Intelecto registrado

Lo que más mola del concepto es el nombre: “Propiedad Intelectual”. Es polisilábico, rotundo, aliterante, directo, evocador; sería, en suma, el título perfecto para una novela si no estuviera ya empleado. Lo cachondo del tema es que algo tan rimbombante como la “propiedad intelectual” es algo inalienable y que detenta el autor de forma automática en el mismo instante en que crea la obra sujeta a “apropiación”. Vamos, que el mero hecho de escribir algo nos convierte en padres intelectuales del engendro, hasta el punto que los derechos morales que detentamos sobre el mismo son intrasferibles (luego están los económicos, pero ése es otro cantar).

Sin embargo, en este mundo capitalista (al que todos nos gustaría acceder desde su vertiente literaria; para qué negarlo) surge la necesidad de dejar constancia de la paternidad, para el hipotético caso de que alguien consiguiera a nuestra costa lo que nosotros nos esforzamos por lograr: sacar rendimiento a nuestros escritos (y por “rendimiento” no cabe intrerpretar sólo monetario). Ahí entra en escena el registro de la propiedad intelectual. Quizás hayáis oído hablar de él, y hasta es posible que se os haya pasado por la cabeza registrar vuestras obras (la verdad, resulta una experiencia que, aunque relativamente onerosa para el bolsillo, place al ego como pocas).

Ante todo, hay que romper una lanza en favor de la gente que de forma profesional, semiprofesional o incluso amateur trabaja en esa cosa de la edición. El 99% o más de todos los que puedes encontrarte son honrados como el que más y tu obra está tan a salvo en sus manos como en las tuyas propias… pero siempre queda ese 1% restante. Así pues, no es de extrañar que una de las recomendaciones que se hacen antes de empezar a mover un escrito sea el que se registre. Hay que tener en cuenta dos cositas: la relación coste/beneficio (que resultaba bastante ridícula para obras individuales de corta extensión) y que el riesgo de tropezarte con el reverso oscuro de la literatura (ese 1%) aumenta de forma exponencial con la difusión que se alcance (de forma previa a la primera publicación “oficial”). Por tanto, quizás te resulte interesante, si prevés que va a moverse mucho el original o le tienes un cariño especial, plantearte la opción de registrarlo en el organismo correspondiente (para entrar en detalles, acudiremos al caso español; cada país tiene su propia agencia encargada).

En esencia, el registro no es más que un “almacen” donde se guardan de forma oficial, con fecha de entrada, aquello que deseas proteger (no sólo textos, también fotografías, música, programas de ordenador…). Si surge algún contencioso al respecto de su paternidad, remitirte a esta “copia de seguridad” que te identifica como autor. Así pues, te facilita la labor de demostrar que lo tuyo es tuyo.

En España, el Registro de la Propiedad Intelectual depende del Ministerio de Cultura y posee su propio apartado en su página web. Y siendo más específicos, aquí está la página dedicada al registro propiamente dicho. La verdad es que podrían explicar mejor un par de cosas, pero para eso estamos nosotros, para subsanar el problema.

Conviene acudir a la oficina de registro más cercana para informarte y para conseguir la documentación necesaria. En la página web vienen formularios para imprimir, pero mucho mejor hacerlo con los ya preparados, con código de colores y todo (son tres copias por cada uno: el que te quedas como comprobante de la solicitud de registro, el que se adjunta al ejemplar y el que se archiva en la oficina). También puede haber diferencias en cuanto a tasas y formularios en todas aquellas comunidades autónomas que posean su propio registro territorial (en la Comunidad Valenciana, por ejemplo, te ahorras más de un euro respecto a las tasas oficiales).

¿Cómo presentar la obra? Impresa y encuadernada (con gusanillo ya vale), con numeración en todas las páginas, el título y el autor en la primera página y firmadas las diez primeras y diez últimas hojas (en realidad, bastaría con la primera y la última, pero así se cubren las espaldas por si se producen desperfectos). Se pueden presentar varios cuentos en un único volumen, con un título genérico (lo cual es una buena forma de ir registrando relatos o novelas cortas sin tener que acudir por un puñado de páginas, que cuestan tanto como un tomo de doscientas).

El coste, incluyendo encuadernación, se queda en unos trece o catorce euros por obra, lo cual lo hace muy competitivo con respecto a esos otros procedimientos “alternativos” que se suelen aconsejar (como autoenviarte el texto por correo certificado y no abrir el sobre). Y por el mismo precio consigues ese maravilloso subidón de ego que te da registrar la producción de tu intelecto… y después tienes la obligación moral de hacer que esos euros valgan la pena sacando rendimiento al susodicho. ¡Todo son ventajas!

~ por Sergio en octubre 11, 2007.

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