algo que está fuera del alcance de muchos otros autores. Aguilera subió en su momento un escalón, pero justo ahora (en España) se ha encontrado con otro que no consigue escalar ni a la de tres.

Con el tiempo he llegado a ver el mundo literario así, como una sucesión de escalones que separan autores en categorías. Lo grave es que no veo ninguna correlación entre el valor literario de la obra y la capacidad de ascender de “categoría”. Parece más bien que se trata de algo muy similar a un pelotazo. Sin saber por qué, por cuestiones completamente aleatorias, te encuentras de repente mirando desde arriba a tu situación anterior. Y no lo has conseguido con tu mejor trabajo (no necesariamente), sino con algo que habías sacado casi con vergüenza del baúl de los trastos. Es tan irracional que puede llegar a desesperar. ¿Cuál es entonces el auténtico valor comercial de la obra literaria? ¿Cuánto depende de lo dispuesto que esté un editor a apoyarla? ¿Cuánto de imponderables absolutos? ¿Es debido la superabundancia de títulos? ¿Por qué son tan comunes las historias del tipo de “lo rechazaron XX veces antes de que alguien se decidiera a publicarlo”? ¿Por qué existe tan poca capacidad de discriminación a nivel del público? (aquí la educación, cada vez peor, tiene mucho que ver).

Sin respuesta a estas preguntas (si la tienen), sólo queda desfallecer cada vez que te topas con basura de la peor calaña en la estantería de los destacados o con obras meritorias víctimas del sistema editorial actual. Y ya se sabe, el desfallecimiento lleva al odio, el odio lleva al lado oscuro, y el lado oscuro te lleva a dirigirte a la cámara en zoom y gritar: ¿POOORRRRRRRRRR QUEEEEEEEEEEEEÉ?

Otras opiniones:

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:


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~ por Sergio en marzo 1, 2008.

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