No está mal… para ser española

Vaya frasecita, ¿eh? ¿A que la habéis oído (e incluso pronunciado) más de una vez?

En principio esta entrada, con otro título, iba a referirse al cine español, haciéndose eco del estudio ése según el cual más de la mitad de los españoles consideran que el cine patrio es mediocre (veánse al respecto esta y esta entrada). Sin embargo, pensando, pensando (lo cual debe ser muy malo) la cuestión fue derivando, y siguiendo el camino marcado por la sentencia del título acabó en una reflexión en torno a lo que de verdad nos importa en Rescepto, que es la literatura, y en particular la literatura fantástica autóctona.

La verdad es que eso de que “no está mal para ser española” también se aplica con total desparpajo a las obras que llegan a nuestras manos firmadas por tipos con apellidos un tanto más cercanos que los Asimov, Vance, Powers o King. Basta con consultar unas pocas críticas y seguro que aparece en una variante u otra (es decir, más o menos camuflado con circunloquios, o incluso transformada en acotación para alguna alabanza). Aquí cabría decir eso (que también se emplea con el cine) de: ¿Acaso una novela no es una novela? ¿Acaso nuestros euros no valen lo mismo cuando los gastamos en el mamotreco de Pepito o en el de Johnny? En resumidas cuentas: ¿Es legítimo emplear en una valoración cualitativa pura una variable tan poco relacionada con ella como la procedencia del autor?

En primera instancia la respuesta debe ser: no, claro. Una novela o es buena o es mala, no depende del color del regionalismo con que se mire (en principio, debería ser igual de incongruente que frases como: “no está mal para haberla escrito un hombre” o “no está mal para haberla escrito un retaco”). Vamos, es de cajón. La literatura es una “simple” cuestión de expresar ideas a través del lenguaje escrito, y mientras no se demuestre una diferencia en cuanto a capacidad intelectual dependiendo del lado de una frontera en que hayamos nacido, no ha lugar a defender discriminación positiva de ningún tipo. Más claro, agua… ¿O no?

La verdad es que habría una condición previa que no se cumple para aceptar la proposición anterior como axioma: la igualdad de oportunidades.

Por termino medio, cualquier autor extranjero (asimilémoslo para este análisis, y a efectos de síntesis, como “no hispanohablante”) que logra que su obra se publique en España lo consigue en unas condiciones mucho mejores que los que producen en la lengua de Cervantes (o en cualquier otra de las lenguas cooficiales). Sus tiradas son más importantes, su distribución mejor y la capacidad promocional de sus editoriales también destaca sobre los medios limitados de las editoriales que suelen apostar por el producto autóctono (e incluso en éstas, suele darse un claro sesgo). ¡Hey, esto es un negocio! Como sólo se publican obras extranjeras que ya han probado su validez comercial, el riesgo que asume el editor es menor (o, en su defecto, puede permitirse subir las apuestas). En estos casos, España es un mercado secundario, situado tras un filtro que elimina lo no rentable (¡ojo, no lo malo!). Sin embargo, el autor hispano es una incógnita, así que…

El resultado salta a la vista. Basta con echar un vistazo a las colecciones con mayor tirada para constatar el enorme desequilibrio existente según seas Pepito o Johnny. Para conseguir un lanzamiento decente, Pepito ha tenido que bregarse durante años en el circuito de las revistas o los premios (que actualmente está en franca recesión… pero eso ya lo tratamos en una entrada anterior), ha tenido, en suma, que conquistar con esfuerzo un mercado primario. Hoy en día estos autores se cuentan con los dedos de mano y media (siendo generoso), y ni siquiera ellos se acercan a las cifras y la consistencia (comercial) de los foráneos, no ya de primera fila, sino incluso de segunda.

Vale, todo esto no tiene nada que ver con la calidad intrínseca de la obra. Sin embargo… ¿Es justo enfrentar en pie de igualdad obras cuya génesis es tan diferente? El autor hispanohablante tipo no puede ni soñar con sacar rentabilidad a esto de escribir, así que para él la literatura es una actividad secundaria (en cuanto a recursos empleados). Mientras el mercado esté como está, no hay que sorprenderse si el olmo en vez de peras produce de vez en cuando melocotones.

Lo que ya no tengo tan claro es si eso justifica lo de “no está mal para ser español”, o si sólo sirve de excusa para tratar de justificar (en su caso) la mediocridad.

Es un tema complejo. ¿Podemos exigirles a las editoriales más redaños y que apuesten de forma más decidida por lo autóctono? La verdad es que es su dinero y son ellas las que lo arriesgan. De todas formas, llama la atención que sean las más pequeñas y, en principio, vulnerables, las que apuestan más decididamente por asumir riesgos, aunque sea dentro de las limitaciones que dicta la prudencia. ¿O son los autores los que no se atreven a ofrecerse? (En serio, no tengo ni idea, me encantaría contar con datos). Lógicamente, por simple volumen, siempre habrá más obras “buenas” procedentes de fuera que originadas en el terruño, pero me da que existe cierto prejuicio y que para ser tratada en pie de igualdad una novela española tiene que ser mucho mejor que otra extranjera.

Otra cuestión es saber dónde se origina ese prejuicio. Si en los editores o directamente en el público lector (que a través de las cifras de ventas se lo transmite a los editores).

Cuadrando el círculo, si somos nosotros los culpables de la falta de reconocimiento del autor hispanohablante, que a su vez redunda en su desventaja de partida (la profesionalización tiene sus ventajas, sobre todo a nivel creativo), ¿con qué derecho vamos después juzgando el que una novela no esté mal para ser española?

Y cerrando el círculo cuadrado, diría que con el derecho del lector y del inversor.

Una entrada larga que no concluye en nada. Quizás porque no haya nada en que concluir. Es una situación compleja, que se retroalimenta a varios niveles, y que si tiene (o necesita) una solución, ésta debe partir de la coordinación de esfuerzos por parte de autores, editores y lectores… siempre y cuando nos interese de verdad nuestro pequeño mercado primario y entendamos que puede necesitar de unos cuidados especiales, por la simple razón de que sus condiciones iniciales son diferentes.

Y si no da igual. Siempre tendremos mercado secundario de sobra para satisfacer nuestras necesidades. Los únicos que se joderían serían los autores.

~ por Sergio en junio 29, 2007.

2 comentarios to “No está mal… para ser española”

  1. Se puede cambiar la frase por “No está mal, para no ganarse la vida con ello”. Pero Cervantes no se ganaba la vida escribiendo tampoco, así que no es que sea nuevo.

  2. Hombre, sí, pero Mozart compuso su primera pieza musical a los cinco años y no creo que haya que medir a los músicos por ese rasero… De todas formas, creo que el prejuicio es mayor. Hace poco he leído dos novelas muy parecidas: “Forastero en cuerpo extraño” de Fermín Moreno y “Trueque mental” de Robert Sheckley. De ambas, sinceramente, creo que la primera es mejor (quizás la prosa de Sheckley sea algo más refinada, pero a mitad novela pierde por completo el sentido). ¿A que no adivinas cuál tuvo una distribución mayor?

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