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ZigZag es ciencia ficción, pero de la mala

Jose Carlos Somoza es uno de los escritores españoles contemporáneos más exitosos. Sus thrillers, con sustratos que van de lo histórico a lo terrorrífico, encajan a la perfección en el molde creado por el típico best-seller norteamericano: un concepto potente, una serie de personajes bien delineados que asumen los papeles de héroes, villanos y misterios (con un par de vicios pequeños los primeros y virtudes los segundos, por eso de hacerlos “complejos”), algo que enseñar para que el lector piense que está aprendido mientras lee y mucho ritmo (en el caso de Somoza, por lo que llevo leído, también deberíamos añadir algo de sexo). Todo muy superficial, agilidad ante todo. El objetivo es entretener al lector, y es, desde luego, un objetivo muy loable.

No sugiero que todo lo anterior sea negativo. Disfruté bastante de “La dama número 13″ y algunas otras novelas de Somoza despiertan mi interés (para ser precisos, “La caverna de las ideas” y “La llave del abismo”). Tan sólo describo por encima (y con grandes generalidades) el estilo que le ha llevado a ser un escritor de éxito.

Sin embargo, “ZigZag” supone un caso aparte. “ZigZag” me ha parecido una estafa, con toda seguridad involuntaria, pero no por ello menos decepcionante. Lo siento mucho, pero la ciencia ficción no es el fuerte de Somoza. Mejor que se dedique a explorar otros territorios que le sean más familiares y se deje de experimentos, o al menos que se plantee otro enfoque radicalmente distinto, porque con obras como ésta no sólo parece limitado a la mala ciencia ficción, sino también a la mala literatura (el bajón de calidad con respecto a “La dama número 13″ es abismal).

A grosso modo, “ZigZag” nos cuenta las desastrosas consecuencias de un experimento científico que, pretendiendo echar un vistazo al pasado, desencadena un horror indescriptible que se ceba en los investigadores supervivientes durante años. Nada excesivamente novedoso, salvo que Somoza decidió darle mayor verosimilitud (y, sobre todo, mayor vigencia) echando en el puchero vagas nociones sobre teoría de cuerdas, y ahí es donde todo empieza a torcerse.

Podría argumentarse que jamás intentó escribir un relato de cifi hard, sino sólo un thecno-thriller al uso, pero entonces, ¿a qué viene tanta prolijidad en los detalles? Hay que saber a qué se juega y, sobre todo, hay que ser honrado con el lector. Si te embarcas en explicaciones tienen que ser rigurosas (o al menos plausibles). No era necesario; podía haberse limitado a invocar la arcana teoría como fundamento de los experimentos y pasar de ahondar en posibles mecanismos. Pero no, decidió darse el gusto de explicar… y demuestra no haber pillado una. 

ZigZag, Somoza

Somoza no sabe lo que es una cuerda (en física teórica). Según “ZigZag”, las cuerdas son filamentos larguísimos (tan largos como para adentrarse millones de años en el pasado), que al aplicarles cierta cantidad de energía pueden desplegarse en sus 11 dimensiones mostrándonos el pasado (lo lejos que lleguemos dependerá de la energía suministrada). ¡Venga ya! Una cuerda es una partícula unidimensional (sólo posee longitud), que se extiende como mucho hasta la longitud de Planck (aproximadamente 1,6 x 10e-35 m), y que vibra en un espacio de 11 dimensiones (de acuerdo con ciertas formulaciones; 10 espaciales y una temporal) según varios patrones que conforman todo cuanto existe en el universo (serían el constituyente básico de todo). Ese espacio de 11 dimensiones sería el nuestro. De las espaciales, 7 serían tan diminutas (y enrolladas sobre sí mismas) que sólo podemos percibir las otras tres, que configuran nuestro universo en apariencia tridimensional (o, alternativamente, podemos encontrarnos limitados a una brana tridimensional, más el tiempo, en un espacio multidimensional superior, con determinado tipo de cuerdas constreñidas a la brana y otras, como los gravitones, libres). A partir de ahí, todo se vuelve enloquecedoramente contraintuitivo (sí, aún más). Las matemáticas de la teoría de cuerdas han llegado más lejos que ningún otro constructo teórico para conseguir explicar el universo (dentro de ellas tienen cabida tanto los fotones como los gravitones o los fermiones), pero todavía carecen de demostración experimental. Todo esto (que no representa sino la superficie de la teoría) me ha costado apenas unas horitas de dedicación (con mi curiosidad espoleada por el documental “The elegant universe”, producido por el físico Brian Greene; hay versión doblada, pero podéis acceder gratuitamente a la inglesa, sin subtítulos en la siguiente página). Así que me resulta sorprendente la bibliografía presentada por Somoza al final de su libro y su afirmación de que se documentó a fondo. Parece ser que sólo le importaba hacerse con la terminología, porque en caso contrario no se explica que desde el mismísimo inicio, todo esté mal (mejor ni hablo de los científicos consultados… porque en entrevistas posteriores aclara que no les preguntó nada de ciencia, sino que sólo le sirvieron como “modelos”; no es ésa, sin embargo, la impresión que ofrece la lectura de los agradecimientos de la novela).

¿Por qué me molesta? Bueno, viene a ser algo así como lo comentado en la entrada anterior sobre “Sunshine”. Supone un mal uso de la ciencia. Uno, además, innecesario. Podría haber tomado la “ruta Asimov”, si algo no puedes explicarlo, dale un nombre bonito y abstente de entrar en detalles (de ahí los “cerebros positrónicos”). En realidad, las explicaciones pseudocientíficas no aportan nada a la novela, salvo quizás proporcionarle una pátina de autoridad o, en otras palabras, engañar al lector para hacerle creer que se le está proporcionando información rigurosa. En mi opinión, existe un límite que la licencia creativa no debe superar, y “ZigZag” lo hace de largo. Se me ponen los pelos de punta cuando leo comentarios en internet del tipo de “gracias a la novela he aprendido mucho sobre teoría de cuerdas”. No, te has tragado un montón de desinformación y no has aprendido nada. Somoza se aprovecha de la ciencia; pretende explotar todos sus beneficios (respetabilidad incluida) sin asumir ninguna responsabilidad.

Lo peor, sin embargo, es que después de explotar a su antojo a la ciencia y a los científicos, se dedica a denigrarla. Sí, ahí está mi segundo motivo grave de rechazo a “ZigZag”: se trata, en el fondo, de la enésima versión del mito de Frankenstein. La ciencia, el conocimiento, es esencialmente maligno o, dicho de otro modo, hay cosas que el hombre no está destinado a conocer. Y después de toda la parafernalia científica, el origen de ese mal es una arbitrariedad que tiene más que ver con la magia que con la ciencia, al inventarse un efecto basado en presuntos agujeros de gusano (un artificio que contradice, por cierto, toda la falsa estructura teórica anterior al mezclar conceptos mutuamente excluyentes).

Arropado pues con un disfraz de ciencia ficción, “ZigZag” no sólo tergiversa todo el fundamento científico para su propio beneficio, sino que promueve el oscurantismo (vamos, al final ¡hasta un militar se caga en la madre que parió a los siniestros científicos!). Por si no quería estereotipos negativos… Esta actitud agrava el primer “pecado”. Si fuera un delito, podríamos afirmar que hay ensañamiento y alevosía. No sólo falsea la verdad, sino que lo hace para difamar. Apañados vamos.

Bueno, ya me he extendido demasiado. Tan sólo añadiré que, literariamente, la escritura es muy correcta (nada espectacular, pero funcional) y sólo la trama se resiente bastante por una incapacidad para transmitir el horror que se supone que padecen los personajes. Ya hay otras críticas por internet que ahondan en estos detalles, así que me lo ahorro. Supongo, además, que cualquier comentario ulterior que hiciera se leería con escepticismo (y con toda la razón), a la luz de mis puntualizaciones precedentes.

La estafa de Sunshine

Esta entrada y la siguiente tendrán algo en común, denunciar una de las prácticas que más detesto en la (mala) ciencia ficción. No revelo nada nuevo si pongo de manifiesto mi inclinación hacia la cifi hard, ya sabéis, ésa que se toma la ciencia en serio. Me encanta que todo cuadre con los conocimientos actuales (o que resulte una evolución plausible de los mismos, todo lo especulativa que fuese menester). Sin embargo, tampoco soy un fundamentalista. Comprendo que a veces es necesario tomarse determinadas licencias creativas para transmitir un mensaje o para dar fluidez a la narración. Si la licencia es excesiva no me gusta, pero comprendo que es otra concepción del fantástico (una que yo no llamaría ciencia ficción, ni soft, ni nada, pero bueno…). Lo que no soporto es que se prentenda lo que no se es. Si quieres pasar de la ciencia, perfecto, pero no me vengas con pavoneos acerca de lo superriguroso que eres, porque entonces una licencia se convierte en una mentira, y las mentiras en literatura (toda ficción en el fondo es una mentira) sólo son válidas cuando el lector tiene la opción de elegir libremente si las acepta o si no.

“Sunshine”, la última película de Danny Boyle, es un buen ejemplo de mentira urdida a mala leche (además de ser mala de por sí, pero ésa es otra cuestión). A alguien se le ocurrió que debían promocionarla como ‘la “2001″ de las nuevas generaciones’ en vez de la “Star Trek” de turno, sosteniendo que la ciencia en que se basa es rigurosa hasta el infinito. Tal vez empezaban a circular comparaciones insidiosas con “El núcleo” (merecidísimas, por cierto) y los productores quisieron distanciarse de aquel truño envolviendo la película en un halo de respetabilidad. En todo caso, con la producción ya muy avanzada (y el guión bastante cerrado), se les ocurrió contactar con un científico británico, Brian Cox, para que se inventara una coartada que sonara a verídica para su historia de ‘el Sol se está apagando y vamos a mandar un pepino nuclear para reactivarlo’.

Si hay dinero (y publicidad) de por medio, siempre es posible encontrar una solución, así que el tal Cox se sacó de la manga una chorradita (que casualmente tenía que ver con el experimento para el que estaba buscando financiación por entonces) y, hala, a fardar de ciencia.

Lo grave del asunto no es tanto que la solución ofrecida sea ridícula y acientífica, ni tampoco que a parte de ella toda la película sea un cúmulo de despropósitos (un cuerpo humano congelándose en segundos en el vacío, gravedad artificial, un pequeño escape de gas capaz de acelerar a lo bestia una masa de millones de toneladas, órbitas que no tienen en cuenta los pozos gravitatorios, una bombita de materia oscura, la explosión que se verifica en la superficie del Sol en vez de en su centro, sonido y claroscuros en el vacío, etc., etc., etc…), sino que ni siquiera se menciona esta explicación en la película. Su único propósito es servir de ardid publicitario para vender la película como algo “serio”, cuando tanto en su concepción como en su desarrollo no es sino otra historieta paracientífica (igual les hubiera costado justificarse en una transcripción al sanscrito del horóscopo hitita).

Sunshine

¿Qué solución es ésa? Pues el tal Cox, que por una de esas coincidencias trabaja en un equipo que está intentado detectar un solitón que recibe el nombre de Q-ball (reliquias del universo primigenio), desempolvó un artículo de 1998 en el que Alexander Kusenko y colaboradores proponían como origen de algunos de los estallidos de rayos gamma que se detectan de continuo la destrucción cataclísmica de estrellas de neutrones, devoradas desde dentro por la acumulación de Q-balls (que afectan a la materia bariónica “normal”). Quien tenga interés, puede consultar el artículo en PDF en el siguiente enlace. Hasta aquí muy bien, pero:

a) Una estrella tipo Sol no posee suficiente densidad para que una Q-ball quede atrapada en su interior (el mínimo lo establecerían las enanas blancas).

b) El proceso implica varias Q-balls y un tiempo que oscilaría entre 10 y 10.000 millones de años (vamos, que a estas escalas cincuenta años, que es el tiempo que nos separa de la muerte del Sol en la película es un lapso irrelevante).

c) Si, como afirma la “teoría”, la Q-ball interfiriera en la fusión en el núcleo del Sol, la energía liberada disminuiría, el astro se encogería por efectos gravitatorios y la temperatura superficial aumentaría, por lo que el efecto hipotético sería exactamente el contrario al buscado.

d) No hablemos ya de expulsar la Q-ball con una bombita nuclear. El mismo Sol es una gigantesca reacción de fusión. Ni tamaño de Manhattan ni tonterías. ¿Qué importancia puede tener (la mitad de) todo el material fisionable de la Tierra en comparación con un astro que es 333.000 veces más masivo que todo nuestro planeta. Por no hablar de cómo llegarían las ondas de choque ni remotamente cerca del núcleo solar, habida cuenta que a la energía que produce le cuesta más de cien mil años realizar el viaje inverso.

e) Haremos como que no he leído en ningún lado que la bomba está hecha en realidad de materia oscura.

Y aún tienen la desfachatez de defender que son rigurosos.

Lo que ocurrió fue lo siguiente: el guionista de turno leyó algo sobre la muerte térmica del universo y decidió aplicarlo al Sol, sin pararse a consultar ningún manual escrito durante el último siglo que le hubiera informado de que a nuestra estrella le quedan sus buenos 5.000 millones de años de combustible (no es una suposición, he leído en una entrevista que así fue como ocurrió). Después, cuando decidieron explotar la vertiente científica, contactaron con varios especialistas, y el único que tuvo fuciente morro para aportar algo (aunque sea esta chorrada) fue el tal Brian Cox, con el muy poco desinteresado propósito de conseguir publicidad (=financiación) para su laboratorio.

Si hay algo peor que hacer uso de mala ciencia, es abusar de la “buena” ciencia con intenciones retorcidas, transmutando conocimiento en ignorancia. Eso es “Sunshine”.  No es el “2001″ de las nuevas generaciones, es una mala copia de “El núcleo”, que al menos tuvo la sensatez de no pretender ser más que lo que era.

Dejando de lado la cuestión científica, la película tampoco se sostiene. La última esperanza de la humanidad consiste en enviar a un puñado de inútiles inadaptados y con propensión a derrumbarse bajo presion en una misión diseñada por un hatajo de niños de párvulos. Con temas similares, al menos “Horizonte final” era honesta… y respetaba la ingravidez.

Veredicto: un truño pedante.

Kraken: atrapados en el abismo (o más es menos)

Tres fueron las razones que me impulsaron a adquirir la segunda novela del periodista científico Luis Miguel Ariza: 1/ Mono de lectura y disponibilidad de una edición barata en el kiosko local. 2/ Cierta curiosidad latente desde que conocí de su existencia y un estado de ánimo propicio para el techno-thriller. 3/ El que uno de los capítulos se titulara “Abiogénesis”.

Sí, parece un tanto extraño, pero ésa fue la razón que decantó la balanza. A la postre, resultó una decepción, ya que no se refiere a la cuestión del origen de la vida (casualmente, era un tema que tenía muy reciente), sino a una especie de artificio argumental para justificar, sin explicarlo en realidad, uno de los múltiples pilares sobre los que se sustenta la novela. Quizás debería haber hecho más caso a mi rechazo instintivo al leer en las primeras páginas un agradecimiento a Michael Crichton como fuente de inspiración (reconozco que algunas de sus novelas son ágiles y cumplen su función de entretener, pero de ahí a considerarlo inspirador va un abismo), pero el caso es que aún pesaban las otras dos razones y acabó cayendo. Tampoco fue tan mal, pues me lo ventilé en dos días (sí, las 650 páginas, fue en medio de un atracón de lectura de esos que tienes que pegarte de tiempo en tiempo para desconectar) y sin excesivos esfuerzos, pero quizás podría haber logrado mucho más con un enfoque ligeramente distinto, o con una mejor planificación, por lo que debo clasificarlo en la categoría de las decepciones relativas.

Varias son las razones para que mi valoración sea ligeramente negativa. Por un lado están las imprecisiones científicas (algo mucho más grave cuanto más cercana y pretendidamente científica la trama). Comprendo que la descripción del calamar gigante como un monstruo todopoderoso sea una licencia argumental, después de todo, Ariza tiene la precaución de inventarse una nueva especie, mucho mayor y mucho más pesada que el Architeuthis dux o incluso que el Mesonychoteuthis hamiltoni (también conocido como Calamar Colosal, un animal que el biólogo experto de la ficción no parece conocer pues no lo menciona nunca), sin embargo hay otras cuestiones, como la ya mencionada abiogénesis (una explicación pseudocientífica, o quizás debería decir ciéntifica porque sí, porque la trama lo requiere y los personajes nos dicen que tienen una explicación para ella; no allí, pero la tienen), o la total ausencia del concepto de descompresión en una novela en la que buena parte de la trama acontece en las profundidades oceánicas, que son más difíciles de tragar. Pero bueno, no es ciencia ficción, no pretende serlo, y el techno-thriller es un subgénero (con un público) que nunca se ha preocupado mucho por la escrupulosa exactitud científica.

Una novela de estas características flota o naufraga en torno a su historia y sus personajes, y el caso de “Kraken: atrapados en el abismo” podemos definirlo como víctima de un exceso de lastre.

Ya desde el título nos encontramos con una tendencia al exceso. ¿Por qué utilizar dos? “Kraken” hubiera sido suficiente, y si preferían “Atrapados en el abismo” pues muy bien, ¿pero ambos? Es como si los editores no tuvieran muy claro a dónde apuntaban y hubieran optado por proyectiles de fragmentación para abarcar cuanta mayor superficie mejor.

atrapados en el abismo, Ariza

Esta acumulación prosigue en cuanto empezamos a tratar con las múltiples tramas imbricadas, con cuestiones que van desde un viaje de exploración a Marte por parte de una sonda (que No llevará el taladro de una de las protagonistas), hasta las visicitudes de un equipo de biólogos marinos a la caza y captura del calamar gigante, pasando por los tejemanejes de una multinacional petrolífera. Lo importante parece ser mezclar cuanto más líneas argumentales mejor, visitar tantos enclaves como sea posible (Nueva Zelanda, Rusia, EE.UU., Asturias…), echar gotitas de suspense político, crear profundidad (y atractivo) en los personajes a base de un pasado que retorna a ellos cuando menos se lo esperan o por las injusticias que sufren, aprovechar el toque ecológico (chapapote incluido, no en vano Ariza cubrió el desastre del Prestige), explotar arquetipos como el ricachón frío y avaricioso o el científico antisocial y, por supuesto, llevar en paralelo varias acciones para poder cortar cada una en el momento crítico y pasar a otra manteniendo la tensión. En resumen, todo el muestrario de trucos del moderno best-seller.

Nada que reprochar. Así se han forrado muchos otros, con menos argumento y preparación. El problema es la sobreabundancia. Sinceramente, a la historia le sobran al menos trescientas páginas y quizás un par de subtramas. Los propios krakens, cuando aparecen, se encuentran difuminados entre los otros elementos y pierden fuerza. Mientras leía “Kraken”, no podía dejar de pensar en “La bestia”, de Peter Benchley (el escritor de la novela en que se basa “Tiburón”). Benchely describe en su novela el acoso al que un calamar gigante somete una pequeña población pesquera en las Bermudas, y los esfuerzos de un biólogo marino por conjurar la amenaza. Sí, es lo que parece, “Tiburón” con un calamar, pero el Archeteuthis es el protagonista absoluto y la novela tiene un ritmo trepidante del que “Kraken” carece.

Ariza carece de la capacidad fabuladora necesaria para crear un mosaico en el que todo sea imprescindible. Tiene oficio, pero hacía falta algo más para sacar adelante un proyecto tan ambicioso. Hubiera hecho falta apartarse de la senda trillada para adentrarse en territorios narrativos más personales. Tal y como está, la novela parece producto de una factoría mecanizada, no la obra personal de un artesano. Es demasiado predecible: ahora toca traición, ahora estar a punto de matar a este personaje, ahora una tragedia… las piezas van encajando con precisión pero sin alma, hasta que al final el cuadro, ése que ya habíamos previsto desde medio libro, está completo (lo único que desentona en esta labor de relojero es la excesiva meticulosidad con que describe ciertas escenas que deberían ser vivaces para producir angustia y que acaban desesperando a base de prolijidad narrativa).

Seguramente la novela satisfará a quienes suelan devorar techno-thrillers del estilo de las novelas de Crichton, o de Robin Cook, o incluso de Clive Cussler; y desde luego no tiene mucho que envidiar a la mayor parte de la producción que nos llega del extranjero, pero al lector habitual de ciencia ficción le parecerá un producto demasiado prefabricado y frío, que no sabe aprovechar una labor de documentación ciertamente notable para abrirnos los ojos a un mundo nuevo (el de las profundidades).

No quisiera concluir sin hacer mención al modo rastrero en que los editores intentan ocultarnos que la novela la ha escrito un autor español. La firma de “guerra” de Luis Miguel Ariza es “L. M. Ariza”, algo lo bastante ambiguo como para poder corresponder a un oriundo de cualquier lugar del mundo (si es EE.UU. mejor). Lo más triste no es comprobar este hecho, sino preguntarme hasta qué punto era necesario y responderme que, por desgracia, ese truco les habrá permitido vender unos cuantos ejemplares de más. Si es que los españoles parece que hemos hecho del desprecio por lo autóctono todo un arte, como si aceptar que por aquí se pueden hacer las cosas tan bien como en cualquir otro sitio fuera poco menos que anatema.

Las arenas de Marte

En honor a Arthur C. Clarke me he leído el único libro suyo que tenía por casa y que, por ser una adquisición reciente, aún no había disfrutado, “Las arenas de Marte”. Por una de esas ironía de la vida, se trata de su primera novela (no la primera publicada, sino la primera escrita). Fue editada en 1951, cuando Clarke tenía más o menos este aspecto:

Arthur C. Clarke, 1952 

Resulta sorprendente lo familiar y extraña que resulta, desde una doble vertiente: como parte integrante del corpus literario de Clarke y como relato de anticipación sobre la exploración del Sistema Solar. Es, sin duda, una gran novela, no tanto porque ocurran muchas cosas (apenas sí hay un par de giros argumentales), sino por la sensación de verosimilitud que arroja (incluso cuando está describiendo especulaciones que hoy en día sabemos que son incorrectas). Es como si aceptáramos que, detallitos al margen, la exploración espacial llegará a desarrollarse más o menos siguiendo el esquema propuesto (con cincuenta años de retraso respecto a sus previsiones, pero es que nadie es perfecto).

Tenéis un comentario más amplio en Scifiworld, siguiendo el siguiente enlace. Lo que ahora me gustaría es realizar una rápida comparación con otras visiones sobre el mismo tema.

Quizás el libro con el que es posible establecer comparaciones más directas es con “Lucky Starr, el ranger del espacio” de Isaac Asimov, publicado en 1952 y ambientado en este mismo planeta. Las diferencias más obvias son la ubicación temporal (la acción de “Las arenas de Marte” acontece en algún momento de los noventa, mientras que la las aventuras de Lucky Starr transcurren en torno al 2100; con todo lo que ello implica en cuanto a posibilidades tecnológicas) y el tono (”El ranger del espacio” es una novela juvenil). Sin embargo, ambas se preocupan por ofrecer una visión realista del planeta rojo, y como tal son muy parecidas (tanto en aciertos como en errores, con la única diferencia apreciable en la potencia de las famosas tormentas de polvo, pues sólo Asimov tiene en cuenta la diferencia que supone la pequeña presión atmosférica). Saliendo de esta obra, también nos encontramos con otra visión contemporánea sobre el asunto por parte de Isaac Asimov, en el extraordinario cuento largo “A lo marciano” (1952), que narra la captura de un pedazo de hielo de los anillos de Saturno por parte de una expedición marciana con tal de satisfacer las necesidades de la sedienta colonia. Como en “Las arenas de Marte”, nos encontramos con temas muy parecidos: una visión romántica de los colonos, problemas políticos con una Tierra recelosa y la decisión de tomar el toro por los cuernos y hacer lo que sea necesario para medrar en el nuevo planeta.

Marte

Saltemos a 1977. John Varley consiguió con “En el salón de los reyes marcianos” una nominación al premio Hugo a novela corta. Nos encontramos con un Marte mucho más inhóspito (al ser más conocido). Sin embargo, hay temas recurrentes, como la excitación de la exploración de nuevas fronteras y el anhelo por encontrar vida. Una astronave de investigación, la Podkayne, sufre un aparatoso accidente y sus tripulantes se quedan atrapados en la superficie del planeta. Su única posibilidad de salvación es una pronta expedición de rescate, pero justo entonces estalla en la Tierra una terrible guerra que impide nuevos viajes durante años. Contra todo pronóstico, cuando la siguiente expedición alcanza el lugar donde aconteció el accidente, descubren que los astronautas han sobrevivido, gracias al más extraño y biológico episodio de primer contacto que pueda imaginarse.

Por último, hay que hacer referencia a la que podría considerarse la versión actualizada y ampliada, muy ampliada, de “Las arenas de Marte”, la trilogía de Kim Stanley Robinson, “Marte rojo” (1992), “Marte verde” (1993) y “Marte azul” (1996). Todos los temas desarrollados por Robinson están ya en la novela de Clarke (incluyendo conceptos tan novedosos para la época como la terraformación). De nuevo nos encontramos con desavenencias con la Tierra, colonos determinados a domar un nuevo mundo, conflictos personales, política… sólo que a lo grande. La trama comienza en el 2027 con la primera nave que llega hasta el planeta rojo llevando a bordo los integrantes de la primera colonia, y prosigue a lo largo de más de 2000 páginas con los siguientes 200 años de ocupación humana de su primer hogar fuera de la cuna. Clarke, sin duda fue una poderosa fuente de inspiración, y su obra en general ha dejado huella en Robinson (resulta imposible no pensar en “Las fuentes del paraíso” en los episodios que tratan sobre el ascensor orbital marciano. Sin embargo, pese a sus múltiples premios (un Nebula y dos Hugo, entro otros), a mí, personalmente, me resulta de lo más pesada. No veo factible ser tan denso en todo lo referente a la terraformación, a los conflictos políticos y a los conflictos personales, sin acabar por hastiar al lector (”Marte azul” es uno de las pocos libros que me he dejado a mitad, cuando decidí que hasta allí había llegado). “Las arenas de Marte”, con su ciencia y sus conocimientos obsoletos, constituye en sus apenas 200 páginas un relato mucho más evocador y, sobre todo, una historia que sabe a la perfección qué pretende y cómo conseguirlo. La sencillez muchas veces es una virtud.

Cinco décadas de esperanzas puestas en un pequeño planeta que se considera (Luna mediante) el primer paso que deberá dar el hombre si alguna vez quiere conquistar el universo. Un mundo frío, inhóspito y, hasta nuevo aviso, estéril; el lugar perfecto para desarrollar esa mitología de frontera a la que son tan aficionados los norteamericanos. Seguimos casi tan lejos de poder establecer una colonia en Marte como en los tiempos en que Arthur C. Clarke escribió su novela, pero lo cierto es que la fascinación que tal proyecto despierta no se ha reducido un ápice. Él ya no ha llegado a verlo, pero quién sabe, tal vez aún estemos a tiempo de que nos salga un hijo o un nieto marciano.

Para terminar, me gustaría poder incluir algo más de la mejor aportación española al tema, pero me temo que no he leído “El refugio” de Javier Redal y Juan Miguel Aguilera. Lo menciono aquí, sin embargo, y me lo planteo como asignatura pendiente (si soy capaz de hacerme con algún ejemplar de la edición de 1994 de Nova, claro).

Garabatos

Hay una cuestión que me tiene perplejo.

Todo el mundo es capaz de distinguir entre esto:

Garabato Hombre Lobo

Y esto otro:

Hombre lobo

Limpieza de trazo, respeto por las proporciones, conocimientos anatómicos, composición… no resulta difícil valorar ambas ilustraciones de forma comparativa y llegar a la conclusión de que una es buena y la otra un garabato. Vale, la primera puede “molar” como concepto, pero la ejecución no está a la altura y, aunque lo hubiera dibujado nuestro mejor amigo pensaríamos que es una chapuza.

Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la música. Cualquiera es capaz de juzgar si lo que oye es correcto o no. Si el cantante desafina lo sabemos; si alguien se equivoca de nota al interpretar un arpegio también (si el error es muy notorio podemos incluso torcer el gesto, como si acabara de llegarnos el olor  de un cuesco particularmente hediondo).

Entonces, ¿por qué los garabatos literarios no gozan de la misma distinción? ¿Cómo es posible que auténticas chapuzas no sólo reciban elogios, sino incluso premios de (presunto) prestigio? (No me extiendo más porque no me gusta rajar sin haber leído por completo un libro… y sólo con ojear ciertos galardonados ya me entran ganas de entrar en alguna que otra editorial con un buen lanzallamas y aplicar la sagrada purificación del fuego, así que me abstendré de arriesgarme a caer en la tentación o a producirme una úlcera).

¿Tan difícil resulta leer una frase y entender que está mal construida? ¿Examinar una trama y comprender que es estúpida? ¿Analizar un texto y encontrarlo burdo y tópico? No quiero ni empezar a despotricar contra las faltas de ortografía, que ya casi empiezo a pensar que se trata de una batalla perdida.

Cada cual es muy libre de disfrutar con sus garabatos, pero el resto de la humanidad no tenemos por qué sufrirlos. Y dado que el propio autor muy a menudo se encuentra cegado por el orgullo paternal, al menos no les demos cancha diciéndoles lo cojonudos que son. Así no van a esforzarse jamás por mejorar y seguirán en sus “treze”. Todavía peor, si trucamos el filtro para dejar pasar (con toda la buena intención del mundo) la basura de nuestros colegas, al final la capacidad crítica se nos atonta y todo vale. Es la única explicación que se me ocurre.

En caso contrario, si pensara que la literatura no es como el dibujo o la música, en que lo chapucero salta a la vista de cualquier público que se preocupe un mínimo por lo que se le ofrece, tendría que ir pensando en colgar el teclado y dedicarme a hacer calceta (porque lo que es yo, ni pintar ni tocar ningún instrumento; bastante hago con acertar las más de las veces a la tecla correcta).

Imágenes

El título elegido para inaugurar la colección Vórtice de Parnaso fue “Imágenes” de Santiago Eximeno, un volumen que agrupaba la novela corta que da título al conjunto, así como dos relatos, “La séptima galeria” e “Islas de agua dulce”, y el microrrelato “Ellos” (no podía faltar un microrrelato en una antología de Eximeno).

“Imágenes” narra el viaje hacia la locura (o algo peor) de un psiquiatra, Julio Gómez, encargado de tratar a un misterioso paciente. El escenario principal de la historia no podría ser más clásico, un pintoresco hospital psiquiátrico sito en medio de un páramo desolado, con una dotación de médicos y enfermeras a cual más bizarro. Como no podía ser de otro modo, las cosas empiezan a torcerse; demasiado pronto para mi gusto. La narración no permite que nos asentemos y no hace crecer la tensión con suavidad, sino que en seguida salta hacia las experiencias sobrenaturales (a no ser que se trate de meros delirios de Julio). Hay un par de giros que resultan quizás demasiado forzados por la misma razón, la precipitación. Sin embargo, por encima del tópico y de los fallos de ritmo, la historia se mantiene a base de pura capacidad narrativa, con descripciones muy vívidas y un buen manejo de la acción. De haber sido un poco más original (se me ocurren varios ejemplos, que no voy a exponer por no incurrir en el spoiler, de obras con un planteamiento similar), hubiera resultado una experiencia mucho más satisfactoria. Tal y como es, constituye una narración entretenida, pero no memorable, con la fuerza de las imágenes que evoca diluida en parte por la sensación de déjà vu y la trama atropellada.

Imágenes - Eximeno

Mucho más interesante es “La séptima galería”, con un personaje principal, Tomás, complejo y muy bien trabajado, así como una ambientación perfecta (una mina de carbón, en el norte de España, en la época en que la actividad estaba en su apogeo). El relato nos introduce con gran acierto en este submundo de resignación, decepciones y una amenaza siempre pendiendo sobre las cabezas de quienes no tienen más remedio que bajar cada día al pozo para mantener a la familia. El giro fantástico ocurre, pero es casi secundario, aunque se mezcla de forma suave con la acción y la evolución interna del minero. Es, sin duda, el mejor texto de la antología.

Por su parte, “Islas de agua dulce” se queda un poco a mitad camino, en cuanto a resultado, entre las dos narraciones anteriores. La historia gira en torno al miedo a la enfermedad, alzheimer en este caso, que aleja al protagonista de su familia, hasta que una nueva relación parece como si fuera a permitirle el pasar página, aunque quizás no como había imaginado. De nuevo, nos encontramos con una buena ambientación y un trabajo notable de personajes. La historia se desinfla un poco por un giro final excesiva (e innecesariamente) efectista, que vuelve a introducir el elemento fantástico dentro del drama personal del protagonista.

Por último, he de confesar que si tengo un problema con la antología y es, aunque suene extraño, la excesiva uniformidad temática. Sí, son tres situaciones independientes, pero reducidas a los mimbres básicos nos narran distintas variaciones sobre un mismo esquema de base (del que no he dicho nada, porque sólo faltaba que lo fuera revelando por anticipado). Está bien que una antología presente una unidad temática, pero quizás así sea excesiva. De entre las “variantes” la mejor es sin duda “La séptima galería”, mientras que las otras dos presentan pequeños problemas de estructura que no les permiten alcanzar todo su potencial. En todo caso, el estilo narrativo es más que correcto, llegando de nuevo a su máxima expresión en el segundo relato. Las historias fluyen con facilidad, demostrando además en “Imágenes” muy buena mano para la acción (aunque ésta no ocupe demasiadas páginas).

Respecto a la edición, poco puedo añadir a lo ya comentado. Sí, la portada es un tanto extraña (la elección de colores no es demasiado afortunada). Y sí, hay errores de edición (sobre todo en lo que respecta a los guiones de diálogo), pero esto es algo que ya ha sido corregido en posteriores volúmenes de Vórtice, así que tampoco vale la pena ahondar en ello.

Arthur C. Clarke (1917-2008)

Hoy hemos perdido a uno de los más importantes escritores de ciencia ficción de todos los tiempos. A los 90 años de edad, de un complicación respiratoria (llevaba años con la salud delicada) ha muerto en su residencia en Sri Lanka Arthur C. Clarke.

Arthur C. Clarke

Es difícil glosar todos sus logros en unas pocas líneas. Quizás el mayor elogio que pueda hacérsele es que posiblemente sea, junto con Asimov, el escritor de ciencia ficción más conocido por el gran público. Buena parte de esta fama se debe sin duda al éxito de la película que en 1968 estrenó Stanley Kubrick basada en su relato corto “El centinela”, pero muchas otras de sus obras que no han pasado por la gran pantalla (aún) han calado de modo curioso en la cultura colectiva. Allí está, por ejemplo, “Cita con Rama” (1972), considerada como la novela de ciencia ficción hard arquetípica (Morgan Freeman lleva años intentando poner en marcha un proyecto sobre ella; en estos momentos David Fincher sería el director y si todo sale bien se debería estrenar el año que viene), o “Cánticos de la Tierra Lejana” (1986), que inspiró en 1994 un disco de Mike Oldfield. Pero no sólo de literatura se nutre su legado. Arthur C. Clarke ha firmado varios artículos científicos, de los cuales el más relevante pueda que sea “Extra-Terrestrial Relays — Can Rocket Stations Give Worldwide Radio Coverage?“, publicado en Wireless World en 1945, donde se aporta la primera descripción de una red de satélites geoestacionarios para ofrecer una cobertura global (en ocasiones, la órbita geoestacionaria recibe en honor de este artículo el nombre de Órbita de Clarke). El año 2000 recibió el título de Caballero (Knight Bachelor).

Su extensa obra gira en su mayor parte en torno a la ciencia, hasta el punto que las máquinas y las grandes obras de ingenieria cobran un protagonismo casi mayor que sus personajes, que a menudo son “héroes” tan atípicos como arquitectos, ingenieros o matemáticos. El conflicto a menudo es de carácter tecnológico, se trata de la raza humana enfrentada a un gran reto técnico; y, sin embargo, buena parte de su producción anticipa las ideas transhumanistas que cobrarían forma a partir de la década de los 80, con el ser humano evolucionando hacia un nivel superior y misterioso. Quizás esta inclinación hacia la trascendencia haya hecho que, en medio de una meticulosa explicación científica, su prosa pueda eclosionar en breve y metafórica exhuberancia.

De entre sus libros, destacaría varios que son de lectura obligada para cualquiera que desee comprender lo que es la ciencia ficción (y también para aquellos que disfruten con una buena historia):

“El fin de la infancia” (1953), resulta una lectura a la vez triste y optimista. En ella, Clarke canaliza el temor de la guerra fría hacia un futuro luminoso, en el que quizás no sea el hombre, sino sus descendientes, quienes mantengan encendida la llama de la humanidad. Quizás su novela más emotiva.

“La ciudad y las estrellas” (1956), es una reescritura de una novela corta anterior (”Contra la caída de la noche”). El protagonista es Alvin, un joven de Diaspar, la última ciudad que aún subsiste, encerrada en sí misma, en una Tierra tan anciana como la propia raza humana. Es tarea suya romper este bloqueo, aprender la verdad sobre la historia de su especie y quizás rejuvenecerla (AVISO: evitar a toda costa la “continuación” de Gregory Benford).

“2001: Una odisea en el espacio” (1968). Poco se puede decir sobre el argumento que no se conozca ya. Tan sólo apuntar que sí, en la novela Clarke ofrece explicaciones, quizás no sean las que se proponía Kubrick (si es que se proponía alguna), pero son un poco más válidas que las de cualquier otro.

“Cita con Rama” (1972), de la que ya he hablado al respecto de su ¿futura? adaptación. El sistema solar recibe la visita sorprendente de una astronave alienígena, que al parecer no tiene intención de detenerse. Una misión de exploración se encarga de raspar la superficie del enorme misterio que constituyen los ramanes (a evitar las secuelas, “co-escritas” con Gentry Lee). Consiguió los premios Hugo y Nebula.

“Las fuentes del paraíso” (1979), acerca de la construcción del primer ascensor orbital. Una de sus novelas más ingenieriles, que sólo menciono porque tuvieron a bien concederle los premios Hugo y Nebula de ese año (mala conciencia por haberse olvidado de “2001″ supongo).

“2010: Odisea Dos” (1982). Sin que sirva de precedente (no sirvió), he aquí una secuela que está a la altura del original. No es exactamente lo mismo, pero podéis consultar el comentario a la película publicado recientemente en Scifiworld. Por supuesto, a evitar a toda costa “2063″ y, sobre todo, “3001″.

“Cánticos de una Tierra lejana” (1986), quizás la última gran novela de Clarke. El Sistema Solar está condenado y la humanidad se ha visto forzada a una diáspora en varias fases. Una nave de última generación (propulsada por un nuevo concepto que hace factible el viaje para seres humanos criogenizados) debe realizar una parada técnica en un planeta colonizado por una nave sembradora (un robot que lleva en su interior la información para clonar a la nueva población) de la primera oleada.

A partir de aquí casi todo son colaboraciones, donde resulta difícil afirmar hasta qué punto estuvo implicado. Su última novela en solitario, que no fuera una secuela, fue “El martillo de Dios” (1993), que narra una misión para interceptar y eliminar el peligro que supone un cometa que se dirige hacia la Tierra en un futuro relativamente próximo (la fuente de inspiración no confesa, ni retribuida, para las películas de 1998 “Deep Impact” y “Armageddon”).

Por supuesto, como el resto de escritores de la Edad de Oro, también fue el autor de un número muy significativo de grandes cuentos, que han sido recopilados en varios volúmenes, como “Alcanza el mañana” (1956), “Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco” (1958), “El viento del Sol” (1972) o “Cuentos del planeta Tierra” (1990).

Muchas gracias, Arthur Charles Clarke. Muchas gracias por tantas horas de fascinada lectura. Muchas gracias por unir los conceptos de ciencia, futuro y maravilla como nadie antes lo había logrado.

La vela quizás se haya apagado, pero su luz no ha muerto, sino que seguirá viajando hacia un futuro que no le es por completo extraño.

“En este universo, la noche está cayendo; las sombras se alargan haica un oriente que podría alguna vez no conocer la aurora. Pero en otros lugares, las estrellas son jóvenes todavía y la luz de la mañana llega despacio; y a todo lo largo del sendero que una vez hubo seguido, el Hombre volverá a marchar de nuevo.”

Arthur C. Clarke, “La ciudad y las estrellas” (1956)

El contrincante (o la importancia de apellidarse Smith)

Recientemente me he pegado un pequeño atracón de literatura fantástica española, y ya va siendo hora de que las respectivas críticas vayan viendo la luz en el blog. Para empezar, una novela de terror, aunque casi sigue más las convenciones del best-seller terrorrífico (a lo King o Koontz) que las de el horror puro y duro (sea eso lo que sea). Como se comprobará, con esto no se aleja demasiado de lo que podría considerarse la característica predominante de mis lecturas recientes, aunque los resultados (tanto a nivel de interés como comerciales) hayan sido muy diversos.

En pocas palabras, “El contrincante”, de Elia Barceló, publicada por Minotauro en su colección Hades en 2004, nos narra la historia de un actor de cierta fama a quien un día, sin venir a cuento, abandona su pareja. Este golpe lo deja aturdido, incapaz de reaccionar por todo un año, hasta que reúne las fuerzas necesarias para afrontar el hecho y tratar de recuperar a su chica. Descubrimos entonces que no todo ha sido tan inexplicable como pretendía, que se habían producido una serie de episodios extraños que podrían apuntar hacia la implicación de algún tipo de secta satánica. Cuando por fin decide lanzarse con todas a recuperarla, más y más detalles sobrenaturales van aflorando, desembocando la trama en la segunda parte de la novela, que acontece en un pueblo abandonado (como tantos que hay por toda la geografía española) donde al parecer se escenificará un nuevo round en el eterno combate entre Dios y su contrincante, en el que el protagonista tendrá un papel destacado.

Como vemos, no hay nada excesivamente novedoso. Incluso la reflexión teológica (que la propia autora gusta de resaltar) no es excesivamente profunda y, lo que es peor, nos la destripa la propia promoción del libro, tanto en su frase gancho como en la sinopsis de contraportada. Eso no se hace. Vale que se trata de atraer a los lectores, pero es como utilizar las mejores escenas de una película de acción o los mejores chistes de una de humor en un trailer, luego te quedas insatisfecho porque esperabas más. Y todo por intentar camelarse a unos compradores distintos a aquellos para los que se ideó la colección. Ya habrá tiempo de explayarme sobre este particular. Pasemos a las cuestiones positivas.

El contrincante Barceló

Lo mejor de la novela es el estilo, directo, fluido, envolvente, capaz de arrastrarnos desde una gran ciudad hasta unas ruinas pobladas por unos extravagantes satanistas, con las misma precisión literaria y sin que decaiga el interés. También unos personajes capaces de trascender el tópico de donde han sido modelados para alcanzar a nuestros ojos una identidad propia. Tengo la impresión de que esto lo logra a través de unos diálogos muy acertados, que definen a la perfección a quienes los pronuncian, sin necesidad de excesivas injerencias del narrador para terminar de delinearlos. Son personajes que conocemos de multitud de novelas y películas, aunque casi siempre con otros nombres. Nombres como Richard o Samantha o George o Kirsten… Viviendo en Nueva York o en Maine. Unos nombres mucho más “familiares”; al menos para los editores deben serlo, porque si no a ver cómo se explica que “El contrincante” tuviera que pasarse doce años en un cajón hasta encontrar salida y que, una vez hallada, resultara tan inadecuada.

Porque, seamos sinceros, como parte de una colección naciente dedicada al terror, lanzada por una editorial especialazada en el fantástico, no encaja. Aquí hay un doble error. Por un lado, Minotauro se equivoca tratando de subirse al carro del thriller sobrenatural, una decisión que no le sirve para acceder a ese (reconozcámoslo) vasto mercado porque los compradores huyen de algo como Hades, y que espanta a su público habitual, que suele buscar otra cosa en su literatura de terror. También es malo para “El contrincante”, que no alcanza el sector de lectores que de verdad disfrutarían con la novela y se ve en la tesitura de ser juzgada bajo unos parámetros que no son los apropiados. Todos pierden.

Ante esta situación surgen dudas en torno a por qué se ha desembocado en esta situación; por qué Elia Barceló no encontró una salida más apropiada; por qué Minotauro no se decantó por una obra de terror de verdad; por qué los compradores potenciales (que son legión) no fueron capaces de mirar más allá de la colección y descubrir un libro que, escrito por algún anglosajón y bien promocionado en una colección no de género hubiera podido ser un bombazo (quizás carezca de la superficialidad absoluta del típico best-seller, pero no se aparta tanto de sus esquemas como para espantar al lector habitual). Supongo que la respuesta a todas estas preguntas es “percepción”.

Elia Barceló, como autora española, sólo encontró salida a su libro cuando ya era una escritora de amplia trayectoria (más de diez novelas). En el prólogo de “El contrincante” se quejaba de que no había manera cuando la escribió de encontrarle salida. De repetirse la situación hoy en día hubiera pasado lo mismo. No ha cambiado el mercado, ha cambiado la percepción que éste tiene de la obra de Barceló. A lo largo de los años ha conseguido labrarse un prestigio que la hace “publicable”. Me da que la misma novela, exactamente la misma, presentada por un desconocido jamás hubiera llegado a salir en Hades. La cuestión es que, fuera del reducido circuito fantástico, la percepción sigue hasta cierto punto en su contra (es española y no importa cuántos libros haya podido sacar en guettos como la ciencia ficción o la fantasía). Lleva ya varias novelas en editoriales generalistas, pero no las suficientes para lanzar un libro como “El contrincante”, que por sus características plantea la necesidad de realizar una apuesta muy fuerte en promoción. También es cierto que a lo mejor hubiera tenido más suerte haciendo que, por ejemplo, uno de los personajes apellidado García fuera un Smith, o situando la ciudad abandonada en plenos Apeninos, o en medio de la Selva Negra. No serían retoques tan eficaces como cambiarse el nombre a Elly Liverpool o algo por el estilo, pero seguro que algo hubieran logrado.

Queda el asunto de Minotauro, que trataba de cambiar la percepción que el público tenía de ellos, sin atreverse a cambiar más que de forma superficial sus planteamientos. Evidentemente, con un intento tan tibio no se consigue nada (al parecer, han tenido más éxito con “Gothika”, con la que han abrazado por completo la comercialidad, espantando a los lectores de toda la vida y erosionando el prestigio del premio Minotauro… pero no se puede tener todo).

Una entrada supercurrada

Hoy toca diatriba contra los males de nuestro tiempo (es decir, perorata para liberar frustraciones). En este caso en contra de esa frase que de un tiempo a esta parte se oye con más asiduidad de la que resulta aceptable para la salud mental: “Tiene un guión supercurrado”. Aún no sé con exactitud qué quiere decir eso de “Supercurrado”, pero empiezo a sospechar que tiene algo que ver con topicazo, ilógico y exagerado, el efecto Matrix, vamos.

Sé que estoy en la minoría, pero la primera Matrix ya me pareció, a nivel narrativo, una soberana chorrada con pretensiones (no tengo queja alguna del componente visual y la coreografía de la acción, que eran en verdad sobresaliente). Frases del estilo de “¿Crees que lo que estás respirando es aire?” (con pausa dramática a continuación para que la profundidad de esa reflexión cale en el protagonista y en la audiencia) se encargan de ir construyendo, ladrillo a ladrillo, un castillo en el aire. No tenía mucho sentido, pero quedaban dos entregas para explicarlo todo y demostrar que detrás de las chorrocientas referencias arcanas había un propósito bien definido, que no era sólo cuestión de ser molones y hacerse los interesantes.

Matrix revolutions

Ya sabemos cómo terminó el asunto, con ese punto antiálgido que supuso el monólogo moribundo (por segunda vez) de la Trini (superando incluso la soporífera verborrea con que concluía “Matrix reload”, que ya tiene mérito). En pocas palabras, la trilogía no tiene sentido, pero hacía ver que era la leche de profunda. Supongo que muchos consideraron que su guión estaba “supercurrado” (no como los de “Zodiac” y “The prestige”, faltaría más, que a esos les faltaban merovingios, siones y guardianes del calabozo… o de la matriz, o lo que sea).

Pues lo siento mucho, pero si quiero seguir la historia de algún “elegido” me quedo con Paul Atreides, que al menos es consciente de la colosal trampa que supone verse atrapado en un sendero de predestinación que le roba toda posibilidad de libre albedrío. Si es que eso de tener que ganar por cojones es muy aburrido. ¿Por qué no la palma cuando le disparan? Porque es el elegido. ¿Por qué vuela? Porque es el elegido. ¿Por qué es capaz de resistirse a la infección del virus Smith? Porque… en fin, para qué seguir. Todo queda explicado con un simple truco narrativo que permite cualquier barrabasada, siempre y cuando el final sea sorprendente e inesperado.

Porque ésa es otra. El final siempre tiene que sorprender. No necesita ser coherente, sino sólo inesperado; cuanto más inesperado mejor. En ese sentido, no puedo sino recordar otra película del 2003, “Identity” (con John Cusack de protagonista). Es la típica historia de un grupo de personas dispares atrapadas en algún lugar que van siendo eliminadas una a una por un misterioso asesino. Antaño, la gracia de este tipo de escenario consistía en adelantarse a la resolución, tratando de adivinar quién era el homicida. Ya no. Ahora hace falta una solución tan chocante que sea inimaginable, que deje a la audiencia boquiabierta por la sorpresa y dispuesta a proclamar eso de que el guión estaba supercurrado.

Identity

Me temo que no. “Identity” es un bodrio infumable porque no existe conexión entre las premisas y la conclusión. Los ¿guionistas? hubieran podido sacarse de la manga cualquier otra explicación igual de (in)válida. Si no te apoyas en los datos previos, el cielo es el límite para lo que puedes hacer tragar al público. El problema es que éste se encuentre tan bien dispuesto a ello que hasta le haya concedido una puntuación de 7,3 en IMDB (la principal página de crítica popular de películas, con casi 40.000 votos en este caso en concreto). ¿Dónde queda la necesidad de ofrecer una historia sin fisuras? ¿Por qué se acepta como válida una práctica que, en esencia, supone una estafa al espectador?

En realidad, que esto ocurra en el mundo del cine me la trae al fresco. Sí, me cabreo cuando me la meten doblada, pero bueno, hay tantos motivos por los que la inmensa mayoría de películas son patéticas que no es sino un factor más que puede introducirse mal en la ecuación. El problema, para mí, es cuando ese mismo borreguismo se traslada a la literatura. Ya se aprecia en muchos superventas la tendencia a crear tramas “supercurradas” que no tienen el menor sentido, y siempre habrá gente dispuesta a defender a capa y espada sus excelencias (lógico, lo contrario supondría reconocer lo cenutrios que son). Así pues, con la corrección formal también en horas bajas por lo que respecta a las exigencias de los lectores y el pasotismo respecto a una trama bien urdida, me temo que vamos directos hacia un pozo del que será difícil salir (no hay nada peor que acostumbrarnos a la bazofia; al final hasta nos gustará su sabor).

Algo pasa con nuestro espíritu crítico. Tal vez sea culpa de la sobresaturación que ha propiciado la actual sociedad de la información. Si hay abundancia de algún bien (o, más bien, facilidad de acceso), la capacidad discriminatoria se diluye, e importa más la cantidad que la calidad, lo sencillo que lo complicado. Ahí están, por ejemplo, los guiones de videojuegos, que tras sus frases grandilocuentes son cáscaras vacías (no necesitan más, son una excusa, pero entonces, ¿por qué pretender que tienen otras aspiraciones?, ¿por qué esa manía de hacerlos “supercurrados”?, ¿o es que en el fondo se engañan, o quieren engañarnos, con ese simulacro de complejidad?). Ahí está también el hecho de que muchos lectores dedican más del 80-90% de sus esfuerzos a consumir literatura que va desde amateur voluntariosa hasta directamente mala.

Lost planet

Jamás en toda la historia se había escrito y leído tanto, y jamás se había hecho tan mal. La abundancia hace que le perdamos el respeto a cualquier bien, y eso sólo puede conducir a malograrlo. Quizás sea un extremista, que a partir de unos pocos casos aislados se monta un escenario apocalíptico, pero me temo que ésa es la tendencia que percibo. También es posible que se trate sólo de la gula del que acaba de acceder a un banquete, y que con el tiempo todo volverá a encauzarse, pero no me resisto a soportar a los “supercurrados” mientras tanto. Será que le tengo demasiado cariño al arte de contar historias para aguantar lo que le está cayendo encima sin emitir aunque sólo sea un simbólico grito de protesta.

Escala de Mohs

En 1812 el geólogo alemán Friedrich Mohs presentó una escala de diez minerales organizados por su dureza (bajo la premisa de que una sustancia dura era capaz de rayar otra más blanda). Durante años fue el método estándar para medir la dureza, hasta que surgieron otros sistemas más precisos y proporcionales. De todas formas, aún se emplea la escala de Mohs en mineralogía, pues es muy sencillo realizar la prueba del rayado.

La secuencia es bien conocida (se suele, o solía, estudiar en secundaria): Talco, yeso, calcita, fluorita, apatito, feldespato, cuarzo, topacio, corindón y diamante.

Como soy rarito, también la uso para calibrar la dureza de cualquier texto de cifi hard. El más blandito de la antología que publicaré en breve, “El rayo verde en el ocaso”, creo que califica como cuarzo… y hay un par de diamantes.

Escala de Mohs

En fin, el caso es que “Escala de Mohs” fue también el título de una serie de columnas sobre ciencia ficción hard que comencé a publicar el año 2006 en la revista “Tierras de Acero Magazine”. Sin que (hasta donde yo sé) existiera relación de causa-efecto, el proyecto finalizó prematuramente su andadura en su número 4, con sólo dos entregas publicadas.

Llega el 2007 y David Mateo (ex-coeditor de “Tierras de Acero”), me propone la publicación de una columna semanal en Scifiworld. Todo esto viene a cuento del rollo sobre Mohs porque decido resucitar la idea y empezar a publicar, de forma más o menos mensual, estos artículos como una especie de subserie dentro de dicha columna (que versa, así a grosso modo, sobre cifi). La verdad es que de un tiempo a esta parte la cosa anda bastante loca (igual no aparezco como se publican dos entradas en una misma semana), pero el caso es que hoy, tras el reciclaje de las dos primeras entregas de Escala de Mohs (adecuadamente remozadas para la ocasión), ha aparecido la primera inédita (una que se había quedado en el aire con la cancelación de TdA Mgz).

A partir de ahora, irán saliendo de forma más o menos regular, como reflexiones sobre lo que entiendo como ciencia ficción dura y sobre por qué deberíais leerla más, que los duros a veces nos sentimos un poco solitos.

Si queréis catar la dureza de lo ya publicado, podéis seguir los siguientes enlaces:

- Escala de Mohs I: Tras el incierto horizonte, sobre el lapso decreciente de capacidad predictiva de la ciencia ficción actual; relacionado con la idea de la Singularidad Tecnológica de Vernor Vinge.

- Escala de Mohs II: Las fuentes del paraíso, sobre la unión del binomio científico/escritor, personificado en dos pioneros: Konstantin Tsiolkovsky y Robert Goddard.

- Escala de Mohs III: ¡Eureka!, sobre el disfrute de la ciencia ficción dura y la belleza de la verdad.