Hispacon en Huesca (y una de Fabricantes)

•Julio 15, 2009 • 5 comentarios

Ya ha sido publicado en el boletín interno de la AEFCFT el primer informe de progresos para la XXVII Hispacon, que se celebrará en Huesca los días 6, 7 y 8 de noviembre. A continuación, lo reproduciré íntegro para favorecer su difusión. Antes, sin embargo, quisiera dejar patente mi total apoyo a los organizadores, la Asociación Juvenil Oscafriki, de cuya hospitalidad y buen hacer ya disfruté durante los Segundos Encuentros Liter Imaginarius.

Este año, como miembro de la junta directiva de la AEFCFT estaré un poco más liado que de costumbre. Sin embargo, no podía dejar escapar la ocasión de preparar otra conferencia, programada para el viernes 6, a las 19:00 en la Nave 2, que llevará por título “Virtualidad real: En la frontera de la nueva experiencia” y versará sobre el mundo que se nos viene encima, en el que lo “virtual” y lo físico se entremezclarán hasta que las diferencias sean irrelevantes. La conferencia tratará tanto las tecnologías implicadas (realidad virtual, realidad ampliada, realidad subjetiva…) como su posible impacto socio-económico.

Además de esto, posiblemente esté por ahí cuando presentemos el Visiones y el Fabricantes de Sueños 2009 y ya veremos qué pasa con la entrega de los Ignotus.

PRIMER INFORME DE PROGRESOS

HISPACON 2009

Para comenzar una pequeña presentación sobre nosotros. Somos una asociación juvenil oscense fundada en el 2005. Nuestra experiencia en estos campos comienza en el 2007 con la primera edición del “Liter Imaginarius” jornada literaria de tres días basada en la figura de Stephen King y la segunda edición el año pasado basándose esta vez en Howard Phillips Lovecraft. Existe una gran crónica de la II edición en OcioZero, que se puede consultar en el enlace http://ociozero.com/?q=node/2937.

Entrando ya en materia, 6, 7 y 8 de noviembre han sido las fechas elegidas para la realización de la XXVII Convención Nacional de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (Hispacón).

La totalidad de los actos tendrán lugar en el Centro Cultural del “Matadero”, edificio situado en la Avenida Martínez de Velasco, acceso que se coge directamente desde la Autovía de Zaragoza y a sólo 2 minutos andando desde la Estación Intermodal.

Hispacon09_Sede

Para la colocación de los stands se ha contemplado y consultado la posibilidad de situarlos en el exterior del centro cultural. Para este fin se usarían casetas (6 x 2 m) que normalmente se usan para la feria del libro. Una vez sondeada y consultada la opinión de las editoriales se confirmara si se opta por esta opción.

Dentro de las instalaciones, se han reservado 3 salas para para la convención.

– El salón de actos, que cuenta con 260 plazas.

Hispacon09_Salon

- La nave 2, que se habilitará como segunda sala de conferencias, a la vez que contendrá las exposiciones que se preparen.

Hispacon09_Nave2

- Y el aula dinámica, que servirá para las presentaciones, el taller literario y otra serie de conferencias.

Hispacon09_Aula

La temática elegida para la convención será “la literatura fantástica juvenil”. Tras el gran boom que están experimentando determinadas obras de género diseñadas para jóvenes.

Una parte del programa se centrará en conferencias y mesas redondas que puedan englobarse en cualquier categoría de la literatura fantástica juvenil. Se incluirán no sólo  charlas informativas sobre el tema, sino también didácticas, tras el gran boom que están experimentando determinadas obras de género diseñadas para jóvenes. Estos actos se alternarán con otros más generales, como la incorporación del ebook al mundo editorial y el año de Edgar Allan Poe en el bicentenario de su nacimiento, entre otros muchos.

En breve se publicarán las bases del Premio “Domingo Santos”.

Entre los participantes confirmados para esta edición se encuentran: Susana Vallejo, Juan Miguel Aguilera, David Jasso, David Mateo, Raúl Gonzálvez, Emilio Bueso, Ismael M. Biurrún, Fernando Lafuente, Sergio Mars, José María Tamparillas, Roberto Malo, Miguel Ángel López Muñoz, Alfredo Álamo, Óscar Bribián, Juan Ángel Laguna Edroso, Pedro Escudero, Miguel Puente…

Cualquier sugerencia o aportación que se quiera realizar será muy bien recibida en el correo oscafriki@gmail.com.

Horario provisional (pulsar para ampliar):

horario

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Aprovecho además esta entrada para anunciar que ya está próxima la distribución de dos de las publicaciones de la AEFCFT que debíamos de años pasados. En concreto, y si nada se tuerce, antes de fin de mes estarán por fin en circulación los volúmenes Visiones 2007 y Fabricantes de Sueños 2008.

En el título de la entrada hacía hincapié en el Fabricantes porque en él se reedita uno de mis cuentos, “Yamata-no-Orochi”, publicado originalmente en el ya desaparecido fanzine Miasma. Se trata de una reintrepretación de temas y motivos lovecraftianos, en particular de la primera parte del clásico de 1926 “La llamada Cthulhu” (procurando dejar de lado el barroquismo y recuperando la que, para mí, es una de las características olvidadas de la literatura de HPL, el rigor científico de la ambientación).

Espero poder anunciar en breve la salida de ambos títulos (que, por supuesto, contarán con su respectiva crítica en este mismo blog).

La odisea del mañana

•Julio 13, 2009 • 3 comentarios

Hace unos meses el último gran saldo de títulos de Acervo engordaba la columna de librosquetalveznuncapodréleerperoquenopodíadejarpasaraeseprecio. Ahora le ha tocado el turno al de la Factoría (disponible en el Corte Inglés más cercano), que me ha puesto al alcance de la mano (y del bolsillo) varias novelas que quería leer (”Trueno rojo” entre ellas), unas cuantas de autores más o menos nuevos que tenía curiosidad por catar (pero no a >20 euros) y alguna que otra apuesta, por no lamentarme luego (como acaba pasando, pues siempre hay algún título que, en retrospectiva, no sabes cómo fuiste tan gilipollas de dejarlo escapar).

El caso de “La odisea del mañana”(Tomorrow and tomorrow)  es un poco particular, ya que Charles Sheffield no se trata de un autor precisamente nuevo, pero no había tenido ocasión hasta el momento de leer nada suyo. A falta de “La telaraña entre los mundos” (1979), bien podía empezar por esta obra de 1997 (además, en una encuesta de esas que te encuentras por internet, me salió en cierta ocasión que el escritor de ciencia ficción a quien más me parecía era precisamente Sheffield… menos mal que no me salió Benford).

OdiseaManana

El protagonista de la historia es Drake Merlin, un músico de nuestro tiempo que se niega a aceptar la próxima muerte de su joven esposa por una enfermedad incurable. La única solución que encuentra es criogenizarla, con la esperanza de que en algún momento futuro la ciencia haya avanzado lo suficiente para curarla. Diez años después, él mismo se criogeniza (estando perfectamente sano), propiciando así un salto hacia el futuro con el que se inicia una epopeya que lo llevará en un viaje de miles de millones de años en pos de su obsesión por reunirse con su amada.

Como el título en inglés sugiere, la novela se convierte en realidad en una serie de estampas de mayor o menor longitud sobre diversos períodos del futuro, abarcando igualmente galaxias con toda su diversidad. Entronca pues con un tipo de relato de amplia tradición dentro del género, que es el de la proyección hacia el futuro, hasta llegar al fin de los tiempos. Incluso en sus mismas páginas homenajea al que quizás sea el precursor, William Hope Hodgson, con su novela “La casa en el límite”, quien describió en 1908 la agonía de un universo avocado a la muerte térmica (según los conocimientos de la época).

Casi un siglo después, Sheffield se apoya en la visión escatológica de James Tipler basada en su interpretación de la teoría de la Gravedad Cuántica. La teoría del Punto Omega de Tipler (el Punto Omega original es un concepto del jesuita Teilhard de Chardin) predice que, siendo el universo cerrado, durante la singularidad final la densidad de energía será tal que una inteligencia suprema dispondría de capacidad de cálculo ilimitada para simular todo el universo, pudiendo estirar el tiempo subjetivo a mayor velocidad de la que se produce el colapso final, consiguiendo a efectos prácticos la eternidad. Tipler, en su libro “La física de la inmortalidad” (1994), relaciona esta inteligencia, el Escatón, con Dios, aplicando en su “demostración” conceptos matemáticos de la Teoría de Juegos (en particular, derivados del Dilema del Prisionero).

La teoría, sobre todo en lo que se refiere a sus conclusiones, se ha visto sometida a fuertes críticas, con acusaciones de demostraciones ajustadas ad hoc para producir el resultado científico deseado (y asumciones un tanto aventuradas), en particular por todo lo referido a la naturaleza del Escatón y el destino al que dedicaría la potencia de cálculo puesta a su disposición. Sin embargo, el concepto de la Simulación del Fin de los Tiempos, por su grandiosidad, ha sido incorporada por muchos autores como base para su ficción. Aparte de Sheffield se cuentan Charles Stross (”Cielo de Singularidad” y “El amanecer de hierro”), Robert Charles Wilson (”Darwinia”) o el veterano Frederik Pohl (la trilogía de “The eschaton sequence”). En esta edición se nos ha escamoteado el artículo de 40 páginas con el que Sheffield acompañó su libro en la edición americana, y disertar sobre las conclusiones y las posibilidades de la teoría en una entrada sería demasiado largo y complicado, por fortuna puedo remitirme a otro lugar donde se hace mucho mejor de lo que yo sería capaz jamás. Si estáis interesados, podéis visitar la sección (exposición y crícita)  sobre las teorías de Tipler en la magnífica página sobre transhumanismo de Anders Sandberg.

Tomorrow&tomorrow

En fin, he gastado muchas palabras sin decir realmente nada sobre la novela, pero es que todo el asunto del Escatón es mucho más interesante que la visión que nos ofrece Sheffield. Cuando la escribió contaba con apenas 61 años, pero los veinte años de profesión (literaria, que también era matemático y físico, con una larga carrera en la NASA, la American Astronautical Society, de la que fue presidente, y la Earth Satellite Corporation) parecen suponer un lastre demasiado grande para sus especulaciones. La historia no carece de interés, pero muy a menudo parece como si la grandiosidad del escenario (que se mide en miles de millones de años y años-luz) le quedara grande. De igual modo, sus descripción de una civilización transhumana se antoja bastante simplona. Su mundo de dentro de catorce millones de años se encuentra para mí, a grandes rasgos, a menos de un milenio de distancia (si llegamos, que ésa es otra), y cuando se dedica a hablar de lapsos de milenios (o incluso millones de años), da la sensación de que durante todo ese tiempo no está ocurriendo nada (uno de los segmentos trata sobre la invasión de la galaxia por parte de una amenaza terrible… cuya naturaleza, desentrañada después de cientos de millones de años y mucha pomposidad, se antoja pueril en extremo). Ni siquiera me sirve la idea de que el amor lo puede todo. Más que amor parece monomanía y negación de la realidad. La prueba a la que se ve sometido es tan desproporcionada que el sentimiento queda reducido a una parodia de sí mismo. Simplemente, un sentimiento humano (y no demasiado bien definidio) no da la talla a escala ultratranshumana.

Se trata de la misma sensación que tuve al leer “Terraformar la Tierra” de Jack Williamson, un quiero (explorar las nuevas ideas) y no puedo (desprenderme de los vicios antiguos). Claro que Williamson tenía 92 años cuando escribió la que sería su penúltima novela. También de 1997 es “Diáspora“, y en ella se tratan algunos temas similares con mucho mayor acierto y sin intentar abarcar más de lo que se puede apretar (y si Egan no se atreve a algo… en fin, más vale dejarlo correr).

Por el momento, “La última pregunta” de Isaac Asimov en cuento y “Hacedor de estrellas” de Olaf Stapledon en novela siguen siendo las obras cumbre del subgénero, y “La odisea del mañana” se queda, como experimento puntualmente interesante pero fallido en su conjunto, a mucha distancia de ellas.

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Trueno Rojo

•Julio 11, 2009 • Deja un comentario

John Varley es uno de los autores de ciencia ficción más desconcertantes. Saltó a la palestra a finales de los 70, con una serie de cuentos y novelas cortas memorables, en particular “La persistencia de la visión”, que ganó los premios Hugo, Nebula y Locus y es, sin duda, una de las obras cumbres del género (repitió la hazaña seis años después con “Pulse Enter”). A mí, personalmente, acabó de ganarme cuando leí su segunda novela, “Titán” (1979), y desde entonces ha sido uno de mis autores favoritos.

El desconcierto viene cuando se observa su evolución, desde el escritor hippy de sus inicios hasta el actual clon de Heinlein. Resulta casi increíble que el autor de “La persistencia de la visión”, 25 años más tarde, esté escribiendo libros como “Trueno Rojo”, pues ambas obras parecen situarse en antípodas ideológicas. Por lo menos, en la migración Varley no ha perdido su toque y ya sea una obra de su trilogía de Gaia (de la que se han traducido las dos primeras entregas, “Titán” y “Hechicera”) o de sus más recientes seudoremakes heinlenianos (”Playa de acero”, “El Globo de Oro”), sus libros ofrecen entretenimiento y grandes ideas.

Bueno, no todos. Con “Trueno Rojo” nos tenemos que conformar con el entretenimiento, que no es poco.

truenorojo

Vaya por delante una idea. Esta novela (sería más apropiado hablar de trilogía… por ahora) es la más heinleniana de su producción. En ella no sólo copia el estilo y busca inspiración en alguna obra del maestro, sino que incluso asume como propios sus planteamientos ideológicos. En otras críticas (podéis seguir los enlaces, como siempre, al pie de la entrada), se hace referencia a diversas obras juveniles de Heinlein como inspiradoras, y parte de razón no les falta (Varley, como buen conocedor, toma de aquí y de allá, e incluso se adentra en su etapa madura para inspirar momentos y personajes y dejar caer guiños cómplices), sin embargo, no apuntan al modelo original porque se trata de su primera novela de ciencia ficción, que nunca ha sido traducida al castellano: “Rocket Ship Galileo” (1947).

Sinopsis: Tras la Segunda Guerra Mundial, tres adolescentes aficionados a la astronáutica son reclutados por el tío de uno de ellos, ingeniero de cohetes, para construir una astronave, impulsada por un nuevo tipo de motor (nuclear), para ir hasta la Luna. Una vez allí, descubren que no son los primeros en montar una base, sino que los nazis han llegado primero. Tras una serie de ataques y contraataques, los americanos logran destruir a los alemanes y regresan a casa como héroes.

Ahora va la sinopsis de “Trueno Rojo” (2003):

Cuatro jóvenes de Florida traban amistad con un antiguo astronauta de la NASA caído en desgracia, en medio de un clima de Guerra Fría entre Estados Unidos y China, trasladado a una carrera espacial por alcanzar Marte. El primo del astronauta (un genio científico mayor que Einstein, Newton y Tesla juntos, sólo que un tanto “especial” por culpa de que su padre le abrió la cabeza de un garrotazo cuando niño… llamado Jubal para más señas) inventa la madre de todas las energías (limpia, gratuita e inagotable), planteando la posibilidad de construir una astronave capaz de adelantar a las nacionales (que ya han salido) y ganar así por la mano a los chinos, que llevan la delantera (y, de paso, quizás salvar a los americanos, cuyo motor, según cálculos de Jubal, tiene altas probabilidades de explotar).

A partir de ahí, divergen un poco, porque no es lo mismo acabar de salir de una guerra mundial que escribir la novela a veinte años del final de la guerra fría contra la Unión Soviética (el tema se antoja un poco desfasado, incluso cambiando al contrincante), pero en el fondo sigue siendo lo mismo: los americanos son la leche, el viaje espacial está al alcance de cualquiera que se lo proponga y trabaje duro por conseguirlo, los gobiernos o no son de fiar o directamente inútiles y el espacio es la nueva frontera.

Rocket_ship_galileo

La subtrama prebélica huele a rancio (el mismo planteamiento ya lo empleó Arthur C. Clarke en “2010: Odisea 2″, con la carrera entre la nave china Tsien y la misión americano-soviética de la Alexei Leonov por alcanzar al Discovery en Júpiter; sólo que corría el año 1982 cuando se escribió) y la historia adolece por completo de plausibilidad (vamos, no sólo un grupo de niñatos construyen una nave espacial, sino que lo hacen cumpliendo unos plazos imposibles; eso por no hablar del sistema de propulsión, que viola cualquier ley física y del sentido común que pueda imaginarse), pero en el fondo no importa. No es como si en algún momento la novela pretendiera ir en serio.

“Trueno Rojo” es un divertimento, un homenaje (fanfic) escrito por un profesional más que competente, que crea unos cuantos personajes atractivos (no sólo los protagonistas, sino también algunos de sus familiares) y escribe un cuento de hadas de la era espacial. Si después se ve obligado a forzar algunas cosillas para justificar el ambiente de tensión internacional o no sabe qué hacer con la panacea universal que se ha sacado del sombrero (lo del “estrujador” no es matar moscas a cañonazos, sino con un pepino termonuclear), hay que considerarlo exigencias del guión. La novela se lee en un suspiro y con una sonrisa en los labios, aunque de tanto en tanto haya que soltar un “¡Venga ya!”. Si alguien desea un poco de profundidad, que mira para otro lado, pero de vez en cuando sienta bien algo ligerito.

Existe, sin embargo, una pega. La traducción de la Factoría no me parece muy acertada. Varley recurre a menudo a flashbacks e incluso algún que otro flashforward, y no parece que el traductor haya seguido muy bien la línea temporal, originándose inconsistencias (en el prólogo, sin ir más lejos, habla de “tanques” cuando en realidad son vagones cisterna como descubrimos más adelante); eso por no hablar de la traducción literal del título de la película “The day the Earth stood still”, que como poco choca.

El año 2006 el autor publicó una continuación, “Red Lightning”, protagonizada por el hijo de los protagonistas, y el 2008 “Rolling Thunder” (referencia directa a “The rolling Stones“) protagonizada por Podkayne, su nieta.

No comprendo qué puede llevar a un autor con tanto original por contar a reincidir una y otra vez en el homenaje (o plagio creativo, según se mire), pero bueno, cada cual hace con su talento lo que quiere. En vez de seguir disfrutando de novelas rompedoras como “Titán” o incluso “Playa de acero”, tendremos que conformarnos con aventuras muy entretenidas como “Trueno Rojo”, que no es poco, pero…

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Los propios dioses

•Julio 9, 2009 • 7 comentarios

Una vez saldada la deuda con Heinlein en la Hugolatría, y ya tratada una de las obras ganadoras de Clarke, resulta mandatorio prestar atención al otro integrante del triunvirato de Grandes Maestros de la Ciencia Ficción clásica: Isaac Asimov, quien consiguió el primero de sus dos premios Hugo (1973) y su único Nebula (1972) a mejor novela, además de quedar primero en la votación de los Locus, por su regreso triunfal al género con “Los propios dioses” (”The gods themselves”).

Propiosdioses

Nada podía ilustrar mejor el cambio de tercio, de la New Wave de los años sesenta al auge de la ciencia ficción dura neo-campbelliana en los setenta, que el retorno de una de las figuras más significativas de la Edad de Oro, protegido del mismo Campbell, cuya última aportación a la cifi (novelización de la película “Viaje alucinante” aparte), databa de 1958 con la última entrega de su serie juvenil: “Lucky Starr y los anillos de Saturno” (firmada en principio como Paul French, aunque reconoció la paternidad en cuanto supo que al final no iba a rodarse la serie de televisión prevista). Y nada más significativo que venciera tanto en las votaciones de los aficionados (los Hugo) como la de los colegas (los Nebula) a dos de las mejores obras que dio la New Wave: “Muero por dentro” de Robert Silverberg y “El rebaño ciego” de John Brunner (la mejor, en mi opinión, del terceto).

En cualquier caso, dejando de la lado los motivos contextuales (evidentes) y nostálgicos (no había que perder la ocasión de premiar a uno de los pioneros y referente indiscutible de toda una generación), se ha de reconocer que “Los propios dioses” es una novela extraordinaria, merecedora de un puesto de honor en cualquier colección de ciencia ficción que se precie (para muchos es la mejor de Asimov; en mi caso, siento una predilección especial por “Los robots del amanecer”, pero “Los propios dioses” va justo detrás), aunque sólo sea por su segmento central, que se propuso desmontar dos mitos de la obra asimoviana: que no había alienígenas y que no había sexo.

Un breve inciso: Asimov, como doctor en bioquímica, declaró que era incapaz de imaginar un alienígena que fuera científicamente coherente y que al mismo tiempo no fuera una copia burda de la solución evolutiva terrestre (algo en sí mismo acientífico). Atrapado pues entre la espada y la pared, optó por la solución drástica de prescindir por completo de extraterrestres (lo cual es una de las particularidades más identificativas de su universo de la Fundación). Con anterioridad a “Los propios dioses” sólo rompió esta regla autoimpuesta en contadas ocasiones y en novela sólo se lo había permitido en el más laxo contexto de las aventuras juveniles de Lucky Starr (e incluso aquí, los únicos alienígenas inteligentes ya están extintos); posteriormente escribiría “Némesis” en 1989, cuya trama gira en torno a un planeta vivo. Respecto al sexo… soy capaz de recordar dos relatos, ambos escritos a modo de reacción, contra la misma idea de que era incapaz de hacerlo (el magnífico “Estoy en Puertomarte sin Hilda”, 1957) o contra el uso chungo del sexo en la ciencia ficción (el penoso “Playboy y el dios mucoso”, 1961). Quizás el precursor más importante sea “Espacio vital”, un cuento sobre universos paralelos que publicó en 1956 en el que como broma final aparecen seres morados con tentáculos.

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Volvamos a 1972 y a “Los propios dioses”. La novela está estructurada a modo de tres novelas cortas interrelacionadas, que llevan por título “Contra la estupidez…”, “…los propios dioses…”, “…luchan en vano” (una máxima del filósofo y poeta alemán Friedich Schiller). La primera gira en torno a los esfuerzos de un joven físico, Petet Lamont, por detener un proceso que, aparentemente, ha resuelto el problema energético del mundo al intercambiar electrones y positrones entre dos universos paralelos. Por supuesto, el padre del invento, Frederick Hallan, un científico mediocre con mucho ego y muy pocos escrúpulos, no está dispuesto a perder protagonismo y se las arregla para condenar a Lamont y a sus teorías sobre la peligrosidad del proceso al ostracismo.

La parte que da nombre al conjunto es el auténtico punto fuerte de la novela. En ella se nos presenta a Odeen, Dua y Tritt (Uno, Dos y Tres en ruso, idioma materno y casi olvidado de Asimov), los componentes racional, emocional y parental de una tríada de blandos, que viven en un mundo dominado por los duros, que los tratan con atenta condescendencia. Estos tres seres, en particular Dua, se encuentran entre los mejores extraterrestres que ha dado la literatura. Asimov, situando la acción en un universo con reglas físicas diferentes al nuestro, se siente libre para especular sin necesidad de justificar ni parecidos ni diferencias, mostrándonos un ciclo vital y una sociedad alienígenas, con unos integrantes movidos por fuerzas universales como son la curiosidad, la empatía y el instinto de procreación. La historia se centra en Dua, que descubre por casualidad que los duros, dirigidos por un nuevo y revolucionario miembro llamado Estwald, han filtrado al universo humano los planos del intercambiador para provocar que el Sol se transforme en Nova y obtener así toda la energía que precisan para salvar su moribundo planeta (por las diferentes reglas físicas, en su universo la materia fusionable de las estrellas se consume mucho más rápido y produce menos energía). Al tiempo que trata de avisar a los humanos (lo consigue con Lamont), debe esquivar la insistencia de su tríada por alcanzar la fusión (una suerte de unión sexual), de cuyo éxito, aunque ella no lo sabe, depende quizás la supervivencia de su raza.

Por último, “…luchan en vano” nos traslada de nuevo a nuestro universo, a la Luna, donde se ha autoexiliado Denison, colega y rival de Hallan (perjudicado por el ascenso de éste, que él mismo impremeditadamente propició). Allí, en compañía de una guía turística (con intuición potenciada artificialmente), Selene Lindstrom, llega a las mismas conclusiones que Lamont y da un paso más, buscando una solución que sortee la influencia política de Hallan y solucione el problema energético, de forma segura, para todos los universos. De paso, ambos frustran el plan de un grupo de radicales para lograr la independencia de la Luna, sin contar con la opinión de los propios selenitas (de hecho, Denison simpatiza con la idea de una independencia política y económica, pero no acepta otros planes más ambiciosos de los revolucionarios que precisamente sus investigaciones podrían posibilitar).

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La novela es singular en muchos aspectos. Por ejemplo, la sección intermedia es un estudio de personajes, algo extremedamente raro en Asimov, cuyos únicos protagonistas memorables son androides, como el inolvidable Andrew de “El hombre bicentenario” o R. Daneel Olivaw, de su saga de los robots. También me resulta interesante la descripción de las luchas de poder en el mundo científico y académico, algo que el autor conocía muy bien de sus experiencias como profesor en la facultad de medicina de Boston (en 1958 le hicieron abandonar la enseñanza al haber optado por la literatura en vez de la investigación como modo de vida, posteriormente quisieron arrebatarle sin éxito la dignidad de profesor asociado y no fue hasta 1979 que lo ascendieron a profesor de pleno derecho en reconocimiento por su labor divulgativa).

En cuanto a la parte dura, su idea de los universos paralelos con constantes físicas diferentes y las consecuencias de su interacción constituye uno de los conceptos más interesantes que he tenido ocasión de leer, de mayor importancia por cuanto su publicación en 1972 supuso a buen seguro un recordatorio, después de más de una década de exilio de la ciencia en la ciencia ficción, de que la física (y las matemáticas, y la biología…) tenía mucho que decir en el futuro desarrollo del género.

Por supuesto, posee puntos flacos. La primera y la tercera parte no acaban de despojarse de los arquetipos heredados de la Edad de Oro; la presencia femenina es anecdótica o, casi peor, paródica (como con la desinhibida y superintuitiva Selene); el razonamiento científico que propicia la solución final es lo bastante simple como para no requerir del concurso de un genio independiente como Lamont; y por supuesto, a ojos actuales, seguro que ha perdido algo de frescura (mis impresiones son de cuando mi primera lectura, allá por principios de los 90). Sin embargo, el conjunto sigue siendo extraordinario. Por un lado, aúna la capacidad didáctica de Asimov con una de las especulaciones más atrevidas que ha dado el concepto de los universos paralelos, por otro, nos ofrece a Dua, una de las grandes “heroínas” del género. Todo un clásico.

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Alarido de Dios

•Julio 7, 2009 • 11 comentarios

Ésta va a ser una crítica complicada de sacar adelante porque no termino de hacerme una opinión definida sobre la segunda novela de José Miguel Vilar y, lo que es peor, no sé si alguna vez la tendré. Para agravar las cosas, me temo que tampoco me será posible valorarla de forma individual, sino como heredera de la primera, “Los navegantes”. El mismo autor se lo ha buscado, pues “Alarido de Dios” nos vuelve a hablar de la guerra, pero no una guerra gloriosa y épica, sino la guerra de verdad, el peor desastre que puede caer sobre un pueblo y el escenario que saca lo peor del ser humano y asfixia sus virtudes. Casi parece como si el cuadro pintado en Arialcanda, la ciudad sitiada de “Los navegantes” no hubiera logrado expresar en todos sus matices la visión, ciertamente poco épica, que de la guerra nos quería transmitir, y esa carencia se subsanara en las páginas de la nueva novela.

A decir verdad, son escenarios complementarios. Mientras que en la primera los protagonistas resisten como pueden un asedio, aquí Vervoék, el puñal de Ü, y Dedekáer el diplomático abandonan la ciudad de Sdtadtz en dirección a las salvajes colonias del norte con la misión de hacerse con un antiguo amuleto en el que los gobernantes depositan todas sus (escasas) esperanzas de sobrevivir a la guerra contra los demonios. De paso, podrían intentar recabar la ayuda de los norteños para defender a la humanidad, que está a punto de sucumbir ante su enemigo. En la presentación del libro, José Miguel habló de la solución de la espada y la solución de la palabra, y de cómo se van alternando (con mayor efectividad general para la primera). Lo cierto es que es una dualidad muy presente en todo el libro, que también podría definirse como el cinismo contra la esperanza o el instinto animal contra la humanidad, y que casi siempre acaba decantándose del mismo lado.

Alaridos_dios

El retrato que pinta de nosotros no es nada halagador. No busca serlo. Es directo como un tajo al estómago que deja a la vista una repugnante masa de intestinos (visión recurrente en la novela), es una llamada de atención respecto a que eso no es la excepción, sino la norma. Cualquier persona puede cometer acciones inhumanas, y una vez se empieza la frontera entre lo que es defensa y lo que es ataque se difumina, y el instinto de supervivencia se mezcla con la crueldad.

El conflicto en sí, su génesis y desarrollo, es irrelevante. La guerra contra los demonios no es sino un escenario intercambiable con cualquier conflicto que en el mundo haya sido. El propio enemigo apenas está esbozado. Es un espejo. Cada vez que nos acercamos resulta indistinguible del bando humano. ¿Por qué demonios entonces? Es la tendencia. El enemigo siempre es inhumano. Funciona como una especie de antimetáfora. En este caso en particular es posible demonizarlos sin faltar a la verdad, pues son (o eso se nos dice) otra especie, sin embargo, las diferencias que se nos muestran son inexistentes, así que podemos llamarlos con toda propiedad “demonios”, pero en el fondo son lo mismo que los hombres… sólo que están venciendo.

Esto por si sólo no bastaría para describir en su justa medida la sinrazón. Faltaría el más cruel de todos los conflictos, el del hombre contra el hombre, vecino contra vecino, hermano contra hermano. En el norte, la opresión de siglos ha ido acumulando un poso de descontento que puede ser utilizado para alimentar un odio ciego, estúpido y sin propósito último. Sobre esta tierra desolada planea el horror de las limpiezas étnicas, la retórica hueca que atizó el fuego de los balcanes, ecos de Ruanda, de los campos de exterminio nazis, de los sueños contrahechos de megalómanos que después no saben qué hacer con el poder, de la ciega aquiescencia de una masa que se deja engañar para cometer cualquier atrocidad en desagravio de alguna injusticia real o inventada.

José Miguel Vilar utiliza a sus personajes para mostrarnos todo esto, para desmitificar la guerra, para romper con la fascinación de la fantasía épica por los conflictos bélicos. Nos muestra que en este contexto no hay héroes, sólo supervivientes, y que para serlo hay que ser un hijo de puta de tomo y lomo. Además, lo muestra como una inevitabilidad. La barberie engendra barbarie, y los esfuerzos del diplomático se muestran las más de las veces inútiles. La única posbiilidad para el mundo sería que todos fueran como él, porque de lo contrario la violencia se impone.

Para contarnos todo esto, emplea su propio estilo, alterna entre narradores, y, aunque el grueso de la novela lo constituyen capítulos donde nos adentramos en la cabeza de Vervoék o Dedekáer, inserta fragmentos epistolares e incluso enciclopédicos, introduce digresiones, rompe incluso la linearidad de la narración y, sobre todo, introduce lo que ya otros han definido como vilarismos, que no son sino anacronismos en el discurso que, en cualquier otro, resultarían pegotes pero que él consigue justificar narrativamente.

Voy a centrarme un poco más en este aspecto, que es sin duda el más singular de la obra. Los anacronismos en “Alarido de Dios” cumplen básicamente dos funciones. Por un lado, está la meramente semántica. El término anacrónico posee para nosotros un significado y unas connotaciones muy específicas. José Miguel Vilar juega a darle la vuelta a la ecuación y a forzarnos a intercambiar los términos y a darle preponderancia a las connotaciones, descartando por irrelevante el significado literal. No es una metáfora al uso, porque cuando alguno de los personajes menciona, por ejemplo, un billete de autobús, no está estableciendo ninguna comparación, sino que lo hace como si el término poseyera en su contexto, de forma intrínseca, el significado que nosotros le concedemos por asociación de ideas. Nos fuerza, además, a aceptarlo bajo ese mismo prisma, hasta el punto que no desentona con la ambientación.

Hay otro motivo para su uso (o, quizás, sea más cierto afirmar que algunos de los anacronismos se emplean con una función completamente diferente). En determinadas ocasiones, lo que buscan es romper nuestro distanciamiento con respecto a los sucesos. Aquello es propio de cualquier época y lugar. Ni siquiera nosotros, sentados sobre décadas de paz, estamos a salvo de nada, porque la barbarie de la guerra anida en el corazón de todos los hombres. El anacronismo remarca que ningún tiempo puede reclamar para sí la exclusiva de lo narrado; rompe deliberadamente las barreras de tiempo y cultura para hacerlo universal.

Casi estamos al final de la crítica y no he justificado al ambivalencia que mencionaba al principio, así que va siendo hora de mencionar algo al respecto. Supongo que en parte es cosa de preferencias (o fobias) personales. Me revienta que traten de aleccionarme y los monólogos de los protagonistas, sobre todo los de Vervoék son demasiado machacones para mi gusto. Las invectivas del Puñal de Ü se dirigen contra sus dirigentes, contra los blandos de la ciudad, contra los fanáticos del norte y contra Dedekáer, pero en el fondo son contra el lector y sus fantasías probelicistas. Es un recurso, pero tengo la impresión de que se abusa de él. Suelo apreciar más la descripción que la exposición. Por momentos, me da la impresión de que nos lo da todo demasiado mascadito.

Otro detalle es que la narración (como suele ser habitual) se estructura en torno a una serie de elementos recurrentes, que en un determinado punto se vuelven quizás demasiado recurrentes, hasta llegar a convertir ciertas expresiones en muletillas.

O tal vez sea que ya no está presente al factor sorpresa de “Los navegantes”.

Así pues, aunque a nivel narrativo está mucho más controlada y los recursos mucho más pulidos, lo cierto es que aún sitúo un poco por encima la opera prima (quien lea mi crítica de ella verá que no se trata en modo alguno de un menosprecio) aunque sólo sea por la primacía. En cualquier caso, “Alarido de Dios” es la demostración palpable de que otra fantasía es posible, de que existen territorios casi vírgenes para la literatura fantástica (mejor si no se repite la visita demasiado pronto) y de que es posible tratar temas significativos y actuales recurriendo a otros mundos y otras épocas.

Y, por supuesto, de que no hace falta cambiar de idioma o buscar etiquetas raras que tienen demasiado de mercadotecnia para acceder a la vanguardia del género.

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Sensación térmica

•Julio 5, 2009 • 3 comentarios

Hoy hubiera tocado escribir una entrada sobre literatura fantástica, pero hace demasiado calor, ¡y sólo estamos al principio del verano!

Por la tarde hemos llegado a los 33 ºC. No son excesivos, ¿verdad? Pero cuando tomamos en consideración la humedad del 90%, la sensación térmica se dispara hasta los 53 ºC. Sí, no es una errata. Yo también me he sorprendido cuando lo he comprobado, por ejemplo en la wikipedia (y para el que necesite múltiples fuentes o, en cualquier caso, una fuente que no ostente el prefijo wiki-, en esta página web se puede calcular cualquier combinación de temperatura y humedad).

Vale, también hacía algo de brisa (unos 8 km/h de velocidad media del viento), pero las tablas de sensación térmica se calculan a la sombra. A pleno sol hay que añadir unos 8 ºC, con lo cual seguro que se compensa de sobra.

calor-excesivo

¿De qué va todo esto de la sensación térmica?

Bueno, al cuerpo humano le gusta estar a una temperatura constante, que es la óptima de funcionamiento de su bioquímica. Casi todos los enzimas tienen óptimos de funcionamiento en torno a los 36 ºC y ésa es la temperatura en la que todo va como la seda (aunque en casos especiales se puede necesitar “calentar” las cosas un poquito para que vayan más rápido o para joder a la competencia, y de ahí la fiebre y la sensación cálida de las inflamaciones). A medida que disminuímos esta temperatura, las reacciones van produciéndose cada vez más lentamente hasta detenerse (por la progresiva dificultad de que se encuentren enzima y sustrato), y al aumentarla llega un momento en que la proteína se desnaturaliza, pierde su estructura tridimensional y con ella su actividad.

Entre 15 y 30 ºC de temperatura externa, en general, el cuerpo humano puede ajustar bastante bien su calor metabólico para que el sujeto esté relativamente cómodo. Por encima y por debajo hace falta tomar en consideración acciones más extremas, como abrigarse, favorecer la pérdida de calor por convección mediante el uso de ventiladores, hacer ejercicio o sudar como un cochino (lo cual es un contrasentido lógico, pues los cerdos carecen de glándulas sudoríparas).

Las transferencias de calor se producen por tres mecanismos: radiación, convección y conducción. Eliminemos la primera, porque no es relevante en el caso que nos ocupa (si bien, es la única opción para perder calor en el espacio, por lo que esta pérdida se produce muy lentamente y resulta imposible eso que vemos en las películas de congelaciones instantáneas al entrar en contacto con el vacío cósmico). La convección se da en fluidos (líquidos y gases). El fluido caliente se expande, es más ligero y por tanto tiende a subir, siendo reemplazado por fluido más fresco y pesado (que a su vez asciende en cuanto se calienta). Las células convectivas mueven las placas tectónicas y nos permiten intercambiar calor con la atmósfera (otra nota al margen: los beduinos visten ropas negras o azul oscuro en pleno desierto para favorecer los movimientos convectivos del aire en su interior, para lo cual deben vestirse muy holgadas, dejando una capa de aire entre la tela y la piel). La conducción, por su parte, implica el paso de energía calorífica de una molécula a otra adyacente más fresca y no suele ser muy importante en el aire, pero sí en el agua. Es por ello que una persona se congelará antes sumergida en agua fresca que expuesta a un aire mucho más frío.

Cuando nos abanicamos, estamos forzando la pérdida de calor por convección, reemplazando el aire caliente de la superficie de la piel por aire más fresco a un ritmo mucho mayor (evidentemente, si el aire está a más de 36 ºC el truco empieza a perder eficacia y a partir de 40 ºC ya no vale la pena ni molestarse, porque no sólo no sirve de nada, sino que generamos más calor por el ejercicio del que podríamos llegar a perder. El otro sistema, la sudoración, funciona situando líquido (sudor) en la superficie de la piel. Este líquido absorve el calor corporal y lo emplea como calor de evaporación, refrescando la piel.

ventilador-1

Volvamos ahora a la sensación térmica:

No se trata de una magnitud física objetiva, sino de una apreciación subjetiva. Corresponde a la impresión que tiene el cuerpo de la temperatura exterior de acuerdo con los problemas o facilidades que tiene para disipar calor. Es de dos tipos.

Por un lado, el aumento en la percepción del frío debido a la presencia de viento. Las corrientes de aire favorecen la pérdida de calor por convección, haciendo que a mayor velocidad del viento, más rápidamente se enfríe el cuerpo. Sinceramente, me importa bien poco. En Valencia podemos contar con los dedos de una mano los días al año que bajamos de 5 ºC, y ya sería mala suerte que uno de ellos soplara el viento a 48 km/h y nos bajara la sensación a -10ºC.

Por otro, el aumento en la percepción del calor debido a la dificultad para que se evapore el sudor en ambientes ya cargados de humedad, y aquí (¡oh, sí, aquí sí!) estamos bien vendidos. Entre temperatura y humedad (la primera subirá hasta cerca de los 40 ºC y la segunda no bajará demasiado), vamos a pasarnos dos meses con una sensación térmica de entre 50 y 55 ºC. ¡Qué gran pronóstico!

En fin, supongo que ha sido una entrada bastante mal estructurada, pero es que el calor afecta a las neuronas. Después de todo, ya es casi medianoche y estamos a 26 ºC con un 84% de humedad, lo que equivale a una sensación térmica de 29 ºC. Eso fuera de casa, claro, que dentro no se ha disipado el calor del día y estamos a 30ºC, con una sensación térmica de 37 ºC. Y estas condiciones se van a mantener durante toda la noche.

Sinceramente, así no hay quien junte dos palabras con un mínimo de sentido.

Estrella doble

•Julio 2, 2009 • Deja un comentario

Ya iba siendo hora de comentar en la Hugolatría alguna de las novelas ganadoras de Heinlein. Después de todo, es con cuatro premios el autor más galardonado (empatado con Lois McMaster Bujold, aunque el retrohugo de 1951 podría servir de desempate) y también el más nominado, con 11 menciones (incluyendo las que se alzaron con el triunfo). “Estrella doble” fue una de sus primeras novelas no juveniles, siendo la única reseñable anterior “Amos de títeres” de 1951 (publicada originalmente en España bajo el título “Titán invade la Tierra”).

Estrella_doble

La diferencia estriba sobre todo en la fuerte carga política de la historia, que apoya, cómo no, el mensaje ideológico. Separar las novelas de Heinlein de la ideología de Heinlein es tarea imposible, sobre todo porque, al contrario que otros autores, era muy consciente de la idoneidad del género para transmitir ideas de carácter filosófico y político, y muchas de sus novelas están concebidas como vehículo de un determinado ideario. La antes mencionada “Amos de títeres”, por ejemplo, constituye un aviso contra la insidiosa infiltración de agentes comunistas en suelo americano y un alegato a utilizar cualquier medio necesario para erradicar el peligro. “Estrella doble” no se libra de esta ambigüedad moral, de esta filosofía de “el fin justifica todos los medios”.

La historia nos la narra en primera persona el actor Lawrence Smythe, que responde al nombre artístico de “El Gran Lorenzo”, quien es contratado en un momento particularmente bajo y casi a la fuerza para interpretar el papel de su vida. Lorenzo deberá actuar de doble de John Joseph Bonforte, candidato del Partido Expansionista a Ministro Supremo de la Gran Asamblea, el principal órgano político del Sistema Solar, que ha sido secuestrado por sus opositores (y dado que Bonforte es el líder de la oposición, cabe suponer que éstos se cuentan en el bando del gobierno saliente). El problema reside en que, aun siendo parecidos físicamente, las convicciones de Smythe y Bonforte difieren en varios aspectos fundamentales, empezando por el empeño del político en otorgar plena representación en la Gran Asamblea a los marcianos (oriundos, no colonos, constituyen una civilización extraterrestre con poco poder industrial o militar, pero gran riqueza cultural).

A lo largo de la novela, Smythe cambia radicalmente de postura por varios motivos. Por un lado está la inmersión total en el papel que le ha sido adjudicado, que le lleva a asumir como propias las ideas de Bonforte (hasta el punto de poder reescribir sus discursos tal y como el mismo Bonforte lo hubiera hecho). Por otro, Lorenzo se ve sometido a un auténtico lavado de cerebro ideológico, incluyendo tácticas como el condicionamiento hipnótico (para vencer su asco hacia los marcianos), extorsión emocional, sometimiento a situaciones de estrés físico extremo y bombardo continuo (también al lector) de la ideología de la Coalición Expansionista. Se trata de una evolución poco habitual en el género en este momento de su desarrollo, que resulta tanto más cercana por cuanto es contada en primera persona. Sin embargo, pierde buena parte de su interés por cuanto es una evolución forzada, ya no sólo dentro del contexto de la novela, sino por imperativo de la trama.

Double_star

La historia entra en terrenos incluso más pantanosos desde una perspectiva moral cuando descubrimos que Bonforte no va a estar nunca en condiciones de retomar su puesto al frente del partido y Smythe se convierte en su doble a perpetuidad, accediendo (él y todos cuantos están al tanto de la sustitución, lo cual incluye altos cargos del estado) a lo que sólo puede calificarse como fraude electoral en aras de la victoria (y, se presupone, del bien último para la humanidad). De un plumazo, por tanto, Heinlein niega el valor de la pluralidad de ideas y apoya sin concesiones un ideario que se basa en la exaltación del individuo como sujeto responsable y libre, con mínima injerencia de cualquier poder centralizado y, paradójicamente, apoyo a la diversidad y a la integración (en otras palabras, una ideología de frontera, similar a la defendida en “Los Stone“). También resulta paradójico que la defensa de la libertad individual se cobre como víctima la individualidad de Smythe, cuya personalidad acaba asimilada y anulada por la de Bonforte.

Por último, un lector habitual del autor podrá distinguir sin problemas los tres prototipos heinlenitas: el joven-Heinlein, un chaval repleto de ideas e ilusión pero un tanto ingenuo, que debe ser guiado por…, el viejo-Heinlein, un ideólogo refunfuñón y ultraindividualista que alecciona sobre las verdades de la vida al joven-Heinlein y la chica-Heinlein, aparentemente fuerte e independiente, pero en el fondo no es sino el apoyo/premio del joven-Heinlein (a menudo cumpliendo una función poco más que erótica). Cabe matizar, sin embargo, que dado que aún no había alcanzado su madurez como escritor, estos prototipos no están delineados del todo y no responden exactamente a la descripción (que se ajusta más bien a su producción de los años 60).

La novela, como suele ser habitual en Heinlein, no ha envejecido demasiado mal, al menos dede un punto de vista de actualidad (o ranciedad). Sin embargo, una historia que en 1956 pudo parecer excepcional hoy en día no pasa de aventurilla bastante simplona (entretenida, eso sí; la satisfacción lectora es algo con lo que siempre se puede contar al recurrir a Heinlein… siempre que no molesten demasiado sus ramalazos ideológicos). De hecho, 1955 fue un año nada malo para la ciencia ficción, pues se publicaron obras como “Las estrellas mi destino” de Alfred Bester (bueno, había ganado en 1953, tal vez hubiera sido demasiado apresurado), “El fin de la eternidad” de Isaac Asimov (considerada por muchos como una de sus mejores novelas y una de las mejores aportaciones al subgénero de viajes en el tiempo) o “Marciano, vete a casa” de Fredric Brown (la respuesta humorística a la oleada de invasiones extraterrestres propiciadas por la guerra fría). Tal vez el premio obedeciera a que “Estrella doble”, con su vertiente política, representaba una mayor divergencia del modelo típico de la Edad de Oro, que justo por entonces estaba dando sus últimos coletazos (debido al cierre de revistas, pues sólo en 1955 cayeron Planet Stories, Startling Stories, Thrilling Wonder Stories y Beyond, aunque cabe resaltar que “Estrella doble” se publicó originalmente serializada en Astounding Science Fiction, revista que aún sigue en activo bajo el nombre de Analog, siendo por tanto la más antigua revista de género que está todavía en circulación, al remontarse su historia a enero de 1930).

Intriga_estelar

En cuanto a su legado, “Estrella doble” ha inspirado al menos dos obras. Por un lado, la película de 1993 “Dave, presidente por un día”, en la que Kevin Klein es un actor reclutado para hacerse pasar por el presidente de los EE.UU. que ha sufrido un embarazoso accidente vascular. Por otro, el remake no oficial de John Varley, “El globo de oro”, publicado en 1998, que traslada la historia a su universo de “Los Ocho Mundos” y construye en torno a la figura del actor itinerante una historia de mucha mayor ambición y calado que, en mi opinión, demuestra que un discípulo puede superar al maestro (Varley, como veremos en otra entrega de la Hugolatría, es todo un especialista en los remakes de las obras de Heinlein).

Como curiosidad, la primera edición de las cuatro que tiene en nuestro idioma (pueden consultarse los detalles en esta página), fue en 1967 en la colección Nebulae de Edhasa y, al igual que pasó con “Amos de títeres”, le cambió el título a “Intriga estelar” (suponiendo, quizás, que el público español no estaba lo bastante metido en astronomía para pillar el doble sentido del original y que convenía algo más impactante).

Lo que han opinado otros:

Metablog (1)

•Junio 30, 2009 • Deja un comentario

De vez en cuando conviene hacer un alto en el camino y echar un vistazo atrás. Así pues, aunque no se trata de la primera entrada de autobombo, doy por inaugurada la aperiódica sección “Metablog”, donde comentaré, cuando se tercie, cuestiones relativas a Rescepto Indablog.

Ante todo, una pequeña puesta al día. En el momento de escribir estas líneas, han sido publicadas en algo menos de dos años y medio 264 entradas que totalizan más de 227.000 palabras, elevándose la cuenta de visitas hasta las 60.464 (actualmente, estamos por las 4.000 mensuales).

En lo que va de año, la columna de la derecha ha sufrido varias modificaciones (espero que mejoras). En febrero la sección de enlaces sufrió una profunda remodelación desglosándose en los subapartados: Asociaciones, Blogs, Editoriales, Otros enlaces, Rescepto y Revistas. Más recientemente, incluí en la sección de Archivos la información del número de entradas publicadas por mes (entre paréntesis) e incluí la portada de “El rayo verde en el ocaso”  como enlace directo a su página (algo que espero repetir con futuras publicaciones). Por último, ayer mismo, a sugerencia de un nuevo lector (gracias, Esteban), investigué la forma de ofrecer la posibilidad de suscribirse a las novedades del blog.

En la parte superior de la columna hay un enlace que lleva hasta FeedBurner, un servicio de Google en el que he registrado el Feed de Rescepto para que envíe un mensaje al correo electrónico de los suscritos cada vez que detecta una nueva entrada (está configurado para realizar la comprobación y los envíos entre las 19:00 y las 21:00 GMT). Estoy todavía probándolo, pero bueno, ya está disponible. El que se apunte, que se prepare para 10-15 avisos mensuales.

Por último, quería comentar algo sobre las encuestas realizadas hasta el momento (si no se comentan los resultados es como si no se hicieran). Así pues, vamos con ellas.

El 21 de mayo introducía la novedad en la entrada “El libro electrónico: la precuela“, preguntando “¿Cuál es tu postura respecto al comercio electrónico de libros?“. Las cinco opciones iban de la completa ignorancia del tema a la adhesión incondicional a la nueva modalidad. A día de hoy, se han registrado 18 contestaciones, que se desglosan del siguiente modo:

  1. ¿Existe eso? 1 voto, 6%.
  2. Curioso pero irrelevante. 1 voto, 6%.
  3. Recurro a él de vez en cuando. 10 votos, 56%.
  4. Cada vez estoy más enganchado. 3 votos, 17%.
  5. ¡Ya no compro en librerías físicas! 3 votos. 17%.

El resultado muestra que la implantación del comercio electrónico, por lo que respecta a libros de género (con el matiz de su, en general, precaria distribución física), es notable. No sólo es conocido y empleado por la inmensa mayoría de los encuestados, sino que la distribución se decanta decididamente hacia los entusiastas (el triple que los escépticos). Por supuesto, existe un sesgo de partida, ya que es una encuesta realizada en un medio electrónico por lo que quienes la contestan están evidentemente familiarizados con las nuevas tecnologías. Sin embargo, pienso que el consumidor-tipo de esta literatura suele caer dentro del subconjunto de la población general más habituado a internet y sus posibilidades, así que no creo que sea un factor determinante.

Dentro de un año, repetiré, si me acuerdo, la encuesta. Será interesante comprobar cómo han cambiado los porcentajes (si lo hacen).

El 12 de junio, en la entrada “Fantasía dinámica“, decidí recabar vuestra opinión respecto al estado de la fantasía moderna. En esta ocasión, la encuesta permitía respuestas múltiples, siendo el resultado provisional (con 27 votos computados) el siguiente:

  1. Le debe demasiado a Tolkien. 7 votos, 27%.
  2. Ofrece obras muy interesantes. 2 votos, 8%.
  3. Carece de originalidad. 3 votos, 12 %.
  4. Resulta variada y excitante. 2 votos, 8%.
  5. Ya no tiene nada que ofrecer. 0 votos, 0%.
  6. Sigue tendencias prometedoras. 7 votos, 27%.
  7. Es literariamente pobre. 4 votos, 15%.
  8. Está mejor que nunca. 0 votos, 0%.
  9. Naaaaaa… Paso de de la fantasía. 1 voto, 4%.

Son unos resultados interesantes. Las dos posturas más extremas (la 5 como negativa y la 8 como positiva) se van de vacío (lo cual es un alivio). Por lo demás, parece ser que predomina una visión crítica sobre el actual estado de la fantasía, a tenor de los votos obtenidos por las opciones 7 y 3 (entre ambas, cosechan un 27% del total). Decididamente a favor apenas contamos con los dos votantes de la opción 4, mientras que los 2 de la opción 2 tampoco están muy convencidos de la calidad media del conjunto del género, decantándose por salvar, cual Pero Pérez, unas pocas obras de la quema (tal vez no esté muy bien expresado en la redacción final de la opción, pero en los comentarios de la entrada queda bien establecido que ésta es la interpretación que hay que darle). Sin embargo, como en el fondo somos unos optimistas, la postura mayoritaria apuesta por mirar con optimismo al futuro, en la forma de corrientes como el slipstream, el new weird y toda una plétora de etiquetas que tan sólo manifiesta divergencia respecto a lo expuesto en la opción 1 (no creo que sea casualidad que ambas opciones tengan los mismos votos), que la fantasía contemporánea le debe demasiado a Tolkien (para más detalles sobre el particular: consultad la entrada).

Por último, dada mi formación científica, no podía pasar sin incluir un control, lo que en química se denominaría “blanco”, y uno de los votantes tuvo a bien apuntarse a esta opción. El que sólo fuera uno, más que ningún otro resultado, creo que arroja esperanza sobre el futuro de la fantasía.

La última encuesta realizada hasta la fecha es un poco más especializada. En la entrada donde anunciaba la “Presentación de “Alarido de Dios”, el pasado 24 de junio, me interesaba por la utilidad de las presentaciones en nuestra parcelita del mundo literario. Las 10 respuestas han sido bastante heterogéneas, pero aun así pueden extraerse algunas tendencias (tanto a favor como en contra). Primero los resultados. Las presentaciones sirven…:

  1. para dar a conocer las novedades. 0 votos, 0%.
  2. que el autor se pegue un homenaje. 1 voto, 10%.
  3. vender libros a los conocidos. 1 voto, 10%.
  4. reunir a la gente del mundillo. 1 voto, 10%.
  5. que la librería pida unos cuantos ejemplares. 2 votos, 20%.
  6. conseguir algo de publicidad. 4 votos, 40%.
  7. estrechar el vínculo con los lectores. 1 voto, 10%.

Como ya apuntaba José Miguel Vilar, todas las respuestas son correctas, sin embargo yo pedía la más determinante (por ello, nada de permitir elección múltiple en este caso). Resulta curioso comprobar cómo la única opción ignorada es la que justifica el apelativo de “presentación”. Al parecer, todos tenemos muy claro que hoy en día existen otros cauces mucho más eficientes para dar a conocer las novedades (básicamente, páginas web especializadas como foros, comunidades, blogs, sitios de noticias…). Otras razones tradicionales no quedan mucho mejor paradas. Evidentemente, el acto sirve para que el autor se dé un homenaje, venda a los amigotes y reciba el apoyo de lo compañeros de penuria, pero todo eso puede lograrse por otros medios (me sorprende, a este respecto la opción de estrechar el vínculo con los lectores… supongo que por no estar acostumbrado a pensar que a una presentación pueda acudir alguien que no sea amigo, colega o despistado que pasaba por ahí; quizás cuando lleve unos cuantos títulos en las librerías…).

A la postre, los votantes se decantan por las opciones más prosaicas (pero no menos importantes), que son las que más tienen que ver con las ventas a desconocidos (que son, al fin y al cabo, las que determinan si la empresa editorial se verá o no coronada por el éxito). La menos importante es la distribución masiva a la librería (2 votos), que sí, va bien, pero su utilidad está limitada a unos pocos ejemplares, mientras que la opción preferida, con casi la mitad de los votos es “Conseguir algo de publicidad”. Lo bueno que tiene es que se trata de un efecto duradero. Años después aún puedes encontrar, haciendo una búsqueda en internet, páginas que anuncian el evento, y la presencia en la red no tiene precio. A más corto plazo, ayuda a mantener la presencia en “los medios” durante las críticas etapas iniciales de la vida comercial de la criaturita y, si se tiene suerte, hasta es posible pillar cacho en algún medio no especializado que ande corto de noticias de interés humano.

Qué se le va a hacer. Después de los sinsabores y trabajos que representa escribir un libro lo que queremos es que se conozca y se venda lo máximo posible, que así el siguiente funcionará un poco mejor y, tal vez, la siguiente presentación producirá un mayor impacto, hasta el día en que… en que…

En fin, hasta Ese Día.

Para concluir con esta entrada autobombera, quisiera hacer mención honorífica de la gran sorpresa del último mes y medio. La verdad, cuando escribes una entrada nunca sabes qué repercusión tendrá. A veces, cosas que subes con grandes esperanzas pasan sin pena ni gloria y otras que pones casi en plan de coña te reportan miles de entradas (casi siempre por las razones equivocadas). La campeona en este sentido de las últimas semanas, con una afluencia de visitas moderada pero constante, cae en un terreno intermedio. Por un lado, no tiene nada que ver con la literatura fantástica, pero por otro, casi todo el mundo que llega hasta ella sale con una respuesta a sus dudas, y eso resulta muy satisfactorio.

La mención honorífica de la primera entrega de “Metablog” es para: “La etiqueta del champú” (261 visitas desde el 9 de mayo).

Transformers 2: la venganza de los caídos

•Junio 28, 2009 • 2 comentarios

No resulta muy difícil determinar quiénes son los caídos a los que se refiere el subtítulo de la última película de Michael Bay. Una vez eliminado el malo, puesto que a) es sólo uno, y b) durante todo el largometraje es mencionado como “The Fallen” (supongo que por cuestiones de marketing), nos quedan dos individuos: Roberto Orci y Alex Kurtzman, los “guionistas” del engendro, que habían conseguido engañarnos a todos al firmar el libreto de Star Trek.

transformers_revenge_of_the_fallen

No sé. Tal vez no quepa achacarles toda la culpa. Después de todo, el director ya mostró en un glorioso anuncio lo que para él implica el adjetivo “awesome“, y ahí no hay lugar para el desarrollo de personajes, o para el establecimiento de una trama o siquiera para justificar mínimamente las explosiones. Tal vez también haya que repartir agradecimientos a los directivos de Hasbro Inc., coproductores de la ¿película?, que proporcionaron inteligentes sugerencias a golpe de estudios de mercado (literalmente, se realizó una encuesta entre los consumidores para determinar qué nuevos robots aparecerían en la secuela; por cierto, para la 3 tocan los dinobots). Por último, los magos de Industrial, Light & Magic (y en menor medida Digital Domain) se encontraron con carta verde (y cheque sin fondos) para dar rienda suelta a sus más desquiciados delirios. Así pues, Orci, Kurtzman y el recién incorporado Ehren Kruger (en calidad de especialista en la materia) más que guionistas parecen haber actuado como hilvanadores. Su trabajo ha consistido en unir con el más fino hilo las cuentas de un collar de explosiones, efectos digitales y escenarios pintorescos (amén de algún que otro posado sugerente de Megan Fox… nada demasiado obvio, que debía ser PG-13 y eso sólo te permite toda la violencia que quieras mientras no haya sangre y sexo entre caniches).

No es ninguna sorpresa. Cuando entras a ver Transformers 2 sabes a lo que vas. Sin embargo, me ha resultado descorazonador comprobar lo rematadamente estúpida que es la excusa argumental (ni siquiera puede considerársele trama).Según propia confesión, los guionistas han buscado potenciar el papel de Shia LaBeouf (no lo han conseguido; no sé qué ha podido ver Spielberg en el soseras del niñato) y equilibrar mejor las explosiones con humor (o, lo que es lo mismo, convertir a la mitad del elenco en payasos, empezando por la madre del prota y terminando por el ex-agente Simmons, pasando por la parejita de robots gemelos subnormales).Además, según sugerencia (órdenes) de Hasbro, había que meter a un robot multimodular (el ganador de la encuesta, uno que se forma a partir de vehículos de construcción), a unas robotas-moto (”no sabíamos cómo introducir el tema del género en los robots, así que no lo hicimos”, sic), a insectobots surgidos de la nada, a Ravage (que sí, mola) y a varios más que seguro no reconozco (me quedé en los primeros veinte cómics o así de la serie original de Marvel y nunca vi, más que en algún capítulo suelto, los dibujos animados). Solución: recurrir a clichés para presentar a los personajes y justificar su motivaciones. Así no hace falta desarrollar nada; basta con sugerir (es un decir, que la cosa no resulta nada sutil) y el espectador ya cataloga al susodicho y sabe qué esperar de él; recurrir a clichés para montar la historia (¿alignígenas en la tierra? ¡Dioses prehistóricos! ¡Constructores de la Gran Pirámide!); y aderezar con pequeñas gotitas seudomistícas (en torno a la mitología cristiana sobre el Caído y la redención), pero en plan muy light, que la cosa va de evitar que el público piense y no todo lo contrario.

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Lo peor es que no estoy para nada seguro de que su público objetivo lo considere así. La peli es awesome y punto.

Mira que me revienta leerme escribir esto. Parezco el típico crítico amargado incapaz de apreciar nada filmado del final de la Segunda Guerra Mundial a esta parte, pero es que “Transformers 2″ no me deja un solo resquicio al que aferrarme. El colmo ya llega cuando descubrimos que Petra está a tiro de piedra de la Península del Sinaí, y que luego cuesta poco más llegar hasta la Necrópolis de Giza, que curiosa y contrariamente a lo que creíamos, no está a 60 kilómetros de la costa más cercana, sino que prácticamente se encuentra a pie de playa. Además, los robots son tan machos que de un mamporro pueden mandar a su contrincante varios miles de kilómetros al sur, hasta topar catastróficamente contra los templos de Karnak y Luxor. Al menos se ahorran la acusación de que la trama presenta agujeros. Lo que no existe no puede ser horadado.

Dejando de lado estas pejiguerías menores, lo cierto es que la película es, claro está, espectacular. Las peleas son mejores y más intensas que en la primera y hay grandes escenas (no sólo con Megan Fox de protagonista). El problema reside en soportar los interludios (la parte de la madre encannabizada es de vergüenza ajena) y en el exceso. Cualquier maravilla en exceso cansa, y dada la nula capacidad de Michael Bay para construir tensión en las escenas de acción (y mira que a mí me encantan las de “La roca”, “La isla” e incluso “Dos policías rebeldos II” y “Pearl Harbor”), al final todo se reduce a contemplar monstruos de metal con miles de piezas móviles, repartiendo leña a una velocidad tal que resulta difícil a veces saber qué estás viendo (por “fortuna”, en los momentos clave el director recurre a la cámara lenta… una y otra y otra vez).

Transformers_2_megan_fox

No hacían falta dos horas y media para eso. Podía haberse reservado tortazos para la 3. Supongo que con lo que cuesta renderizar una escena, luego remuerde la conciencia (si se tiene) dejarla en la sala de montaje.

Conclusión: Aún sabiendo a lo que vas, acaba cansando (y eso que yo en su día me fui a ver “Mi gran amigo Joe” al cine sólo porque había sido nominada a los mejores efectos especiales y tenía interés en comprobar cómo habían implementado el software de generación de pelo virtual… al final aquel año ganó “Más allá de los sueños”), y a la salida conviene realizar un trasplante de neuronas para reponer las que se han muerto por inanición. Eso sí, si se ve, en pantalla grande.

A tenor de los 382 millones de dólares recaudados a nivel mundial en sus primeros cinco días, me acojona pensar que éste pueda ser el cine del futuro (perfecto para quienes tenga su intervalo de atención limitado a cinco minutos). Espero que James Cameron rescate con “Avatar” a finales de año las superproducciones de acción y ciencia ficción para quienes esperamos un algo más de sustancia, porque viendo lo que se nos echa encima (al trailer estrella antes de Transformers fue el de “2012″ de Roland Emmerich)… es para echarse a temblar (y eso que “El día de mañana” me sorprendió favorablemente).

Los Stone

•Junio 26, 2009 • Deja un comentario

Entre 1947 y 1958, Robert Anson Heinlein escribió 12 novelas de ciencia ficción dirigidas al público juvenil y editadas por Charles Scribner’s Sons. Estas novelas salían invariablemente cada navidad, empezando por “Rocket ship Galileo” y terminando con “Consigue un traje espacial: viajarás”. Esta prolongada colaboración fue un tira y afloja continuo entre autor y editores, pues la idea de Heinlein sobre qué temas eran adecuados para los adolescentes no siempre era compartirda por quienes ponían el dinero. De hecho, la relación se rompió por la negativa de estos a publicar la primera versión de “Tropas del espacio”, que posteriormente reescribiría para meter todo lo que se había dejado en el tintero y le reportaría su segundo Hugo (pero esto ya es cosa de la Hugolatría y ya habrá tiempo de analizarlo en su momento).

El caso es que la entrega de 1952 fue “The rolling Stones”, una obra que ha permanecido inédita en España hasta el año pasado, siendo publicada por la malhadada editorial El Andén (nació en 2007 con la intención de publicar 250 títulos al año y lo último que sé de ella es que se la comían las devoluciones… y desde hace meses silencio absoluto, con buena parte de su producción en la sección de saldos de las librerías). La novela, narra las peripecias de la familia Stone (padre, madre, abuela, hija-florero, gemelos adolescentes protagonistas y crío superdotado) a lo largo y ancho del Sistema Solar, viajando y viviendo en  la astronave “Rolling Stone”.

Los_stone

Podría ser una aventurilla instrascendente y caduca, pero es de Heinlein, y si algo sabía Robert Anson era contar historias con un ritmo perfecto. Además, su aproximación a la literatura juvenil, como ya he apuntado, era muy peculiar. No le tenía miedo a tratar temas polémicos (como por ejemplo el derecho constitucional a llevar armas) o a presentar mujeres aparentemente liberadas (no sé hasta qué punto transgredía las convenciones sociales de su época, pero las tres generaciones de mujeres Stone se nos muestran desde la fuerte y aventurera abuela Hazel, hasta la apocada y neutra hija Meade (encargada por decreto de la cocina, aun siendo teóricamente mejor navegante que sus hermanos pequeños), pasando por la doctora Stone, a medio camino entre la independencia de carácter y la subordinación a su menos brillante esposo.

En fin, dejando de lado la idiosincrasia de la época y del propio Heinlein, hay algo que sorprende en una novela de ciencia ficción de 1952, y es lo increíblemente actual que resulta (algo que ya había tenido ocasión de comprobar, por ejemplo, con “Puerta al verano”, de 1957). El autor sabe plegarse a las imposiciones científicas (sobre todo en cuestión de órbitas y efectos gravitatorios) sin explicitar demasiado y centrándose en los personajes y en constantes del comportamiento humano como la política y el comercio. Así nos ofrece un producto que hoy en día todavía puede leerse casi con la misma frescura que hace más de medio siglo. Lo único que desentona (y lo hace de un modo pintoresco), es el perenne uso de las reglas de cálculo por parte de todo el mundo. Echando la vista atrás, parece incongruente que alguien como Heinlein, que dota a su astronave de algo muy parecido a una computadora de navegación, no fuera capaz de anticipar la aparición de algún tipo de ayuda mecánica para calcular, pero hay que tener en cuenta que en la época concebir a un ingeniero sin su regla de cálculo era como privar a un pintor de sus pinceles o a un médico de su estetoscopio.

Desde un punto de vista ideológico, “Los Stone” es una buena muestra del punto de vista ultraindividualista de Heinlein. La novela presenta dos mensajes complementarios. Por un lado, la idea de que todo hombre (o mujer) que se precie debe ser capaz de sacarse las castañas del fuego en cualquier situación (con ayuda de su familia o, todo lo más, con buena camaradería entre iguales). La excesiva injerencia en la vida privada de instituciones y poderes públicos no es ni aceptable ni deseable. Por otro lado, es una invitación a la expansión de horizontes, a empujar los límites de la experiencia humana hasta los confines del Sistema Solar y más allá (cabe resaltar que aún faltaban cinco años para el inicio oficial de la carrera espacial).

La historia, pues, narra la búsqueda romántica de la frontera, el lugar donde un hombre (o una familia) emprendor puede labrar su propio destino. Los Stone abandonan la Luna cuando la presión social se hace demasiado intensa y en su periplo van adentrándose en lo ignoto, visitando Marte, luego el cinturón de asteroides y, finalmente, planeando la visita a las lunas de los gigantes gaseosos, concibiendo el espacio exterior como el hábitat natural de la vanguardia de la humanidad.

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Todo muy bonito, aunque, por supuesto, con truco, pues los Stone no son ni mucho menos una familia normal. Quien más, quien menos, es un superdotado (el benjamín de cuatro añitos es un experto ajedrecista, quizás incluso con poderes telepáticos). Así es muy sencillo abogar por una ideología individualista. Siendo los mejores, no tienen nada que perder y mucho que ganar soltando lazos (y renunciando, como por ejemplo hace Hazel con su pensión, a los beneficios de una civilización preocupada por distribuir los beneficios sociales). El espacio de Heinlein está abarrotado de pobres diablos que no han sido capaces de estar a la altura de este sueño de independencia, pero aparecen en segundo o incluso tercer plano, donde no molestan, pues las luces del escenario iluminan sólo a los vencedores, que son, casualmente, nuestros protagonistas (con quienes se busca la identificación del lector).

Lecturas ideológicas aparte, “Los Stone” es una novela ligera que se lee con agrado y facilidad. No desentona para nada con la producción más reciente e incluso se permite un par de pullas contra la típica basurilla ciencia ficcionera de todos los tiempos (primero el padre y luego la abuela consiguen dinero a base de escribir sin aparente esfuerzo guiones inverosímiles para un serial de ese tenor) e incluso hacia compañeros de viaje (en plan amistoso), pues hay un párrafo que se me antoja como referido directamente a Isaac Asimov y a su propia serie juvenil de ciencia ficción, la de Lucky Starr (iniciada en 1952), cuya entrega de 1953 sería “Lucky Starr y los piratas de los asteroides” (esta serie ha envejecido sin duda mucho peor, pues Asimov se centra más en la ciencia y menos en las relaciones entre personajes).

Para fanáticos de Heinlein: no aparecen gatos, pero sí unos seres que parecen la síntesis de sus mejores virtudes, los marcianos gatolisos (protagonistas del último tercio de la novela e inspiración para un famosísimo episodio de Star Trek), y Hazel Stone (de soltera Meade) es un personaje recurrente, que desempeña pequeños papeles en “La Luna es una cruel amante” y “El número de la bestia” y no tan pequeño en “El gato que atravesaba las paredes”.