Zodiac: Crónica de un fracaso anunciado

Pues sí, lamentándolo mucho, la película sobre la que tratará esta entrada va a ser un fracaso comercial (en realidad, ya lo ha sido en EE.UU.). No se puede ir tan a contracorriente y esperar que el público te siga sin más. El cine tiene unas reglas y unas estructuras narrativas, consolidadas durante más de un siglo de experiencia. Si te ciñes a ellas puedes colar casi cualquier cosa, pero si te las saltas entras en territorio inexplorado, y ahí te la juegas.

David Fincher se la ha jugado, y ha acertado de pleno… pero “Zodiac” va a fracasar en taquilla de todos modos.

Vaya por delante que para quien esto escribe Fincher no es santo de particular devoción (de “La habitación del pánico” sólo se salvan los espectaculares títulos de crédito, la compleja trama de “The game” es más falsa que un billete de tres euros y “Alien 3” fue el principio del fin para la franquicia; sí, “Seven” mola y no, no he visto “Fight club”). Gusta demasiado de truquitos visuales que sólo están al servicio de ellos mismos y no de la película, o gustaba, porque “Zodiac” es de lo más contenida en ese aspecto (siguen ahí, como en una de las secuencias iniciales, cuando la cámara sigue, atraída como por un imán, la primera carta del asesino mientras es entregada en las oficinas del San Francisco Chronicle, pero no interfieren en la narración, sino que la potencian). Sin embargo, hay que decir desde ya que con esta película ha creado algo muy especial. Puedes ver este año cincuenta películas y ninguna será como “Zodiac”, y eso es una oportunidad que no puedes dejar escapar sin más.

Sin embargo, al mismo tiempo, hay que reconocer que es una propuesta desafiante. La película, en pocas palabras, son 160 minutos de dar vueltas en torno a un misterio que no acaba resolviéndose de forma satisfactoria. No nos ahorra (bueno sí, lo hace, pero lo disimula mucho) pistas falsas, frustraciones, investigaciones que no conducen a ningún lado, trabajo policial rutinario, caos interdepartamental, arcos argumentales truncados y realismo, mucho realismo. El guión es modélico en ofrecernos todo esto, durante tres décadas (aunque la acción principal se agrupa en unos pocos años a finales de los sesenta y luego de los setenta), pero a costa de mucho de lo que hemos aprendido a esperar cuando vamos al cine. No hay ningún personaje sobresaliente (Modo digresión On: el que más cerca está de ello es Robert Graysmith, el dibujante del Chronical que posteriormente escribiría el libro en que se basa parcialmente la película, interpretado por el más que interesante Jake Gyllenhaal, que no tiene la culpa de que el departamento de maquillaje no sepa hacerle envejecer un solo año en toda la película: Modo digresión Off), no hay acción (aparte de unos muy contenidos crímenes), no hay una clara evolución de la historia y hay mucho, pero que mucho diálogo, con infinidad de datos, todos ellos relevantes (y, al mismo tiempo, irrelevantes).

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Una metáfora perfecta: hitos concretos surgiendo de la niebla

“Zodiac” funciona a dos niveles. Por un lado, tenemos la presentación del misterio y de las piezas que componen el puzzle que es Zodiac (el asesino). El problema es que, siguiendo con la metáfora, no recibimos las piezas en orden, no sabemos cómo encajarlas y es más que probable que nos estén colando fragmentos de otro rompecabezas. La secuencia temporal es fundamental. Las principales líneas de investigación llegan a vías muertas y se reabren a medida que van cayendo nuevas pistas, desenterradas por cualquiera de los implicados en el caso (tanto policías como periodistas, o incluso investigadores amateurs). Todo ello a un ritmo frenético (si hace falta, saltamos siete años y medio y a la marcha), poniendo a prueba nuestra capacidad de atención y nuestra habilidad para ir encajando lo que nos están suministrando.

El segundo nivel es el de los personajes. Todos en mayor o menor medida quedan atrapados por la profundidad del misterio y a menudo (nos quieren hacer creer) son destruidos por él (el truco reside en que la película sólo nos enseña sus vidas en relación al caso, cuando es evidente que el resto de sus experiencias también tendrán un poco que ver en sus destinos). El mismo Fincher afirmó en una entrevista que le interesaba explorar la obsesión, y la de Graysmith es la que más se acerca al tipo de vivencia que suele dar pie a una película.

Por último, cabe resaltar los aspectos técnicos, con una labor impresionante en el departamente fotográfico (máxime teniendo en cuenta que se ha rodado integramente con cámaras digitales). El único calificativo que se me ocurre que hace justicia a las imágenes de la película es el de “real”. Casi se palpa la “realidad” de cada escena y cada encuadre. La música incidental de David Shire también ayuda lo suyo a marcar el tono de la película.

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Horrible portada del libro de Graysmith

Lo más importante, sin embargo, es que se nota que nos encontramos ante un producto diferente. Generalmente se asume que las películas “basadas en” van a tomarse ciertas libertades artísticas; a veces porque sí, y otras porque el énfasis se encuentra en utilizar la historia como vehículo de un mensaje (algo que no tiene por qué ser malo per se, ahí está la extraordinaría “Munich” de Spielberg). Pocas veces, sin embargo (y menos desde que hasta las pelis intrascendentes de superhéroes deben revelarnos el secreto del acero), nos encontramos con una película que sólo quiere contar una historia, y contarla con tanta exactitud como sea posible, tomando partido a veces por una u otra interpretación y dejando las cosas en el aire si no es posible decantarse por ninguna opción. Al final de los títulos de crédito me llamó la atención la sección de agradecimientos, que suele reservarse para hacer la pelota a las localizaciones donde has rodado  y mencionar al que te suministraba la bebida, los bocatas o los cuatrocientos papagayos que necesitabas para una toma. En “Zodiac” los agradecimientos cubren desde (aparentemente) todos los policias que trabajaron en el caso, hasta las víctimas supervivientes, pasando por los alcaldes de los municipios implicados y responsables de diversos organismos oficiales. En efecto, resulta que Fincher y su guionista, se dedicaron a corroborar todos los datos de nuevo e incluso a intentar desenterrar nueva evidencia. Nada de seguir a rajatabla el libro de Graysmith (el auténtico) y utilizarlo como si sus palabras fueran sagradas. Los datos son los reyes de la función, y son interesantos por sí mismos, incluso cuando al final nos dejan un poco en el aire.

(CUIDADÍN, El PÁRRAFO QUE SIGUE CONTIENE PEQUEÑOS SPOILERS) 

En este sentido, es quizás una pena que Fincher acabe decantándose por un sospechoso en particular. El que al final del largometraje prácticamente nos lo señale como el culpable plantea la duda de hasta qué punto los datos que nos presenta están sesgados para que estemos de acuerdo con él. Sobre todo teniendo en cuenta unos análisis de ADN, realizados en el 2002, que se “olvida” mencionar en sus conclusiones (ojo, que esto sí que es spoiler total, pinchar sólo si se ha visto la película). Vamos, que debía haber sido valiente hasta el extremo, y si el misterio no tiene solución, pues mala suerte.

En fin, volviendo al título de la entrada, que tengo claro que la película va a fracasar en taquilla. Quizá, como indica su director, no está siendo publicitada correctamente (no es un slasher, y está en las antípodas de “Seven”), pero me parece más bien que es una propuesta narrativa demasiado radical. Pese a un planteamiento que intuyo tramposillo y a que intenta colarnos más de una, es lo más parecido a una investigación real que pueda verse en la gran pantalla. Aprovechad mientras dure en cartel.

~ por Sergio en mayo 20, 2007.

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