El soberano del imperio perdido

Todos tenemos libros especiales que nos han acompañado casi desde que recordamos leer. No sólo su contenido nos es grato, sino que incluso sentimos una especial afinidad por la edición particular que nos ha deparado tantas horas de gozo (a lo largo de varias relecturas, ¡faltaría más!). En mi caso, uno de éstos es “Aventuras de Allan Quatermain” de Sir Henry Rider Haggard (Editorial Legasa, colección Clásicos de Aventuras para el Círculo de Lectores, para más señas).

Curiosamente, no leí nada más de Haggard hasta muchos, muchos años después (incluyendo aquí “Las minas del rey Salomón”). Cuando un libro te apasiona, muchas veces sientes temor de concederle al autor otra oportunidad para que, hablando claro, la cague. Evidentemente, no fue el caso, aunque he de reconocer que (sin descartar que se deba a la edad y a una mayor experiencia lectora) no ha vuelto a atraparme como con la aventura crepuscular de un viejo y desencantado Allan, que descubre el más maravilloso de todos los imperios perdidos que pueblan la bibliografía de este escritor victoriano, convencido colonialista al tiempo que enamorado de África y sus pueblos.

Rider Haggard

Desde que redescubrí a Haggard al leer la extraordinaria aventura de “Las minas del rey Salomón” (a la que ninguna película hace justicia ni de lejos), me embarqué en la búsqueda del resto de títulos publicados en español (que son un pequeño porcentaje de los casi 80 títulos que componen su bibliografía). Evidentemente, los más disponibles son los pertenecientes a alguna de sus dos grandes sagas: la de Allan Quatermain (de la que, si no me equivoco, hay nueve libros publicados, un poco más de la mitad de los existentes) y la de Ella La-que-debe-ser-obedecida (los cuatro tomos que la componen). Cabe hacer especial mención entre éstos de lo que hoy llamaríamos un crossover, la novela “Ella y Allan”, donde situó frente a frente a sus dos grandes creaciones.

No quisiera desdeñar el resto de su producción, de la que tenemos buenas muestras editadas. Desde novela histórica ambientada en Egipto (“Cleopatra”, “La hija de Amón”), hasta otras aventuras africanas, como “La maldición de Chaka” (“Nada el Lirio”) o “El pueblo de la bruma”. Sin embargo, son dos los títulos que recomiendo especialmente entre estas narraciones independientes.

Eric Ojos Brillantes

El primero de ellos es “Eric Ojos Brillantes” (1891), una epopeya vikinga, precursora del género de espada y brujería, donde Haggard buscó presentar al público de su época las grandes sagas nórdicas, con una estructura más grata a los gustos imperantes. Cabe destacar el halo de fatalidad que atrapa a los protagonistas, así como al lector de la novela. No es infrecuente en su obra el adelantarnos las tragedias que sobrevendrán a los personajes, lo novedoso en este caso es que éstos son plenamente conscientes de su aciago futuro, y aun así siguen adelante, sin importarles tanto su destino como el eco que sus hazañas tendrán en el futuro. Parece mentira cómo una historia que te cuenta su final en el primer capítulo, y sigue adelantándote acontecimientos (luctuosos) cada tres por cuatro, puede resultar tan absorbente.

El segundo es “Cuando el mundo se estremeció” (1919), una narración de madurez, donde Haggard se muestra más introspectivo que nunca (al modo británico) y donde utiliza recursos de un nuevo género que se había ido configurando durante su vida y justo entonces empezaba a tomar su forma moderna: la ciencia ficción. Podéis encontrar un análisis más detallado de esta obra en este artículo publicado en Scifiworld.

~ por Sergio en febrero 22, 2008.

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