El futuro ya no es lo que era

Así, como reza el título de esta entrada, podría resumirse la idea que se me ha ocurrido tras terminar de leerme “Leyes de mercado” de Richard Morgan. Aunque la verdad es que ya era un pensamiento que arrastraba desde que me leí las dos primeras entregas de los mendigos de Nancy Kress.

Tomemos el caso de la novela de Morgan. Está “ambientada” en algún momento futuro, en torno al año 2050, pero si nos atenemos al desarrollo tecnológico, bien podría acontecer dentro de cinco años… u hoy mismo. ¿Cuarenta y pico años y no se aprecian más que avances cosméticos? Que sí, que la novela se centra en su descripción de la evolución de la dinámica empresarial (en plan Mad Max) y en “extrapolar” el mangoneo de las empresas en los conflictos armados (como si hoy en día no estuviéramos ya allí), pero queda bastante raro que, recesión y todo, nos encontremos con un futuro que no nos chocaría demasiado (alguna que otra cuestión de estratificación social podría ser lo más difícil de tragar, pero nada importante).

Leyes de mercado

Algo parecido se podría decir del mundo del año 2050 (o incluso más) de Kress (aunque luego se le va la olla con su sociedad insostenible de auxiliares y vividores). Son futuros anodinos que ni se molestan en apuntar hacia dónde podría estar evolucionando nuestro mundo cotidiano. Ese ansia, esa curiosidad parece estar desapareciendo. La novela puede estar ambientada en el futuro, pero eso no tiene por qué implicar que trate sobre él, sino que, ya sin tapujos, no es más que un reflejo de nuestras vidas y nuestros problemas actuales (algo que, por otra parte, siempre ha sido una característica propia de la ciencia ficción).

¿Qué ha pasado con el asombro por el mañana? ¿Se nos ha atrofiado la capacidad de maravilla tecnológica o es más bien que estamos saturados de ella? ¿Tal vez asustados? El futuro cambia tan rápido que no sería extraño que una extrapolación o un invento quedara obsoletos en el plazo que va de la escritura a la edición definitiva y la puesta a disposición del público. Porque claro, lo único que podemos tratar de extrapolar, con un mínimo de confianza, es la evolución más cercana, porque lo que parece depararnos la ciencia en unas pocas décadas podría ser tan impensable a día de hoy que no vale la pena ni plantearse una ambientación realista a más de un siglo vista.

Tal vez estemos agobiados por los excesos del cyberpunk y sus descendientes (esos Gibson, Stephenson, Sterling, Brin, Egan…). Tal vez sea la ciencia, con sus sorpresas y decepciones, lo que ya no es lo que era. Tal vez esté sacando conclusiones precipitadas en base a una muestra muy pequeña. Pero cuando pienso en el mañana no lo veo estancado tecnológicamente en un período de entresiglos eterno (o peor, en retroceso en todas las áreas salvo, con suerte, en un par muy concretas). ¿Qué ha perdido la ciencia? ¿La capacidad de despertar asombro o anticipación? ¿O es que tal vez se ha alejado por fin tanto de la sociedad que ya se percibe como un ente abstracto y ajeno?

Y dejándome de desvaríos, decir que, pese a todo, “Leyes de mercado” es una novela interesante y muy dinámica. Pienso, eso sí, que es bastante menos incisiva y profunda de lo que pretende venderse a sí misma, pero como apela directamente a nuestras motivaciones más primarias no puede fallar. A nivel de ideas (ya se sabe, la cifi es una literatura y de ideas y bla-bla), no hay bastantes en mi opinión para pasar de un relato largo (quizás incluso una novela corta), pero lo “suple” con un trama clásica de ascenso al poder, corruptelas y violencia. Ahí es, desde luego, donde reside su punto fuerte. Para disfrutar si no te tomas la premisa demasiado en serio y si no te molesta la violencia explícita (no gratuita, ya que es el motor de la trama y, en un sentido amplio, de la sociedad dibujada por el autor).

~ por Sergio en junio 3, 2007.

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