La Bilis y el Castillo

He aquí una entrada que llava rondando varios días (semanas incluso), pero que nunca llegaba a materializarse, porque no es el tipo de comentario que deba vomitarse en caliente (irónicamente, es entonces cuando de verdad te entran las ganas).

¿Nunca os habéis preguntado por qué está tan extendida la imagen del escritor de éxito hijoputa, pasado de vueltas y con una mala leche que para sí la quisiera la benemérita? (también está el otro fenotipo, el del niñato que pegó un pelotazo de joven y desde entonces vive de las rentas, paseando su muy creída inutilidad por cualquier foro de culturetas que esté dispuesto a aguantarle… pero eso es otra historia; más o menos). Bien, volvamos, al tema: mala leche.

La carrera del escritor primerizo está cuajada de circunstancias que parecen diseñadas para hacerle hervir la bilis (la amarilla y la negra, por ese orden). Sólo intentar colocar un cuento, no digamos ya una novela, de forma profesional constituye un ejercicio de masoquismo irredento. Allá está el Castillo Resplandeciente que guarda la única vía hacia el Público. En sus ventanas se ven escritores de todo tipo y condición (algunos claramente disléxicos) solazándose en las mieles del triunfo; bueno, eso parece desde fuera, en realidad la mayor parte está dándose de tortas para no ser expulsado, pero comparado con lo que sucede en las tierras baldías del exterior incluso eso asemeja una animado jolgorio. Y acullá está el escritor novel, tratando de acercarse al Castillo, braceando entre una muchedumbre de aspirantes como él (sólo que la inmensa mayoría son poco más que cadávares ambulantes que lo único que consiguen producir es mal olor). El gentío se agita, se retuerce, se mueve en corrientes indescifrables, de modo que el escritorzuelo tan pronto ve los muros del Castillo cerca como en la lejanía, sin encontrar mucha correlación entre sus esfuerzos y la dinámica de sus movimientos. Entonces ve abrirse un fugaz sendero y se lanza por él, poniendo hasta el último gramo de fuerza y voluntad en avanzar por el suelo enlodado, pero sólo consigue tropezarse con el Muro.

El Muro es alto, liso, frío, impenetrable. Se extiende de confín a confín, uniformemente hermético. El ¿héroe? de nuestra historia creía que podría hablar con los señores del Castillo y hacer valer sus aptitudes, pero éstos se encuentran demasiado ocupados, ya tienen muchos vasallos y al Público le gusta aquello a lo que están acostumbrados. De vez en cuando hay que reemplazar algún caballero caído en combate, pero hay mucho donde elegir del lado de dentro del Muro.

Ante esto, el juntaletras empieza a buscar un acceso. Ahora está en un territorio un poco menos convulso. Ve llegar las grandes mareas y, si se agarra con fuerza a algún saliente, puede evitar verse arrastrado lejos del Castillo (muchos son los que acaban dejándose llevar por pura apatía). Durante su periplo se encuentra con muchos otros como él, e intercambia con ellos miradas de simpatía (y también un poco de recelo). Hay otros que, habiendo encontrado una raíz firme o un asidero en el Muro, se han instalado confortablemente y no aspiran a más. El manchafolios los comprende (un poco, pues su objetivo es salvar el Muro), pero también le molesta que para esquivarlos tenga que exponerse a las fuerzas de marea.

Por fin localiza alguna que otra portezuela de entrada. En todas ellas hay porteros, saturados de trabajo. Se asoma por el hueco y atisba el espacio que lleva hasta el Castillo. En vez de ser una llanura bien construida y cómoda, hay un inmeso Laberinto de setos. Llega incluso a vislumbrar a ancianos que tal vez entraron en él cuando eran jóvenes. Entonces la puerta se cierra y debe buscar la forma de que se vuelva a abrir para él.

Muchos de los porteros son honrados; pueden tener gustos más o menos peculiares y preferencias, como todos, pero en esencia hacen lo que pueden, e incluso casi se obligan a más de lo que pueden abarcar. El problema es que son pocos y las entradas muy estrechas. Otros recurren al soborno. Por esas puertas es más fácil entrar, pero los Laberintos que se perciben detrás de ellas son más cerrados, agrestes, descuidados; por ellos deambulan también una buena cantidad de zombis y sus accesos al Castillo se vigilan con desconfianza. Encima del Muro también se construyen unos artefactos que se llaman Premios, algunos, más grandes, se asientan incluso en el Castillo. Por un tiempo, el chupatintas piensa que pueden ser una forma de salvar el muro, pero acaba desengañándose. Algunos están obviamente amañados, otros actúan con tal aleatoriedad que tratar de predecir su funcionamiento es tarea baldía (en más de una ocasión ve que la elección recae en un aspirante putrefacto, para asombro de propios y extraños) y aun otros, cuando están transportando a alguien por encima del muro, pierden presa y lo estrellan contra el suelo. No, no compensa. Aunque a veces funcionen como se les supone, son un poco como la lotería, aunque haya a quienes les toque el Gordo, la mayoría se queda sin su dinero. Lo más que generan, como toda la situación anteriormente descrita, es Bilis.

Primero bilis amarilla, colérica, el mealetras alza el puño y desprotica contra el Muro (como si sirviera de algo) o contra el Castillo (como si le importara), y lo único que consigue es que le miren mal quienes están junto a él. A lo mejor hace alguna tontería, como darse de cabezazos contra las piedras o escribir un texto inflamatorio, pero por fortuna llega pronto la bilis negra, la melancólica, para sacarlo de ese estado y postrarlo en la apatía más absoluta. Entonces es cuando empieza a olisquearse con disimulo, para ver si es que apesta y no se había dado cuenta. Lo jodido del asunto es que tiene el olfato tan saturado y la mente tan nublada por la Bilis que ya no sabe si hiede o huele a rosas, y cuando esto ocurre los demás se dan cuenta. ¿Quién confiará en alguien que no confía en sí mismo? Así que hay que expulsar los malos humores, levantarse y probar de nuevo. Algún día salvará el Muro… o eso espera.

Por supuesto, es imposible deshacerse de toda la Bilis. En cada ocasión permanece un remanente en el interior del trolero; y los remanentes se van sumando, gota a gota. De modo que no es de extrañar que si consigue salvar el Muro, atravesar el Laberinto y ser admitido en el Castillo lleve aún muy adentro un poso de cólera y melancolía, que estalla cada vez, por ejemplo, que se tropieza dentro de los salones del Castillo con un individuo tan apestoso que ya desde el exterior se veía putrefacto, y se pregunta cómo cojones ha podido colarse. Supongo que será posible, a base de terapia intensiva y meditación zen, purgar el organismo de Bilis, pero ¿para qué querría hacer eso alguien que ya haya conquistado el éxito? Cuando realmente sería útil hacerlo sería a las puertas del Muro o en el Laberinto, pero como es ahí donde se genera el depósito la tarea no es baladí.

Todo esto es lo común, pero si tu temperamento ya es de por sí Colérico y Melancólico… apaga y vámonos. Habrá que aprender a convivir con la Bilis, y rezar por que los depósitos aguanten un poco más.

Nos vemos en el Castillo… quizás.

~ por Sergio en enero 17, 2008.

6 comentarios to “La Bilis y el Castillo”

  1. A mí el Castillo y los que están dentro cada día me hacen más gracia y me dan más pena, pequeños y patéticos recoge-alabanzas y abrazafarolas sin dignidad en casi todos los casos.
    Yo abriría un OpenCor cerca del muro, que seguro que es más honrado y no hace que seas un ser detestable.

  2. Ya, pero no existen opencores. La única manera de llegar al público hoy en día (de forma realista, que las alternativas New Age están muy bien pero no dan para dedicarse en serio) pasa por el entramado comercial existente.

    Ah, y los que mencionas no están en el Castillo, todo lo más en el Laberinto. Dentro del Castillo quienes sí están son Umberto Eco, Chuck Palaniuk, Breat Easton Ellis, Haruki Murakami… junto con ralea como Dan Brown o Christopher Paolini; por mencionar sólo a quienes ocupan las mejores salas.

  3. Joder, se me han quitado las ganas de escribir durante por lo menos dos días… Por lo menos no olvidemos que el simple hecho de escribir es divertido y que ahí no hay castillos ni nada.

  4. Pues precisamente: se te quitan las ganas de escribir durante un tiempo… hasta que no tienes más remedio que volver a fustigarte al más puro estilo sado-maso.

    Quizás es que ya he pasado la fase en que me bastaba con escribir para mí. Como garrapatea Baudolino en su lengua romance improvisada: “basta saber leer ke aprendes esso ke non sauías todavia demientras si eschrives escrives solo aquello ke sabes hya”.

    Quizás es que aspiro a proyectos que sólo veo abordables bajo otras condiciones.

  5. Pues hazte a la idea, Sergio, porque esas son las condiciones, y no van a cambiar por mucho que te esfuerces. O conviértete en un Quijote y sigue peleando con molinos de viento que te machacarán y agrandarán tu locura.
    Es duro, pero es así. No puedes rasgarte las vestiduras y hundirte cada vez que ves/lees/escuchas algo que no satisface tus expectativas. No es sano y acabarás volviéndote un cascarrabias enfrentado a todo y a todos.
    La opción es volverte una puta, ya sabes a qué me refiero. O olvidarte y dirigir tus miras a otros castillos, que los hay.

  6. Me temo que no tengo muchas alternativas: o se rinde el castillo o acabaré (ya estoy ahí) como un cabrón amargado. Lo que cada vez tengo más claro es que tengo que cambiar radicalmente el enfoque.

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